Estudio bíblico de Gálatas

Predicación escrita y en audio de Gálatas 4:1-7

Gálatas 4:1-7

Continuamos hoy nuestro estudio de la epístola del apóstol San Pablo a los Gálatas, y al llegar al capítulo 4 de esta epístola, todavía nos encontramos en la sección de la "justificación por fe", en la tercera subdivisión, que se extiende desde el 3:6 hasta el 4:18, donde Abraham ha sido nuestra ilustración principal. Pablo iba a discutir algo más que nos viene a través de fe en Cristo y que nunca podríamos haber logrado por medio de las obras de la ley. Y nos referimos a nuestra posición de hijos de Dios maduros. Cuando comenzamos la vida cristiana, espiritualmente hablando, somos como niños que tienen que crecer hasta llegar a la madurez. Sin embargo, Dios nos da la posición de hijos maduros, adultos, proveyéndonos con una capacidad que de otra manera no tendríamos. Leamos entonces, el primer versículo del capítulo 4 de la carta a los Gálatas:

"Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo"

Ahora, la palabra que se utiliza aquí para "niño" no es la misma palabra que se usó en el versículo 26, del capítulo 3, de la palabra griega "huios", que significa "hijo" y entonces se tradujo como "los hijos de Dios", mientras que aquí se usa la palabra "nepios", que quiere decir "niño pequeño", que aún no puede hablar del todo.

Y nuevamente debemos regresar a los tiempos y costumbres romanas para poder entender la ilustración que Pablo nos presenta en este pasaje. Dijimos antes que en un hogar romano había ciertos siervos o esclavos que estaban a cargo de las diferentes posesiones de su dueño. Algunos estaban a cargo de sus bienes, otros de su ganado, otros estaban a cargo de la contabilidad, y había otros que estaban a cargo de los niños. Cuando nacía un niño en la familia, el siervo o el esclavo lo tomaba, lo cuidaba, lo vestía con ropas apropiadas para jugar para que él no se diferenciara en nada del resto de los niños de los siervos con quienes jugaba. Este niño tenía que obedecer al esclavo, tal como los demás niños tenían que hacer. Y se nos dice entonces en el versículo 2, de este capítulo 4, de la epístola a los Gálatas:

"Sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo señalado por el padre".

Ahora, ¿qué tiempo era ese? Pues bien, ése era el tiempo en que el padre reconocía que su hijo era capaz de tomar decisiones por sí mismo. Y entonces él le permitía ocupar la posición de un hijo ya maduro. Observemos que era el padre el que determinaba cuando su hijo alcanzaba la edad de la madurez. No era una ley arbitraria, como es el caso en nuestra sociedad, en la cual la mayoría de edad se alcanza a los 18 años. Ahora, no queremos que usted nos entienda mal, creemos que hay algunas personas que son tan maduras a los 18 años como lo serán a los 21 años; y francamente hablando pensamos que hay algunos que a los 65 años de edad todavía no han alcanzado la madurez. Pero en los días de Pablo era el padre quien decidía cuándo los hijos habían llegado a mayoría de edad. Luego ellos celebraban una ceremonia, conocida como la de la "toga virilis", que le otorgaba al joven la posición de hijo mayor de edad en la familia. En esa ceremonia él le colocaba un manto o una toga sobre sus hombros. Eso es lo que nuestro Señor quiso decir en Su parábola del hijo pródigo. Cuando el joven regresó al hogar, el padre no le recibió como a un hijo normal, sino que le recibió como un hijo maduro, mayor de edad, le puso un manto sobre sus hombros y le colocó un anillo en su dedo. El anillo tenía el sello de su padre, que era equivalente a su firma y le confería la autoridad del padre. Así que, podemos imaginar al joven mayor de edad de aquellos tiempos caminando por la calle con la toga puesta. El siervo ya no le podía corregir, reprender ni castigar, como hacía antes de la celebración de la ceremonia. En realidad, el joven tenía ya sobre él la autoridad del hijo mayor de edad. Y eso es lo que Pablo quiso decir cuando continuó diciendo en el versículo 3:

"Así también nosotros, cuando éramos niños estábamos en esclavitud bajo los principios del mundo".

