Estudio bíblico: El ministerio de Juan el Bautista - Marcos 1:4-6

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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El ministerio de Juan el Bautista - Marcos 1:4-6

(Mr 1:4-6) "Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre."

Introducción

Como vimos en nuestro estudio anterior, la presencia de Juan el Bautista y su ministerio como profeta de Dios, despertaron un enorme interés en el pueblo de Israel. Su mensaje era claro: el Mesías anunciado por los profetas de la antigüedad estaba a punto de aparecer, y todo aquel que quisiera formar parte de su reino, debía prepararse espiritualmente. Para ello, el primer requisito era el arrepentimiento, de lo que el bautismo de Juan era un símbolo.
El bautismo no era algo desconocido para los judíos de aquel tiempo. Ellos practicaban cierto bautismo a los prosélitos gentiles cuando se convertían al judaísmo. Se trataba de un lavamiento simbólico en el que se purificaban de sus pecados cometidos como paganos e idólatras mientras se disponían para servir a Dios. Pero lo sorprendente de Juan el Bautista es que él insistía en que eran los mismos judíos quienes se tenían que bautizar para prepararse para el encuentro de su Mesías. Juan les advirtió que no podían confiar en que eran descendientes de Abraham, porque eso no les serviría de nada.
Así que, por medio de ese bautismo, Juan tenía la finalidad de reunir al verdadero pueblo de Israel y prepararlos para la manifestación de Dios. Esto era precisamente lo que el ángel le había dicho a su padre Zacarías cuando le anunció el nacimiento de Juan el Bautista.
(Lc 1:17) "...para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."
Ahora vamos a continuar nuestro estudio sobre el ministerio de Juan el Bautista. Repasaremos algunos conceptos que ya hemos visto en nuestra sesión anterior y ampliaremos algunos detalles más.

I. El bautismo de arrepentimiento

Como hemos dicho, el primer requisito para prepararse para la venida del Mesías era el arrepentimiento. Esto implicaba un cambio de mente y pensamiento, lo que coincidía con la necesidad de "volver a Dios" que muchos otros profetas ya habían anunciado en la antigüedad. Este retorno a Dios debía incluir tres elementos importantes:
  • Entender la maldad del pecado como algo cometido contra Dios, y que por ende constituye una ofensa contra Él.
(Sal 51:4) "Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio."
  • Una profunda tristeza por los pecados cometidos.
(2 Co 7:10) "Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte."
  • Un propósito serio de abandonar el pecado, y vivir una vida de santidad ante los ojos de Dios.
(Lc 3:8) "Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras."
Muchas personas no llegan a convertirse de verdad porque no entienden lo que es realmente el arrepentimiento y la confesión de sus pecados. En muchos casos, hay predicadores que prometen las bendiciones más ricas de Dios sin ni siquiera hablar del arrepentimiento. Para ellos, todo se reduce a hacer algunas ofrendas económicas y sentarse a esperar tiempos de prosperidad. Pero todo eso es falso. Sin un verdadero arrepentimiento, no puede haber bendición de Dios.
Pero afortunadamente, todavía hay predicadores que hablan del arrepentimiento, pero no cabe duda de que es incómodo, difícil, y a veces hasta peligroso plantearle a cualquier persona la necesidad de arrepentirse de sus pecados. Con frecuencia se sienten heridos en su orgullo y amor propio. Pero Juan el Bautista lo predicó, el Señor Jesucristo lo predicó, aunque ambos perdieron sus vidas por ello. Pero lo hicieron, no por el mero deseo de protestar, sino porque este es el primer requisito para reconciliarse con Dios.

II. El perdón de pecados

El arrepentimiento era "para perdón de pecados". Es verdad que esto no era una preocupación para los judíos de la época de Juan el Bautista. A ellos lo que les interesaba era librarse del yugo romano bajo el que estaban sometidos. Pero lo cierto es que sus pecados los tenían más esclavizados que los invasores.
En el original, la palabra "perdón" tiene el sentido de "soltar", "liberar". El "perdón", entonces, implica "soltar" a alguien de la culpa o de la condenación del pecado. Esta idea se encuentra expresada hermosamente en algunas escrituras.
(Sal 103:12) "Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones."
(Miq 7:18) "¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia."
Es incuestionable el alivio que le produce al hombre el arrepentimiento. El director de un hospital psiquiátrico dijo: "Si pudiera liberar a mis pacientes de sus sentimientos de culpabilidad, podría dar de alta inmediatamente a la mitad de ellos."
Dios está dispuesto a perdonarnos (como el padre del hijo pródigo), pero es necesario que volvamos a Dios, nos arrepintamos, cambiemos de sentido.

