Estudio bíblico de Josué 20:1-21:45

Josué 20:1-21:45

Avanzando en nuestro recorrido por el libro de Josué, llegamos hoy al capítulo 20. En este capítulo Dios mandó a los hijos de Israel que designasen las seis ciudades de refugio. Y decíamos en nuestro programa anterior, que este capítulo es uno de los pasajes más extraordinarios de la Escritura. Contiene un mensaje vivo para nosotros. Nos habla de esas seis ciudades de refugio. Estos eran lugares a los cuales huían los que habían cometido crímenes accidentalmente, o que eran acusados de cometer crímenes, para ser protegidos hasta que fueran juzgados. Muchas tribus y pueblos primitivos han tenido un sistema similar, y parece que ésta fue una idea que fue trasmitida a través de los siglos, de una generación a otra.

El mandato de Dios para establecer las ciudades de refugio se encuentra en Éxodo capítulo 21, versículo 13 donde dice: "Mas el que no pretendía herir a alguien, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré el lugar al cual ha de huir." Y las instrucciones explícitas para las ciudades de refugio se encuentran en Números 35 (todo el capítulo). Dice el versículo 11 de este capítulo: "señalaréis ciudades, ciudades que os sirvan de refugio, donde huya el homicida que hiera a alguien de muerte, sin intención". Y en el versículo 6 de este capítulo 35 de Números leemos: "Y de las ciudades que daréis a los levitas, seis ciudades serán de refugio, las cuales daréis para que el homicida se refugie allá; y además de éstas daréis cuarenta y dos ciudades."

Y hay dos clases de asesinato: el homicidio sin premeditación, es decir casual, y el homicidio premeditado. El homicidio sin premeditación es el asesinato accidental de una persona. El homicidio premeditado es el asesinato planeado o pensado de antemano.

Ahora que los israelitas se encontraban en la tierra prometida y que a cada tribu se le había asignado una porción del territorio, el Señor habló a Josué acerca de designar ciertas ciudades para ser ciudades de refugio. Leamos los versículos 2 y 3 de este capítulo 20 de Josué:

"Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre."

Ahora en Israel, si hallaban a un hombre culpable de planear y maquinar la muerte de otra persona, le mataban a pedradas. Ésta era la pena capital.

Sin embargo, si un hombre era culpable de homicidio sin premeditación, le era entonces posible huir a una de las ciudades de refugio para hallar protección. Ahora, supóngase que dos hombres estaban en el monte cortando leña, y que el hacha de uno de ellos se desprendía del cabo, lo golpeaba al otro y lo mataba. Luego, supóngase que el hermano del que fue muerto dijera: "Yo sé que a aquel hombre no le gustaba mi hermano. Le mató intencionalmente. Ahora, yo voy a matarlo a él." Entonces el acusado no tendría ninguna esperanza, a menos que pudiera hallar protección en una de las ciudades de refugio.

En la isla grande de Hawaii, en la costa de Kona, hay una ciudad de refugio. Antes de que el cristianismo llegara a esas islas, los hombres se ocupaban en matarse unos a otros. El hecho es que ofrecían sacrificios humanos. Eso que los guías turísticos le informan a uno en cuanto a cómo los indígenas se amaban tanto y que disfrutaban divirtiéndose en las playas todos los días, es una aportación pintoresca a la promoción turística. Eran hombres irritables, tristes, y miserables, antes de que los misioneros llegaran a ellos con el mensaje del evangelio, y se mataban unos a otros. Para proveerse de una medida de protección, ellos establecieron unas ciudades de refugio.

Leamos ahora los versículos 4 al 6 de este capítulo 20 de Josué.

