Estudio bíblico: El reino del ungido de Jehová - Salmo 2

Serie:   Los Salmos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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El reino del ungido de Jehová - Salmo 2

(Sal 2:1-12) "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían."

Introducción

Este salmo fue escrito por el rey David unos mil años antes del nacimiento de Cristo (Hch 4:25-26). En cuanto a las circunstancias en las que fue escrito, no tenemos ninguna indicación clara en el texto, aunque se puede suponer que estuvo relacionado con la oposición que el mismo David experimentó como rey de Israel y la victoria que Dios le dio sobre todos sus enemigos, estableciéndole finalmente en el trono sobre todo su pueblo.
Es también un salmo que fue citado frecuentemente por los autores del Nuevo Testamento, porque si bien en un principio podía recoger las experiencias del rey David, ellos comprendieron por el Espíritu Santo que también anticipaba la hostilidad humana contra el gobierno del Mesías cuando viniera a este mundo y su triunfo final.
De hecho, a lo largo del estudio del salmo encontraremos que algunas de las cosas que en él se dicen acerca del Ungido de Jehová no podían aplicarse al rey David. Por ejemplo, notaremos que se refiere a él como el "Hijo de Dios" en un sentido exclusivo que no se puede aplicar a ningún hombre o a cualquier otro ser creado. También se le ofrecen como "herencia las naciones y como posesión suya los confines de la tierra", algo que no guarda ninguna relación con lo que sabemos del rey David. Y finalmente, se exhorta a los reyes de la tierra y a sus jueces para que "honren al Hijo" de un modo que sólo es apropiado en cuanto a Dios. Por todo ello, es justo decir que nos encontramos ante un salmo profético que trata acerca del Mesías que iba a venir. Es por esa razón que se dice que este es un salmo mesiánico.
En este sentido, este salmo, y otros muchos como él, sirvieron para definir y describir cómo sería el Mesías cuando viniera y también la obra que iba a realizar. Con todos los datos facilitados por estas escrituras proféticas acerca de la persona del Mesías, sería fácil identificarle cuando viniera, y servirían al mismo tiempo para desenmascarar a todos aquellos impostores que se levantaran con pretensiones mesiánicas.
Ahora bien, cuando nosotros comparamos este salmo con la persona y la obra de Jesús de Nazaret, encontramos que la exactitud es perfecta. Es cierto que los judíos de su tiempo también pudieron haber examinado esta misma evidencia, pero ellos no quisieron hacerlo, cumpliendo de este modo lo que el mismo salmo decía acerca de ellos, tal como veremos más adelante.
Así pues, podemos decir que el salmo trata acerca del Mesías que iba a venir. Un descendiente de David, pero mucho mayor que él. Que sufriría la oposición del mundo, pero que finalmente establecería su reino en este mundo.
En cuanto a la estructura del salmo, parece claro que hay cuatro divisiones:
  • La rebelión humana contra el Ungido de Dios (Sal 2:1-3). Podríamos imaginar que cuando el Mesías viniera, los judíos, que llevaban siglos esperándole, lo iban a recibir con gozo y gran alegría. Pero el salmo nos anuncia que no iba a ser así, sino que contra toda lógica, el pueblo de Dios se uniría a los gentiles para rechazarlo.
  • La reacción divina al rechazo de su Ungido (Sal 2:4-6). ¿Qué haría Dios después de que los hombres rechazaran a su Mesías? ¿Abandonaría sus proyectos para este mundo y admitiría esta rebelión como una derrota? Por supuesto que no. Dios iba a honrar a su Ungido colocándolo en el puesto más alto del universo, en el mismo trono de Dios.
  • Dios establece finalmente su reino en este mundo mediante su Ungido, su propio Hijo (Sal 2:7-9). Estos versículos nos van a explicar quién era exactamente este Ungido. Veremos que aunque se trataba de un descendiente de David, sería alguien infinitamente mayor, el mismo Hijo de Dios en el sentido más exclusivo. También veremos que el Padre le vindicó en medio de las naciones y se las dio en herencia.
  • La exhortación del salmista (Sal 2:10-12). Como consecuencia de todo lo anterior, el salmista invita a todos los seres humanos a reconciliarse con él antes de que sea demasiado tarde.

