Estudio bíblico: Epístola a los Filipenses -

Serie:   La epístola a los Filipenses   

Autor:   Esteban Rodemann   Email:   esterodemann@gmail.com
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Filipenses - Introducción

Un camino hacia arriba

Es un viaje a pie. Unas veces con pasos contados, otras veces a paso ligero. La vida con Dios es así. Cuando leemos en la Biblia que Dios habla con los suyos, él pide una respuesta que es como ponerte en marcha. Es como iniciar una caminata. Hace falta movimiento hacia delante, de una forma de ser a otra forma de ser. Tiene que haber progreso. Dios invita a los que le escuchan a no permanecer estáticos sino resueltos a avanzar. Será algo así como el ejercicio de andar:
(Gn 17:1) "Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto."
(Jer 7:23) "Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien."
Los siervos de Dios siempre hablan en términos parecidos: "Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y temiéndole" (Dt 8:6). "Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley de Jehová" (Sal 119:1). El apóstol Pablo dice a los creyentes en Éfeso que antes andaban según la corriente de este mundo (Ef 2:2), pero que ahora deben andar dignos de su llamamiento (Ef 4:1). Esto significa andar en amor (Ef 5:2) y andar con sabiduría (Ef 5:15).
La experiencia cristiana se vive andando. Puede tomar forma de un paseo, deambulando por aquí y allá. Puede ser una marcha, avanzando con paso firme hacia un destino. Siempre supone el tránsito de un lugar a otro. La metáfora recoge una idea fundamental: un esfuerzo constante por avanzar en una dirección. Vivir en sintonía con Dios requiere un esfuerzo diario, como caminar. Te lo propones, te mueves, levantas un pie y después otro. Los pasos varían (pie derecho, pie izquierdo) pero nadie camina sin querer, por accidente. Todo el mundo sabe que el somnámbulo es una aberración. La intención de andar abre paso a una decisión, y la decisión a la ejecución.
La vida con Dios se concreta a través de pequeñas decisiones, y otras que son trascendentes. Caminar no es un salto de longitud, sino un recorrido por etapas. Hay una multitud de pasos que se dan cada día, frente a las situaciones que se nos presentan (personas, circunstancias, estados anímicos, retos).
Vivir con Dios significa avanzar en una dirección, en una buena dirección. Uno cree en Jesucristo para salvación y luego "anda" dejando atrás la condición natural en que ha nacido y llegando a otra condición mucho mejor, a la plenitud de una salvación desarrollada. Jesús habla de una puerta estrecha (el inicio de la fe) y luego de un camino angosto (la trayectoria posterior, el vivir la vida con fe). Cuando los apóstoles hablan de correr la carrera, no resaltan tanto la velocidad sino la actitud decidida del que prosigue adelante.
La vida cristiana es como una caminata, pero el camino está lleno de baches. Hay obstáculos a cada momento. Cuando nuestros primeros padres fueron expulsados del huerto de Edén, se enfrentaron con un mundo caído: todo se había vuelto espinos y cardos. Todo alrededor parecía el día después de un desastre nuclear o una invasión del espacio. También notaron que en sus propios corazones algo había cambiado. Se había producido un desajuste radical, ahora se sentía una fuerte tendencia hacia el mal. Si Adán y Eva antes habían jugado a las Barbies, ahora se han pasado al Lado Oscuro. Las personas nuevas que irán naciendo saldrán como vampiros o zombis, como muertos vivientes. Sobrevivir en estas condiciones ahora será difícil, complicado. El desafío será echar mano de Dios -de una manera intensa- en medio de infinidad de contratiempos de todo tipo.
El camino de la fe es recorrer una calle llena de baches, donde es fácil hacerse pupa en cualquier momento. También se podría imaginar como un camino que va hacia arriba. Avanzar en él es como subir una cuesta. Produce cansancio en el alma. Hay impedimentos. Hay personas que no comparten tu fe o que activamente se oponen a ella. Surgen problemas que desaniman, que siembran dudas. Las relaciones personales (familia, amigos, compañeros) provocan tensiones. Aparecen necesidades y parece que Dios no suple como debe. El pecado se cuela y el creyente elige comportamientos que sabe no están bien. Uno se siente vacilante, inconstante: a veces deseando todo lo bueno y bonito, otras veces pasando de todo, con el único fin de ser un poquito feliz. Hay momentos cuando cunde la tristeza y no tienes ganas de saber nada de Dios. El esfuerzo que supone esto de subir la montaña - que además es un camino lleno de baches - puede parecer demasiado.
Los que perseveran descubren, sin embargo, que si siguen avanzando en el camino cristiano, empiezan a saborear una libertad sorprendente. El Señor imparte libertad al alma, y el efecto es que ningún contratiempo sirve para hundirte. Si consigues una conexión con Jesucristo, descubres que él te libera de todas las presiones a tu alrededor. Es más: te da algo por lo cual vivir, un propósito. Dios te concede poder para tocar la vida de otras personas para que sean transformadas para bien y para siempre. Nada lo puede impedir. Es como un montañero que persevera en la subida, luego llega a la cima, para atravesar después una cordillera a cielo abierto. Respira aire puro. Las angustias de la ciudad han quedado atrás.
Está libre de verdad. La auténtica libertad en Cristo no se descubre, sin embargo, en la soledad. Como un equipo de montañeros atados unos a otros, llegamos a la cima unidos con otros compañeros de viaje. Nos conectamos primero con Jesucristo por la fe y descubrimos algo grandioso, la vida de Dios en nosotros. Luego compartimos una relación espiritual los unos con los otros. Es la comunión (koinonía), un compartir en el sentido más intenso de la palabra. Las amistades entre cristianos tienen el potencial de ser los lazos más fuertes a este lado del cielo. Viviendo la experiencia cristiana en comunidad, nos adentramos en la plenitud de la vida de Dios. Saboreamos la dulzura de su conocimiento y descubrimos juntos que el Señor es verdaderamente bueno para con los suyos, y que merece la pena confiar en él (Sal 34:8).