"Y el que se acogiere a alguna de aquellas ciudades, se presentará a la puerta de la ciudad, y expondrá sus razones en oídos de los ancianos de aquella ciudad; y ellos le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos. Si el vengador de la sangre le siguiere, no entregarán en su mano al homicida, por cuanto hirió a su prójimo por accidente, y no tuvo con él ninguna enemistad antes. Y quedará en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio delante de la congregación, y hasta la muerte del que fuere sumo sacerdote en aquel tiempo; entonces el homicida podrá volver a su ciudad y a su casa y a la ciudad de donde huyó."

Ahora, las ciudades de refugio ilustran una lección espiritual. El Señor Jesucristo no fue muerto solamente por nuestros pecados. Es también nuestra ciudad de refugio. Hablando de Cristo como refugio, el escritor a los Hebreos nos dijo en el capítulo 6 de su carta, versículo 18, lo siguiente: ". . . los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros." La referencia aquí, por supuesto, es a los que, aunque conscientes de su propia pecaminosidad, se han aprovechado de la salvación que les fue asegurada por Cristo en la cruz. Y todos los que hallan refugio en Él son salvos para siempre del juicio de un Dios Santo.

Ahora, ¿quién fue culpable de la muerte de Cristo? Todo el mundo es culpable. Tanto el judío como el no judío son culpables delante de Dios, de haber participado en la muerte de Su Hijo. El apóstol Pablo dijo en su primera carta a Timoteo, capítulo 2, versículo 6: "El cual ? es decir Jesús ? se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo." El sacrificio de Cristo en la cruz, estimado oyente, abrió una ciudad de refugio para todos los que llegan y ponen su confianza en Él.

Es un error culpar a los judíos, por la crucifixión de Cristo. Él fue crucificado sobre una cruz romana y no en una cruz judía. Y vamos a ser muy específicos en cuanto a ese hecho. No se resuelve nada culpando por la muerte de Cristo, a cualquier grupo racial. Estamos todos en la misma situación. Todos somos igualmente culpables de Su muerte.

Las Escrituras ponen en claro el hecho de que somos culpables de la muerte de Cristo. En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro dijo a los judíos en el capítulo 2 de los Hechos, versículos 36 al 38: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." Ahora, cuando los judíos oyeron lo que Pedro tenía que decir, le preguntaron: "¿Qué haremos?" Y Pedro entonces les dijo: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo."

Y en su segundo discurso a sus hermanos judíos, según los Hechos 3:17 y 18, Pedro dijo: "Pero ahora hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes; pero Dios ha cumplido así lo que antes había anunciado por boca de todos sus profetas: que su Cristo habría de padecer."

Ahora el apóstol Pablo también dejó en claro el hecho de que los gentiles también eran culpables de la muerte de Cristo. Dijo el apóstol Pablo allá en su primera carta a los Corintios capítulo 2, versículos 6 y 8: "Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez en la fe; no la sabiduría de este mundo, ni de los poderosos de este mundo, que perecen ? y pasando al versículo 8 ? la cual ninguno de los poderosos de este mundo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria."

Según estos pasajes, Dios considera que todo el mundo es culpable del pecado de homicidio, en cuanto a la muerte del Señor Jesucristo. Y permítanos ser más personales y directos estimado oyente. Usted es culpable... Yo soy culpable. ¿Por qué? Porque como dijo Isaías 53:5: "Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por su llaga fuimos nosotros curados." Estimado oyente, Él llevó nuestros pecados y nosotros somos sanados de nuestros pecados porque Él murió en la cruz. Somos pecadores. Si no fuéramos pecadores, no habría habido ninguna necesidad de que Cristo muriera. Por tanto, no culpemos de Su muerte a cierta raza. Todos nosotros somos culpables. Pero, gracias a Dios, la muerte de Cristo ha establecido una ciudad de refugio, un lugar para que usted y yo podamos acudir.

