Estudio bíblico: Pedro niega a Jesús - Marcos 14:66-72

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Pedro niega a Jesús - Marcos 14:66-72

(Mr 14:66-72) "Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas del sumo sacerdote; y cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno. Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo. Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. Pero él negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis. Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba."

Introducción

Marcos hace un paréntesis en el relato del juicio al Señor para contarnos la negación de Pedro. Al colocar los acontecimientos de esta manera, es inevitable ver el fuerte contraste que esto nos presenta: frente a la valiente confesión de Jesús declarando ante el Sanedrín primero, y luego ante Pilato, que él era el Mesías, vemos la cobardía de Pedro negando por tres veces que conoce a Jesús.
Y aunque es imposible que ocurra, sin embargo podemos preguntarnos ¿qué pasaría con nosotros si Cristo negara delante del Padre que nos conoce, tal como hizo Pedro con Jesús? No cabe duda de que él sí tendría muchas razones para avergonzarse de nosotros, mientras que ningún hombre tiene un solo motivo para avergonzarse de él. Por esto es aun más incomprensible que como creyentes nosotros nos avergoncemos del Señor en ocasiones.
Pero lo cierto es que todos nosotros hemos fallado al Señor de muchas maneras, aunque cuando esto ocurre, normalmente no nos gusta que los demás lo sepan. Sin embargo, los cuatro evangelios hacen pública la negación de Pedro, por lo que millones de creyentes de todas las generaciones han llegado a tener conocimiento de esto. No obstante, en este caso, fue el mismo Pedro el primero en contarlo, porque no debemos olvidar que en su evangelio Marcos recogió el testimonio del apóstol y sus experiencias con el Señor.
¿Qué interés podía tener Pedro en hacer público un fracaso tan vergonzoso y que tanto dolor le había causado? Pensamos que la razón por la que lo hizo fue para que nosotros podamos aprender importantes lecciones a partir de lo que le ocurrió a él.
Además, debemos recordar que la Biblia no es un libro que esconde los fracasos de los hombres o los idealiza. A veces nosotros tenemos esta tendencia, pero la Palabra de Dios nunca lo hace. Y debemos estar agradecidos de que sea así, porque cuando consideramos a los hombres de Dios que aparecen en las Escrituras, viendo sus fracasos y también sus victorias, nos resulta sencillo identificarnos con ellos. Pero si sólo tratara de personas perfectas, no tendría ninguna utilidad para nosotros.

Pedro estaba en el lugar equivocado

Comenzamos el estudio de nuestro pasaje recordando que en esa noche, cuando la turba enviada por el Sanedrín se había presentado en el huerto de Getsamaní con la intención de arrestar a Jesús, Pedro no había dudado ni un momento en desenvainar su espada con la intención de enfrentarse contra ellos. Su intervención se había saldado con el siervo del sumo sacerdote herido, algo que como sabemos, Jesús solucionó inmediatamente. Después de este lamentable incidente, podríamos suponer que el último lugar al que Pedro hubiera pensado en ir sería a la casa del sumo sacerdote. Pero precisamente allí estaba él. Y aunque rápidamente una criada le reconoció como discípulo de Jesús, y a pesar del evidente peligro que esto suponía para él, aun así, siguió allí.
No podemos negar que Pedro llegó mucho más lejos que los demás discípulos, pero el Señor le había dicho que por el momento no le podía seguir, algo a lo que él no quiso hacer caso (Jn 13:36-37). Por lo tanto, el hecho de que en aquella noche estuviera en el patio del sumo sacerdote mientras Jesús era juzgado, no lo debemos asociar con su lealtad al Señor, porque en ese caso le habría obedecido y no hubiera seguido a Jesús hasta allí.
Otro detalle que debemos notar es que mientras esperaba para ver qué ocurriría con Jesús, se acercó a los alguaciles que se calentaban en el fuego y allí se mezcló con ellos, como si fuera uno más. Así que, si el hecho de encontrarse en aquel lugar supuso un acto de desobediencia al Señor, el juntarse con los enemigos de Jesús, fue el primer paso hacia su negación.
Tristemente tenemos que reconocer que los cristianos hacemos lo mismo muchas veces. En lugar de resaltar como diferentes a los del mundo, nos comportamos como ellos para evitar que hablen mal de nosotros o nos ridiculicen. Pero sin duda esta es también una forma de negar al Señor. Tal vez intentemos justificarlo diciendo que de esta forma queremos atraerlos al evangelio, pero en el momento que nos hacemos como ellos, hemos dejado de ser luz y sal para el mundo (Mt 5:13-16).

