Estudio bíblico: David implora dirección, perdón y protección - Salmo 25

Serie:   Los Salmos   

Autor:   Esteban Rodemann   Email:   esterodemann@gmail.com
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David implora dirección, perdón y protección - Salmo 25

Dirección en la noche

Un grupo de investigadores de la Universidad de Montclair (New Jersey, EEUU) ha descubierto que un gesto sencillo como apretar el puño puede activar las neuronas en el lóbulo frontal del cerebro, aumentando así la capacidad retentiva de la memoria. Para hacer la prueba, pidieron a 49 voluntarios que memorizaran una lista de 72 palabras. Los que apretaban la mano derecha antes del ejercicio, y luego apretaban la mano izquierda al momento de recordar las palabras aprendidas, superaron con creces al grupo de control. Parece que el gesto físico estimula la región del cerebro que se necesita para cada actividad.
¡Ojalá la memoria se pudiera activar y desactivar siempre con tanta facilidad! Sobre todo cuando se trata de la memoria de Dios. Muchas veces necesitamos que el Señor recuerde algunas cosas y que pase por alto otras, especialmente cuando nos encontramos frente a gran perplejidad y confusión. A veces uno siente quebrantamiento en el espíritu, cuando aquello que antes hacía ilusión ahora se ha venido abajo: puede ser la muerte de un hijo, la traición de un cónyuge, el fracaso de un proyecto laboral, la división de una iglesia. Ahora parece que no importa nada, que todo carece de sentido. El vacío resulta abrumador.
Justo antes de morir, Moisés se despide del pueblo de Israel componiendo una canción que servirá de testimonio. Sería un recordatorio para días futuros, cuando el pueblo se apartara del Señor y sufriera las consecuencias de su abandono. Moisés repasa los comienzos de la historia de Israel, sentando algunos principios que podrían dar sentido a los acontecimientos futuros:
(Dt 32:9-12) "Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó. Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo trajo alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo. Como el águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas, Jehová solo le guió, y con él no hubo dios extraño."
Moisés afirma que como el águila echa sus pollos del nido para luego volar debajo de ellos y recogerlos sobre sus alas, así hace el Señor con su pueblo. Los aguiluchos necesitan una experiencia de caída libre, tanto para verse obligados a volar como para descubrir de una manera más intensa el cuidado de la madre. Así ocurre con los creyentes. Dios nos empuja del nido y nos obliga a caer en picado, para después recogernos sobre sus alas. La caída libre es una experiencia profundamente incómoda. Parece que Dios está ausente. Perdemos los puntos de referencia. Todo parece abocado al desastre. Al final, sin embargo, aprendemos a buscar al Señor en medio de la angustia; a la postre descubrimos nuevas manifestaciones de su cuidado. Es un proceso que se repite una y otra vez.
Muchos años después de la canción de Moisés, el pueblo de Israel vive una experiencia de caída libre en el cautiverio babilónico. El Señor les habla a través del profeta Jeremías para recordarles que aún en medio de las "caídas libres" el carácter divino no ha cambiado. El es "Jehová": el Dios que se comprometió con un pueblo que él libremente escogió, el Dios que cumplirá todos sus buenos propósitos para con los suyos. Lo que nos sostiene en la prueba es recordar cómo él es -su carácter- y eso imparte fuerzas para soportar cualquier conjunto de circunstancias inexplicables y dolorosas:
(Jer 29:11) "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis."
Pensamientos como estos sirven de sustento para David en un momento de caída libre. Después de reinar durante muchos años, David llega a un momento en que necesita contar con la memoria -y también con el olvido- de Dios. Necesita dirección divina urgentemente, y por ello pide que Dios se acuerde del compromiso que ha asumido con su siervo. Su nombre personal Jehová/Yahvé ("yo soy el que soy"), habla de un Dios que ha entrado en pacto con el hombre y ha prometido cumplirlo hasta el final. Promete ser fiel a la persona que ha puesto su fe en el Redentor, para llevarla al reino de Dios. La promesa implica protección, provisión y dirección, para hoy y para siempre.
