Estudio bíblico: El reino de Dios (II) - La venida del Mesías - Marcos 1:14-15

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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El Reino de Dios (II) - La venida del Mesías

Introducción

En medio de la opresión a la que los judíos habían estado sometidos por causa de sus diferentes conquistadores, la esperanza en la venida del Mesías prometido por Dios cobró mucha fuerza entre el pueblo de Israel. Este Mesías había de ser un descendiente de David, y ellos esperaban que aparecería en este mundo de una forma sobrenatural para establecer definitivamente su reino. Pensaban que sería un gran conquistador militar que vencería a los enemigos de Dios y de su pueblo, para finalmente establecer un reino de justicia y paz en el que Israel tendría una posición prominente, ya que sería allí donde el Mesías se sentaría en su trono y desde donde gobernaría el mundo. Por supuesto, esto implicaba necesariamente que primero Israel fuera librado de todos sus opresores, en especial del Imperio Romano.
Esto era lo que todos los judíos esperaban cuando Juan el Bautista se presentó rompiendo los cuatrocientos años de silencio en los que no se había escuchado ninguna voz profética. Él anunció la inminente venida del Mesías prometido.
Muy poco después se presentó el Señor Jesús, aquél que Juan el Bautista había identificado como el Mesías prometido por los profetas, y él comenzó su ministerio público haciendo la siguiente declaración: "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado". Aquel momento que Dios había ordenado desde la eternidad, había llegado. Era "la plenitud de los tiempos" a la que Pablo se refirió en (Ga 4:4) o "el cumplimiento de los tiempos" (Ef 1:10). El mismo Rey estaba en medio de su pueblo y se disponía a comenzar a cumplir su misión. La expectación era máxima.

