Estudio bíblico de Apocalipsis 2:12-15

Apocalipsis 2

Versículos 12-15

Estimados oyentes, continuamos hoy recorriendo juntos el libro de Apocalipsis, que, como recordará, fue escrito por el Apóstol y evangelista Juan en torno al año 95 D.C. Apocalipsis es el último libro de la Biblia, las Sagradas Escrituras, y es el único libro profético del Nuevo Testamento.

Como ya hemos comentado en programas anteriores, pero sirva esta mención para refrescar nuestra memoria, el autor, Juan, fue desterrado a la isla de Patmos por el emperador romano Domiciano, donde estuvo aproximadamente desde el año 94 al 96. Patmos es una isleta rocosa y desértica, de unos 15 km. de largo por 8 de ancho, con forma de media luna y los cuernos hacia el Este. Se encuentra a 40 millas de la costa. El destierro a una isla remota era una condena corriente en tiempos del imperio romano. Se les imponía a los presos políticos, como alternativa a castigos más severos. Tales destierros conllevaban la pérdida de los derechos civiles y de las propiedades, a excepción de las necesarias para la mera existencia. Para Juan, su destierro significaba un castigo grave: él era un dirigente de los cristianos, y los cristianos eran considerados en ese tiempo unos delincuentes comunes. Lo extraño es que no le ajusticiaran inmediatamente. El destierro supuso para el apóstol Juan realizar trabajos forzados en las canteras. Sir William Ramsay afirma que su castigo "iría precedido de azotes, marcado con constantes cadenas, poca ropa, comida insuficiente, dormir en el suelo desnudo, una prisión oscura y trabajar bajo el látigo de supervisores militares".

Como sabemos, Juan fue desterrado en Patmos a causa de su lealtad inquebrantable a la Palabra de Dios y por su insistencia en predicar el Evangelio de Cristo. A la muerte del emperador Domiciano, al ser revocados sus actos por el Senado romano, a causa de su excesiva crueldad, Juan volvió a Éfeso, donde ejercía como Pastor de la iglesia de Cristo en esa ciudad.

Sólo una mención previa, para los oyentes que hoy nos acompañan por primera vez. Estamos estudiando las siete cartas que Jesucristo, resucitado y ya en gloria, le dictó al apóstol Juan en una vívida y gloriosa visión que éste tuvo, y en la cual se le ordenó escribir todo lo que veía y oía. Se mencionan a siete iglesias, aunque había muchas más, pero que eran una representación de las diversas etapas que la Iglesia de Jesucristo iba a vivir a lo largo de su historia. La primera carta a la iglesia de Éfeso representaba la etapa de la primera iglesia, pura, comprometida, pero que estaba perdiendo su "enamoramiento, su primer amor por Jesucristo", que se puede ubicar dentro del tiempo entre el Pentecostés, y la muerte de Juan, alrededor de año 100. La segunda carta iba dirigida a la iglesia de Esmirna, y su característica ejemplifica la iglesia sufriente o mártir, desde el primer siglo al cuarto, sufriendo la persecución de los emperadores romanos.

Regresemos ahora al capítulo dos, para leer la carta del Jesucristo a la iglesia de Pérgamo. La carta a la iglesia de Pérgamo es la tercer carta que estamos estudiando, que abarcaría las características la etapa del cuarto y quinto siglo D.J. El Dr. McGee llama a este período "del paganismo ilimitado".

En el versículo 12, de este capítulo 2 de Apocalipsis, leemos lo siguiente:

12 Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto:

Como acabamos de mencionar, nos encontramos ante la carta de Cristo a la iglesia en Pérgamo, en una época en la que el paganismo estaba muy extendido y arraigado, aún de manera sutil en la vida de muchos cristianos, tal y como sucede hoy en día. Tras la muerte de Cristo, de los Apóstoles y de las primeras generaciones de cristianos, la iglesia comenzó, poco a poco, a apartarse de la doctrina bíblica y de la persona de Jesús, adoptando costumbres ajenas a la Palabra y que iban claramente en contra de Dios.

Antes de comentar el contenido y propósito de esta carta, nos gustaría trazar algunas ideas que nos permitan situarnos mentalmente y con nuestra imaginación en aquella difícil época de la historia del cristianismo.