David también necesita que Dios olvide su pecado. Su hijo Absalón se ha rebelado contra su propio padre, reuniendo a todo un ejército para arrebatar las riendas del poder. David es consciente de que la rebelión de Absalón responde al juicio de Dios por su pecado con Betsabé: "Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste" (2 S 12:10). Sabiendo que tiene parte de la culpa por la situación, David se apresura a huir del palacio y de la ciudad de Jerusalén. Está perplejo, no sabe por dónde tirar ni qué hacer en esta situación confusa: ¿quedarse o huir? ¿Huir muy lejos o sólo distanciarse un poco? ¿Llevar a sus colaboradores consigo o mandarlos que se queden en la ciudad? ¿Hacer la guerra o buscar la paz? ¿Resistir o claudicar? El rey necesita orientación, pero se acuerda de cómo él también había sido rebelde años atrás, cuando se encaprichó con Betsabé y mató a su marido para quedarse con ella.
La confusión de David es un anticipo de lo que sentiría Jesucristo en el huerto de Getsemaní. David sale de Jerusalén y sube el Monte de los Olivos con su familia, llorando porque un usurpador (que es también un traidor en el seno de su propia familia) ha tomado el poder y le ha echado de la ciudad de Dios (2 S 15:30). De la misma manera, Jesús deja Jerusalén con su "familia" (los discípulos) y llora al pie del Monte de los Olivos, porque el Señor pondrá sobre él toda la culpa del usurpador que manda en la ciudad -también la culpa del traidor de su "familia"- además de la culpa de todos los hombres. El Salmo 25 anticipa la tristeza y la angustia de Jesucristo (Mr 14:33-34), no por su propio pecado sino por el nuestro.
¿Has sentido momentos de confusión, en que no sabes qué hacer, en quién confiar, por qué camino tirar? ¿Has necesitado la guía del Señor en asuntos críticos de tu vida? Los jóvenes enfrentan grandes decisiones que condicionan su futuro: elegir entre amistades, plantear una relación de pareja más seria (¿me caso con esta chica o no?), escoger un plan de estudios para formarse (¿FP o bachillerato? ¿Estudiar en mi ciudad o en otra provincia? ¿Solicitar una beca Erasmus o no? ¿Hacer esta carrera o esta otra?). Otros deben decidir si aceptan una oferta de trabajo con ciertas condiciones, o no. Los casados tienen que decidir dónde vivir, a qué dedicarse, cuándo tener hijos y cómo educarlos, cómo llevar la relación con los padres y los suegros. Los más mayores se enfrentan con situaciones que se han complicado con el paso del tiempo: cómo ganarse de nuevo el corazón de un hijo extraviado, cómo lidiar con las consecuencias de viejos fracasos (hijos de otro matrimonio, deudas antiguas, enemistades pertinaces, estilos de vida dañinos), como mediar entre familiares peleados, como encajar un accidente o una enfermedad de larga duración. A menudo la solución depende de un cambio de actitud en otra persona y, al no ser capaces de lograr ese cambio de mentalidad, no sabemos qué hacer.
Necesitamos la dirección de Dios para navegar en estas tempestades de la vida, en las situaciones complejas que configuran la experiencia humana. Muchas veces no sabemos cómo avanzar. Estamos en tinieblas, necesitamos luz. El convencimiento que David expresa en el Salmo 25 da ánimo: "El enseñará el camino que has de escoger". David vuelve a apelar a Dios por su nombre personal, "Jehová" (diez veces en este salmo). Atrás queda el distanciamiento del Salmo 51, cuando no se atrevía a llamar a Dios por su nombre. Su corazón ha vuelto a una posición de plena confianza, a pesar de fracasos pasados y luchas presentes. David apela a Jehová como hoy haría el creyente en Cristo: "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (He 13:8).