La negación de Pedro

Seguramente el propósito de Pedro era observar el proceso sin que lo reconocieran, pero una criada se dio cuenta de que él era uno de los discípulos de Jesús y después de acusarle directamente, lo siguió por el patio del sumo sacerdote diciéndoselo también a todos los demás.
De repente, aquella mujer había puesto al apóstol en graves problemas. Las acusaciones le llovían por todos los lados. ¡Aquello era suficiente como para poner nervioso a cualquiera! Pedro se había acercado junto al fuego para calentarse, pero de pronto se dio cuenta de que se estaba quemando.
¿Cómo salir de esa situación en la que nunca debería haberse metido? Parece que en ese momento el terror se apoderó de él, y al verse encerrado cedió cobardemente ante las preguntas de aquella criada curiosa. Ahora vemos al valiente y arrojado Pedro, el del corazón amante y la voluntad presta, negando a su Maestro con juramentos, diciendo que no conocía a Jesús, e invocando todo tipo de maldiciones sobre sí mismo si no decía la verdad.
¿Dónde había quedado aquella fidelidad hasta la muerte que había prometido a Jesús y de la que alardeaba delante del resto de los apóstoles? En un momento se desmoronó y negó al Señor, sin que para ello fuera necesario un interrogatorio bajo las más crueles torturas, sino tan solo las preguntas de una criada.
¿Y cómo podía decir que no conocía al Señor si había pasado con él los tres años más hermosos de su vida? ¿No había estado Jesús en casa de Pedro y había sanado a su suegra? ¿No había usado su barca como púlpito improvisado y habían ido juntos a pescar? ¿No lo había elegido como uno de sus apóstoles y lo había enviado a predicar? ¿No había subido con el Señor al monte y le había visto transfigurarse? ¿No le había salvado de ahogarse en medio del mar de Galilea? ¡Cuántos momentos entrañables vividos juntos para que ahora dijera que no le conocía!
Es evidente que mientras que las multitudes seguían a Jesús con admiración, a Pedro no le costó mucho estar a su lado disfrutando del prestigio que de alguna manera le proporcionaba ser uno de sus apóstoles, pero ahora que Jesús había quedado abandonado y era despreciado, admitir una relación con él implicaba pagar un alto precio, tal vez hasta perder la vida. En ese caso, negar cualquier relación con Jesús podía tener muchos beneficios temporales, y seguramente por temor le negó. Y aunque estamos considerando el caso de Pedro, tenemos que admitir que nosotros no somos tan distintos.
Todo esto llevó a Pedro a descubrir que era mucho más débil de lo que se había imaginado. Y como decíamos, este triste incidente ha quedado recogido en las Escrituras para nuestra propia edificación. Porque nosotros también estamos inclinados a pensar que somos más fuertes de lo que realmente somos. No lo olvidemos; la naturaleza caída del hombre es así de débil aun en el mejor de los hombres, y nadie debe considerarse lo bastante fuerte como para pensar que está libre del peligro de caer (1 Co 10:12).

El proceso de la caída de Pedro

Pedro dio una serie de pasos que desembocaron en su negación. No se trató de una caída repentina, sino de un proceso que debemos considerar para así evitar.
  • En primer lugar ya hemos visto que tenía una confianza excesiva en sí mismo, al punto de que no hizo caso a las advertencias de Jesús (Mr 14:29-31).
  • Tampoco ejerció la vigilancia en oración que el Señor le recomendó (Mr 14:37-38).
  • No entendió la naturaleza de la batalla que se estaba librando, y usó las armas de la carne para pelear (Mr 14:47) (Jn 18:10).
  • Además, a partir del momento cuando huyeron al ser arrestado Jesús, ellos quedaron solos, y como el Señor les había dicho: "Separados de mí, nada podéis hacer" (Juan 15:5). Todo poder para vencer la tentación nos viene del Señor y por eso, cuando no tenemos comunión con él fracasamos.
  • Y finalmente, se había mezclado con los enemigos de Cristo, identificándose con ellos (Mr 14:54).

