Estudio bíblico de Romanos 5:20-6:4

Romanos 5:20 - 6:4

Continuamos hoy estudiando el capítulo 5 de la epístola del apóstol San Pablo a los Romanos. Y en nuestro programa anterior, estuvimos hablando de la justicia de Cristo frente al delito de Adán. Y dijimos que en el versículo 19, Pablo resumió su argumento sobre la supremacía federal de Adán y de Cristo. El acto de desobediencia de Adán, hizo pecadores a todos los hombres, no teniendo nosotros solamente una naturaleza pecaminosa, sino también, siendo culpables del acto de pecado. Pero la obediencia de Cristo, no solamente incluyó Su muerte en la cruz, sino también Su vida santa de obediencia a la voluntad del Padre. Cristo dijo en el evangelio según San Juan, capítulo 6, versículo 38: "Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió". Sin embargo, fue Su muerte en la cruz y Su resurrección, lo que hizo posible que Dios declare justo al pecador que cree en Él. Cristo es nuestra justicia mientras que Adán representa nuestro pecado y muerte. El pecador que oye y se somete obedientemente a la voz de Cristo, recibe una declaración de justicia, librándole de condenación. El Señor Jesucristo mismo, dijo en el evangelio según San Juan, capítulo 5, versículo 24: "De cierto, de cierto os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida". Ahora, el versículo 20 de este capítulo 5 de la epístola a los Romanos dice:

"La Ley, pues, se introdujo para que el pecado abundara; pero cuando el pecado abundó, más abundó la gracia"

Cuando Dios entregó la ley, incluyó un sistema de sacrificios. Más tarde Cristo vino para cumplir todo lo que esos sacrificios simbolizaban. En otras palabras, Dios ha dado a la raza humana, una raza perdida, una oportunidad para ser librada de la culpa del pecado. Ahora, no somos librados de la naturaleza pecaminosa, porque la mantenemos hasta que morimos. Luego vivimos con esa naturaleza toda nuestra vida. La ley se introdujo, no con Adán, sino con Moisés, algunos centenares o miles de años más tarde. Y reveló lo que Dios exige de quienes permanecen en el linaje del primer Adán. No son los pecados ni la naturaleza pecaminosa, sino el pecado de Adán lo que Pablo discutió aquí. La ley vino al hombre no para rescatarlo ni para salvarlo, sino para que el hombre pudiera ver que era culpable ante Dios.

Ahora, si la ley multiplicó la transgresión, entonces la gracia de Dios fue multiplicada aún más. La gracia de Dios es suficiente. La gracia de Dios es como un río poderoso que inunda las orillas del pecado. Pablo, San Agustín, San Francisco, Lutero, Juan Bunyan y muchos más conocieron la abundante gracia de Dios. La ley fue un proceso de adición, mientras que la gracia es multiplicación. Continuemos ahora con el versículo 21 de este capítulo 5 de la epístola a los Romanos:

"porque así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reinará por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro".

Hoy en día vivimos en un mundo donde el pecado reina. Satanás es hoy príncipe de la tierra. El apóstol Pedro nos dijo en su primera carta, capítulo 5, versículo 8: "Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar". El pecado reinó para muerte, y los cementerios se llenan todavía debido a su existencia.

Ahora, Pablo ya ha hablado acerca del reino de muerte y el pecado. Una sola transgresión de Adán fue capaz de introducir este reino. El tema de la próxima sección de esta epístola a los Romanos, es la naturaleza pecaminosa del individuo. Aquí el tema es la transgresión de Adán que nos hizo culpables a todos. La gracia ha establecido un reino en el mismo lugar del pecado y la muerte. Fue establecido en justicia.

Las demandas de la justicia de Dios han sido satisfechas completamente en la muerte de Cristo. El reino se ha establecido completa y firmemente en la cruz de Cristo. El pecador que cree ahora, tiene vida eterna por medio de su unión con el último Adán, o sea el Salvador resucitado y glorificado. Y esto hace posible el proceso de santificación del pecador salvado, que es el tema del próximo capítulo. En nuestro estudio de la carta a los Romanos, llegamos así a

Romanos 6:1-4

En este capítulo, tenemos la identificación con Cristo como la base de la santificación. La obediencia a Cristo es la experiencia de la santificación.