Abner fue General del ejército de Saúl. Después de la muerte de Saúl, Abner proclamó como rey a unos de sus hijos sobrevivientes, y éste reinó en su nombre. Durante la batalla de Gabaón, Joab y Abner comandaron las fuerzas opuestas. Abner fue derrotado y huyó para salvarse. Asael, hermano de Joab le persiguió. Abner, no queriendo empezar una venganza de sangre con Joab, imploró a Asael que dejara de perseguirlo. Cuando Asael rehusó, Abner lo mató. Más tarde, Abner se unió con los soldados de David. Joab, temiendo la influencia de un hombre como Abner, en el reino de David, decidió vengar la muerte de su hermano, y resolvió matar a Abner. Abner halló refugio en una de las ciudades de refugio. Pero Joab empleando un ardid, hizo salir de la ciudad a Abner, y lo mató. Y pudo hacerlo porque ¡Abner salió del lugar de refugio! Y ¿Sabe usted lo que David dijo en cuanto a Abner en aquella ocasión? Dijo: "¿Había de morir Abner como muere un villano?" ¿Qué cree usted estimado oyente, que Dios dice en cuanto a aquellos que no se aprovechan del refugio que Él ha preparado para los que son pecadores? Si usted es un pecador culpable y no acude a Cristo, la Ciudad de Refugio, entonces se perderá. Leamos los primeros tres versículos de este capítulo 20 de Josué:

"Habló Jehová a Josué, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre."

Y el resto del capítulo continúa explicando cómo funcionaban estas ciudades de refugio. Y amigo oyente, permítanos concluir este estudio del capítulo 20 de Josué con una pregunta: ¿Ha huido usted a Jesús para encontrar refugio? En Él hay protección. Él quita su culpa. ¡Qué capítulo más maravilloso es éste!

Y pasamos ahora a

Josué 21

Dios les dio la tierra y reposo a los israelitas conforme a Su promesa. A los levitas no se les dieron partes del territorio, como se les entregaron a las otras tribus. Se les dieron ciudades para que pudieran oficiar de sacerdotes para el pueblo, porque ellos constituían la tribu sacerdotal. En este capítulo se asignaron por sorteo 48 ciudades de las otras tribus a los Levitas. Los primeros tres versículos de este capítulo 21 de Josué, nos dice que:

"Los jefes de los padres de los levitas vinieron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los cabezas de los padres de las tribus de los hijos de Israel, y les hablaron en Silo en la tierra de Canaán, diciendo: Jehová mandó por medio de Moisés que nos fuesen dadas ciudades donde habitar, con sus ejidos para nuestros ganados. Entonces los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas, conforme al mandato de Jehová, estas ciudades con sus ejidos."

Entonces los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas, conforme al mandato del Señor, estas ciudades con sus ejidos. Y los versículos siguientes hasta el versículo 42 nos dan el nombre de las ciudades que cada tribu dio a los levitas. Al parecer los israelitas tenían un problema suburbano también en aquel entonces. Los levitas debían recibir ciudades donde vivir, desde Dan en el norte hasta Beerseba en el sur. Es decir que los levitas serían esparcidos por toda la tierra. Ahora el versículo 43 de este capítulo 21 de Josué nos dice:

"De esta manera dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella."

Y en los dos últimos versículos de este capítulo 21 de Josué, tenemos el cumplimiento de la promesa de Dios de darles reposo. Veamos entonces los versículos 44 y 45 de este capítulo 21 de Josué:

"Y Jehová les dio reposo alrededor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente, porque Jehová entregó en sus manos a todos sus enemigos. No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió."

Los israelitas poseían entonces la tierra de Canaán, pero habían ocupado solamente una pequeña parte del territorio que Dios les había prometido dar. Ahora, querían conseguir más tierra, pues tendrían que avanzar y tomar posesión de ella. Todavía tenía vigencia la misma regla, de que todo lugar que pisare la planta de sus pies, sería de ellos. Pero, la parte que los israelitas ocupaban era de ellos, estaba libre del enemigo, y ahora podían vivir con tranquilidad.