Jesús y la marcha hacia arriba

Jesucristo asciende montañas en momentos claves. Lo hace para introducir a sus discípulos, juntos, conectados unos con otros, en la auténtica libertad espiritual. Su intención no es practicar el senderismo; no es cuestión de pasar ratos alegres de entretenimiento. Tampoco es un "echarse al monte" huyendo de adversarios. Jesús aprovecha la marcha hacia arriba con fines didácticos. Enseña a sus seguidores que andar en pos de él, en medio de un mundo caído, estropeado, perdido, oscuro, siempre requiere un esfuerzo. Es una marcha cuesta arriba. Es un nadar contracorriente, un navegar contra viento y marea, un combatir contra el mal, una lucha constante por encontrar la puerta estrecha y mantenerse en el camino angosto.
Seguir a Cristo empieza cuando descubrimos quién es Jesús. No se trata de un personaje histórico sin más, de alguien que hemos conocido en algún libro, sino de un Dios que realmente está allí y que se transformó en Hombre con el fin de enseñarnos en qué consiste la vida de verdad. Las enseñanzas de Jesucristo son tan claras y contundentes que dejan alucinada a la gente. Jesús da ejemplo con su forma de ser de una clase de vida radicalmente mejor. Hay un atractivo tan fuerte que la gente sencilla, los niños y todos los que necesitan y esperan una respuesta de Dios, corren hacia Jesús como si fuera un imán personificado.
En sus enseñanzas, Jesucristo aclara que el ser humano tiene un problema casi imposible de solucionar. Hay un quiste de maldad en el corazón de cada uno, y sólo un cirujano divino lo puede extirpar. Pero él también aclara una y otra vez que está dispuesto a hacer todo lo necesario, asumir cualquier sacrificio, para llevar a cabo esa operación. Al final perderá su libertad, su honor, su buen nombre y hasta su propia vida muriendo como Sustituto por los pecadores en la cruz. Con su sacrificio, Jesús demuestra que es el Amigo verdadero que nunca hemos encontrado en este mundo: "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Jn 15:13).
Cuando descubres este inmenso amor de Uno dispuesto a perderlo todo para llevar a cabo una operación de sanidad en tu corazón, algo que dura para siempre, algo que nunca se deshace, sólo quieres ir con él. Jesús sigue siendo un imán. Quieres conocerle más y más. Quieres agradarle, complacerle, que te sonría. Quieres seguir su camino. Quieres hablar de él con otros. Hay algo grande que ha tomado posesión de tu corazón. Es el amor de Dios derramado en tu interior. Esto te lleva a tomar decisiones todos los días por amor a él. Es reconocerle, a gusto, como Señor de tu vida. Porque sabes que él es la Verdad, aunque todo el mundo pudiera decir que no.
Jesús dice en una ocasión que son realmente felices los que soportan la persecución por causa de la justicia (Mt 5:10). Lo que quiere decir es que los que han sido tocados por su amor entienden perfectamente que el reino de Dios es la Gran Certeza cósmica. Merece la pena ganarlo para vivir con Jesucristo para siempre. Esto compensa con creces la pérdida de cualquier cosa en esta vida terrenal.
A veces hay miembros de la familia que no comparten tu compromiso con Jesucristo. Pueden ser compañeros de clase o colegas laborales que no entienden, y ciertamente no apoyan las elecciones morales del creyente. Quizá sea una persona muy cercana, una persona amada. Te toman por estrecho, por reprimido. Te invaden sensaciones de duda, baja la moral, se debilita la resolución. En muchas ocasiones son las circunstancias impersonales de la vida las que dificultan el progreso del cristiano. No hay apoyos, todo se vuelve trabajoso. Lamentamos que "esto tenía que ser más fácil". Nos quejamos: "si he creído en Jesucristo, ¿por qué surgen tantos obstáculos para mi fe?"
