Estudio bíblico: La santidad práctica - Santiago 1:19-27

Serie:   La epístola de Santiago   

Autor:   Antonio Ruíz   Email:   antonio_ruiz_gil@hotmail.com
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La santidad práctica - Santiago 1:19-27

(Stg 1:19-27) "Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo."

Consideraciones introductorias

Un pensamiento medular. "El imperativo ?sed hacedores de la palabra? (22) rige la amplia sección que va de 1:19 a 2:26. Este mandato es céntrico en 1:19-27 cuyo argumento es lo indispensable del ?hacer? para el verdadero cristiano. 2:1-13 introduce el tema del amor al hermano pobre como ejemplo específico donde la obediencia se hace manifiesta. La relación entre obediencia y fe lo tenemos en 2:14-26. Cuatro palabras son características de esta sección: palabra (logos), sobre todo en 1:21-27; ley (nomos) 1:25, clarificado en 2:8-13; obras y fe (erga - pistis) que llevan el peso en 2:14-26" (Moo).
Las ideas generales. La pericopa (19-27) se deduce de los versos anteriores. La simiente que dio nacimiento (18) pasa a estar plantada (21) y crece hasta la plena salvación del alma. De la corona futura (12) se pasa a la bendición presente (25). Se recuerda a los lectores qué hacer con la Palabra que les dio nacimiento. Algunos manuscritos añaden la palabra "pero" para darnos un contraste: en vista del conocimiento escuchad antes de hablar. Hemos de obedecer las demandas éticas del evangelio. La iglesia vive bajo la autoridad de las Escrituras, tema muy destacado (18,21,22,23,25) y al que se alude a lo largo y ancho de toda la epístola (2:21-23,25; 5:10,11,17-18; 2:8,12; 4:5).
La amonestación va dirigida contra el sentimiento a secas, o a una aceptación superficial de la verdad, visto como un fin en sí mismo, o peor aún, como sustituto para una religión genuina (26,27), pero también para desechar la inmundicia moral (21) propia de la vida antigua para revestirse de la vida nueva (1 P 2:1-3). Destaca la mención a la perfecta ley, la de la libertad (25). "Las pruebas de adherencia a la perfecta ley son: a) Obtener y mantener un firme control de la lengua (19), tema que se elabora en capítulo 3, b) Obediencia a lo que revela la Palabra, que se ilustra por el espejo (23-25), c) Ya que el pensamiento apunta al capítulo siguiente, el tema es de interés para el pobre que es el fin de la religión social (27). El cuidado alcanza a los miembros afligidos y completará esta instrucción en 2:8 donde la perfecta ley es remodelada como ley soberana del amor al prójimo, especialmente los desafortunados y socialmente marginados" (R.P. Martín).
En 1:14-18 se concreta la comprensión de las raíces de la tentación y de la verdadera naturaleza de Dios y los tratos con el hombre. Enseguida se delinean las respuestas, buenas o malas, de los hombres a esta relación (19-21). Así que, el argumento una vez más avanza mediante profundización. Poco a poco al lector se le va preparando para la elección fundamental de amistad o enemistad con Dios (4:4) por el contraste de estilos de vida basados en medidas diferentes de realidad.

Atención, silencio temperancia (Stg 1:19-20)