Este capítulo 6, presenta la santificación como una posición del creyente, en los versículos 1 al 13, y la santificación práctica en los versículos 14 al 23. El apóstol Pablo dio a conocer las bases de este tema en la última parte del capítulo 5; pero todavía como parte del gran tema de la justificación, mostrando que la justicia es imputada a todo creyente en Cristo, y que el pecado original de Adán también fue imputado a cada miembro de la familia de Adán. Estableció que hay una sobreabundancia de justicia en comparación con el pecado. Fuimos justificados en Cristo. Veremos que somos santificados, también en Cristo.

Hay una diferencia entre la justificación y la santificación. Hay una diferencia entre ser salvo del pecado, y ser convertido en el tipo de personas que debiéramos ser por haber sido separados o apartados para Dios. Sin embargo, notemos que la identificación con Cristo que sirve de base para la justificación, también es la base para la santificación. Estos dos temas no se excluyen mutuamente. La justificación es el fundamento sobre el cual se apoya toda la superestructura de la santificación. La justificación suple el carril sobre el cual corre el tren de la salvación, mientras que la santificación es el tren mismo. Veamos ahora, algunas de estas diferencias entre estos dos temas:

Primero, la justificación es un acto puntual. La santificación es una obra. La justificación tiene lugar en el momento en que usted confía en Cristo, en ese momento, usted es declarado justo y la culpa es removida. Entonces, Dios comienza en usted una obra que continuará durante toda su vida. Yo creo en la salvación instantánea, pero la santificación es un proceso vitalicio.

En segundo lugar, la justificación es el medio, la santificación es el fin.

En tercer lugar, la justificación, es para nosotros. La santificación opera en nosotros.

En cuarto lugar, la justificación declara justo al pecador. La santificación, hace justo al pecador.

Y en quinto lugar, la justificación quita la culpa y la pena del pecado. Y la santificación, remueve el crecimiento y el poder del pecado.

Dios es como un decorador de exteriores e interiores. Decora el exterior en el sentido de que nos capacita para presentarnos ante Él, porque ha pagado el pecado y removido de nosotros la culpa del pecado. Pero es también un decorador de interiores, porque entra en nuestros corazones y vidas por el poder del Espíritu Santo para convertirnos en la clase de cristianos que deberíamos ser. Cuando Dios nos salva, no nos deja en el pecado.

La santificación es un proceso que debe operar en cada creyente, y se deriva del hecho de la justificación. Es decir, es un hecho que procede de la justificación. Ahora, tanto la justificación como la santificación fluyen de la identificación del hombre con el Cristo crucificado y resucitado. El pecador se apropia de Cristo por la fe, para su salvación y para su santificación. El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, capítulo 1, versículo 30, nos dijo: "Pero por Dios estáis vosotros unidos a Cristo Jesús, y Él ha hecho que Cristo sea nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención".

Antes de llegar al capítulo 6 de esta epístola a los Romanos, el apóstol Pablo no trató sobre la vida santa del que ha sido declarado santo. Pero a partir del capítulo 6 en adelante, Pablo no trató más el tema de la salvación del pecador. Por lo tanto el tema de este capítulo es el poder de Dios actuando en pecadores (a quienes Él ha declarado justos) para convertirlos realmente en justos. Muestra que el pecador justificado no puede continuar viviendo en el pecado porque se ha identificado con la muerte y resurrección de Cristo Jesús. Perseverar en el pecado conduce a una servidumbre o esclavitud al pecado, y ese es otro motivo más para no continuar en el pecado. El creyente tiene una naturaleza nueva y tiene que obedecer a Dios. Esta sección nos libra de una idea extendida hoy de que un creyente puede vivir como le parezca. La identificación con Cristo en Su muerte y resurrección significa que Él pasa a ser nuestro Señor y dueño. Dios nos da la libertad, lo cual es muy diferente al libertinaje, como veremos más adelante. Leamos, pues, el primer versículo de este capítulo 6 de la epístola a los Romanos, que comienza a tratar el tema de

La santificación como una posición

"¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?"

En este capítulo 6, el apóstol Pablo adoptó un estilo argumentativo. En cambio, no usó tal estilo en los primeros cinco capítulos donde trató el tema del pecado. Allí estaba simplemente exponiendo los hechos, mirando a la vida en su estado original y real. La conclusión evidente era que todos son pecadores. No estaba tratando de probar nada. Entonces dijo: "Después que has visto la maravillosa salvación de Dios, ¿qué puedes decir? La única respuesta apropiada es decir ¡Aleluya! y ¡Gloria al Señor!" Esto puede parecer trillado, pero, ¿qué más se puede decir ante esta maravillosa salvación de Dios, amigo oyente? Ahora, la pregunta es: "¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?" O, en otras palabras, ¿vamos a seguir pecando para que Dios se muestre aún más bondadoso?