La ciudad de Pérgamo ocupaba un lugar único en Asia. No se encontraba en ninguna de las grandes carreteras del momento, como Éfeso o Esmirna; pero históricamente fue la ciudad más importante de Asia. El famoso filósofo Estrabón la llamaba "ciudad ilustre" y Plinio "con mucho, la ciudad más famosa de Asia". La razón era que, en el tiempo en que Juan estaba escribiendo, Pérgamo hacía casi 400 años que era la capital del reino de los Seléucidas.

Su posición geográfica hacía de Pérgamo una ciudad aún más impresionante. Estaba construida en una alta colina cónica, que se denominaba valle del río Caico, y desde el cual se podía vislumbrar el Mar Mediterráneo a veinticinco kilómetros. Sir William Ramsay la describió así: "Más que todas las otras ciudades de Asia Menor, Pérgamo da al viajero la impresión de ser una ciudad regia, la sede de la autoridad".

Aunque Pérgamo no llegó a tener nunca la importancia comercial de Éfeso o Esmirna, como sede cultural sobrepasaba a ambas. Era famosa por su biblioteca, que contenía no menos de 200.000 rollos de pergamino; sólo era superada por la legendaria biblioteca de Alejandría.

Pérgamo fue, además, uno de los más importantes centros religiosos. Tenía en particular dos famosos altares. En la carta de Jesucristo a la iglesia de esa ciudad, como veremos, se dice que Pérgamo era el lugar donde tiene su sede Satanás. La ciudad se consideraba el ejemplo excelso, y modelo a seguir por su modo de vivir y por su fervor de los cultos griegos. Delante del templo de Atenea se había construido un imponente templo a Zeus, que a quince metros de altura, se erigía sobre un saliente de la roca que parecía un trono inmenso en la montaña. Todo el día estaba subiendo el humo de los sacrificios que se ofrecían a Zeus.

Pérgamo estaba especialmente conectada con el culto a Asclepio (para los latinos, Esculapio), dios griego de la medicina. El emblema de Asclepio era la serpiente, la cual se hallaba también tallada en las monedas de la ciudad y que todavía se utiliza hoy como emblema de la profesión médica. En su famosa Escuela se mezclaba medicina y superstición. Una de las recetas médicas, por ejemplo, requería que el enfermo durmiera en el suelo del templo y dejara que las culebras se arrastraran sobre su cuerpo para inocularlo con poder sanador. Otro de los dioses adorado con fervor y devoción en Pérgamos era Dionisio o Baco, el dios de la vid.

Por otro lado, Pérgamo era el centro administrativo de Asia, lo cual quiere decir que era el centro del culto al César para toda la provincia. ¿Qué implicaba esto? Recordemos que cuando se escribió Apocalipsis, el culto al César era una religión que cubría todo el vasto imperio romano. Y fue por negarse a someterse a sus exigencias por lo que fueron perseguidos y muertos los cristianos. Su principio era que el emperador reinante, era un dios. Una vez al año, todos los habitantes del imperio romano tenían que presentarse a los magistrados y quemar un poco de incienso a la divinidad del César y decir: "César es Señor", después de lo cual cada uno podía ir a adorar a sus respectivos dioses. Pero antes debían de pasar por aquella ceremonia so pena de parecer desleales al César.

Esta ley colocó a los cristianos de Pérgamo en una situación sumamente delicada, y sin duda esta era la razón por la cual era la sede de Satanás; era un lugar donde se obligaba, bajo pena de muerte, a tomar el nombre de Kyrios, Señor, y aplicárselo al César en lugar de Cristo, y esa ofensa era una práctica que un verdadero seguidor de Jesucristo, un leal cristiano, no haría jamás. Esa ley, esa obligación, podía considerarse satánica. Pérgamo fue, de hecho, la primera ciudad de Asia donde se erigió un templo en honor a César.

Y aquí tenemos la explicación del comienzo de la carta a la iglesia en Pérgamo. El Cristo resucitado y glorificado que se le apareció al apóstol Juan en la Isla de Patmos, les dice a los miembros de esa congregación que Él es el que tiene la espada aguda de doble filo. Los gobernadores romanos se dividían en dos clases: los que tenían el derecho a llevar la espada, y los que carecían de ese privilegio. Los que tenían el derecho de la espada, también tenían el derecho y el poder decidir entre vida o la muerte; lo que significaba que su palabra era la sentencia definitiva, que se ejecutaba en el lugar y el momento.