El arrepentimiento de Pedro

Jesús le había dicho que en esa noche, "antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces" (Mr 14:30), así que cuando coincidiendo con su tercera negación escuchó cantar por segunda vez al gallo, inmediatamente recordó las palabras del Señor. Además, justo en ese momento, el Señor estaba siendo llevado para comparecer ante el tribunal de Pilato y pasó por el patio donde estaba Pedro, y en un breve instante se volvió para mirarle (Lc 22:61). Esta mirada del Señor llegó hasta lo más profundo de su corazón, terminando de quebrantar al orgulloso Pedro, que "pensando en esto lloraba" (Mr 14:72).
¿Qué sentimientos agitaban el alma del apóstol en estos momentos? Seguramente tendría amargos remordimientos que le atormentaban pensando en lo que acaba de hacer. ¿Cómo podía haber negado al Señor después de todo lo que había hecho por él? ¿Cómo había correspondido de esta forma al amor y la amistad de las que tantas veces Cristo le había hecho partícipe? Seguro que también recordó que el Señor se lo había advertido anteriormente y que él no había querido hacerle caso. Y hasta tal vez se le pasó por la cabeza lo que los demás discípulos dirían de él, después de que unas horas antes se había mostrado tan autosuficiente, creyéndose superior a todos ellos.
Esto fue una humillación muy dolorosa, pero totalmente necesaria, puesto que no había querido tener en cuenta la palabra del Señor. Y siempre que no queremos hacer caso a lo que el Señor nos dice, finalmente él nos deja a nuestros propios recursos hasta que nuestra confianza carnal es abatida hasta el polvo. Es mejor hacer caso a su Palabra y no llegar hasta este punto.
No obstante, debemos apreciar algo muy positivo: el arrepentimiento de Pedro fue muy rápido. Lucas nos dice que en ese momento "saliendo afuera, lloró amargamente" (Lc 22:62). No nos cabe duda de que cada una de sus lágrimas eran evidencia de un arrepentimiento genuino y real. Debemos tomar esto en consideración, sobre todo en una época como la nuestra, cuando las personas que dicen arrepentirse, apenas entienden la seriedad del pecado ni sienten dolor por ellos.
En el caso de Pedro, junto con el dolor que le producía su pecado, había también un profundo sentimiento de vergüenza que era necesario encauzar debidamente. Lucas nos dice que inmediatamente después de que se dio cuenta de la gravedad de lo que acababa de hacer, buscó un lugar en la oscuridad de la ciudad donde esconderse de la vergüenza que sentía por aquella amistad que había traicionado. Y los cristianos conocemos bien esta experiencia, porque cuando pecamos se apodera de nosotros el mismo sentimiento de culpa y vergüenza que tenía Pedro. Y es entonces cuando tenemos la tentación de "escondernos", pensando que dejando pasar el tiempo las cosas se arreglarán por sí solas. Pero mientras dura este tiempo en que la comunión con el Señor ha quedado rota, somos completamente vulnerables, y es entonces cuando el diablo aprovecha para llevarnos a otras tentaciones peores. Por esta razón, es importante que nada más que pecamos y somos conscientes de ello, acudamos sin demora al Señor y le pidamos perdón. No olvidemos que él es nuestro Sumo Sacerdote en el cielo que siempre nos recibe e intercede por nosotros ante el Padre asegurando nuestro perdón.