El estar bajo las normas o principios del mundo, en este contexto, quería decir que estaban bajo la ley. Pablo estaba diciendo que esa era la niñez de la nación de Israel, cuando ellos estaban bajo esas reglas y mandamientos. Y en el versículo 4 dijo:

"Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley"

Al llegar el momento determinado por Dios, Dios el Padre envió a Dios el Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley. María era una mujer judía. Algunos han pretendido propagar la idea de que Jesús no perteneció a ninguna raza, lo cual es una afirmación pueril y sin sentido. Eso es tomar una posición que no lleva absolutamente a ninguna parte. La mujer que se encontró con el Señor Jesucristo junto al pozo de agua en Samaria, tal como el incidente fue relatado por el Evangelio de Juan 4, sabía al respecto más que algunas personas de nuestro tiempo. Ella le dijo al Señor: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?" Ella pensó que Él era un judío, y el Señor Jesucristo no la corrigió. Así que concluimos que ella le había identificado correctamente y nosotros adoptamos la posición que ella estaba en lo cierto. Preferimos seguir aquella declaración antes que prestar atención a algunos de nuestros contemporáneos que quieren minimizar el hecho de que Jesús, como ser humano, era un judío. Él tenía una naturaleza humana perfecta y también era Dios manifestado en un cuerpo humano. Esta afirmación, por supuesto, ha sido cuestionada por críticos de la Biblia, pero el único Jesús histórico que conocemos es aquél descrito por las Sagradas Escrituras y por uno de los credos más antiguos de la iglesia que dice: "Él es tan hombre como el mismo hombre, y tan Dios como el mismo Dios". Y yo estoy de acuerdo con dicho credo porque eso es exactamente lo que la Palabra de Dios enseña.

Ahora, ¿cuál fue el propósito que Dios tuvo al enviar a Su Hijo? Leamos la respuesta en el versículo 5 de Gálatas 4:

"Para redimir, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos".

Dios tuvo un doble propósito: (1) Rescatar a los que se encontraban bajo la ley. Ellos eran como niños, bajo la ley. Es que la ley nunca convirtió a nadie en un hijo de Dios; y (2), que ellos pudieran recibir la adopción como hijos.

La adopción aquí en este pasaje tiene un significado diferente al que tiene en nuestra sociedad contemporánea. Hoy asociamos a este término con una pareja, que por lo general no ha podido tener hijos propios. Entonces ellos van a cierto hogar donde tienen niños para ser adoptados y allí encuentran a un niño que les gusta, sienten amor hacia es pequeño y luego lo adoptan como hijo en su familia por medio de ciertos trámites legales. Y cuando ese niño se convierte legalmente en hijo de la pareja, decimos que se ha tenido lugar una adopción. Sin embargo, la costumbre romana en tiempos del apóstol Pablo era la de adoptar al propio hijo de una persona. Recordemos lo que hablamos antes sobre la ceremonia de la "toga virilis", en la que se adoptaba al hijo mayor de edad de la familia. La palabra adopción corresponde al término griego "huiothesia", que significa "colocar como hijo". Un creyente es pues colocado en la familia de Dios como un hijo adulto, mayor de edad, capaz de comprender la verdad divina.