Muchos cristianos están agobiados por la gracia de Dios. Aunque son salvados por Su gracia, creen que deben establecer una lista de reglas para poder vivir la vida cristiana. Otros, desafortunadamente interpretan esto en el sentido de que les da libertad para hacer lo malo. El versículo 2 de este capítulo 6, de la epístola a los Romanos, nos proporciona la respuesta directa de Dios a la pregunta de que si cuando uno es salvado por medio de la gracia puede perseverar en el pecado, o no. Este versículo dice:

¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?

El solo hecho de que el apóstol Pablo haya formulado esta pregunta, significa que él entendía que la justificación significaba una declaración de justicia. La justificación significa que la que es removida es la culpa o la pena del pecado, y no el poder del pecado en la vida.

Y entonces procedió a hablar sobre remover el poder del pecado. Si Dios le ha declarado justo, estimado oyente, y le ha quitado su culpa del pecado; entonces, usted no puede continuar en el pecado. La respuesta es: ¡de ninguna manera! Este versículo puede ser traducido así: "¡Dios nos libre! ¿Cómo podemos nosotros ? siendo hombres ? que morimos al pecado en la Persona de nuestro substituto Jesucristo ? vivir o continuar viviendo en el pecado?" Esto es algo que muchas veces es mal entendido. Nosotros morimos para el pecado en la Persona de nuestro substituto, al identificarnos con Jesucristo. Morimos al pecado en Cristo; pero, por otra parte nunca estamos muertos al pecado mientras vivimos. Cualquier persona que sea sincera sabe que nunca alcanza el estado en que está completamente muerta al pecado. Logra alcanzar el estado en que su deseo es el de querer vivir para Dios, pero reconoce que todavía tiene la vieja naturaleza controlada por el pecado.

Son versículos como éste, los que han dado lugar a la aparición de personas que, sinceramente, se consideran a sí mismas como viviendo en un nivel superior de santidad, en el cual no cometen ningún pecado. La Escritura dice que hemos muerto al pecado. Ésa es nuestra posición. Pero nunca estamos muertos al pecado en esta vida, porque tenemos una naturaleza pecaminosa activa, que tiene una gran fuerza e influencia en nuestros pensamientos y acciones. ¿Qué quiere decir entonces, cuando la Biblia dice: "Con Cristo estamos juntamente crucificados"? Bueno, quiere decir que cuando Cristo murió hace más de dos mil años, al identificarnos espiritualmente, nosotros morimos con Él, fuimos resucitados en Él, y ahora estamos unidos a un Cristo vivo. Ésta es la gran verdad expresada en la Biblia, Ahora, yo no he crucificado la vieja naturaleza. No sé en cuanto a los demás, pero yo no he tenido ningún éxito en crucificarme a mí mismo. Lo interesante, estimado oyente, es que una persona puede quitarse la vida de muchas maneras. Pero, una persona no puede matarse por medio de una autocrucifixión. Físicamente, le resultaría imposible clavarse a sí misma los clavos. Bien, continuemos ahora con el versículo 3 de este capítulo 6 de la epístola a los Romanos:

"¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?"

Otra traducción dice: "¿No sabéis que, al quedar unidos a Cristo Jesús por el bautismo, quedamos unidos a su muerte?" Este es otro versículo que muchas veces es mal comprendido. Si usted solamente ve el bautismo por agua en este versículo, pierde su verdadero sentido. No creo que aquí se refiera principalmente al bautismo por agua. Yo creo en el bautismo por agua y que la inmersión en el agua expone mejor lo que aquí se enseña. Pero en realidad Pablo estaba hablando sobre la identificación con Cristo. Es que los traductores no tradujeron la palabra griega baptizo. Simplemente la transcribieron a nuestro idioma, porque tiene muchos significados. Un léxico clásico griego da unos veinte significados para esta palabra. Hasta puede significar "teñir el cabello". Había en la antigüedad un grupo de personas en Asia Menor que teñían de púrpura su cabello. Así que aquí en Romanos 6:3, versículo la palabra "bautismo" habla de una identificación con Cristo. Fuimos bautizados o identificados con Él en Su muerte, como Pablo lo explicará en el versículo próximo.

