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Un programa de radio para estudiar toda la Biblia en cinco años

Diciembre 2014
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19/12/2014

Hebreos - 12:3-8

Hebreos 12:3-8

Continuamos hoy, amigo oyente, recorriendo la epístola a los Hebreos. En nuestro programa anterior dijimos que el capítulo 11, ha sido llamado el "capítulo de la fe de la Biblia", y eso es cierto. Nosotros llamaríamos al capítulo 12, el capítulo de la esperanza de la Biblia. Y al capítulo 13, lo llamaríamos el capítulo del amor de la Biblia.

El versículo 1 de este capítulo 12 de Hebreos advierte que nos despojemos, además, "del pecado que nos asedia". ¿A qué pecado se refiere? No se está refiriendo al pecado en general; está hablando del pecado en concreto. Nuevamente, debemos regresar al capítulo anterior por medio de las palabras "Por tanto" que inician este capítulo 12. ¿Cuál era el gran pecado en el capítulo anterior, en el capítulo 11? Era la incredulidad. La incredulidad es el pecado concreto al que se aludió aquí, y no hay nada que pueda contener, estorbar o refrenar su avance en la carrera cristiana como la incredulidad.

Recordando la importancia de mantener nuestros ojos en Jesucristo, vamos a leer el versículo 3 de este capítulo 12 de Hebreos, que encabeza el párrafo titulado:

Los creyentes están ahora en lucha y conflicto

"Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar"

Las palabras "paciencia" (en el versículo 1) y "sufrió" (o "soportó", según otra versión, en el versículo 2) provienen de la misma raíz. Las dificultades generalmente producen paciencia y resistencia.

Estos creyentes Hebreos habían salido de una religión que tenía un ritual muy elaborado y muchos ritos y un gran templo. Aunque el templo de Herodes no estaba terminado, incluso cuando fue destruido en al año 70 D.C. era una obra arquitectónica muy hermosa, que inspiraba admiración y reverencia. Allí tenía lugar un gran ritual, al principio había sido una religión dada por Dios, pero en el tiempo en que se escribió esta epístola a los Hebreos, dicha religión había llegado a corromperse, a prostituirse. No obstante, en lo que a la religión misma se refería, era una posesión de aquel pueblo. Pero entonces, aquellos creyentes habían dejado la práctica de aquella religión, y ya no cumplían todo aquel ritual del templo. Habían llegado a considerar al Señor Jesucristo, y Él lo era todo para ellos. Él era el templo. Él era el ritual. Él era el Cristianismo. Él era todo. Había una sencillez en Cristo, y el escritor entonces les pidió que se concentraran en Él.

Ellos tenían que saber lo que Cristo Jesús soportó cuando estuvo aquí en la tierra, y cómo aprendió paciencia. Al principio de esta epístola, en la sección que expuso Su humanidad, se nos dijo que Él aprendió muchas cosas aquí, aunque Él era Dios. En Su cuerpo terrenal Él aprendió algo que Dios tenía que experimentar, y que consistía en asumir nuestra humanidad y sufrir por nosotros. Cristo soportó esa experiencia y aprendió paciencia.

Y continúa diciendo el versículo 3, "para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar". Debemos decir con toda sinceridad, que a menos que usted permanezca cerca de la Palabra de Dios, la cual le mantendrá cerca de la persona de Cristo, donde el Espíritu Santo pueda tomar las cosas de Cristo y convertirlas para usted en una realidad, usted va a cansarse de la vida cristiana, y se va a desanimar. Ésta es la razón por la cual hoy vemos cristianos desanimados por todas partes. Estimado oyente, si usted entra en contacto con la Palabra de Dios y se acerca a Jesucristo, se va a sentir estimulado. No se sentirá cansado de esta vida aquí en la tierra. Es que estamos viviendo en los mejores días que jamás hayan existido. Continuemos leyendo el versículo 4 de este capítulo 12 de Hebreos:

"Pues aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado"

Esto sencillamente quiere decir que en esa época, en el momento en que se escribió esta epístola, el templo aún no había sido destruido. La persecución que iba a venir de los no judíos del Imperio Romano aún no había estallado sobre estos creyentes. Dice aquí que aun no habían tenido que resistir hasta derramar su sangre.