El Salmo 25 recoge la petición de David que el Señor le guíe en un momento de dramática confusión. Es un salmo acróstico: cada versículo empieza con una letra distinta del alfabeto hebreo, como siguiendo el orden de la "a" hasta la "z". El salmista quiere poner todas las cartas sobre la mesa, descubriendo todos sus sentimientos, vaciando su interior y recordando todos los motivos para contar con la ayuda providencial del Dios que ha prometido guiarle hasta el final. No hay alabanza sino que todo es angustia y petición, aunque también hay un repaso de los motivos para seguir confiando en medio de su particular "caída libre". La catarsis y la confianza de David pueden llegar a ser nuestras también.

Angustia: necesidad de la dirección de Dios

(Sal 25:1-7) "A ti, oh Jehová, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío; no sea yo avergonzado, no se alegren de mí mis enemigos. Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido; serán avergonzados los que se rebelan sin causa. Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día. Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová."
La situación es tan compleja que el salmista no sabe orar. No sabe qué pedir. Es consciente de sus fallos: sabe que no es digno de la misericordia de Dios y que sus errores han contribuido en parte a la situación. Lo único que se le ocurre es presentar su alma -con todas sus contradicciones- al Señor: "a ti levantaré mi alma". Es como lo que dice el rey Josafat ante una batalla imposible: "Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos" (2 Cr 20:12).
Mirar al Señor describe una fe expectante: "hay algo que sólo Dios puede solucionar, así que pongo toda mi esperanza en él". Es devolver el corazón a este punto una y otra vez: una renuncia a cualquier maniobra humana para apañar una solución, con una dependencia extrema del Señor. "Si Dios no actúa, no hay nada que hacer, así que seguiré pidiendo y esperando". "Nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros" (Sal 123:2).
David también pone de manifiesto la base de la oración: las promesas del Señor. Cuando clama "no sea yo avergonzado" y afirma "los que esperan en ti no serán confundidos", quiere decir que el Señor cumplirá indefectiblemente lo que él mismo ha prometido. Su reputación está en juego. Dios no mentirá, sino que por amor a su propio nombre actuará. La petición de David viene a significar "que yo no quede en ridículo por haber confiado en ti" o "si has prometido salvar a los que confían en tu promesa, que quede claro ante todos que es así". Otros como Absalón -que se ha rebelado sin causa- no tendrán la misma seguridad.
En el caso de David, la promesa concreta forma parte del pacto que el Señor libremente hizo con él:
(2 S 7:14-15) "Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de el como la aparté de Saúl..."
El creyente en Cristo goza de la misma seguridad. Jesús, el descendiente de David, incluye a todos los suyos en los beneficios del pacto que el Padre hizo con él antes de la fundación del mundo:
(Jn 10:27-28) "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano."
La promesa de vida eterna incluye protección, provisión, dirección y consuelo. El cristiano pide luz en sus momentos de confusión diciendo "Señor, cumple lo que has prometido, no por mí sino por ti, para que yo no quede defraudado y para que tu reputación no sufra descrédito". El apóstol Pedro ratifica esta certeza con palabras parecidas: "el que creyere en él, no será avergonzado" (1 P 2:6).
Después de elevar su alma al Señor, David pide algo específico: "muéstrame tus caminos". De momento no pide que Dios le indique qué hacer, sino pide luz para comprender mejor la voluntad de Dios. Los caminos de Dios importan más que nuestras decisiones, y nuestras decisiones siempre tienen que alinearse con su voluntad. El que busca a Dios, busca primero su voluntad en todas las cosas. Sabe que "sus caminos son deleitosos y todas sus veredas paz" (Pr 3:17). Nuestros caminos se allanarán si van en consonancia con sus caminos.