De la triple amonestación (19) se desarrolla posteriormente el tema de 1:22-25. Dos grandes intereses motivan el consejo: la defensa de la obediencia práctica al mensaje de Dios que debe ser recibido con humildad (21) y hecho (22). El tema de la lengua será ampliado en 3:1-12 y el de la ira en 3:13-18 (comp. 4:2,11), así que, este texto-guía sobre la inmoralidad y potencia destructiva de la lengua incontrolada es muy importante.
Prontos para oír, lentos para hablar v. 19. Las pruebas pueden movernos en dirección contraria a lo que nuestro texto sugiere. Las presiones nos hacen prontos para hablar y remisos para oír, especialmente para hablar con ira. Esta instrucción puede ser aplicada a los conflictos con los perseguidores, pero especialmente se está pensando en el ámbito eclesial (4:1,11; 5:9), pues las circunstancias adversas son un semillero de problemas para la relación fraternal.
Una actitud de escucha: "prontos para oír". Esta primera exhortación es un llamamiento a la receptividad, a dejar la promoción de uno mismo para sujetarse en todo a la voluntad revelada de Dios. Como es bien sabido "oír" es más que escuchar con el oído físico; se trata de mantener la mente dispuesta para entender y la voluntad lista para someterse a los deseos divinos (Mr 4:9,19). De hecho, la actitud receptiva ante la Palabra es uno de los síntomas más evidentes de la madurez cristiana.
Lentitud en las expresiones: "tardo para hablar". Por supuesto, la lentitud nada tiene que ver con una posición que lo mismo da opiniones o enseñanzas fuera de lugar, que calla cosas importantes que debieran decirse. Estas palabras son una invitación a la reflexión para que pase por el tamiz de la mente todo lo que más tarde se convertirá en palabras o acción (Pr 15:28) (Is 50:4). También es una prohibición del espíritu contencioso. "Tardo para hablar" es señal de auténtica prudencia y sabiduría (Pr 10:19) (Pr 17:27-28).
Ira humana y justicia divina v. 19,20. Escuchar es prácticamente imposible cuando estamos airados. Es más, a menudo la ira es la causa principal para precipitarnos a hablar. El paralelo entre "tardo para hablar" y "tardo para airarse" demuestra cuan cercanos se hallan el hablar y la ira, pues frecuentemente esta se expresa mediante palabras. También podemos ver la relación que tienen entre sí las tres exhortaciones que forman una escala, desde la receptividad que ayuda a controlar las palabras y de ahí a evitar la ira que básicamente es pérdida de templanza.
La razón para evitar la ira (20) es que "no obra la justicia de Dios". La redacción gramatical pone en un contraste intencionado la ira y la justicia. Por supuesto no se trata de la ira contra el pecado (Sal 97:10), que Dios aprueba y Cristo practicó (Jn 2:13-22). De paso, de manifestar más esta santa indignación superaríamos mejor la ira de la cual nos amonesta Santiago. Hay un mal temperamento que pretende imponer al modo propio lo que de forma más apacible incluso resultaría razonable.
Santiago no es un moralista que nos enseñe a vivir una vida respetable sino un siervo del Señor (1:1) que quiere creyentes comprometidos con las enseñanzas de Cristo. Lo que nos dice (19-20) no son buenos consejos sobre llevarnos bien con otros sino la realidad de una vida transformada produciendo el buen fruto del carácter de Jesús en la vida práctica.

Desechar y recibir (Stg 1:21)