Pues bien, en la Primera Epístola a los Corintios, capítulo 2, versículos 9 y 10, leemos: "9Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. 10Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios". Lo que esto quiere decir es lo siguiente: que la verdad que está en la Palabra de Dios puede ser interpretada solamente por el Espíritu de Dios. Y hasta que Él la interprete, el ser humano no la puede entender, El Espíritu Santo es el único es que puede interpretar para nosotros la Palabra de Dios. Esta verdad cambia totalmente la evaluación que podemos hacer de las personas. Una persona puede acercarse a la Palabra de Dios con una mente brillante; puede aprender algo de historia, arqueología e idiomas. Puede llegar a ser un experto en el conocimiento de hebreo y griego, y aun así no entender el significado de lo que esté leyendo. ¿Por qué? Porque el Espíritu de Dios es el maestro, el que nos enseña el significado del texto Bíblico. Incluso el profeta Isaías dijo su capítulo 64, versículo 4: "4Nunca nadie oyó, nunca oídos percibieron ni ojo vio un Dios fuera de ti, que hiciera algo por aquel que en él espera". Ahora, si usted quiere saber algo acerca de Cristo, sólo el Espíritu de Dios puede revelárselo a usted. Incluso un creyente maduro, que ha conocido la Palabra de Dios por muchos años se encuentra tan impotente para estudiar la Biblia como alguien, espiritualmente hablando, por supuesto, a quién consideraríamos un niño recién nacido en Cristo, porque el Espíritu de Dios tendrá que enseñarle a cada uno de ellos.

El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee, cuenta que cuando comenzó a estudiar en la escuela, era el alumno más joven de su clase. Cuando su padre murió, tuvo que abandonar sus estudios por tres o cuatro años para ponerse a trabajar. En aquel tiempo era el más joven de sus compañeros. Cuando comenzó su preparación para el ministerio cristiano, tuvo que recuperar aquellos años de estudio perdidos y cuando regresó a la escuela, era el mayor de la clase. Más tarde, cuando entró en el Seminario, se dio cuenta que era muy ignorante en cuanto a la Biblia. Nunca había visto una Biblia en su hogar y nunca había oído orar a nadie en su familia. Ni siquiera conocía los libros de la Biblia. Nadie podía haber sido más ignorante de la Palabra de Dios que lo que él era. Al menos, él así lo sentía. Al comienzo, pasaba mucho tiempo tratando de aprender de memoria la lista de libros de la Biblia, así como muchas de las cosas acerca de las cuales aún no sabía nada cuando empezó a estudiar. De modo que desarrolló lo que podría llamarse un complejo de inferioridad. Y cuando se levantaba a predicar, siendo un joven predicador, y veía a personas maduras o ancianas en el auditorio, pensaba para sí: "lo que voy a decir hoy va a resultarle muy infantil a esas personas, porque ellos realmente conocen la Biblia". Sin embargo dijo que se dio cuenta que había muchas personas que tenían sus sienes cubiertas de canas, y que todavía se encontraban en un estado de inmadurez espiritual, como niños en cuanto al conocimiento de Cristo. Nunca habían crecido. Y continuó diciendo el Dr. McGee que él aprendió una gran verdad en esa situación; que el Espíritu de Dios podía enseñarle a él como joven creyente, tanto como podía enseñarle a un creyente ya maduro. Tanto el uno como el otro, el más joven y el más adulto, podían entender la Biblia y desarrollarse espiritualmente si el Espíritu Santo era su maestro. Ésa fue para el Dr. McGee una verdad completamente nueva y significó un gran estímulo durante sus primeros pasos en el ministerio cristiano.

Lo que resulta verdaderamente alentador es que el mismo Espíritu de Dios, que nosotros creemos nos está guiando y nos está enseñando, puede enseñarle a usted también. Si usted es un nuevo creyente, el mismo Espíritu de Dios le ha colocado en la posición de un hijo adulto, por la adopción. Y no hay experiencia tan maravillosa como ésta. Esa realidad le dio al Dr. McGee la confianza cuando era un joven creyente, confianza que se ha reforzado con el paso de los años. Estimado oyente, queremos que usted sepa que el Espíritu de Dios le guiará y le llevará a conocer toda la verdad, simplemente si usted desea conocerla, y si usted está dispuesto a que Él sea su maestro.