El procónsul, que tenía la sede en Pérgamo, tenía ese poder y podía usarlo contra los cristianos en cualquier momento. Pero esta carta les recordaba a los cristianos, que la "última palabra", la tiene siempre el Cristo resucitado, que es el que tiene la verdadera espada aguda de doble filo. El poder de Roma podía ser satánicamente poderoso, pero el poder del Cristo Resucitado era infinitamente mayor.

Ahora, se nos dice aquí que esta carta es para el ángel, para el mensajero de la iglesia, y que viene de parte de El que tiene la espada aguda de dos filos. Se trata de una espada ancha y larga que tenía dos aristas, y representaba el juicio de Dios sobre los que atacan y destruyen su iglesia. Esta espada aguda de dos filos representa la Palabra de Dios. La Palabra de Dios, amigo y amiga oyente, es la respuesta a las inquietudes y necesidades del hombre, así como solución para su pecado. Leemos en el siguiente versículo, el 13 de este capítulo 2 de Apocalipsis:

13 Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás.

Así pues, ser cristiano en Pérgamo era, como lo llamaría Cromwell, "un compromiso muy difícil". El culto obligado al César suponía una constante amenaza de muerte que podía caer sobre ellos en cualquier momento, pero Jesucristo, el Cristo Resucitado, les dice a los cristianos, "Yo sé dónde estás"; sé dónde vives, en una ciudad, hermosa y culta, pero donde la presencia y el dominio de Satanás es especialmente intenso.

Aquí hay algo de suma importancia que queremos compartir con ustedes, estimados oyentes. La idea es la siguiente: el principio de la vida cristiana no es la retirada, sino la conquista. Puede que nos parezca que sería más fácil ser cristiano en algún otro lugar, y en otras circunstancias, pero el deber del cristiano es dar testimonio de Cristo donde la vida le ha colocado, en cualquier circunstancia, en cualquier situación. Hace algún tiempo nos comentaron de una joven que había aceptado a Jesucristo en su corazón, había experimentado su conversión a Dios. Era periodista y trabajaba en un periódico comercial, secular; su primera decisión fue buscarse otro trabajo en un pequeño periódico cristiano, para encontrarse en un ambiente cristiano, porque quería estar permanentemente entre cristianos practicantes. Eso es como salir huyendo de la realidad, de la sociedad que nos rodea. Su decisión no nos pareció la más adecuada y le hicimos el siguiente razonamiento que, cuánto más difícil sea vivir y ser cristiano, en cualquier cúmulo de circunstancias, mayor será la obligación de permanecer en aquella situación. Dios está en control de nuestra vida y de todos y cada una de las circunstancias a las que nos enfrentamos. Él siempre está dispuesto a fortalecernos en la fe, llenarnos de Su gozo y paz, y sólo así es como podemos ser faros verdaderos que reflejan Su luz en un mundo lleno de oscuridad y temor. Si los cristianos de los primeros días hubieran salido huyendo cada vez que se les presentaba un compromiso difícil, no habría existido la posibilidad de la extensión del Evangelio, del Reino de Dios en el mundo.

Los cristianos de Pérgamo demostraron que era perfectamente posible ser cristianos, incluso a pesar de sus difíciles circunstancias. Hasta bajo pena de muerte y el martirio, ellos no se acobardaban ante tan difícil circunstancia.

Pérgamo era pues cuartel general para la oposición satánica y base de religiones falsas, en clara oposición a la fe cristiana. En el versículo que acabamos de leer aparece un tal Antipas, que quizá fue un pastor de la iglesia local. Aunque no sabemos nada directo sobre esta persona, el historiador Tertuliano nos transmite una leyenda según la cual murió asado lentamente, encerrado en un toro de bronce. Pero hay un detalle sumamente sugestivo en el original; el Cristo Resucitado lo llama "mi fiel mártir", que en el idioma griego se traduce por "testigo". En la iglesia primitiva ser testigo y ser mártir eran la misma cosa. Y el testimonio conllevaba, con frecuencia, el martirio. Aquí hay una seria advertencia. Muchos cristianos pueden y disfrutan dar testimonio en los círculos cristianos, pero no tienen el mismo valor cuando se enfrentan a la oposición, las burlas o a veces, a decisiones que implican comprometer su ética y moral cristiana.