Para los entendidos este texto tiene dificultades para su interpretación porque la afición del autor por la cadencia y aliteración le hace incurrir en alguna incorrección gramatical, que crea problemas a la hora de montar debidamente la secuencia del pensamiento, y por el posible uso de una palabra propia de la filosofía estoica. Con todo, el significado del texto es más aparente de lo que parece, especialmente si hacemos la comparación con otros pasajes del Nuevo Testamento: A) El balance contrastado "desechando... recibid" recuerda pasajes semejantes, por ejemplo, (Ef 4:22-24). B) A pesar de las diferencias, encontramos en (1 P 1:23-2:2) concomitancias al menos en tres puntos: i) Debemos a Dios el nacimiento por la Palabra (Stg 1:18) (1 P 1:23), ii) En vista de la nueva vida es imperativo desechar el mal (Stg 1:21) (1 P 2:1), iii) En lugar del mal hemos de recibir y anhelar la palabra de Dios (Stg 1:21) (1 P 2:2).
El despojamiento del mal. El participio "desechando" alude a despojarse de las ropas y, figuradamente, quitar de uno mismo; esta palabra, junto con la que se traduce "malicia", las encontramos en pasajes similares (Col 3:8-10) (1 P 2:1). Ciertamente es lenguaje bautismal, por corresponderse, con su contrapartida "vestíos", con la experiencia de muerte y resurrección en Cristo. Junto con el fuerte conectivo "por lo cual" y el verbo "recibid", se hace un llamamiento al lector a estos dos actos deliberados acorde con la amistad con Dios (4:4).
Despojarse de toda inmundicia. Llama la atención la aliteración con la letra pi, "p": apothemenoi - pasan - perisseia - prauteti (desechando toda... abundancia ... mansedumbre). El sustantivo inmundicia o suciedad es único en Nuevo Testamento pero el adjetivo se aplica a vestidos andrajosos (2:2), mientras el verbo se vierte por "ser impuro" (Ap 22:11). Podemos establecer la relación con la ceremonia simbólica referido al sumo sacerdote Josué (Zac 3), y también con "guardarse sin mancha de este mundo" (1:27). Otro uso atestiguado y más especializado de la misma palabra alude al cerumen que debe ser removido para recobrar una buena audición, que conviene perfectamente al contexto. El pecado cumple la función de la cera en los oídos; no permite oír ni hacer la Palabra porque esta no puede alcanzar los corazones.
Despojarse de toda abundancia de malicia. Se hace extensiva la amonestación a toda forma de maldad. Si consideramos "malicia" (kakia) como lo opuesto de "virtud" (are-të) entonces no alude abstractamente al mal sino a la conducta moralmente reprobable. La misma palabra la tenemos en 1:13; 3:8 y 4:3; y aparece a menudo en listas de pecados (Ro 1:29) (1 Co 5:8) (Tit 3:3). En el contexto está cerca de la ira y contrasta con la mansedumbre pero debemos entenderlo abarcando toda clase de mal. Este mal por su propia naturaleza es material de desecho y de clase muy variada.
Está en su lugar pensar que "desechando" supone una actitud de arrepentimiento tanto aquí como en otros lugares (Ef 4:22,25) (1 P 2:1). Se incluyen no sólo pecados sensacionales sino cosas como la queja, la envidia, palabras engañosas, chismes o difamación, trato indebido a la autoridad, etc. El arrepentimiento no es mero remordimiento sino el más firme repudio del mal junto a la determinación de no volver a repetirlo. Negar la maldad del pecado no sólo es irrealista sino que nos aleja de la renovación espiritual.
La recepción de la Palabra. A la admonición negativa anterior corresponde ahora el mandato positivo. En contraste con otros textos parecidos en el Nuevo Testamento (Ro 13:12-14), Santiago no empareja vestirnos con despojarnos sino habla de "recibid" lo que nos viene de otro, es decir, la palabra de Dios (Hch 8:14) (Hch 11:1) (Hch 17:11) (1 Ts 2:13). La idea de recibir ya estaba implícita en 1:5,17 donde se mencionaban los dones de Dios; por tanto, se cuenta con la fe, y cualquier virtud, aunque deba llevar a la acción, es sobre todo un don de arriba.