Llegamos ahora en este capítulo 4 de la epístola a los Gálatas, a la tercera cosa que la fe en Cristo hace a favor nuestro, y que la Ley nunca podría hacer por nosotros y se trata de la experiencia de ser los hijos de Dios. El versículo 6, de este capítulo 4 de Gálatas, dice:

"Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!"

La frase por cuanto sois hijos constituye una enérgica declaración. O como Pablo lo expresó en su carta a los Romanos 8:16: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios". Y, dijo, en Romanos 8:11-14: "Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la naturaleza pecaminosa, para que vivamos conforme a esa naturaleza; porque si vivís conforme a ella, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir los malos hábitos del cuerpo, viviréis. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios". Si usted, estimado oyente, es un hijo de Dios, usted va a querer ser guiado por el Espíritu de Dios. Ahora, la naturaleza pecaminosa puede obtener alguna victoria en su vida, pero nunca lo va a hacer feliz. Usted nunca va a estar satisfecho con ella. "Pues no habéis recibido, dijo Pablo en este capítulo, versículo 15, el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor". Usted no necesita decir: "Yo no estoy viviendo como debería, y me pregunto si realmente soy un hijo de Dios". Estimado oyente, escuche bien lo que continuó diciendo Pablo: "sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba Padre! Y en el versículo 16 de este capítulo 8 de Romanos añadió:" El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios". Este pasaje de la carta a los Romanos 8:11-16 constituye la edición íntegra del pasaje paralelo resumido, en esta carta a los Gálatas. Lo hemos citado de Romanos para que usted escuchara la versión completa.

Como vemos, la palabra "Abba" es el término arameo para "padre". Es un diminutivo utilizado por los niños pequeños para dirigirse a su padre y sería el equivalente de "papá". Revela intimidad y confianza, frente al formalismo del legalismo. Luego Pablo dijo en el versículo 7, de este capítulo 4, de su epístola a los Gálatas:

"Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo".

Por lo tanto, el Espíritu, nos da la experiencia de ser un hijo de Dios. Siendo un hijo de Dios, por el podemos clamar, no simplemente pronunciando la palabra, o adoptando una piedad falsa, pero podemos llamar a Dios nuestro "Padre", porque el Espíritu de Dios está dando testimonio a nuestro espíritu. Como acabamos de decir, ésta es la experiencia de ser un hijo de Dios.

Hay muchas personas en la actualidad que creen que la única forma por la cual usted puede tener esa experiencia hoy es, ya sea alcanzando un alto grado de santificación, en el que usted tiene que llegar a ser santo, o bien buscando el bautismo del Espíritu Santo como ellas lo llaman. Insisten en que si usted no alcanza ese nivel, nunca va a tener esa experiencia. Estimado oyente, permítanos asegurarle, si usted es un nuevo creyente o un creyente débil, que usted puede tener una experiencia como hijo de Dios sin alcanzar esos niveles, porque a la posición de hijo de Dios se llega a través de la fe en Cristo Jesús. Cuando algunas personas creen haber alcanzado un elevado nivel de espiritualidad, tienden a considerarse superiores a los demás. Sin embargo, siempre somos como niños pequeños insensatos. Siempre estamos llenos de ignorancia, terquedad, pecado, temor y debilidad. Nunca llegamos a ser maravillosos; El Señor Jesucristo sí que lo es y la fe en Él nos proporciona una experiencia única. Yo creo en las experiencias y pienso que mucha gente hoy necesita tener una experiencia con Dios.

