Folletos cristianos

El príncipe de Egipto

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Así han titulado la última película de "Dreamwork Pictures", estrenada la Navidad pasada, que es en realidad el relato en dibujos animados de la historia bíblica de Moisés y la salida del pueblo de Israel de Egipto.

En el Éxodo se narra cómo Moisés, abandonado en una canastilla en el río Nilo al poco de nacer, y criado en la corte del faraón como un egipcio, conoce su origen israelita y se siente impulsado a defender a su pueblo, oprimido bajo la esclavitud de los egipcios. Eso le coloca en una delicada situación, que le obliga a huir al desierto, donde Yahveh lo llama y le da el encargo de sacar a los israelitas de allí. Así que, regresa con su pueblo y, en compañía de su hermano Aarón, se enfrenta al faraón, respaldado por los prodigios que Dios hace por medio de ellos dos. Por fin, el pueblo sale camino del desierto, franqueando la muralla del mar Rojo gracias a un milagro más del cielo.

La película es entretenida y emocionante, como también la historia en que está basada. Pero si uno conoce algo del resto de la Biblia, aquello que ocurrió en Egipto cobra un significado y un valor inusitados. Parémonos sólo en un detalle: la Pascua.

?La Pascua? fue el nombre que se dio a una fiesta que los israelitas celebraban en recuerdo de la noche que salieron apresuradamente de sus casas en Egipto para cruzar el mar Rojo. Dios mandó que aquella noche señalada cada familia sacrificara un cordero de un año que no tuviera defecto alguno (ni enfermedad, ni cojera, ni ceguera, ni cosa parecida), que untaran los postes y el dintel de la puerta de casa con la sangre del cordero sacrificado, y que luego lo comieran asado, preparados para salir de viaje después de la cena. Aquella noche vendría la última de las plagas que azotó Egipto mientras el faraón se empeñó en no dejarles marchar: El primogénito de cada familia moriría al paso de un ángel que, allí donde viera sangre en la fachada, pasaría de largo. De esta manera los israelitas que siguieron las instrucciones de Moisés fueron librados de esa mortandad, mientras que los egipcios fueron víctimas de ella. Fue aquella misma noche cuando, con sus enseres a cuestas y saliendo a toda prisa, los israelitas abandonaron la tierra de su esclavitud.

Siglos después, sobre el año 30 de nuestra era, una "familia" singular se reunía en un aposento a celebrar la Pascua. Se trataba del Maestro, el Señor Jesucristo, y sus doce discípulos. Habían sacrificado un cordero, y mientras lo cenaban, el Maestro les habló de otro sacrificio: Él mismo había de morir a las pocas horas. Efectivamente, cuando terminaron de cenar, salieron andando al Monte de los Olivos, y allí acudió una multitud armada dispuesta a prenderle. Y después de un juicio que no demostró sino que era inocente, fue entregado a las autoridades romanas para ser crucificado.

Pocos años antes, al comienzo de la aparición pública de Jesús, había dicho de él el profeta Juan el Bautista: ?He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo? (1). ¿Nos damos cuenta? Aquel cordero que cada familia israelita sacrificó la noche de la Pascua y cuya sangre les libró del juicio de Dios, no era más que un símbolo del Mesías: Perfecto e inocente, como el Señor Jesús, "el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca" (2). Y sacrificado, como Cristo, cuya vida entregada en la cruz responderá ante el juicio de Dios por aquél que en él confía. Y, así como aquel cordero representaba la promesa de una vida nueva de libertad para un pueblo esclavo, así lo es Cristo para el creyente: "Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir?, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación" (3).

¿Vives la vida vacía que la mayoría vive, o la nueva vida que Cristo ofrece? ¿Y sabes lo que será de ti el día que Dios te juzgue? Es cuestión de tener o no pintados los dinteles con la sangre del cordero; haber puesto tu fe o no en el que derramó por ti su propia sangre.


(1). Evangelio de Juan 1.29.
(2). 1ª Epístola de Pedro 2.22.
(3). 1ª Epístola de Pedro 1.18-19.
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"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6)

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