La forma de recepción. La "mansedumbre", que posteriormente aparece como muestra de una vida ordenada por la sabiduría (3:13), tiene relación con ambos verbos, desechar y recibir, porque ambas acciones necesitan de la debida humildad. Es lo contrario a la ira (1:19) y recuerda al hermano humilde (1:9). Es una faceta del carácter cristiano que refleja el espíritu de Jesús. La mansedumbre del pagano pasaba por virtud sólo en términos de ecuanimidad y compostura; el cristiano la entiende en su debida relación con Dios y con el prójimo. El creyente acepta los tratos providenciales divinos para con él y no rechista, discute o cuestiona la Palabra. La persona mansa entiende tan plenamente su propia pecaminosidad e indignidad como la gracia inmerecida que recibe del Señor.
Solamente la mansedumbre considera las pruebas como "sumo gozo" porque acepta la enseñanza de la palabra de Dios sobre la finalidad de estas y se presta a ser la persona madura que el Señor quiere. La mansedumbre se opone a la actitud claramente incompatible con la "justicia de Dios" que es la ira humana. La ira no obra la justicia de Dios porque está asociada precisamente con la concupiscencia, que conduce a la adquisición de placer, posesiones y poder, porque cuando tal concupiscencia queda frustrada, genera ira y la ira lleva al homicidio (4:1-4).
¿Qué debemos recibir? Por etimología el vocablo significa plantar dentro (en - fyteuö) referido a "la palabra de verdad" (18). La siembra ya tuvo lugar pero debe crecer, llevar fruto para servicio a otros y gloria de Dios. En el pasado ya fue aceptado el evangelio, ahora estamos bajo la constante enseñanza y aplicación de esta Palabra para ir creciendo hasta la plena estatura de Cristo. No podemos quedar en la etapa de siembra. Específicamente el verbo recibir se aclara en 1:22: La aceptación plena, completa, que oye y hace la Palabra. Esta epístola continúa esta implantación. La Palabra es la que ya oyeron y seguirán oyendo. Quizá se está pensando en la parábola del sembrador con el buen suelo que produce fruto cual a ciento por uno (Mr 4:20). Cuando la Palabra entra en el corazón preparado por el Espíritu Santo es bien recibida, echa raíces y transforma el suelo para que florezca el carácter de Jesús (Ga 5:22-23).
La implantación nos recuerda las palabras del nuevo pacto "pondré mi ley en la mente, y la escribiré en el corazón" (Jer 31:33); de esta forma esta Palabra se hace parte inseparable del creyente, una presencia gobernante en él. Es la palabra de verdad por la que Dios nos hizo nacer y el paralelo con (1 P 2:2) es clarificador.
El resultado esperado. La preocupación de la epístola por las obras no nos hace perder de vista el poder de la "Palabra" para efectuar salvación y producir en la conducta diaria lo que concuerde con la profesión de fe. No hay salvación mágica ni resultado automático del simple oír la Palabra.
La asociación de "puede" con "palabra" nos recuerda el poder del evangelio para salvación (Ro 1:16) (1 Co 1:18) (2 Co 6:7), pero también es instructivo repasar el lenguaje de poder en la epístola, que contrasta la incapacidad humana para lograr sus deseos (4:2) y la incapacidad de la fe sola para salvar (2:14) con el poder de la palabra implantada (21) y del legislador y juez para salvar y destruir (4:12). La salvación por su misma naturaleza está enfáticamente fuera de nosotros y el esfuerzo humano está falto de base aparte de los dones de gracia (1:17,18).
Los objetivos del nuevo nacimiento han sido las primicias, la justicia de Dios, y ahora, la salvación. La salvación puede ser considerada en pasado y en futuro pero no menos en presente; en el día a día "estamos siendo salvos", podemos experimentar gradualmente el "poder" del mensaje de la salvación que Dios hizo por nosotros. El verbo salvar (sözö) en su acepción de preservar, mantener a salvo, puede aplicarse a la salvación del pecado día tras día. A continuación se nos va a explicar como usar la palabra de salvación.