La restauración de Pedro

Aunque el perdón es algo que ocurre en el mismo momento en que nos dirigimos al Señor con verdadero arrepentimiento y fe, la restauración es un proceso que puede llevar más tiempo. Además, el Señor siempre toma las medidas necesarias para librarnos en lo sucesivo de cosas similares.
El primer paso para llevar a cabo esta restauración es reconocer que el Señor nos conoce mejor que nosotros mismos. Esto es lo que Pedro descubrió de una forma tan dolorosa cuando vio cumplido con total exactitud lo que Jesús le había anunciado en cuanto a su negación (Mr 14:27-31). Después de negar al Señor, Pedro tuvo ocasión de meditar en esto: "se acordó de las palabras que Jesús le había dicho" (Mr 14:72). Y si quería prevenir otras caídas en el futuro, tendría que apoyarse en la Palabra del Señor y no es sus propias percepciones, algo que, por supuesto, todos tenemos que aprender.
Y de hecho, sería la confianza en la palabra de Jesús lo que le ayudaría también a salir de aquella crisis en la que se encontraba. Veamos lo que el Señor le dijo cuando profetizó su negación: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc 22:31-32). Era evidente que Jesús sabía lo que Pedro iba a hacer, pero aun así le dijo que a pesar de eso todavía estaba dispuesto a contar con él en el futuro: "Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos". No es difícil imaginar el impacto que esto tuvo que tener en la mente del atribulado apóstol después de su caída. Si confiaba en la palabra de Cristo, sería librado de la desesperanza fatal que sentía.
Otro aspecto importante que tenía que considerar para evitar otras caídas era que el Señor nos impone limitaciones que debemos respetar por nuestro propio bien. Jesús le había dicho a Pedro: "A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después"; algo que el apóstol no estuvo dispuesto a aceptar, y por eso le contestó: "¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti" (Jn 13:36-37). Debemos admitir que tenemos limitaciones por nuestra propia naturaleza, algo que Pedro no parecía entender todavía, y esto nos impide hacer todo lo que quisiéramos. Por eso, en la vida cristiana no es sabio aspirar a hacer lo mismo que otros hacen, sino que debemos seguir el camino trazado por el Señor para nosotros. Todos somos diferentes y hemos recibido del Señor dones complementarios que determinan el tipo de servicio que él tiene preparado para cada uno de nosotros. Cuando nos empeñamos en tomar una dirección diferente, esto nos conducirá al fracaso.
Y finalmente, era muy importante que Pedro dejara que el Señor le restaurara. Como ya hemos dicho, él había aprendido muchas cosas, pero ahora era necesario que fuera restaurado al servicio y a la confianza entre sus compañeros de apostolado. Y una vez más fue el Señor quien tomó la iniciativa para ello. Pero no fue fácil, porque como todos los cristianos hemos experimentado muchas veces, cuando pecamos nos sentimos abrumados por la culpa y sucios por el pecado, y llegamos a pensar que nuestras acciones han sido tan malas que Dios no puede perdonarnos, y que si lo hace, aun así ya nunca podremos hacer nada para él. Pero por supuesto, el Señor ve las cosas de otra manera. Sólo cuando la persona que ha pecado se siente conforme con lo que ha hecho, es cuando no es posible una auténtica restauración.
Pero como decimos, este proceso de restauración puede resultar muy doloroso. Por ejemplo, en el caso de Pedro, vemos que después de que Jesús resucitó y se presentó en varias ocasiones a Pedro, aun así, él se sentía desanimado. Podemos notarlo en su actitud: "Voy a pescar" (Jn 21:3). Recordemos que al comienzo del ministerio de Jesús, Pedro había abandonado sus redes y le había seguido (Mr 1:16-18), pero ahora se sentía completamente hundido y pensaba que no era digno de servirle, así que decidió volver a su antigua profesión de pescador. Y fue en ese contexto cuando Jesús salió a su encuentro. Notemos que para empezar el Señor preparó un fuego y allí le esperó. ¡Qué curioso, había sido alrededor de un fuego en el patio del sumo sacerdote donde Pedro había comenzado a negar al Señor, y era