Cuando Cristo murió hace dos mil años, fuimos identificados con Él en Su muerte. Permítame ilustrarlo y expresarlo de una manera personal. Es como si hace 2.000 años me hubieran conducido a mí fuera de Jerusalén, al Calvario o Gólgota (lugar de la Calavera). Yo habría tratado de visualizar al que murió allí, pensando que el culpable era yo. Cristo no era culpable. Estimado oyente, mi pecado y el suyo le colocaron en aquella cruz. En ese sentido, fuimos identificados con Jesucristo. Ahora, Pablo continuó ampliando este pensamiento, aquí en el versículo 4 y escribió:

"Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva".

Aquí se nos habla de ser sepultados con Cristo, así como somos identificados con Cristo en su muerte, de la misma manera, somos identificados con Él en Su resurrección. Y hoy estamos unidos a un Cristo que vive. En otras palabras, nuestros pecados ya han sido juzgados; así que es como si hubiéramos sido resucitados y, aunque estamos en la tierra, espiritualmente compartimos la nueva vida con Cristo que está en el cielo. La verdad, estimado oyente, es que sólo hay 2 lugares para sus pecados. O estaban sobre Cristo cuando Él murió por usted hace más de 2.000 años (si usted ha confiado en Él como su Salvador) o están sobre usted hoy, y a usted le espera el juicio. No hay otro lugar donde puedan estar.

Estimado oyente, somos identificados con Cristo en Su muerte cuando murió por nosotros. Si esto no fuera verdad, entonces la ordenanza del bautismo no tendría significación alguna. Aunque no tenemos nada en contra de otras formas de bautismo de los creyentes en Cristo, creemos que el bautismo por medio de la inmersión en agua, ilustra mejor la verdad espiritual que se expone en esta sección. Lo esencial es que todo hijo de Dios debe ser bautizado en agua porque este acto da testimonio de que está unido al Cristo viviente.

El apóstol Pedro nos dijo que ocho almas se salvaron en el arca de Noé. Pasaron por las aguas de juicio dentro del arca. Nosotros, amigo oyente, experimentamos la pena de muerte de Cristo en la cruz, en Cristo. Y en su primera carta, capítulo 3, versículos 20 al 22, el apóstol Pedro dijo: ". . . los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias del cuerpo, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) mediante la resurrección de Jesucristo". Ahora, ¿Qué quiere decir con que el bautismo nos salva? Aquellas 8 personas pasaron por las aguas del juicio, dentro del arca. Los que perecieron en las aguas fueron aquellos que se encontraban fuera del arca. Las ocho personas del arca ni siquiera se mojaron, sin embargo Pedro dijo que fueron salvadas por el bautismo. Obviamente, la palabra "bautismo" aquí significa más bien identificación. Los que se salvaron se identificaron con el arca. Es que habían creído en Dios y después, se introdujeron en el arca. Y Dios vio a aquel barco flotando en la superficie de las aguas. De la misma manera Dios nos ve hoy a través de Su Hijo Jesucristo. Y si usted, estimado oyente, ha confiado en Cristo, Él le ve unido, identificado con Cristo. Él es nuestra arca. Cristo fue sumergido en las aguas de la muerte y nosotros estamos unidos a Él. El bautismo representa una ruptura completa con nuestra vida pasada. Así como el diluvio borró al antiguo mundo corrompido por el pecado, ilustra nuestra ruptura con la vieja vida controlada por las pasiones de nuestra naturaleza y nuestra entrada a una nueva vida.

Porque así como somos identificados con Cristo en Su muerte, así también somos identificados con Cristo en Su resurrección y podemos vivir y actuar impulsados por Su poder. El apóstol Pablo, oró que los creyentes en Éfeso pudieran conocer este poder y vivir como dijo en su carta a los Efesios, capítulo 1, versículos 19 y 20: "...según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales".

El vivir una "vida nueva" es lo esencial en todo este tema y la expresión práctica en la realidad del mundo en que vivimos. Una vida nueva es el objetivo y el fin del proceso de la santificación. En su carta a los Gálatas, capítulo 5, versículo 25, dijo el apóstol Pablo: "Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu". La vida cristiana, estimado oyente, es una existencia digna de nuestra vocación, y sólo puede transformarse en una realidad por medio del poder del Espíritu Santo.

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