Y éste es el reposo, que para nosotros hay hoy en la actualidad; es el reposo de la redención. Es el reposo que usted y yo estimado oyente, necesitamos desesperadamente. Vivimos en una época de mucha tensión. Hay muchas presiones, y si hay una cosa que el cristiano necesita, es entrar en el reposo que Dios le ha provisto.

Los hijos de Israel, la generación que cruzó el desierto, no podían entrar en la tierra prometida bajo la jefatura de Moisés, a causa de su incredulidad. Se vieron obligados a vagar por el desierto durante cuarenta años, y no disfrutaron del reposo. El escritor a los Hebreos en el capítulo 3 de su carta, versículos 9 al 11 nos dijo lo siguiente: "Donde me tentaron vuestros padres; me probaron, y vieron mis obras cuarenta años. Por eso me disgusté contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira. No entrarán en mi reposo."

Fue una invitación a reposar espiritualmente, la que el Señor Jesucristo dio a los judíos cuando le rechazaron como Rey. Él, luego rechazó sus ciudades, y les extendió a todos una invitación personal que todavía está vigente en el día de hoy. Dijo Él: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas." Éste es el reposo de la redención. Estimado oyente, ¿Está usted sintiendo hoy un cansancio, un agobio que va más allá de la fatiga física? ¿Por qué no responde a la invitación de Cristo?

Aquí en el capítulo 21 de Josué, debe haber sido una experiencia maravillosa para los hijos de Israel entrar en aquel reposo, después de su largo y fatigoso viaje por el desierto, y las luchas que tuvieron que librar para poseer la tierra de Canaán. Cuando ganaron la victoria en la tierra, a cada tribu, a cada familia y a cada hombre, le fue dado cierto territorio, empezaron a cultivar la tierra, a comer su fruto y a criar ganado. Fue un tiempo de reposo para Israel.

Como veremos más adelante al estudiar el libro de los Jueces, Israel fracasó completamente en librar a sus posesiones de la presencia de sus enemigos. ¿Por qué? Fue a causa de su incredulidad. Incluso Josué mismo no pudo proporcionarles el descanso que necesitaban, porque ellos no creyeron en Dios y no se apropiaron de Su poder.

Dios tiene algo que decir hoy en día, a Su pueblo. El escritor a los Hebreos nos advirtió sobre el peligro de repetir el fracaso de la nación de Israel. En el capítulo 4 de su carta, versículos 9 al 11: "Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia."

Para los israelitas, el reposo estaba directamente relacionado con la posesión de la tierra prometida por Dios. Las promesas de Dios no fueron aprovechadas por aquella generación que fracasó en permanecer firme en su fe y obediencia a Dios. Y para el escritor a los Hebreos, hay un equivalente funcional con la herencia del cristiano, que ha de tomar posesión de las riquezas espirituales, de las bendiciones que como heredero le corresponden. Esas bendiciones dependen exclusivamente de Dios. El cristiano no obtendrá la victoria en las luchas de la vida, por medio de sus propias fuerzas, sino por su fe en el poder y los recursos de Dios. Ese reposo será, pues, el resultado de una entrega incondicional. La fe del creyente, ejercitada en cuanto a las promesas que Dios ha dado a Sus hijos, garantiza este reposo espiritual, este descanso y paz del que se sabe controlado por el Espíritu Santo para poder cumplir la voluntad de Dios. Pero necesitamos tener presente la advertencia. Porque la incredulidad bloquea la entrada al reposo de Dios, mientras que la fe abre ampliamente la entrada para disfrutar de las bendiciones de Dios.

Estimado oyente. ¿No cree usted que merece la pena depositar su fe en Jesucristo como Salvador, y convertirse realmente en un hijo de Dios? Será la única manera en que usted se convertirá en un heredero, con pleno derecho a disfrutar de las bendiciones de Dios. Como dijo San Pablo, citando al Antiguo Testamento, en 1 Corintios 2:9: "Cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado, son las que Dios ha preparado para los que le aman."

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