precisamente en otro fuego donde ahora se iba a producir la restauración! Esto es importante, porque cuando después de haber pecado "huimos" del Señor evitando su presencia, él viene a nuestro encuentro y con facilidad nos lleva al mismo punto donde comenzaron nuestros fracasos. Todos hemos pasado por circunstancias que nos recuerdan aquello que hemos hecho mal y que tal vez todavía tenemos pendiente. Por ejemplo, recordamos el caso cuando Jacob había huido después de engañar a su padre haciéndose pasar por su hermano Esaú, sin embargo, años después su suegro le engañó a él dándole a la hermana de la mujer que esperaba. Tuvo que ser muy doloroso, pero Dios le estaba obligando a enfrentarse con su pecado. Y ahora, en el caso de Pedro estaba ocurriendo lo mismo. Pero ahí no acabó todo. Una vez que Jesús y los otros apóstoles habían comido en torno al fuego, le preguntó a Pedro delante de todos si le amaba más que sus compañeros, e hizo esto por tres veces consecutivas (Jn 21:15-17). Pedro tuvo que asociar estas tres preguntas con las veces que él mismo había negado a Jesús. Y tal vez podríamos pensar que fue una humillación desproporcionada, que si Pedro ya había llorado por su pecado, resultaba innecesario añadir más dolor y vergüenza al pobre discípulo, y además, hacerlo delante de los otros apóstoles era excesivo, en tal caso lo podría haber hecho en privado. Pero si Jesús lo hizo así es porque era necesario y conveniente. Ahora Pedro tenía que contestar; ¿volvería a alardear de su fidelidad al Señor y de su pretendida superioridad sobre los otros discípulos? No, sino que quedó fuera de toda duda que después de esta experiencia Pedro era un hombre diferente. Tanto que ahora ya no se atrevía a hacerle más promesas a su Maestro, y ni siquiera tenía argumentos para demostrar su amor por él, así que lo único que pudo decirle fue: "Señor; tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Se percibe con claridad que ya no es el hombre arrogante que confiaba en sí mismo, sino que había aprendido a respetar la opinión del Señor por encima de la suya propia. Era consciente de sus propias limitaciones, y se había dado cuenta de que sin el Señor, él no podría hacer nada. Fue entonces cuando se hizo posible la restauración. Y tuvo que ser pública, en presencia de los otros discípulos, para que sirviera de guía para todos. De esta manera el resto de los apóstoles escucharon el nuevo encargo que Jesús le hizo a Pedro: "Apacienta mis ovejas". Pedro volvía a ser útil. A partir de aquí ningún otro discípulo podría culpar a Pedro por su negación, puesto que su arrepentimiento había sido genuino, había aprendido la lección, y el mismo Señor le había perdonado y vuelto a colocar en el ministerio. Todo esto revela de una forma maravillosa la gracia y el amor perdonador del Salvador.
Y aunque humillante y doloroso, fue imprescindible hacerlo así, porque de otro modo habría sido infinitamente peor. La Biblia nos ha dejado un buen ejemplo de lo que ocurre cuando hay restauración sin arrepentimiento. Podemos verlo en el caso de Absalón, el hijo del rey David. Absalón había matado a su hermano Amnón porque éste había violado a Tamar (2 S 13:32). Después de esto huyó a Gesur y estuvo allí por espacio de tres años (2 S 13:38). Finalmente Joab, general de David usó de diferentes artimañas para hacer volver a Absalón a Jerusalén (2 S 14:1-23). El posterior comportamiento de Absalón dejaba fuera de toda duda que él no se había arrepentido de lo que había hecho, así que usó la nueva posición que había conseguido para preparar un golpe de estado a su propio padre, que acabó enfrentando a todo el país en una guerra civil. Seguramente todo esto se habría evitado si David hubiera exigido algún signo de arrepentimiento a su hijo antes de hacerle volver a Jerusalén.
En este sentido es interesante considerar lo que Jeremías había dicho acerca de los profetas y sacerdotes de su tiempo:
(Jer 6:14-15) "Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz. ¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun saben tener vergüenza; por tanto, caerán entre los que caigan; cuando los castigue caerán, dice Jehová."