Un predicador llamado Paul Rader, solía utilizar expresiones muy llamativas. Un día predicando dijo: "La vieja naturaleza pecaminosa que usted y yo tenemos es como un viejo gato muerto. Lo que usted tiene que hacer es inclinarse, tomarlo por el rabo y arrojarlo tan lejos como pueda". Estamos de acuerdo con la enseñanza de esta ilustración, porque quisiéramos vernos libres de nuestra naturaleza humana controlada por el mal. Un día, el Dr. Chafer le escuchó usar esta ilustración y le dijo al pastor Rader: "Paul, usted olvida que el viejo gato muerto tiene nueve vidas. Cuando usted le arroje lejos, va a volver al día siguiente". El hecho es que nunca llegaremos a ser santos perfectos de Dios, pero sí podemos vivir la experiencia de ser hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Escuchemos nuevamente la lectura de los versículos 6 y 7 de Gálatas 4: "6Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! 7Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo". Muchas veces usted y yo avanzamos con paso lento en nuestra vida cristiana y no tenemos experiencias espirituales con Dios. La vida se vuelve monótona. Pero en otras ocasiones, especialmente cuando Dios nos somete a una prueba, podemos tener una hermosa experiencia de compañerismo con nuestro Padre celestial.

El Dr. McGee nos contó que cuando fue llevado al hospital para ser operado de cáncer estaba tremendamente asustado porque los hospitales le inspiraban mucho temor. Le dieron un pijama bastante incómodo y estaba intentando subirse a la cama pero no podía. Entonces vino una enfermera y le preguntó que le sucedía. McGee respondió que estaba muerto de miedo. Luego, cuando regresó la enfermera para prepararle para entrar al quirófano, le pidió que le permitiera quedarse solo por unos momentos. Recordó que como pastor había estado en ese hospital muchísimas veces. Entonces se colocó de cara a la pared, como hizo el rey Ezequías cuando enfermó gravemente, y oró diciendo: "Señor, quiero que sepas que he estado en este lugar muchas veces, he tomado las manos de enfermos entre las mías y les he dicho que tú estarías con ellos. Siendo su pastor, he orado por ellos y me he retirado. Pero hoy no voy a salir de aquí, sino que deberé quedarme para que me operen. No sé cuál será el resultado final". McGee recuerda que había algunas cosas que quería decirle a Dios. "Quería decirle como debía resolver esa crisis. Pero me sentí conmovido y entonces sólo le dije: Padre mío, estoy en tus manos. Actúa como quieras. Tú eres mi Padre. Y entonces sentí que Él era maravilloso para mí. Su presencia se convirtió en una realidad". Es que necesitamos sentirle como nuestro papá, como nuestro Padre. Recordemos que el Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, como decía Romanos 8:16. Estimado oyente, no le deseo ningún problema, pero creo que es generalmente en tiempos de dificultad cuando Dios se hace real en nosotros. Espero que algún día usted tenga una experiencia semejante con nuestro Padre celestial.

Antes de continuar con el tema, diremos que el Dr. McGee recordó siempre el caso de John Paton, un misionero que realizó una obra pionera en las Nuevas Hébridas. Llegó a aquel campo misionero con su joven esposa. Cuando su primer hijo nació, su esposa y el niño murieron, les enterró con sus propias manos. Y como estaba en una zona de caníbales, se sentó junto a la tumba durante muchos días y noches, para evitar que los salvajes desenterraran los cuerpos para comérselos. Su testimonio de aquella experiencia tan dolorosa fue que si la presencia del Señor Jesucristo no hubiera sido una realidad en él durante ese tiempo, se habría vuelto loco.

Dios nos hace sentir su presencia como una realidad viva en tiempos de aflicción. Cuando Pablo se encontraba preso, pudo decir, en Segunda de Timoteo 4:16-17: "16En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado esto en cuenta. 17Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que por mí fuera cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyeran. Así fui librado de la boca del león". El Señor estuvo con el apóstol Pablo, con aquel misionero solitario junto a una tumba, y con McGee en el hospital. Y Él estará con usted, estimado oyente. ¡Que tranquilizador, que alentador es tener un Padre como Él! En momentos como estos, Dios nos dice a cada uno de nosotros, y a usted, las palabras de Hebreos 13:5: "No te desampararé ni te dejaré".

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