La rebelión humana contra el Ungido de Dios (Sal 2:1-3)

(Sal 2:1-3) "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas."
David comienza el salmo describiendo una rebelión universal "contra Jehová y su ungido". Ahora bien, ¿quién es el "ungido" al que se refiere aquí? Como ya hemos mencionado, en primer lugar puede ser una referencia al mismo David, pero rápidamente vemos que las circunstancias que el salmo está describiendo exceden ampliamente a lo que David o cualquiera de sus descendientes vivieron o esperaron en su reinado. Sin duda, el salmo está apuntando hacia el Ungido de Dios que habría de venir para establecer el reino de los cielos en este mundo. Y esa persona fue claramente identificada cuando vino Jesús de Nazaret.
Ahora bien, alguien podría argumentar que si Jesús era realmente el Mesías anunciado, ¿por qué no le recibieron los judíos de su tiempo, sino que se pusieron de acuerdo con las autoridades romanas para crucificarle? ¿No es esto una evidencia clara de que Jesús no podía ser el Mesías de Dios que estaban esperando?
Bueno, habría sido lógico pensar que el pueblo de Dios, que llevaba cientos de años esperando a su Mesías, se hubieran alegrado cuando finalmente vino. Pero el salmo había profetizado todo lo contrario. Y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando el Señor Jesucristo vino a este mundo. El apóstol Juan lo resumió así: "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Jn 1:11).
Cuando miramos los evangelios, nos damos cuenta de que desde el mismo instante en que Jesús vino a este mundo se desencadenó una fiera persecución contra él a fin de destruirle. El rey Herodes fue el primero que lo intentó, y para ello hizo matar a todos los niños que había en Belén y en sus alrededores, con la esperanza de acabar así también con el rey de los judíos que había nacido (Mt 2:16). Más adelante, durante todo el ministerio público del Señor Jesús, fueron continuos los intentos para destruirle (Mr 12:12) (Mr 14:1) (Lc 4:28-30) (Jn 7:30) (Jn 7:44) (Jn 10:39). Y cuando por fin pudieron prenderle, le llevaron ante Pilato, y todo el pueblo a una voz gritaron pidiendo su crucifixión. Así le rechazaron, cumpliendo lo que Jesús les había dicho antes que harían, anticipando incluso sus palabras: "No queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc 19:14).
Por lo tanto, en la persona del Señor Jesucristo se cumplió perfectamente lo que el Salmo 2 anunciaba sobre la oposición que experimentaría el Ungido de Dios cuando viniera a este mundo. Los apóstoles y los primeros cristianos que vivieron en aquellos días lo vieron con total claridad. Veamos cómo oraban a Dios:
(Hch 4:24-28) "Ellos alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera."
David hablaba de "gentes", "pueblos", "reyes" y "príncipes" que se levantaban unidos contra Jehová y contra su ungido. Y todo esto se cumplió cuando Jerusalén y Roma, el Sanedrín y Pilato, se pusieron de acuerdo para condenar a Jesús a la muerte de cruz.
Y desde entonces, Cristo ha seguido siendo piedra de tropiezo para los judíos y locura para los gentiles (1 Co 1:23). Y del mismo modo, también su iglesia, aquellos que se han identificado con él, han sufrido el odio y la oposición violenta por todas partes, tal como lo atestigua la historia hasta nuestros días.