Si queremos buscar sus caminos, los caminos de Dios, iremos primero a su palabra escrita, la Biblia: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (Sal 119:105). De alguna manera, los pasajes bíblicos nos pueden dar luz para nuestra situación. Tal vez nos oriente algún mandamiento: o bien los Diez Mandamientos o las muchas otras instrucciones que los amplían. Hay promesas que se podrían aplicar a nuestra situación. A veces hay situaciones históricas registradas en la Biblia, que se relacionan en algún aspecto con nuestro contexto; los ejemplos buenos y malos de otros podrían darnos alguna indicación. En la Palabra hay rituales cargados de significado espiritual, que aclaran aspectos del sacrificio de Jesucristo y nos recuerdan cómo él es, como el holocausto diario o las fiestas de Israel. Los Salmos nos enseñan a orar y los Proverbios nos aportan sabiduría práctica para muchos casos de la vida real.
La petición de otro salmo explica cómo el Señor tiene que obrar para que su Palabra nos dé dirección en medio del laberinto de la vida: "Envía tu luz y tu verdad, éstas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas" (Sal 43:3). Dios puede enviar su verdad, haciéndonos comprender qué pasajes bíblicos tienen que ver con nuestro caso, y puede enviar su luz: abriéndonos la mente para captar bien el mensaje espiritual latente en la palabra escrita.
La base de la petición de que Dios nos guíe en momentos difíciles aparece en el versículo 5: "Porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día". Si Dios te ha escogido antes de la fundación del mundo y luego te llama en el tiempo -y por eso te has convertido a Cristo- entonces él tiene que perfeccionar lo que él empezó. Él es autor y consumador de nuestra fe. Meditar el plan eterno de la redención aporta certeza al corazón: Dios guiará sin falta a los suyos.
Otras dos fuentes de confianza aparecen en el verso 6: "Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, que son perpetuas". La palabra "piedades" es "rajameka", que viene de la palabra "rejem", "vientre". "Piedades" son los sentimientos tiernos con que una madre acaricia al niño que ha nacido de su vientre. David dice "Señor, me has dado a luz. He nacido de ti, tanto en lo físico como en lo espiritual, y por tanto te pido que muestres ternura al fruto de tu vientre". Es el sentimiento que luego describiría el profeta Isaías:
(Is 49:15) "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti."
"Misericordias" traduce la palabra hebrea "jasadeka", cuya raíz es "jesed", "amor leal". Jesed es el amor que Dios muestra a los que él ha escogido libremente, con los que ha hecho un pacto de fidelidad. David sabe que Dios le escogió porque quiso, para ser el rey de Israel: "en virtud de esa elección tuya, muéstrame tu amor leal con gestos tangibles". En otro lugar, hablando de David, Dios dice: "Para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto será firme con él" (Sal 89:28).
David apela a los sentimientos tiernos del Dios que le ha engendrado, y a la lealtad del Dios que se ha comprometido con él. No aporta ningún mérito suyo como motivo para que Dios le ayude. Lo único que el hombre contribuye es pecado (fallar el blanco) y rebelión (transgredir a sabiendas). Suplica que el Señor se acuerde de sus piedades y sus misericordias, y que olvide de los pecados y las rebeliones de la persona.

Afirmación: Dios siempre guía a los suyos

(Sal 25:8-15) "Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino. Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera. Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios. Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande. ¿Quién es el hombre que teme a Jehová? El le enseñará el camino que ha de escoger. Gozará él de bienestar, y su descendencia heredará la tierra. La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto. Mis ojos están siempre hacia Jehová, porque él sacará mis pies de la red."
Cuando David nombra a los que guardan el pacto y los testimonios del Señor, se refiere a los que han creído la promesa del Redentor, a los que han confiado en Cristo para salvación. También los llama "humildes" y "mansos". Son personas conscientes de sus defectos ("pecadores"), pero que han confiado en Cristo, y por tanto son beneficiarios del pacto. No se ven principalmente como víctimas de los abusos de los demás, ni tampoco como personas autónomas y autosuficientes.
Para los antiguos, se trataba de una fe anticipada en un Redentor que algún día llegaría. Para los que vivimos después de la cruz y la resurrección, se trata de una fe viva en Jesucristo como sustituto: el que cumplió la justicia de Dios en nuestro lugar y el que sufrió todo el juicio de Dios en nuestro lugar. La vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesús llenan de contenido esa fe.
