Folletos cristianos

Poderoso caballero

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"Poderoso caballero es don Dinero" - Eso decía Quevedo en mil seiscientos y pico, y poco han cambiado las cosas desde entonces. Ya no hay doblones, ni escudos, ni cuartos? ¡Y ya pronto ni pesetas! Pero el dinero sigue siendo poderoso caballero, por más que le cambiemos el nombre y ahora lo contemos en euros.

Don Dinero gobierna las relaciones internacionales, enriqueciendo a unos a costa de sumir a otros en el subdesarrollo y la deuda externa. Soborna jueces, corrompe gobiernos y pervierte religiones. Defiende a narcotraficantes y demás sinvergüenzas y menosprecia al trabajador honrado. Es móvil de asesinatos y otros ajustes de cuentas. Es padre de la avaricia y el fraude, y es abuelo de la envidia. Con tal de hacerse con él hay comerciantes capaces de engañar a sus clientes y patronos sin escrúpulos de "malpagar" a sus obreros. Por afán de que les sobre, muchos padres desatienden a sus hijos y muchos hijos riñen por la herencia de los padres. Y es tan cegadora su atracción que hay quienes viven solamente para acumularlo en su cartilla de ahorros? Sin pararse a pensar que de este mundo se irán tan de vacío como vinieron. Con razón dice la Biblia: "Raíz de todos los males es el amor al dinero" (1).

Pero el peor de todos los males todavía no se ha dicho. El Señor Jesucristo dijo en una ocasión: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Pues ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?" (2). Lo peor del dinero es que, por el afán de ganarlo, podemos perder lo más valioso que tenemos: nuestra propia alma, por no decir que nuestra vida también.

El rey Salomón lo vio más claro que nadie: Además de investigar, estudiar y escribir; abordar proyectos políticos y comerciales; dedicarse a la música, al arte y a todos los placeres de la vida, fue un hombre riquísimo. Tanto, que las crónicas de su reinado cuentan que en su corte la plata no era apreciada por la cantidad de oro que había. Pues bien, este hombre, en los últimos días de su vida, volvió la vista atrás y dijo: "Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol" (3). ¡Qué tremendo! ¿Cuántas personas, con más o menos dinero, no llegarán a esta conclusión a tiempo? Que de nada te sirve ganar el mundo entero si a la postre pierdes el alma.

¿Pero cómo salvar el alma? ¿Renunciando a todas las posesiones, como hacen los anacoretas? ¡Pero eso sería intentar comprar el alma con dinero! Recuerda que el Señor Jesús dijo: ¿Qué dará un hombre a cambio de su alma? (2). Y el apóstol Pedro añadió: "Fuisteis rescatados de vuestra vacía manera de vivir, no con cosas perecederas, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo" (4). A cambio de tu alma, amigo mío, Jesús entregó nada menos que su vida.

Ahora el primer paso que has de dar no es hacer alardes de generosidad precisamente, sino todo lo contrario: Reconocer tu egoísmo. A nadie le gusta pensar mal de sí mismo. Pero acuérdate que vivimos en España, uno de los países ricos y egoístas de la Tierra, y con fama por cierto de tener la envidia como pecado nacional. Y de cualquier modo, humanos y pecadores. Reconoce tu avaricia, tu materialismo, tus fraudes, tu egoísmo o tus envidias; toda tu condición delante de Dios. Y pídele la salvación gratuita que Jesús pagó en la cruz. Y verás como, a raíz de hacerlo, va cambiando tu actitud hacia la vida? Y también hacia el dinero, que poco a poco irá dejando de ser para ti poderoso caballero.

(1). 1ª Epístola de Pablo a Timoteo 6.10
(2). Evangelio según Marcos 8.36-37
(3). Eclesiastés 2.11
(4). 1ª Epístola de Pedro 1.18
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"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6)

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