Ahora bien, volviendo nuevamente al Salmo 2, debemos notar también el profundo asombro y tristeza con el que David se preguntaba por qué los hombres se rebelaban de este modo contra el gobierno de Dios en este mundo. ¿Cómo es posible que las naciones hagan tal cosa? ¿Qué sentido puede haber en este empeño de independizarse de un Dios cuya voluntad es siempre el bien supremo de sus criaturas? ¿Qué mal ha hecho Dios a los seres humanos para que le aborrezcan de ese modo? Otros profetas plantearon las mismas preguntas:
(Mi 6:3) "Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí"
(Jer 2:5) "Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?"
No hay una causa justa para oponerse de este modo al gobierno de Cristo. David describe a "gentes" y "reyes de la tierra", es decir, personas de todo tipo. Estos "se amotinan" y "se levantan" contra el Ungido de Jehová. El cuadro que nos describe esta primera estrofa del salmo es la de un mundo agitado que se reúne de forma alterada contra Cristo en actitud de clara hostilidad y resistencia.
Es curioso que aunque la gente en el mundo vive dividida por múltiples razones (países, razas, religión, cultura, aficiones...), sin embargo, cuando se trata de rebelarse contra Dios y el evangelio, el "mundo" manifiesta una extraordinaria unidad (Hch 4:27) (Mr 3:6) (Lc 23:6-12). También el libro de Apocalipsis describe la gran batalla de los últimos tiempos, cuando todas las naciones, bajo la dirección de Satanás, se levantarán como un solo pueblo, contra Cristo (Ap 17:12-14) (Ap 19:19). Hoy ya vemos un anticipo de todo esto en la actitud manifiestamente anticristiana de la mayoría de nuestros políticos, educadores, sociólogos, medios de comunicación... todos parecen confabulados para atacar de un modo u otro el mensaje cristiano.
Con esta rebelión los hombres manifiestan su decisión de romper toda relación con Dios. Ellos quieren ser señores de todo y piensan que mientras Dios de alguna manera esté vivo no lo conseguirán. Así que su rebelión contra Dios tiene como finalidad matar a Dios. Y eso es lo que algunos creyeron haber conseguido, como pensó Nietzsche cuando escribió "Dios ha muerto".
Y como consecuencia, en su deseo de emancipación moral, el hombre tampoco quiere vivir bajo las leyes divinas. Estas leyes, que en realidad son benéficas para el hombre, son vistas por ellos como "ligaduras" y "cuerdas" que los aprisionan. Creen que para llegar a ser verdaderamente libres deben "romper" con cualquier tipo de relación con Dios y con su Palabra. Pero esto, lejos de conducirles a la libertad que esperan, los arrastra a la esclavitud bajo el yugo de sus pecados y finalmente al infierno eterno. Es verdad que el yugo divino es ligero (Mt 11:30), pero muchos lo encuentran insoportable. Es cierto que Dios trata de conducirnos "con cuerdas de amor" (Os 11:4), pero muchos ven en esas cuerdas sogas hirientes y humillantes. Y tratan de libarse de ellas rechazando abiertamente a Aquel que, ungido por Dios, es rey.
Por eso dice también que "piensan cosas vanas" contra él, dando a entender que su rebelión no podrá conseguir nada contra Dios, y que los únicos que finalmente saldrán perjudicados serán los mismos hombres. Es en vano, porque nada de lo que el hombre haga contra Dios podrá nunca prosperar.
Por último, notemos que esta rebelión no sólo es contra el ungido sino también contra Jehová: "consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido". El Señor Jesucristo hizo constantes referencias a este mismo hecho. La unión entre el Padre y el Hijo era tal que resultaba imposible rebelarse contra uno sin al mismo tiempo estar en rebeldía contra el otro (Lc 10:16) (Jn 5:23) (1 Jn 2:23). Los judíos, al rechazar a Cristo, estaban rechazando a Dios, aunque externamente parecían ser verdaderos adoradores de Dios.