Oidores y hacedores (Stg 1:22-25)

El meollo del interés pastoral y práctico de Santiago es inculcar "la perfecta ley" (25), que en este párrafo también es asemejada a un espejo (23), la cual es tan deseable porque hace libres a los se adhieren a ella. El tema de la ley hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, baste con recordar la cualidad de perfecta, sin falta (Sal 19:7), que se la atribuye, o la manera en que esta revela atributos del carácter divino como la misericordia (Sal 119:29), la luz (Sal 119:105) (Pr 6:23) y la verdad (Sal 119:43).
En nuestro pasaje esta "ley" es perfecta, en que representa la perfecta voluntad de Dios, y más que eso, transmite fortaleza que capacita a los que la siguen para alcanzar el fin de ser "perfectos y completos" (1:4). Esta "ley... de la libertad" es el cumplimiento del nuevo pacto anunciado por (Jer 31:31-34). La iniciativa es de la gracia, la promesa es la recepción del Espíritu Santo; todo es un don de Dios que, aunque incompatible con el legalismo que dirige la obediencia del cristiano hacia un sistema formal, asume que el creyente buscará la justicia de vida que Dios desea (20), recibirá con mansedumbre la palabra (21) y será un hacedor de la misma (22).
Concuerda con el estilo del autor presentar dos imágenes complementarias, la del oidor (22b-24) y la del hacedor (22a-25). Este contraste demuestra que el tema básico es compatibilizar la profesión con la práctica. Hay hebras del mismo asunto en otras partes de la epístola, por ejemplo, con 2:24 ("solamente oidores... no solamente por la fe") y 3:13 (donde la sabiduría debe demostrarse).
El oidor y el auto engaño. En el ámbito grecorromano el oidor no era una persona indiferente o meramente superficial sino un alumno, o asistente a charlas de instrucción moral. Es decir, no estaba exento de interés y se esforzaba por aumentar sus conocimientos para lograr cierta satisfacción personal. En el mundo religioso judío la figura del oidor nos trae a la mente la lectura pública en la sinagoga, pero, indiscutiblemente, puede aplicarse a todas aquellas ocasiones públicas o privadas donde oímos la palabra de Dios. La idea que oír la ley no es válido aparte de hacerla era un tema debatido en el judaísmo porque era tal la reverencia hacia la Torah que sólo oírla podía contarse por bendición (Ro 2:13). En el caso de Santiago no cabe duda alguna de cual es su posición al respecto. Se nos antojan pertinentes las palabras de Jesús en (Lc 6:46-49).
A la actitud del oidor se la denomina auto engaño que es de naturaleza moral más que intelectual (23,24). Esta forma de engaño, que es el peor tipo de mentira, daña preferentemente al mismo que la comete, errando esta persona el blanco al convertir el oír en un fin en sí mismo en vez del medio para alcanzar el propósito de su vida.
El énfasis parece estar en la manera de tratar a la Palabra. El espejo no está empañado ni distorsionado pues es claro y comprensible. Descubre cómo es realmente el hombre (o cómo se quiso que fuera éste, que es a lo que apunta la madurez y la realidad celestial) y dice todo aquello sobre lo cual los lectores, y nosotros, debemos hacer algo en términos de decisiones o acciones cotidianas. Es una contradicción haber sido transformados por la palabra de verdad (18) para después hacer caso omiso de ella cuando tiene poder para salvarnos día a día. Cristo es el Señor del creyente y se le honra debidamente cumpliendo su voluntad recogida en la Palabra.
La faz debe estar sucia o manchada (1:21) y necesita limpieza, sin embargo, la persona "se va, y pronto olvida". La falta de entendimiento sería excusable, con todo, si "considera", es que es capaz de pensar y atender atentamente; la Palabra le llega con nitidez pero el problema está en el corazón, no quiere aplicarla.
