Folletos cristianos

La lluvia que cae del cielo

Folletos cristianos
Desde el día que Yahvé hizo aparecer sobre la Tierra el arco iris por vez primera tras el diluvio, la lluvia ha sido para los hombres, símbolo más de bendición que de juicio. Y así, los israelitas contaban entre las promesas del Señor la de recibir la lluvia a tiempo: "Yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto" (1)- decía la ley. La escasez de lluvia era, por tanto, entendida como maldición de Dios.

Este año en España - dicen preocupados los meteorólogos - vivimos una situación de sequía. El invierno ha sido muy seco, y al principio, el mes de abril no fue precisamente de aguas mil. Todo el mundo, empezando por los agricultores, se quejaba de la situación, y algunos levantaban su puño contra el cielo echándole a Dios la culpa.

Sin embargo, cuando llueve después de semanas de sequía, y los campos sedientos se apresuran a reverdecer como mostrándose agradecidos, ¿cuántos levantan al cielo sus ojos para dar gracias a Dios.

El apóstol Pablo, predicando en la ciudad de Listra, hablaba de Dios como el que "nos hace bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones" (2). Pero hay muchos que no quieren verlo así. Cuando les falta, blasfeman, y cuando les sobra, se complacen en sí mismos: "Y no dijeron en su corazón: Temamos ahora a Yahvé Dios nuestro, que da lluvia temprana y tardía a su tiempo" (3).

El rey David, poco antes de morir, habló proféticamente de "un Justo que gobernará entre los hombres", y dijo de él: "Será como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra" (4). ¿Y de quién iba a estar hablando, sino del Mesías? No ha habido entre todas las bendiciones de lo Alto otra mayor que ésta, capaz de hacer brotar la vida en el terreno seco y estéril de los corazones de los hombres.

Tal vez tu vida sea algo así como un secadal que no da fruto para nadie. Un campo baldío, que necesita ser desbrozado, regado y cultivado. Pues mira: como dependemos del cielo para recibir la lluvia, así dependemos de Dios para limpiar nuestras vidas, cambiarlas y hacerlas útiles. Él envió al Mesías, el Señor Jesucristo, precisamente para eso: "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (5).

Ahora bien, déjame que te haga una advertencia. Dice también la Escritura que "la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos que la labran, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos no vale nada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada" (6). ¡No escuches indiferente el mensaje de perdón y salvación que Dios ofrece por medio de Cristo! El que escucha el evangelio como "el que oye llover", con la misma ingratitud con la que muchos reciben la lluvia a tiempo y la vida a cada instante, se arriesga a ser como esa tierra maldecida y por fin quemada. ¡Que Cristo sea para ti "como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra"! (7)


(1). Levítico 26.4
(2). Hechos de los Apóstoles 14.17
(3). Jeremías 5.24
(4) y (7). 2º Libro de Samuel 23.3-4
(5). Evangelio según Juan 10.10
(6). Epístola a los Hebreos 6.7-8
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"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6)

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