Él les estaba diciendo que, aunque ellos estaban pasando por tiempos difíciles y estaban sufriendo problemas y dificultades, el único remedio para su debilidad, era concentrar sus pensamientos en Cristo. Recordamos aquí una antigua canción que dice: "Pon tus ojos en Cristo, tan lleno de gracia y amor, y lo terrenal sin valor será a la luz del glorioso Señor". Continuemos leyendo el versículo 5 de Hebreos 12:

"Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor ni desmayes cuando eres reprendido por él"

El escritor estaba citando aquí a Proverbios, capítulo 3, versículos 11 y 12, donde dice: "No menosprecies, hijo mío, el castigo del Señor, no te canses de que él te corrija, porque el Señor al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere".

El único recurso de aquellos creyentes era Cristo, no un templo ni un ritual, ni una religión. Ellos estaban casi marginados de la sociedad, en aquellos tiempos, y el escritor les estaba diciendo que no olvidaran esta exhortación de Dios a Sus hijos.

A propósito aquí se utiliza esta palabra "hijos". Y en los versículos 5 al 8, la palabra "hijos", o "hijo" se menciona seis veces. La palabra Griega para hijo es "huios", y significa un hijo ya crecido. Ahora hay una gran cantidad de creyentes hoy que piensan que no necesitan ser disciplinados, sino que la disciplina es para cristianos inmaduros, para personas que han estado en el camino del Señor por poco tiempo. Un conocido expositor Bíblico había llegado a la conclusión que ya no necesitabas ser disciplinado, porque ya había recorrido un gran trecho del camino de la vida. Pero el Señor permitió que contrajera una grave enfermedad, para que se enterara de que aún necesitaba algo de disciplina.

La palabra "disciplina" tiene un significado algo diferente de la idea que tenemos en la actualidad. Solemos pensar que se refiere a un castigo. La palabra Griega, es "paideuo", que significa "entrenar o disciplinar". Es que el Señor disciplina a Sus propios hijos. Continuemos leyendo ahora los versículos 6 hasta el 8:

"Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, no hijos."

A veces se ha planteado la pregunta, y es una pregunta muy pertinente: ¿por qué sufren los justos? El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee, contaba que cuando la enfermedad le confinó a permanecer en su casa acostado por alrededor de un mes, tuvo mucho tiempo para estudiar, y quiso compartir con sus oyentes lo que el Señor le había enseñado durante su propia experiencia.

Podemos establecer este principio como un axioma de la Biblia. Los hijos de Dios sufren. La Biblia no discute este tema. La Biblia sencillamente dice que esto es cierto. El Salmo 34:29 dice: "Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo librará el Señor". En el libro de Job, en el capítulo 5, versículo 7 leemos: "Pero como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la desdicha". Y el Señor Jesucristo mismo dijo, en el evangelio según San Juan, capítulo 16, versículo 33: "Estas cosas os he hablando para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo". E incluso el apóstol Pablo también dijo, en su segunda carta a Timoteo capítulo 3, versículo 12: "Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución".

Ahora, ¿por qué sufre el pueblo de Dios? Bueno, no hay una respuesta fácil para esto. No hay ningún versículo en las Escrituras que conteste esta pregunta. Las Escrituras presentan por lo menos siete razones por las cuales los hijos de Dios sufren. Y nos agradaría compartirlas con usted, estimado oyente.