Desde el punto de vista de Jesucristo, desde los Cielos, la sede de operaciones de Satanás estaba localizada en la ciudad de Pérgamo. Para aquellos que piensan que Satanás se encuentra en el infierno, o en algún lugar remoto, debemos indicar que esta idea es falsa, dado que tal y como tendremos ocasión de estudiar, este lugar, el infierno, sólo existirá después del llamado Juicio Final; será el lugar donde serán arrojados todos los incrédulos para vivir una eternidad de sufrimiento, "llanto y crujir de dientes". Satanás no se encuentra hoy en el infierno, sino que anda de un lugar a otro, en este mundo, "como león rugiente, buscando a quien devorar", según nos explica la Palabra de Dios.

Leemos en los versículos 14 y 15 lo siguiente:

14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15 Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco.

A pesar de la fidelidad y el valor que demostraba la iglesia de Pérgamo, un grave error se cernía sobre sus miembros creyentes. Entre ellos había quienes seguían la doctrina de Balaam y de los nicolaítas. Estas personas ejercían su mala influencia al tratar de persuadir a los cristianos de que no había nada de malo en adaptarse prudentemente al mundo, a no ser tan "radicales, ni tan fanáticos".

Querido amigo y amiga que nos escucha; el que no esté dispuesto a ser diferente, no tiene por qué iniciar el camino cristiano. La palabra más corriente para cristiano en el Nuevo Testamento es háguidos, que quiere decir básicamente diferente o aparte. El Templo es háguidos porque es diferente de los demás edificios; el sábado es háguidos porque es diferente de los otros días de la semana; Dios es supremamente háguidos porque es totalmente diferente de los hombres, y el cristiano, porque es diferente de las demás personas.

Ahora bien, debemos tener claro en qué consiste esa diferencia, porque aquí hay una paradoja. El Apóstol Pablo exhortaba a los cristianos de la iglesia de Corinto a ser "diferentes" del resto de la gente: "Salid de en medio de ellos" (2 Co. 6:17). Esta diferencia con el resto del mundo no implica separación física, ni discriminación, ni por supuesto, odio. Pablo escribe a la misma iglesia: "A todos me he hecho de todo para de esa manera salvar a algunos" (1 Co. 9:22). No era cuestión de rebajar el nivel de la fe y la práctica cristiana, sino de elevarlos a los no creyentes, a los incrédulos, hasta el cristianismo.

Si recordamos brevemente la historia bíblica, Balaam intentó sin éxito prostituir el don profético y maldecir a Israel por dinero que le ofreció Balac, rey de Moab. Por eso ideó un plan perverso para que las mujeres moabitas sedujeran a los hombres israelitas y crear así uniones matrimoniales mezcladas. El resultado fue la unión blasfema de Israel con la fornicación y participación en banquetes idólatras.

Nicolaíta significa "el que conquista al pueblo". Ireneo escribió que su fundador fue el mismo Nicolás que se eligió como diácono en el libro de los Hechos, capítulo 6, pero que siempre fue un creyente falso y luego se volvió apóstata. Gracias a las credenciales que poseía, se las arregló para desviar a la iglesia de su doctrina, y como Balaam, condujo al pueblo a conductas inmorales y perversas.

Clemente de Alejandría dijo: "Se abandonaron al placer como chivos, dedicados por completo a sus propias indulgencias". Su enseñanza pervertía la Gracia y reemplazaba la libertad cristiana con el libertinaje pecaminoso. Los nicolaítas eran, según muchos eruditos bíblicos, un grupo de libertinos, que enseñaban que los cristianos eran libres para practicar la idolatría y darse a pecados sexuales, es decir, que se tomaban la fe como algo muy fácil, seguían la política del mínimo esfuerzo, para ahorrarse dificultades.

Bien, estimado amigo y amiga, hacemos una pausa aquí para retomar el estudio en nuestro próximo programa, donde nos sumergiremos de nuevo en este fascinante libro de Apocalipsis, un libro realmente único que tiene grandes tesoros para nosotros. Hasta entonces le invitamos a que haga de la lectura bíblica de la Palabra un hábito diario. Nada más saludable que dirigir su vida de acuerdo a la dirección que Dios le marca. Recuerde que la Palabra es como una luz en su camino y una brújula en estos difíciles tiempos. Recuerde, querido amigo y amiga, que Dios tiene un propósito para usted. No se lo pierda. Vale la pena descubrirlo. Y esta aquí, delante suyo, en la Palabra de Dios.

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