Entonces volvemos a recordar que seguir a Cristo es un camino cuesta arriba. Pero es un camino que conduce al final a la libertad. Una libertad que se comparte con otros.
La primera vez que Jesús sube al monte es cuando algunos han empezado a seguirle con algo de curiosidad. Jesús lleva semanas visitando las sinagogas por los pueblos y aldeas de Galilea, enseñando a la gente y poniéndoles en bandeja el mensaje de Dios. Algunos deciden acompañarle en el periplo, escuchando el evangelio repetidamente en reunión tras reunión. Llega el momento cuando Jesús decide que hay que plantear a estas personas el compromiso.
Quiere invitarles a pasar a otro nivel, asumir una postura de discípulos. Jesús sube a un monte y enseña a los que le siguen hasta allí (Mt 5:1-2). La lección: pasar de oyente a discípulo requiere un esfuerzo. Hay que tener ganas.
En otro momento, Jesús sube al monte para pasar toda la noche orando sobre la elección de doce apóstoles. Serán sus delegados directos. Llevarán una nueva responsabilidad: cuidar de los demás. Jesús se aleja de la multitud y busca el silencio de las alturas. Al amanecer, cuando ya tiene claro quiénes serán los Doce, los llama por mensajero y ellos suben arriba a donde él está. Si van a ser sus emisarios en la predicación de las buenas noticias, primero tienen que aprender que seguirle en el ministerio es un camino cuesta arriba (Mr 3:13). No será fácil dedicar la vida entera a atender a las necesidades espirituales de otros. La lección: tocar la vida de otros requiere un esfuerzo. Hay que tener ganas.
Luego Jesús invita a los Doce a subir al monte justo después del anuncio de su próximo sufrimiento y muerte (Mt 16:21) (Mt 17:1). El esfuerzo - caminata con ayuno - será recompensado con una visión de la gloria de Cristo. Es un anticipo del reino de Dios, que sustentará el corazón y potenciará un servicio eficaz en el valle de lágrimas que es esta vida terrenal. Sólo tres discípulos se apuntan a la expedición. Los otros nueve se quedan abajo, impotentes ante el demonio en el muchacho poseído. La amonestación de Jesús, "este género no sale sino con oración y ayuno" (Mt 17:21), advierte que la invitación de subir al monte se había extendido a todos, pero sólo tres habían respondido. La lección: el esfuerzo por "gloriarnos en la esperanza" (He 3:6) es lo que imparte las fuerzas necesarias para vencer en la batalla espiritual. Hay que hacer todo lo posible por fijarse en el desenlace final, en el reino de Dios. Hay que tener ganas.
En otra ocasión muchos discípulos se reúnen con Jesucristo en un monte en Galilea, donde escuchan las palabras de la Gran Comisión: que el Cristo resucitado ahora ejerce toda autoridad en el cielo y en la tierra, y que por tanto la misión consiste en hacer discípulos en todo el mundo. Aprender de la boca del Cristo resucitado la tarea que toca, esto supone un camino cuesta arriba. La lección: hay que esforzarse por descubrir el propósito de Dios para tu vida, que siempre incluirá llevar el mensaje a otros. Hay que tener ganas.
Por último, Jesús lleva a sus discípulos al Monte de los Olivos para la despedida final (Lc 24:50) (Hch 1:12). El recorrido cuesta arriba les permite oír la promesa del Espíritu Santo, quien dará el poder necesario para llevar a cabo la Gran Comisión. Los que han subido le ven ascender al cielo con las manos extendidas en un gesto de bendición permanente. Cristo sube al cielo para seguir suministrando gracia a los suyos a través del Espíritu, pero sólo le contemplan los que han emprendido la marcha hasta la cima. La lección: comprender la vida en el Espíritu requiere un esfuerzo. Hay que tener ganas.