(1) En primer lugar, la primera razón por la que sufrimos como hijos de Dios (e incluso como Sus hijos maduros) es nuestra propia insensatez y nuestro propio pecado. En la primera epístola del apóstol Pedro, capítulo 2, versículo 20, leemos: "Pues, ¿qué mérito tiene el soportar que os abofeteen si habéis pecado?" Aquí se menciona directamente al pecado, que significa errar el blanco, que uno no ha podido lograr el objetivo. El apóstol Pedro dijo que no había ningún mérito en ello, porque estaríamos sufriendo por actuar de manera insensata.

Muchas personas se lanzan a una aventura comercial en el mundo de los negocios, sin saber lo que estaban haciendo, si haber sido debidamente asesorados, y luego salen perdiendo mucho dinero. Y no sólo la persona que invierte el dinero sale perdiendo, sino que toda su familia sufre las consecuencias de la pobreza. Y todo ello porque una persona se comportó de forma insensata.

(2) Ahora, la segunda razón señala que sufrimos por adoptar una posición a favor de la verdad y la justicia. Estimado oyente, si usted se mantiene firme por la verdadera justicia, usted va a sufrir. ¡Cuántas personas podrían dar testimonio de este principio! El apóstol Pedro escribió en el capítulo 3, versículo 14: "Pero también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os inquietéis". Muchas personas han tomado deliberadamente una posición a favor de Dios y han sufrido por ello.

Sin embargo podemos caer en la insensatez o estar equivocados en este tema del sufrir por causa de nuestra fe cristiana. Por ejemplo, cierto hombre contaba que donde él trabajaba, todos eran sus enemigos porque él se había mantenido firme a favor de Dios. Pero otro cristiano, que era uno de los dirigentes de esa empresa donde este hombre trabajaba, contó que ese hombre estaba tratando de enseñar y convencer a sus compañeros de la realidad de su fe cristiana, aprovechando su horario de trabajo. Se había convertido en una compañía indeseable y que todos rehuían, por intentar presentar su testimonio cristiano a personas que estaban ocupadas cumpliendo con su trabajo. En este caso, ese hombre no estaba realmente sufriendo por haber adoptado una posición a favor de la verdad y la justicia, sino más bien por tener un comportamiento imprudente, al descuidar su propia responsabilidad de cumplir con su trabajo, y además, por estorbar a los demás en el cumplimiento del suyo.

(3) En tercer lugar, sufrimos por el pecado en nuestras vidas. El apóstol Pablo dijo en su primera carta a los Corintios capítulo 11, versículo 31: "Si, pues, nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados". Sin embargo, si somos hijos de Dios y nos negamos a tratar con el pecado en nuestras vidas, Dios se ocupará de él. Y Él nos juzgará.

(4) La cuarta razón es que sufrimos a causa de nuestros pecados pasados. El apóstol Pablo, una vez más, escribiendo a los Gálatas, dijo en el capítulo 6, versículo 7: "No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará". Él está hablando aquí a los creyentes. Una ilustración que recordamos al respecto, es la de un señor que después de haber tenido una reunión con unos amigos, fueron a un lugar para tomar unos refrescos. Este hombre pidió sencillamente un vaso de agua mineral. Los demás comenzaron a bromear con él, y él entonces les dijo lo siguiente: que él había sido un borracho y se había convertido y dijo: "Cuando el Señor me dio un nuevo corazón, Él no me dio un estómago nuevo". Y él estaba sufriendo a causa de ese pecado que había cometido en el pasado.

(5) La quinta razón es que los hijos de Dios sufren, por algún elevado propósito de Dios que Él no siempre le revela al creyente. Vemos este caso en el libro de Job. Job sufrió porque estaba demostrando a Satanás, al mundo de los demonios y a los ángeles del cielo que él no era un asalariado, que no todos los hombres tienen su precio y que él amaba a Dios sólo por que Dios significaba para Él. Esperamos no tener que sufrir alguna vez como Job sufrió.