La reacción divina (Sal 2:4-6)

(Sal 2:4-6) "El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte."
En la primera sección del salmo hemos visto cómo los hombres rechazaron al Ungido de Dios cuando vino a este mundo. El Creador del mundo rechazado por los hombres que él mismo había creado. ¿Cómo iba a reaccionar Dios frente a esta terrible ofensa? ¿Se resignaría y olvidaría a este mundo dejándolo a su propia suerte? Por supuesto que no.
Ahora en esta segunda sección del salmo hay un cambio de escenario. En la primera parte se nos ha indicado lo que ocurrió en la tierra, pero en esta segunda se nos va a mostrar lo que sucede en el cielo: "El que mora en los cielos se reirá".
Esto nos recuerda que Dios está sentado en los cielos, tal como dice el (Sal 11:4): "Jehová tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres". Y ante la rebeldía y el odio humano, Dios permanece inamovible en su trono. Nada ni nadie puede cambiar esta situación.
De hecho, cualquier intento de parte de la humanidad de rebelarse contra Dios es completamente irrisorio. ¿Qué es el hombre frente al Dios Todopoderoso y eterno? El profeta Isaías expresó con claridad el juicio que a Dios le merece la osadía absurda de los hombres:
(Is 40:23-24) "El convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca."
Los vanos intentos de los enemigos de Dios son ridículos. Aun así, Dios, en su paciencia, tolera la rebeldía y los insultos de los hombres, pero llegará el momento cuando se levantará para actuar, y ¡cuán terrible será ese día! Por eso dice el Salmo 2: "Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira".
Pero mientras ese momento llega, Dios ya ha hecho algo muy importante que garantiza su triunfo final: "Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte". Frente a la rebelión humana que quiere quitar a Cristo del gobierno de este mundo, Dios lo ha establecido como Rey Soberano sobre todas las naciones. Los hombres tienen sus planes, pero Dios tiene el suyo, y éste será el que finalmente triunfe.
Ahora bien, notemos que dice: "Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte". ¿A qué monte santo de Sion se refiere? ¿Será Jerusalén la ciudad de los jebuseos conquistada por David? Sin duda esto no encajaría con lo que sabemos del Señor Jesucristo, puesto que él nunca fue coronado como rey en Jerusalén. De hecho, lo que hicieron cuando se presentó allí fue despreciarle y matarle fuera de la ciudad. Pero decir que la Jerusalén de los tiempos de Jesús era Sion, el monte santo de Dios, no sería justo. ¿Cómo podía ser aquella ciudad el monte santo de Dios si allí fue rechazado y crucificado el Unigénito Hijo de Dios?
La ciudad de Jerusalén, edificada sobre el monte de Sion, era únicamente un pobre símbolo de la verdadera ciudad de Dios, la Jerusalén celestial. El autor de Hebreos describió la verdadera Sion en su epístola:
(He 12:22-24) "Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel."
Sion, el monte santo de Dios, es el lugar en el que la presencia divina se manifiesta de modo especial con toda su gloria y poder. Es el lugar donde está establecido el trono eterno de Dios.
Así pues, cuando los hombres lo rechazaron en la Jerusalén terrenal, Dios respondió colocándole en su trono en la Jerusalén celestial. El Salmo 110 completa esta escena cuando dice:
(Sal 110:1) "Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies."
No hay lugar más elevado en todo el universo que el monte santo de Dios en la Sión celestial. Allí está el trono de Dios y Cristo se ha sentado en él. Esto garantiza su victoria final sobre todas las fuerzas del mal en este mundo. Los hombres pueden hacer lo que quieran en este pequeño planeta, pero de ninguna manera van a conseguir inquietar al que está sentado en el Trono celestial.

El reino del Hijo de Dios (Sal 2:7-9)