Surge una certeza en el alma de David: Dios le guiará sin falta. "Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino". Dios es el que impuso muy al principio las condiciones en que los hombres y las mujeres de hoy tienen que desenvolverse: maldición sobre la tierra, expulsión de Edén, promesa del Redentor, y la continuación de la vida física después del acto de fe. Aun después de creer en Cristo, el creyente tiene que seguir viviendo en esta tierra, hecho que supone lidiar con mil situaciones conflictivas. Si el buen Dios mandó todo esto, entonces él seguramente guiará a los que han creído. ¡Le interesa! Su nombre está en juego. Si no lo hace, él resulta mentiroso.
Podemos estar tan seguros de ello como para afirmar con David: "Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios". Es una promesa para creyentes en Cristo (los que guardan su pacto), no para todos. Se refiere a "sendas", "?arjot", es decir, los caminos particulares de un viajero. No se trata de autopistas, de caminos anchos transitados por la gran multitud. Es el camino particular que el Señor tiene para cada uno: su conjunto particular de circunstancias.
La promesa abarca varias facetas:
1) La senda que el Señor tiene para cada uno procede de su misericordia y verdad. Como se ha dicho arriba, la palabra "jesed" se refiere al amor leal que el Señor manifiesta hacia aquellos con que él libremente se ha comprometido. Sus intenciones son buenas. Su deseo es bendecir, no destruir. Sus pensamientos son para bien (Jer 29:11).
2) Cada creyente percibe la misericordia y verdad de Dios mientras avanza en su senda particular. Si abre los ojos, se dará cuenta de la presencia de Dios, el cuidado de Dios, la provisión de Dios, la fuerza de Dios, incluso más de lo que pedimos o entendemos (Ef 3:20). Verá cómo Dios efectivamente está cumpliendo sus promesas para formar un carácter como Jesucristo, que a la larga será la mayor bendición de todas.
3) Cada creyente está llamado a plasmar la misericordia y verdad del Señor en su trato con otros compañeros de viaje. A pesar de dudas y angustias, el creyente echa mano del Señor y muestra amabilidad y rectitud en su relación con el prójimo. Dice la verdad, se preocupa por las necesidades reales de los demás, y procura hacer bien a todos (Ga 6:10).
Sirve de consuelo y de fuente de seguridad el hecho de que Dios hará conocer sus caminos a la persona que le busca, pero hay algo más: también impartirá el perdón. El aspecto moral es ineludible. Hay un Dios ético en el cielo, que ha puesto en los hombres y las mujeres un aparato moral que resuena en armonía con los criterios de bien y mal del mismo Dios. Forma parte de la imagen de Dios en el hombre, y produce una aguda conciencia de haber quedado corto. David conoce sus fallos perfectamente, no los minimiza ("perdonarás también mi pecado, que es grande"), y reclama del Señor un lavamiento interior total.
Cuando el Señor envía su luz y su verdad, para que entendamos sus caminos y cómo inciden en nuestra experiencia, entonces llegamos a ver claramente las decisiones particulares que hemos de tomar. Se nos aclara nuestro camino. Pasamos de su camino a nuestro camino. La persona que teme al Señor sabe que él "le enseñará el camino que ha de escoger".
¿Cómo guía el Señor en las decisiones concretas que confrontan a un creyente? Para la persona que busca al Señor ("a ti levantaré mi alma"), habiendo creído en Cristo ("los que guardan su pacto y sus testimonios") y comprometido con hacer la voluntad de Dios una vez que se sepa lo que es ("el hombre que teme a Jehová"), las cosas se aclaran por varios medios. Dios ha prometido dar sabiduría sin reproche (Stg 1:5), y tiene mucho interés en que descubramos su voluntad en cada encrucijada de nuestra vida.