(6) La sexta razón está relacionada con su fe, como vimos en el capítulo 11 de esta epístola. Algunos demostraron su fe y ganaron grandes batallas. Algunos fueron librados de la espada. Pero otros fueron muertos por la espada. Uno puede recordar a los Hugonotes franceses, por ejemplo, que salieron a la batalla sabiendo muy bien que todos iban a sufrir la muerte, sin embargo fueron a la batalla cantando: "Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" Así que, evidentemente ellos sufrieron por su fe.

(7) Luego, llegamos a la séptima y última razón. Los hijos de Dios sufren por disciplina. Esto es lo que vemos aquí en el versículo 6, que dice: "Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo". Aquí se habla de la enseñanza que recibe el hijo, de la disciplina, y no de un castigo. El castigo mantiene la ley. Un juez castiga, pero un padre disciplina y lo hace en amor. Dios usa la disciplina para demostrar cuánto nos ama. Y el escritor lo expresó muy claramente al decir que uno sería un hijo ilegítimo si no fuera disciplinado por el Señor. Hay muchas personas que dicen: "Ah, pero, ¿por qué permitió Dios que esto me sucediera a mí? Será por que no soy creyente". Estimado oyente, la verdad es que su sufrimiento es la prueba de que usted es un hijo de Dios.

Creemos que si usted es un cristiano inteligente, cuando esté pasando por problemas y no sepa por qué, se dirigirá al Señor y hablará de ello con Él. Estamos seguros de que Dios le permitirá saber por qué está usted sufriendo. Puede que Él no le esté juzgando. Dios nos juzga, y ello constituiría un castigo, pero Él es también nuestro Padre amante y celestial, que disciplina a Sus hijos.

Una de los incidentes que el Dr. McGee, autor de estos estudios, siempre recordó de su infancia, fue una ocasión en la que él y varios compañeros suyos de estudios cometieron una travesura, y se encontraban en el patio del recreo. Él vio que su padre entraba en la escuela y en el patio había varios centenares de niños. Su padre cruzó el patio, pasando con indiferencia entre todos los niños que allí se encontraban. Buscaba a su hijo y cuando McGee le vio, comprobó que se dirigía directamente hacia él. El padre tomó a su hijo, lo llevó a su casa y allí lo disciplinó. El padre no se preocupó de la disciplina que merecían o sufrirían todos los demás niños, porque ellos no eran sus hijos. Él sólo disciplinó a su hijo, al niño a quien él amaba. Cuando su padre murió, el profesor McGee sabía que tenía un Padre celestial que actuaba de la misma forma. De la misma manera, todos los creyentes saben que tienen un Padre celestial que los disciplina con amor.

Estimado oyente, creemos que los versículos que hemos considerado hoy iluminan algunas situaciones por las que tenemos que pasar en nuestra vida cristiana, a la vez que pueden ser una fuente de consuelo, y un motivo serio de reflexión ante nuestra forma de vivir la vida cristiana. Y decimos "algunas situaciones" porque muchos cristianos pasan hoy por experiencias extremadamente dolorosas para las cuales no hay una explicación rápida o fácil. A veces tiene que transcurrir bastante tiempo para que tales creyentes, después de buscar al Señor en oración, y de expresarle durante mucho tiempo sus sentimientos heridos, puedan comprender al menos parte del motivo por el cual han tenido que sufrir una gran desgracia. Y quizás nunca alcancemos a comprender plenamente los elevados propósitos de Dios hasta que nos encontremos en Su presencia.

Continuaremos con este tema en nuestro próximo programa y, como esperamos contar con su compañía en este recorrido por esta epístola a los Hebreos, le sugerimos que continúe avanzando en la lectura de este capítulo 12, para familiarizarse con su contenido y asimilar mejor las conclusiones prácticas de este estudio, conclusiones que están directamente relacionadas con nuestra relación con Dios, con Su Palabra, y con nuestra disposición a recibir, por medio de Espíritu Santo, Su guía, Su dirección, y el conocimiento de Su Voluntad.


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Comentario bíblico de Marcos