Los hacedores y la bendición. El primer verbo (22) debe traducirse por "venir a ser" porque lo que está en juego es convertir la profesión en acción. "Hacedores", con sesgo ético, es de procedencia semítica (poiein traduce el hebreo asah, Ex 24:3 LXX) y fue usada por Jesús (Mt 5:19) (Mt 7:21,26-27), comp. (Jn 4:34) (Jn 7:17) (Jn 9:31) (Jn 15:14). Poieö (hacer) difiere de prassö porque es más que habitualidad en la práctica, más que seguir una línea fijada de acción. La actividad del hacer contradice la mayoría de la religión organizada que funciona más por costumbre que por compulsión interna, más por hábito que por creatividad; el verdadero hacer resulta en crecimiento propio y del prójimo; y es atractivo para otros porque adorna la doctrina referida a Cristo.
Esta alternativa a los oidores se amplia en v. 25. Se destaca que los hacedores serán bienaventurados. Hemos de fijarnos en el punto de comparación que crean dos actitudes en contraste: Oidores (1:23-24), hacedores (1:25).
El mejor espejo no es el de bronce bruñido sino "la perfecta ley, la de la libertad" (25). En este contexto es equivalente a "la palabra implantada" (21). Enseguida se mencionará el corazón, que no debe ser engañado por una religión inoperante (26). Es obvia la alusión a la profecía del nuevo pacto (Jer 31:31-34), y al reunir todas las partes del cuerpo se está presentando una descripción de "la palabra implantada" gobernando todas las actividades.
¿Cuál es el patrón a seguir para disfrutar de la bienaventuranza prometida a los hacedores? Veamos:
1) Mira atentamente. Continúa la imagen de la persona mirando al espejo pero ahora la ilustración da paso a la realidad: Se mira a la palabra de Dios digna de atención porque es la "ley perfecta, la de la libertad". La palabra parakyptein significa originalmente "encorvarse" (Jn 20:11) "se inclinó para mirar", (1 P 1:12) "anhelan mirar". Esta descripción tan gráfica caracteriza al hombre o mujer encorvado sobre la ley para "mirar dentro" (Lc 24:12). Sugiere un matiz de humildad; la persona se baja de su pedestal de justicia propia y hueca religiosidad para entender y acatar la palabra de Dios.
2) Persevera. Algunos entienden este permanecer como "hacer lo que se demanda", que va precedido por el estudio y deleite diarios. El énfasis está en la ocupación duradera de hacer la palabra porque es el aspecto que contrasta con el oír y olvidar; la perseverancia es muy importante para Santiago, baste con recordar el peso que los conceptos de paciencia (hypomonë) y longanimidad (makrothymeö) tienen en la epístola.
3) No olvidando... haciendo. Después de apilar frases llega la conclusión en forma de cenit: "éste será bienaventurado en lo que hace". Este tema reiterado en boca de Jesús (Lc 11:28) (Mt 7:24), nos recuerda principalmente dos episodios de su enseñanza, es decir: 1) Las bienaventuranzas, en vista de la venida del reino y sus principios paradójicos frente a las pautas del mundo. Los lectores de Santiago padecen de pobreza, lloran y son perseguidos pero la bendición no está en escapar de las pruebas sino en hacer la palabra de Dios. 2) En el cenáculo, la noche que fue entregado, en el marco de la instrucción ejemplar sobre el servicio, el Señor dice a sus discípulos: "Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis" (Jn 13:17) (RV-95). No es suficiente conocer estas cosas, como no lo es ser meros oidores, porque la bendición se encuentra en hacer la voluntad de Dios por una vida de obediencia activa. La bienaventuranza parece orientarnos al futuro (12) pero el hacedor ya es dichoso en su acción, la obediencia misma es una fuente de satisfacción espiritual. El oidor se irá con las manos vacías mientras el hacedor será llenado con la bendición divina; el verbo futuro del verbo nos dice que el hacedor será bienaventurado para siempre.