1) La Palabra de Dios (Sal 119:105). Como ya se ha dicho, la palabra escrita es el punto de partida. Allí buscamos enseñanzas, ejemplos y lecciones de todo tipo, y el Señor nos abre la mente y aplica los textos pertinentes a nuestra circunstancia particular por su Espíritu.
2) El consejo sabio (Pr 24:6). Hay personas más experimentadas en los caminos de la vida, y muchas veces su perspectiva nos ayuda a evitar errores. Hay que huir de la picaresca de recurrir a consejeros que nos digan lo que queremos oír y consultar con personas mayores, amantes del Señor, sensatas, equilibradas, y con el testimonio de haber superado con éxito sus propias crisis.
3) Las circunstancias (Ef 1:11). Un Dios soberano ordena todo lo que ocurre en la vida del creyente. Todas las cosas le ayudan para bien (Ro 8:28). Todo forma parte del plan divino para todos los días de su vida (Sal 139:16). No hay accidentes, nada ocurre al azar. Sin embargo, hay que discernir, porque una "puerta abierta" puede indicar el buen camino o puede ser un despiste, y una "puerta cerrada" puede ser un "no" divino, como también puede ser una invitación a perseverar y no desmayar.
4) Deseos e inquietudes (Fil 2:13). El salmo dice que si nos deleitamos en el Señor, él nos dará los deseos de nuestro corazón (Sal 37:4). El forma en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Muchas veces los deseos de bien responden al don espiritual que hayamos recibido, y señalan la manera específica en que podemos aportar a la obra del Señor.
5) Aptitudes (1 P 4:10). El don espiritual es algo que haces como servicio al Señor, para bendición de los demás. Es una capacidad dinamizada por el Espíritu Santo, un potencial que puede crecer con un compromiso espiritual, una formación bíblica, y con la experiencia. Cada uno vale más para algunas cosas, y menos para otras.
El salmista habla de "la comunión íntima de Jehová" y afirma que "mis ojos están siempre hacia Jehová". Se ha dicho que esta metáfora de mirar hacia Dios describe un ejercicio constante de fe expectante. En el día a día, sin embargo, esta mirada de fe se plasma en la costumbre de un tiempo devocional. Es el hábito cristiano con más potencial -más que cualquier otra cosa- para lograr cambios benéficos en la vida.
Un tiempo devocional nace del convencimiento de que Dios sigue hablando a sus hijos a través de su Palabra. Es una cita diaria con Dios, un tiempo de recogimiento para leer la Biblia, meditar lo que se ha leído, y luego orar al respecto. Es una conversación privada con el Dios del universo, un Dios que se ha hecho presente por medio de Jesucristo. Es un intercambio sin tapujos, donde el creyente se desnuda delante del Señor, deseoso de escucharle en su Palabra y presentarle todas sus necesidades reales. Los que practican el tiempo devocional lo encuentran fundamental para nutrir la relación espiritual con el Señor.
Para implantar el tiempo devocional como costumbre, hacen falta cuatro cosas: 1) la certeza de que el Señor te quiere hablar y que le puedes entender a través de su Palabra; 2) un lugar fijo donde sentarte a leer cada día; 3) una hora fija, la misma hora todos los días; 4) un método, alguna noción de cómo proceder.
El método consiste en leer libros de la Biblia sistemáticamente. Tal vez ayude leer un libro del Nuevo Testamento primero, después un libro del Antiguo Testamento, alternando así entre Nuevo y Antiguo para variar. Conviene leer progresivamente, para seguir el argumento del autor. Es fundamental leer una versión de la Biblia que entiendas, que te "llegue". Consultar las introducciones a los libros en un manual bíblico puede ser una orientación útil. Apuntar tus reflexiones en un bloc de notas es de gran ayuda para recordar las cosas, para luego poner en práctica lo que el Señor te vaya diciendo.