III. El impacto del ministerio de Juan el Bautista

(Mr 1:5) "Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén"
El impacto del ministerio de Juan fue tremendo. Y esto a pesar de que desarrolló su ministerio en un lugar poco conveniente: el desierto; y de que anunció un mensaje poco atractivo: el arrepentimiento del pecado.
El verbo, "salían", indica una acción continua; día tras día la gente salía de Jerusalén y las zonas aledañas, para escuchar a Juan predicar, y ser bautizados por él. Como un comentarista afirma, "Juan vació las ciudades y llenó el desierto". El historiador Flavio Josefo confirma esta descripción del ministerio de Juan. Él habla de muchas personas que se congregaron para oír a Juan el Bautista, conmovidos tremendamente al escuchar sus palabras (ver Antigüedades, XVIII. 118).

IV. El lugar de su ministerio: el río Jordán

(Mr 1:5) "Y eran bautizados por él en el río Jordán"
En nuestro estudio anterior vimos que Juan había desarrollado su ministerio en el desierto, un lugar que ya en la antigüedad había sido un punto de encuentro entre Dios y el pueblo de Israel después de que los librara de la esclavitud en Egipto. Allí les mostró su gloria y les enseñó sus leyes y estatutos.
Pero el desierto no era el fin de su trayecto. Dios quería introducirlos a la tierra prometida, el lugar de su herencia en este mundo, y para ello, tendrían que atravesar el río Jordán.
Es probable que a nosotros, que estamos tan lejos en el tiempo y también geográficamente, todos estos detalles no nos digan demasiado, pero para cualquier judío de aquella época, tanto el desierto como el Jordán eran lugares llenos de recuerdos. Por allí habían atravesado sus padres cuando entraron a la tierra prometida. Detrás había quedado para ellos toda una historia de sufrimiento y muerte, y por fin, podían entrar a su herencia.
De alguna manera, el bautismo de Juan en el río Jordán servía también para simbolizar la nueva vida que se abría delante de ellos cuando aceptaran al Mesías que estaba a punto de aparecer.

V. La confesión de pecados

El texto nos dice que cuando eran bautizados lo hacían "confesando sus pecados".
El verbo "confesar" que Marcos usa aquí, es una palabra compuesta que tiene la idea de "hablar junto con", es decir, "hablar la misma cosa que" Dios. Esta es la esencia de la confesión del pecado. Implica ponernos de acuerdo con Dios, y afirmar juntamente con Él, que lo que Él dice acerca de nosotros es verdad, que somos pecadores.
(1 Jn 1:8-10) "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros."
Imagine que está compartiendo el evangelio con un joven de nuestro tiempo y en algún momento de la conversación surge el tema del pecado. Usted le dice que, por ejemplo, mantener relaciones sexuales fuera del ámbito del matrimonio es pecado. Muy probablemente le dirá que para él eso no es pecado. Está claro que lo que este joven dice y lo que Dios ha dejado escrito en su Palabra son dos cosas distintas. De hecho, está diciendo que lo que Dios ha dicho es mentira. Es más, se está colocando por encima de Dios al establecer lo que realmente es bueno y malo, lo que está bien y lo que está mal. Por supuesto, queda claro que está muy lejos de confesar sus pecados, de hablar la misma cosa que Dios.
Otras personas no optan por enfrentarse tan abiertamente con Dios, sino que usan otras fórmulas. Muchos tratan de minimizar sus pecados. Seguro que ha escuchado hablar de las "mentiras piadosas". Pero la mentira y la piedad no tienen nada en común. Otras personas excusan sus pecados echando la culpa de ellos a otras personas.
Pero cualquiera de todas estas opciones es grave, porque sin la confesión de nuestros pecados, es imposible el perdón:
(Pr 28:13) "El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia."
(1 Jn 1:9) "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad."
(Sal 32:1-5) "Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado."

VI. La vestimenta y la comida de Juan el Bautista

(Mr 1:6) "Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cito de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre."
Es curioso que en medio de un pasaje en el que se están tratando los requisitos para la adecuada preparación espiritual del pueblo ante la venida del Mesías, el evangelista se detenga para explicarnos algunos detalles relativos a la vestimenta y la dieta del profeta. ¿Por qué? ¿Qué importancia tiene todo esto?
En cuanto a su vestimenta, debemos comenzar notando que:
  • No había nada de lujo en ella. El Señor Jesucristo afirmó que Juan no se vestía de ropas delicadas (Mt 11:8). Era, por lo tanto, una vestimenta apropiada para la vida en el desierto.
  • Por otro lado, debemos recordar que el padre de Juan el Bautista era sacerdote y por lo tanto, él también pertenecía a esa misma clase. Como sabemos, los sacerdotes tenían su propia vestimenta, pero Juan se distanció de ellos.
  • Finalmente, otro detalle importante es que Juan el Bautista era el cumplimiento de la profecía de Malaquías acerca de la venida del profeta Elías que habría de aparecer antes de la llegada del Mesías (Mal 4:5-6). Y curiosamente, Juan se vestía del mismo modo que Elías en el pasado:
(2 R 1:8) "Y ellos le respondieron: Un varón que tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero. Entonces él dijo: Es Elías tisbita."
La comida de Juan era igualmente sencilla: se nos dice que comía langostas y miel silvestre. Es decir, la suya era una comida que podía hallarse allí mismo en el desierto, sin tener que acudir a otras poblaciones en busca de alimentos. La "miel silvestre" probablemente venía de panales que las abejas hacían entre las rocas, o en algunos árboles del desierto.
Todos estos detalles son importantes, porque:
  • Señalaban una vida de separación de todo cuanto el mundo busca y aprecia. Era un hombre que vivía su mensaje, y esto es importante, porque no se puede condenar el mundo siendo del mundo.
  • Es un ejemplo de un siervo de Dios totalmente entregado a su ministerio, que no admite otras distracciones.
  • Manifiesta su completa independencia de todo cuanto este mundo pudiera darle.
  • Reflejaba la sinceridad del mensaje que proclamaba y daba un toque de realidad a su anuncio de los juicios terribles que vendrían sobre su generación.