El futuro ministerio de Pedro

Hay una lección que sobresale en este evento sobre el fracaso. Esa lección es que el fracaso no tiene por qué ser el fin de todo. Esto es algo que sin duda alguna se cumplió en el caso de Pedro. El Señor le restauró y fortaleció para que pudiera emprender un importante ministerio en el futuro.
No lo olvidemos; el verdadero discípulo del Señor no es alguien que nunca peca, sino uno que se arrepiente y con la ayuda del Señor se levanta para comenzar de nuevo.
A partir de ese momento, el ministerio del apóstol fue realmente fructífero. Todos recordamos su predicación en el día de Pentecostés, cuando tuvo lugar el nacimiento de la Iglesia, y cómo varios miles de personas llegaron a entregar sus vidas al Señor (Hch 2:14-42). Y a lo largo de todas las páginas del libro de los Hechos que describen los primeros años del desarrollo del cristianismo, la figura de Pedro es fundamental, sobre todo en los momentos decisivos de la extensión de la iglesia, en especial cuando tuvo lugar la incorporación de los samaritanos (Hch 8:14) y de los gentiles (Hch 11:1-18). Y no sólo esto, sino que también escribió dos epístolas inspiradas por el Espíritu Santo que han sido incluidas en la Biblia para nuestra consideración y aprendizaje.
Podemos pensar también que el evangelista Marcos incluyó este relato por el impacto que había tenido para él mismo. No debemos olvidar que Juan Marcos también había fracasado cuando en el primer viaje misionero de Pablo y Bernabé les había abandonado (Hch 13:13). Incluso llegó a ser el motivo del desacuerdo por el que Pablo se separó de Bernabé en su segundo viaje misionero (Hch 15:36-41). Todo esto le tuvo que marcar mucho. Pero finalmente Marcos fue restaurado también al ministerio, llegando a gozar nuevamente de la confianza del apóstol Pablo (Col 4:10) (2 Ti 4:11), e incluso escribiendo el evangelio que ahora estamos estudiando. La forma en la que esta restauración se produjo no la sabemos con certeza, aunque podemos suponer que Bernabé tuvo algo que ver, pero tampoco sería descabellado pensar que el mismo apóstol Pedro fuera la clave para ello, ya que en su primera carta le llama su "hijo" (1 P 5:13). Al fin y al cabo, el apóstol sabía perfectamente lo que era un fracaso, y también la forma en la que una persona puede ser restaurada, así que creemos que su caso tuvo que inspirar muy positivamente a Marcos.
Finalmente tenemos que darnos cuenta de que Dios, en su infinita sabiduría, es capaz de transformar nuestros fracasos en una bendición que nos lleve a vivir más cerca de él y así llegar a ser útiles en su obra y a los hermanos.
La clave para esta asombrosa transformación la debemos buscar en el ministerio sacerdotal de Cristo. Satanás había pedido permiso para atacar la fe de Pedro, y su petición fue otorgada, pero al mismo tiempo Jesús había estado intercediendo por él para que su fe no faltara (Lc 22:31-32).
Es interesante notar que lo que Satanás quería destruir era la fe de Pedro. Y en este sentido esta historia está relacionada con la de Job. También en ese caso el diablo recibió permiso para arrebatar a Job todo lo que tenía con el fin de acabar con su fe en Dios (Job 1:8-11). Esto nos hace pensar en la importancia de la fe. En realidad la fe no tiene valor en sí misma; es como la mano que recibe un regalo, o los labios que beben el agua de la vida, o el ojo que mira a Cristo. Sin embargo, la fe tiene un valor fundamental porque es el cauce por el que recibimos la gracia y el poder de Dios. Esta es la razón por la que el diablo quiere destruirla. Por supuesto, sería absurdo que nos gloriáramos en nuestra fe creyendo que hay en ella algún mérito, esto no tendría ningún sentido, puesto que lo que verdaderamente importa es el objeto de la fe, que no puede ser otro que Cristo.
Pero esta fe que el mismo Pedro describió como más preciosa que el oro, debe ser probada con fuego para comprobar si es auténtica y para que dé el fruto deseado por Dios para su gloria (1 P 1:7). Pedro sabía esto muy bien, puesto que su fe había sido puesta a prueba en aquel fuego encendido en el patio del sumo sacerdote, y como era auténtica, a pesar de su fracaso inicial, por medio de la intervención de Cristo como Sumo Sacerdote, finalmente llegó a ser potenciada, de tal manera que pudo ser plenamente capacitado para fortalecer a sus hermanos en su propia lucha espiritual. Su fe se reveló auténtica por medio de la prueba. En cambio, cuando una persona que dice tener fe es probada y se vuelve al mundo, lo que podemos deducir es que seguramente su fe no era genuina.

Preguntas

1. Explique con sus propias palabras el proceso que siguió Pedro antes de llegar a negar al Señor. Justifique su respuesta con las citas bíblicas apropiadas.
2. ¿Cuáles cree que podían ser los pensamientos de Pedro una vez que había negado al Señor? Razone su respuesta. ¿Cree que su arrepentimiento fue genuino? ¿Por qué?
3. ¿Cree que el arrepentimiento y la restauración se producen juntas? Explique su respuesta usando ejemplos bíblicos.
4. ¿Qué cosas fueron necesarias que Pedro aprendiera antes de ser restaurado? ¿Cómo llevó a cabo el Señor la restauración de Pedro? Explique qué labor realizó el apóstol después de su restauración.
5. ¿Qué aprendemos en esta lección acerca del ministerio del Señor Jesucristo en relación a la restauración del pecador? ¿Y sobre la fe?

Comentarios

Estados Unidos
  Martin   (Estados Unidos)  (25/07/2016)
Muy bueno, para aprender grandes verdades, gracias .
Argentina
  Carolina López  (Argentina)  (30/03/2016)
Me encantó cómo desglosó desde la introducción hasta el ministerio de Pedro, haciendo comprender, inspirando, y llevando a nuestros tiempos todo, con oportunos versículos bíblicos, que me son de muchísima ayuda para captar aun mas lo que nos dice la Biblia. Gran ungido del señor!! lo saludo , bendiciones enormes para usted y toda su familia. Carolina López
Estados Unidos
  eder leon  (Estados Unidos)  (03/02/2015)
buen estudio biblico
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