El apóstol Pablo y la marcha hacia arriba

Jesucristo marca la pauta y el apóstol Pablo sigue en la misma linea. Escribe una carta a la iglesia en Filipos para animarles a seguir caminando con Cristo, aunque parezca un esfuerzo muy cuesta arriba. Para esta pequeña iglesia, todo son dificultades: Pablo está en la cárcel y los filipenses están rodeados de una sociedad hostil. A Pablo le faltan recursos económicos y los filipenses están en desacuerdo entre unos y otros. Hay desavenencias, tensiones en la congregación. Pablo lucha con la tristeza y los filipenses están expuestos a maestros itinerantes que trastocarán su fe sencilla en la obra perfecta y completa de Jesucristo en la cruz. Pablo está impedido, no puede servir al Señor como desea. Se siente bloqueado. Al mismo tiempo, hay algunos entre los filipenses (como también entre los creyentes de Roma, donde está Pablo) que predican el evangelio con energía, pero desde motivaciones egoístas.
Pablo quiere explicar a los filipenses que la vida cristiana es como andar cuesta arriba. Todo son dificultades, pero eso es normal. Nadie te lo pone fácil. Sin embargo, en Cristo es posible una libertad espiritual que te permite vivir por encima de las circunstancias. Es una libertad que llegas a conocer en conexión con otros creyentes. Libres y conectados, todos descubren lo que significa "todo lo puedo en Cristo que me fortalece".
En Filipenses, el creyente descubre que a pesar de todas las dificultades que entorpecen el testimonio, Dios ha provisto soluciones. No son varitas mágicas. No desaparecen las angustias y el combate. No se disipa toda la incertidumbre y la perplejidad. Pero la perspectiva del Señor abre una ventana nueva. Permite que veamos que en Cristo todas las circunstancias adversas - que a veces abruman al hijo de Dios - sirven para adelantar el propósito del Señor para nuestra vida. Resaltan nuestra dignidad como portadores de la imagen de Dios. Desarrollan las cualidades de confianza y obediencia que el mismo Jesucristo demostró durante toda su vida terrenal. Ensanchan nuestro corazón y amplían nuestra influencia en el mundo.
Lo que Pablo demuestra con su ejemplo y transmite con sus palabras, es que puede haber una auténtica libertad en Cristo: en cualquier lugar, en cualquier momento, en cualquier circunstancia. Es posible vivir por encima de las condiciones más contrarias. Al mismo tiempo, esta libertad se plasma en comunidad. En la familia de la fe estamos puestos para ayudarnos unos a otros. La convivencia auténtica permite que los fuertes animen a los débiles, que los mayores orienten a los jóvenes y que los jóvenes descubran el amor pleno. Para que todos juntos vayamos avanzando hacia el reino de Dios. Agarrados de la mano o atados con cuerda. Desde amistades o en el amor. En la familia natural o en la familia espiritual de la iglesia. Libres pero conectados.

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