VII. Juan el Bautista y Elías

Acabamos de decir que Juan el Bautista era aquel Elías anunciado por el profeta Malaquías y que habría de venir preparando el camino al Mesías. Por supuesto, Juan no era la reencarnación de Elías, sino un nuevo profeta que venía con su mismo espíritu y poder, tal como el ángel le había dicho a su padre Zacarías:
(Lc 1:17) "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."
El parecido entre ambos es muy notable y podemos apreciarlo en varios detalles:
  • Ya hemos visto que su indumentaria era similar (2 R 1:8) (Mr 1:6).
  • Como profetas de Dios, los dos tenían una fuerte consciencia de la presencia divina en sus vidas.
  • Los dos profetas destacan como hombres enteramente entregados a su ministerio. Es como si no tuviesen otras preocupaciones en la vida, sino solamente la de cumplir con su cometido profético.
  • Cada uno de ellos hizo volver los corazones del pueblo a Dios. Elías enfrentándose a los profetas de Baal, y Juan el Bautista denunciando el pecado de todo el pueblo. Los dos tuvieron que emplear un tono duro de denuncia del pecado, buscando el arrepentimiento del pueblo, haciendo una llamada a la conversión y a dejar su infidelidad a Dios.
  • Ambos se sintieron solos ante una nación que se apresuraba hacia el borde de un precipicio que los conducía a un abismo sin fondo.
  • Los dos tuvieron la intrepidez de enfrentarse a los reyes de su tiempo denunciando su pecado; Elías con Acab y Juan el Bautista con Herodes.
  • Incluso en ambos casos las esposas de los monarcas procuraron la vida de los profetas; Jezabel la de Elías y Herodías la de Juan.
  • A cada uno le vinieron momentos de depresión. En el caso de Elías, se sintió abatido después de su triunfo sobre los profetas de Baal. Y Juan el Bautista, desde la celda de su prisión, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías o debían esperar a otro.
  • Ambos formaron a otros discípulos para continuar con su ministerio.

Conclusión

Sin duda, hombres como estos son el mayor regalo de Dios para la raza humana. Es verdad que no son valorados por el mundo, pero son hombres así los que nos ayudan a encontrarnos con Dios, a cambiar nuestras vidas para que seamos mejores.
¡Cuánto necesita nuestro mundo de hoy hombres con el espíritu y el poder de Elías y de Juan el Bautista! Hombres que no estén apegados a este mundo, a sus valores, a sus distracciones, sino que hayan puesto su mirada en Dios para vivir en intimidad con él. Hombres que despierten los corazones de los hombres para que se vuelvan a Dios.
Eliseo, recogió el manto de Elías y mientras golpeaba con él las aguas del río Jordán, dijo: "¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?" (2 R 2:14). Dios escuchó a aquel nuevo profeta y las aguas volvieron a abrirse. Ahora la pregunta no es tanto "¿Dónde está el Dios de Elías?" sino "¿Dónde están los Elías de Dios?". Es necesario que nosotros también recojamos ese viejo manto profético y seamos hombres de Dios para nuestra generación, del mismo modo que ellos lo fueron en la suya, anunciando el inminente regreso del Señor Jesucristo y la necesidad de prepararse para su encuentro.

Preguntas

1. ¿Por qué Juan el Bautista no ejercía su ministerio en Jerusalén, la capital?
2. ¿Qué características debe tener el verdadero arrepentimiento? Busque en las Escrituras dos oraciones en las que se pida perdón.
3. Explique con sus propias palabras qué quiere decir la expresión "confesar los pecados".
4. A su juicio, ¿qué importancia tenía la vestimenta y la comida de Juan el Bautista?
5. Lea la historia de Elías en el Antiguo Testamento (1 Reyes 17 en adelante), y busque algunos de los paralelismos entre su ministerio y el de Juan el Bautista. No olvide aportar las citas bíblicas concretas.

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