El establecimiento del Reino de Dios por medio del Mesías

1. Primero un llamamiento al arrepentimiento
Ahora bien, aunque era completamente cierto que muchas partes del Antiguo Testamento confirmaban la visión que los judíos tenían sobre el establecimiento del reino de Dios por medio de un Mesías conquistador, no obstante, no era menos cierto que todos los profetas habían advertido que primero era imprescindible el arrepentimiento y la renovación espiritual del pueblo. Y en esa misma linea estaba Juan el Bautista, quien acompañó su predicación con el "bautismo de arrepentimiento" como un medio para preparar al pueblo para la venida del Mesías.
Juan gozó de un gran prestigio en Israel como un auténtico profeta de Dios, y muchos reconocieron su necesidad de arrepentirse y ser renovados espiritualmente. Pero otros, especialmente los dirigentes religiosos de la nación, despreciaron su bautismo y no quisieron arrepentirse (Mr 11:27-33).
2. La necesidad de una renovación espiritual
Pero aquí es importante que notemos que Juan el Bautista no sólo habló del bautismo en agua para arrepentimiento, sino que también anunció que el Mesías al que él precedía les bautizaría con el Espíritu Santo. Esto se correspondía con una verdad que los profetas del Antiguo Testamento hacía tiempo que llevaban anunciando. Todos ellos eran conscientes de que el arrepentimiento por sí solo no cambia a las personas, era necesario hacer algo mucho más profundo. Por eso, los profetas anunciaron el nuevo pacto que Dios se proponía hacer con su pueblo en el futuro, un pacto por medio del cual Dios se comprometía a perdonar sus pecados y a darles un nuevo corazón capaz de cumplir con su voluntad por medio del poder del Espíritu Santo obrando en sus vidas (Jer 32:38-41) (Ez 11:17-20) (Ez 36:24-31). Veamos cómo lo describió el profeta Jeremías:
(Jer 31:31-34) "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado."
El hombre pecador había demostrado sobradamente ser ingobernable, incapaz de sujetarse a la voluntad de Dios. Por eso, antes de poder entrar a formar parte del reino de Dios, era imprescindible cambiar su corazón. Esta fue una de las cosas más importantes que Juan el Bautista anunció, aunque parece que fueron pocos los que la tomaron en consideración: "Él os bautizará con Espíritu Santo" (Mr 1:8). Sin esta profunda renovación espiritual que el Señor Jesucristo iba a llevar a cabo en aquellos que creyeran en él, sería imposible formar parte de su reino.
La cita que acabamos de ver en Jeremías anunciaba que la venida del Espíritu Santo traería implícito un nuevo pacto, diferente del que Dios había hecho con Israel en el desierto por medio de Moisés. En el pacto antiguo de la Ley había dos partes: Dios tenía una e Israel otra. Pero Israel fue incapaz de cumplir la suya y constantemente la quebrantó, con los desastrosos resultados que ya hemos comentado. Por tanto, el nuevo pacto tenía que ser radicalmente diferente del antiguo: "No como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto". Lo más importante de este nuevo pacto es que no estarían implicadas dos partes en él, sino sólo una: Dios. Al fin y al cabo, ese era precisamente el problema del antiguo pacto, que el pueblo era incapaz de respetar su parte cumpliendo la Ley, así que el pacto quedaba roto. Pero en el nuevo pacto veremos que no hay nada que se le pida al pueblo de Dios, ninguna condición que sean llamados a cumplir. Todos los términos del pacto anuncian lo que Dios hará. ¡Él lo hace todo! Por lo tanto, esto garantizaba que nunca sería quebrantado. Veamos brevemente los términos del nuevo pacto (He 8:6-13):
  • "Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré". Recordamos que los diez mandamientos del antiguo pacto fueron escritos en tablas de piedra; eran por lo tanto mandamientos externos. Le decían a la persona lo que debía hacer, pero no le proporcionaban las fuerzas para hacerlo; le decían lo que no debía hacer, pero no suplían el poder para evitar hacerlo. Si el pueblo hubiera sido capaz de guardar los mandamientos de Dios, habría producido en ellos vidas santas, pero sus corazones pecadores y débiles les llevaron a fracasar una y otra vez. Pero en el nuevo pacto, Dios se comprometió a escribir su ley en el corazón, lo que significa mucho más que una ayuda para recordar mejor sus mandamientos, sino que implica nada más y nada menos que la implantación dentro de nosotros de una nueva naturaleza a la imagen de Cristo, capaz de cumplir sus justas demandas. Esto se lleva a cabo por medio del nuevo nacimiento por el Espíritu del que el Señor le habló a Nicodemo (Jn 3:5).
  • "Todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor". Además, cada creyente disfrutará de un conocimiento íntimo de Dios en su experiencia personal. No será algo que tendremos que conseguir por medio de rigurosas disciplinas, sino que el nuevo pacto nos lo ofrece como un regalo a todos los creyentes. Es obra del Espíritu Santo en el corazón de todo el que confía en Cristo (Ga 4:6).
  • "Seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades". Otra de las maravillas del nuevo pacto es el perdón de todos los pecados. El creyente ahora quiere hacer la voluntad de Dios porque su ley está en su mente, pero si fracasa, Dios no le desecha, sino que le garantiza el perdón de todos sus pecados. Por supuesto, el verdadero creyente no interpreta esto como una oportunidad para hacer lo que le venga en gana, sino todo lo contrario, le entristece enormemente ofender a Dios.
3. El reino de Dios se estable definitivamente por la obra de Cristo en la Cruz
Un hecho que no debemos olvidar es que el pecado es incompatible con el reino de Dios. No puede ser de otra manera, ya que el pecado es la manifestación de la rebelión del hombre contra la voluntad de Dios. Entonces, si los hombres pecadores han de llegar a formar parte del reino de Dios, es necesario que previamente sean librados del pecado y de su naturaleza pecaminosa, de otro modo, si el pecado entrara en el reino de Dios, entonces volveríamos a tener lo mismo que ya tenemos en este mundo pecador. Y este cambio de naturaleza es lo que Dios ha conseguido por medio del nuevo nacimiento.
Ahora bien, todavía queda una cuestión fundamental: ¿Que va a hacer Dios con la culpabilidad de los pecados cometidos por el hombre?
Es necesario entender que el pecado es una transgresión de la santa ley de Dios, lo que convierte al pecador en culpable ante la justicia divina. Si Dios decidiera pasar por alto los pecados de los hombres, esto pondría en duda su carácter justo. Dios no puede dar por inocente al culpable (Nm 14:18). Ante esta situación, lo que Dios hizo fue ofrecer a su propio Hijo como sustituto por el hombre. El Señor Jesucristo murió en la cruz, pero no por algún pecado que él hubiera cometido, sino en sustitución de los hombres pecadores. Y dado que él no era sólo hombre, sino que también era el Hijo de Dios, su muerte tiene valor para representar a toda la humanidad. A esto es imprescindible añadir el hecho de que después de tres días resucitó de entre los muertos, triunfando así sobre la muerte. A partir de ahí, cualquier hombre que se arrepiente de sus pecados y cree en él, puede apropiarse de los beneficios que surgen de la cruz. De esta forma Dios puede justificar al pecador sin que su justicia quede en entredicho. La culpa del pecador ha sido pagada por un inocente y él puede quedar libre.
Por lo tanto, la muerte del Señor Jesucristo en la cruz y su posterior resurrección, garantizan que los hombres pecadores puedan formar parte del reino de Dios en toda su plenitud.
Pero la obra de Cristo en la cruz también es importante por otra razón. Recordamos que cuando el diablo tentó a Adán y Eva en el huerto del Edén, les hizo creer que Dios sólo pretendía limitar sus libertades, y que para que pudieran vivir sus vidas en plenitud, era necesario que se librasen de él. Lo que quería hacerles creer es que Dios no se interesaba realmente por ellos. Desgraciadamente, pronto descubrieron que todo lo que el diablo les había dicho era mentira, pero a pesar de ello, de una manera totalmente incomprensible, el hombre ha seguido creyendo sus mentiras, y aun en nuestros días sigue pensando que Dios no desea nada bueno para la humanidad. Pero la cruz fue la demostración de que Dios sí que ama a los hombres, y los ama de tal manera que ha estado dispuesto a entregar a su propio Hijo para que ninguno se pierda (Jn 3:16). La cruz cierra la boca al diablo y pone en evidencia sus malignas mentiras.
Aquí está la clave de cómo Dios ha planeado reconquistar al hombre para su reino. No sobre la base de su poder, sino de su amor. Cualquiera que piense seriamente sobre lo que Dios ha estado dispuesto a hacer por cada uno de nosotros, debería caer de rodillas ante Dios clamando por el perdón de sus pecados y ofreciéndole su amor incondicional.
4. El tipo de Mesías que los judíos esperaban
Una vez que Juan presentó al Señor Jesucristo como el escogido de Dios, pronto las multitudes demostraron que no tenían ningún interés en cuestiones de renovación espiritual o en el perdón de sus pecados, sino que lo único que les preocupaba era la independencia política de los odiados romanos y un Mesías que les proveyera abundantemente para todas sus necesidades. Por eso, cuando vieron el poder que Jesús manifestaba en todos sus milagros, le seguían por miles, buscando ser beneficiados por él. El clímax llegó cuando dio de comer panes y peces a una multitud de cinco mil judíos que inmediatamente quisieron hacerle rey, pero entonces, Jesús, dejándolos se fue (Jn 6:15). Y aunque al día siguiente volvieron a buscarle, él insistió en que no era el tipo de rey que ellos esperaban, y ante su reiterada negativa a prestarse a sus expectativas, se produjo el desenlace: "Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él" (Jn 6:66). ¿Por qué el Señor reaccionó de esta manera?
Como ya hemos visto anteriormente, Israel había tenido en el pasado algunos reyes buenos, como David, que era un rey conforme al corazón de Dios, pero eso no había logrado cambiar a la nación. Tampoco Moisés, quien hizo numerosos milagros de parte de Dios y que fue utilizado por él para liberar a Israel de su esclavitud en Egipto, tampoco él había conseguido garantizar la fidelidad del pueblo para con Dios. Incluso aunque les dio la ley, ellos fueron incapaces de cumplirla. Todo esto confirmaba que era necesario cambiar el corazón del hombre por medio de un nuevo nacimiento espiritual, tal como el Señor explicó a Nicodemo (Jn 3:3). De poco les aprovecharía volver a tener un buen rey si sus corazones no cambiaban radicalmente. Pero ellos no querían esto, y el Señor se negó a ser hecho rey por ellos.