La verdadera religión (Stg 1:26-27)

Después de mencionar la obediencia activa se dan dos ejemplos que plantean alternativas opuestas mediante dos patrones de religión. Llegamos al final del capítulo 1 de la epístola con el mismo énfasis con que este comenzó, es decir, el adecuado entendimiento: "Si alguno se cree = piensa" generalmente se refiere a falsa opinión (Mt 3:9) (Lc 8:18) (Ga 6:3). En efecto, la persona que se considera religiosa sin la correspondiente conducta tiene una religión vana. Nuevamente gravita el concepto clave de doblez (4:8) y la realidad de agradar a Dios y seguir las pautas del mundo.
El adjetivo "religioso" y el sustantivo "religión" (Hch 26:5) (Col 2:18) se refieren especialmente al cumplimiento externo de la adoración como asistir a los cultos, la oración o el ayuno, para poner ejemplos conocidos. La escasez de referencias en el Nuevo Testamento a la religión contrasta con la popularidad del término en escritores y apólogos cristianos posteriormente. Entre los que observan tales cosas encontramos dos clases tan distintas como la religión engañosa y aquella otra que es pura y sin mácula. Los ejemplos que se proponen de piedad son tan sencillos que resulta difícil escapar de su aplicación mediante subterfugios especulativos.
La religión engañosa v. 26. Aunque hay una abrupta transición con el párrafo anterior, hay relación con lo que antecede por la idea del autoengaño (22,26) y el tema de los hacedores (25,27). Por su parte el tema de la lengua nos devuelve a 1:19, y vuelve en la discusión sobre sus peligros (3:1-12), al condenar las guerras y murmuración (4:1-12) y en las quejas de unos a otros y los juramentos (5:9,12); así que, se insiste en la importancia del pecado de la lengua por repetición. Con todo, debemos fijarnos principalmente en 2:14,18, porque no es suficiente la profesión de un credo, por más ortodoxo que fuese (2:19), para ser verdaderamente religioso.
Se destaca la importancia de las palabras por la mención del freno como medio de control. Los manuscritos varían entre chalinön, "poner un bocado en la boca del caballo", que también puede aplicarse al control de las emociones como la ira; y la lectura más atestiguada chalinagögein, "guiar o conducir por un bocado o freno", que podía usarse de controlar pasiones y, desde luego, la lengua. Esta clase de religión permite al que la practica dejar correr su lengua a modo de caballo desbocado, sin el necesario dominio propio. La traducción más probable es la que da el significado más natural y tienen apoyos conceptuales en el amplio contexto (1:6,7,14,16,22), de modo que leemos: "si no controla su lengua entonces engaña su corazón y su religión es vana". Es decir, descuidar el dominio de la lengua y seguir considerándose piadoso es engañarse uno mismo. Hay contradicción en las palabras a Dios mientras se mantiene una mala disposición hacia el prójimo (3:9-10), para citar un texto de la misma epístola. La lengua tiene su nexo con las partes esenciales de nuestra personalidad, así que, de profesar religión sin controlar la lengua, estaremos practicando un engaño esencial pues afecta al corazón (Mt 12:34-35). Nos decimos cosas sobre nuestra vida interior que son mentira.
El diagnóstico final es que "la religión del tal es vana". El mismo veredicto merece la fe sin obras (2:20,26). El adjetivo "vana" (mataios) que es aplicado a menudo a la idolatría (Jer 8:19) (Jer 10:3) (Hch 14:15) y al estilo de vida anterior a la conversión (1 P 1:18), presta una connotación peyorativa extra a la denuncia de Santiago. Esta persona tiene religión en culto externo pero falla la meta que propone la piedad; ni salva su alma (21) ni es bienaventurado (25). Es una crítica similar a la de los profetas (Os 6:6) (Is 1:10-17) (Jer 7:21-28). Falta poner a Dios en su lugar, agradarle, pues él es el meollo de la piedad (Mt 15:8). La religión no logra su propósito si no mira a la gloria de Dios, o si deja sin fruto al corazón. Esta religión falla la meta de la vida y ocurre lo mismo con una adoración que nazca del temor (sentido radical de thrëskos, religioso) y no del amor que procura glorificar a Dios.
Religión que agrada a Dios v. 27. Nos encontramos con dos ejemplos de obediencia que abarcan las esferas personal y del prójimo; no se pretende abarcar todos los frutos de la piedad. Junto a ello tenemos dos hechos para que sepamos por qué dichos ejemplos debieran recibir nuestra cuidadosa atención.
Dos razones fundamentales. Los ejemplos que seguirán (27b) son la demostración de la religión que es "pura y sin mancha". Estas dos palabras pueden ser consideradas sinónimas con aspectos positivo y negativo para enfatizarlas. A) "Pura" es un concepto judío asociado con objetos de culto y personas adecuadas para acercarse a Dios, pero, en nuestro caso, para sincera conducta moral. B) "Sin mácula" es similar a la anterior porque era aplicado a convertir a algo o alguien ritualmente impuro, pero también figuradamente de pureza religiosa o moral (2 P 3:14).