Lo más importante es recordar que toda la Biblia gira en torno a la progresiva manifestación de Jesucristo, su persona y su obra. "Escudriñáis las Escrituras... y ellas hablan de mí" (Jn 5:39) decía Jesús. De modo que todas las historias del Antiguo Testamento preparan el camino para Cristo. Cada juez y cada rey de Israel encarna -en mayor o menor grado- las cualidades que se verían en el Ungido que vendría a dar salvación en la tierra. Las leyes del Antiguo Testamento aclaran las cualidades que Cristo produciría a través del nuevo nacimiento, y los rituales de Israel sirven para despertar la fe de los creyentes en aspectos concretos de la persona y la obra del Redentor. Si leemos de esta manera -desde Cristo- todas las Escrituras aportarán provecho a nuestra alma.
Cuando el salmista dice "mis ojos están siempre hacia Jehová", alude a las ayudas visuales dadas a lo largo de la historia para hacer tangible el Redentor provisto por el Señor. Los antiguos contemplarían con sus ojos el sacrificio (luego regulado como el holocausto diario, cada mañana y cada tarde) y sacarían numerosas lecciones acerca de Cristo. Los que convivieron con Jesús le vieron actuar, enseñar, morir en la cruz y resucitar el primer día de la semana: "lo que hemos visto con nuestros ojos", (1 Jn 1:1). Los que vivimos siglos después de la cruz acabamos "viendo" con los ojos de la fe, en base a los escritos de los testigos presenciales apostólicos. Así Pablo puede llamar a los gálatas "vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente como crucificado" (Ga 3:1). La mirada de fe se centra siempre en la persona de Jesucristo.

Angustia: la situación se vuelve urgente

(Sal 25:16-22) "Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados. Mira mis enemigos, cómo se han multiplicado, y con odio violento me aborrecen. Guarda mi alma, y líbrame; no sea yo avergonzado, porque en ti confié. Integridad y rectitud me guarden, porque en ti he esperado. Redime, oh Dios, a Israel de todas sus angustias."
El salmista reduce todas sus peticiones a un "mírame". Si al principio no sabe hacer más que levantar su alma al Señor, ahora se concreta con esta súplica que se repite tres veces (Sal 25:16,18,19): "Mírame y ten misericordia". La petición deja en manos de Dios la manera exacta de contestar, en forma y en tiempo. Es reconocer que nosotros no sabemos qué sería mejor (entre las cosas que podríamos pensar), y es reconocer que hay respuestas que ni se nos han ocurrido. El Señor puede hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Ef 3:20). Confiamos en él y le exponemos la urgente necesidad.
Cuando confías en la buena disposición de otro, sólo hace falta que el otro se entere de tu necesidad. Si es bueno y tiene medios, algo hará para remediar tu angustia. La Biblia plantea la necesidad humana así: Dios sólo tiene que mirar bien el sufrimiento de aquellos con que él mismo se ha comprometido, y su compasión le moverá a intervenir. Así fue con el sufrimiento de los israelitas en Egipto (Ex 2:25) y luego en las múltiples experiencias de opresión en tiempo de los jueces (Sal 106:44). Esta súplica fluye del reconocimiento de la soledad absoluta que supone el hecho de sufrir: "Mírame... porque estoy solo y afligido". Por un lado, sabes que nadie entiende del todo lo que sientes en el corazón (Pr 14:10), pero también sabes que nadie se va a ocupar de ti con la perfecta combinación de cariño, sabiduría, tacto, y firmeza que en teoría haría falta: "...no hay quien me quiera conocer, no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida" (Sal 142:4). Por eso vamos al Señor, como huérfanos abandonados, sabiendo que él nos redimirá de todas nuestras angustias. Nos hará entender sus caminos, nos indicará por dónde avanzar en nuestro camino, y guardará nuestro corazón.
Si clamas -anclado en su camino- verás cómo se aclara tu camino.

Comentarios

Estados Unidos
  carlos a. cabrera  (Estados Unidos)  (23/09/2016)
Maravilloso, simple, sencillo ,profundo. He aprendido muchísimo, de todo corazón, gracias .
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