Preguntas

1. ¿Cuál era el ambiente político y religioso en Israel cuando el Señor Jesucristo comenzó su ministerio público? ¿En qué consistía la esperanza mesiánica de los judíos en aquellos días?
2. ¿Qué requisitos eran necesarios para el establecimiento del reino de Dios que los judíos no parecían considerar? Razone su respuesta a la luz del ministerio de Juan el Bautista.
3. Explique las características y condiciones del nuevo pacto del Espíritu tal como lo encontramos en (Jer 31:31-34) y (He 8:6-13). Analice las diferencias básicas con el antiguo pacto de la ley.
4. ¿Por qué decimos que la obra de Cristo en la cruz es fundamental para el establecimiento del reino de Dios en este mundo? Razone su respuesta.
5. ¿Por qué cree que la mayoría de la nación judía terminó rechazando a Jesús como el Mesías prometido por el Antiguo Testamento?

Comentarios

Puerto Rico
  Juan Montalvo Cedeño (Puerto Rico)  (29/06/2017)
Dios les bendiga. Este estudio es el análisis que más me ha tocado mirando en perspectiva el pueblo de Israel y la relación de-Jesucristo-humanidad.
La profundidad es una ayuda para los incipientes en esta relación que siempre he visto como la -maqueta- (historia de Israel), que Dios hace para manifestarse ante nosotros. Gracias por arrojar luz y promover el que busque desentrañar cada vez mas la Palabra de Dios.
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