La identidad de quien suscita estas pautas de pureza: Dios tiene su propia vara de medir; juzga exactamente qué es religión pura y sin mancha, y este juicio lo tenemos en la Palabra. Es posible traducir "Dios y Padre" pero parece mejor parafrasear "Dios quien es también Padre" (un solo artículo une ambos nombres), y si repasamos el amplio contexto nos encontramos con su extraordinaria generosidad para los que le buscan con fe y amor (1:5,12), y su santidad (1:13). Todo ello nos lleva al "Padre de las luces", dador inmutable de todo buen don y el que nos hizo nacer por la "palabra de verdad" para que fuésemos "primicias" (1:17,18). Es así como llegó a ser nuestro Padre. Este hecho convierte en imperativo la práctica de la religión pura y sin mancha "delante" de él. Lo que importa es lo que le agrada a él.
Dos ejemplos escogidos. El primero de estos se refiere al servicio al prójimo, el segundo a nosotros mismos. El primer mandato es positivo acerca de ciertos actos de amor, el segundo es negativo contra la contaminación del mundo.
1) Visitar. Este verbo es prácticamente un término técnico para la visitación de Dios a fin de rescatar y salvar a su pueblo. Santiago, que lo aplica a la obligación con el prójimo, usa la misma palabra que (Mt 25:36,43). No deja de tener significado que después de la resurrección del hijo de la viuda de Naín se diga que Dios "ha visitado a su pueblo" (Lc 7:16); y uno de los ayes de Jesús fue por el maltrato que recibían las viudas (Mr 12:40). Este es un ejemplo del amor que es fruto de la fe. Cuando atisbamos las circunstancias de los lectores entendemos que había lugar para obras de esta clase. Ya en Jerusalén había muchas viudas, y los que huyeron por la persecución no mejorarían su posición. Del verbo visitar deriva el sustantivo que traducimos por obispo, cuyo significado es "mirar alrededor, mirar cuidadosamente, cuidar" y referido a la mente "considerar, pensar en". Como el obispo cuida del rebaño así cada creyente considera a los necesitados (Pr 21:13) (Sal 41:1) (Pr 19:17). Visitar puede ser literalmente ir a verles y pasar tiempo con ellos, pero ciertamente también es hacerlo así para hacer provisión para sus necesidades.
Al especificar "viudas y huérfanos" no se está diciendo nada innovador para la iglesia, simplemente se recuerda un tema del Antiguo Testamento. Al situar la asistencia al pobre en el centro de la verdadera religión no sólo se prepara el reproche de aquellos que favorecen al rico sobre el pobre (2:1-7), su insistencia en la ayuda al necesitado (2:15-16) y su condenación del rico opresor (5:1-6), sino, sobre todo, se recuerda la conducta del Señor (Sal 146:7-9), porque debemos parecernos a él; y la advertencia contra la confianza en el templo mientras faltan entrañas de compasión con el prójimo (Jer 7:1-8), ejemplo flagrante de religión engañosa (emborrona la verdad acerca del corazón de Dios) y necia (no es aceptable para Dios).
Yahweh es el especial protector de estos necesitados (Dt 10:18) (Sal 68:5), y Jesús dijo que cuando cuidamos a una persona en necesidad lo hacemos para él (Mt 25:40). Es obvio que el interés por esta clase de gentes está motivado por el altruismo ¿porque qué podrían darnos ellos a cambio? Aún más, algunos textos en Deuteronomio vinculan el interés por los desheredados con la redención de la esclavitud, que, en nuestro caso, sería adquirir en el Calvario la inspiración para el cuidado cristiano. Huelga decir que huérfanos y viudas quizá ya no sean los casos más notorios de necesidad en nuestra sociedad occidental pero la aplicación del mismo principio espiritual al mundo de hoy cae por su peso.
2) El segundo ejemplo es la santidad personal. La continuación en el capítulo dos puede darnos una ilustración de contaminación con el mundo, pero si nos ceñimos a una estricta consideración del texto ante nosotros este mandato complementa el anterior en términos de actos externos ("visitar") e internos ("guardarse"); el uno nos lleva a mirar por el prójimo, el otro hacia nosotros mismos. La mención de estas dos esferas da equilibrio a la vida espiritual.
"Mundo" tiene diversos significados en el Nuevo Testamento: El universo creado en el cual vive el hombre. O la humanidad misma. Pero aquí, donde se acompaña de una advertencia, se refiere al mundo separado, enemistado y opuesto a Dios. De hecho, está contrapuesto a la escala divina de valores ("delante de Dios"), se habla peyorativamente de la "amistad con el mundo" (4:4) y en 3:6 es la lengua la que representa al mundo siendo capaz de las mayores incongruencias (3:9). Así que, el mundo es la humanidad en sus falsos valores, que busca preferentemente lo suyo, su presunción, y la doblez que es la esencia del pecado (4:8).

Temas para meditar y recapacitar

1. Desarrolle el contraste entre las dos figuras del "oidor" y del "hacedor" en base al esquema reproducido en el libro. ¿Qué hemos de hacer para ser hacedores y no sólo oidores?
2. ¿Cuáles son las características esenciales de la "religión verdadera" en contraste con las de la "falsa"? ¿Por qué son tan importantes precisamente las "viudas y huérfanos afligidos" y "guardarse sin contaminación del mundo" con relación a este tema?

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