(Sal 2:7-9) "Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás."
Ahora quien habla es el propio rey entronizado por Dios y lo hace para publicar el decreto que Dios había pronunciado en cuanto a él: "Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy". Esto nos obliga a hacernos varias preguntas. ¿Quién es este "Hijo de Dios"? ¿Qué significa que ha sido engendrado? ¿En qué momento fue engendrado?
En principio debemos descartar que el rey David estuviera profetizando acerca de sí mismo, puesto que todo lo que aquí se dice de este "Ungido" de Jehová, que también es su "Hijo", excede todo lo que David o alguno de sus descendientes llegaron a ser nunca. David fue constituido como rey sobre Israel, pero aquí se habla del "Hijo de Dios" a quien se le darían "por herencia las naciones, y como posesión suya los confines de la tierra". Y tampoco David subió al trono de Dios en los cielos, sino que como el apóstol Pedro señaló, él había muerto y su sepulcro estaba todavía con ellos hasta ese día (Hch 2:29). Todo esto nos lleva a pensar que aquel de quien David estaba hablando era mucho mayor que él mismo.
Además, la declaración solemne de Dios nos lo confirma por completo: "Mi hijo eres tú". Dios tiene muchos "hijos", pero el Mesías sería el "Unigénito" del Padre (Jn 1:18). Sin duda aquí se refiere a alguien único que participaba de la misma esencia, naturaleza, grandeza, gloria y majestad de Dios, es decir, Dios mismo.
Algunos han argumentado contra esto diciendo que Dios también llamó a sus ángeles hijos y no por eso quiere decir que sean como Dios (Job 1:6) (Job 38:7). Sin embargo, olvidan que el autor a Hebreos usó precisamente este versículo del Antiguo Testamento, y otros más, para demostrar la gran diferencia que existía entre los ángeles y el Mesías (He 1:5-14) "Porque ¿a cual de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy". A ningún ángel, por muy encumbrado que fuera, Dios le ha dicho jamás "siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies".
Otra cuestión importante que debemos tratar tiene que ver con la expresión "yo te he engendrado hoy". ¿Qué significa "engendrar" en este contexto? En su sentido primario este verbo tiene que ver con "procrear", pero en ese caso, si el Hijo de Dios al que se refiere aquí fue creado en algún momento, entonces ya no sería el Dios eterno.
Pero en el contexto del salmo que estamos estudiando, no se refiere tanto al momento en que iba a ser engendrado o iba a nacer el rey, sino al momento de su coronación, cuando comenzaría su reinado.
Así lo entendieron los apóstoles. Por ejemplo, cuando Pablo predicó el evangelio en Antioquía de Pisidia, citó este versículo afirmando que se refería a la resurrección y ascensión del Señor Jesucristo:
(Hch 13:32-33) "Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy."
Algunos pueden pensar que resulta arbitrario decir que el hecho de ser "engendrado" se refiere a la resurrección y ascensión del Mesías, pero pensemos por un momento en los hechos. Durante todo su ministerio público el Señor Jesucristo dijo en numerosas ocasiones que él era el Hijo de Dios, y lo dijo dando a entender claramente que tenía una relación única y especial con el Padre que no era compartida por nadie más. Esto molestó profundamente a los líderes religiosos del judaísmo que no dudaron en acusarle de blasfemo. Finalmente, fue este mismo hecho por el que le sentenciaron a la muerte de cruz (Mt 26:63-66). Y cuando ya habían conseguido crucificarle, fueron a injuriarle, poniendo en duda que él realmente fuera el Hijo de Dios, tal como había pretendido: "Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz" (Mt 27:40); "Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios" (Mt 27:43). ¿Qué pasó entonces? Pues que ni él descendió de la cruz, ni tampoco Dios intervino desde el cielo para librarle. En ese momento aquellos que le habían crucificado por pretender ser el Hijo de Dios sintieron que habían hecho lo correcto: Jesús era un blasfemo e hicieron bien en crucificarle. En este sentido, la crucifixión llegó a ser la declaración pública de que Jesús no era realmente el Hijo de Dios. Y si las cosas hubieran quedado así, nosotros también deberíamos haberles dado la razón, pero la historia no acabó allí. Al tercer día Dios respondió resucitando a Jesús de entre los muertos. La resurrección, por lo tanto, fue la declaración pública de parte de Dios de que sí que era su Hijo.
Veamos la afirmación que el apóstol Pablo hizo sobre este hecho:
(Ro 1:3-4) "... Acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos."
A partir del momento en que Jesús resucitó y ascendió a la diestra de la Majestad en las alturas, Dios el Padre se dirige a él y le dice: "Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra". Resulta imposible interpretar que estas palabras pudieran haber sido dirigidas a David o a alguno de sus descendientes, pero resulta perfectamente comprensible si se aplican a Cristo.
Sólo un ser de esa dignidad podía ser el heredero de todo. El Hijo de Dios, el creador y sustentador de este mundo, es el único que puede gobernarlo legítimamente. No podría ser otro frágil hombre como David o sus descendientes. Ellos eran parte del problema, no de la solución. Aun los mejores de ellos tuvieron importantes momentos de debilidad y de miseria. Pero hay esperanza para este desgraciado mundo, lleno de tantas tragedias y cosas horribles, porque quien ha sido designado para gobernarlo es el mismo Hijo de Dios. Ningún hombre es capaz de resolver los graves problemas que tenemos. La historia de la humanidad ya ha durado lo suficiente para dar fe de esto. ¿Cuántos políticos, gobiernos, filósofos, economistas, ideólogos... nos han prometido un mundo mejor, sin guerras, sin injusticias, sin hambre, sin lágrimas, sin dolor... y las cosas nunca mejoran? Muchos han soñado en establecer el paraíso aquí en la tierra sin Dios, y han fracasado, llegando en muchos casos a convertir este planeta en un verdadero infierno.
Pero hay esperanza para este mundo porque finalmente va a ser el mismo Hijo de Dios quien ha sido exaltado hasta lo sumo y a quien se le ha dado la autoridad para gobernarlo:
(Fil 2:9-11) "Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre."
Es curioso que Satanás le ofreció al Señor Jesucristo los mismos reinos de este mundo a condición de que no fuera a la cruz y se sujetara a él, pero el Señor no lo aceptó (Mt 4:8-10). Haber caído en esa tentación habría dejado a este mundo sin esperanza. Ya hemos visto lo que Satanás ha hecho a la humanidad, pero el Señor Jesucristo había venido para establecer un nuevo orden totalmente diferente. Y la única forma de conseguirlo implicaba ir a la cruz para así liberar a los pecadores de las garras del diablo.
Ahora, después de su definitiva victoria, Cristo tiene el poder para salvar a todos aquellos que lo aceptan como Señor de sus vidas, y también tiene la autoridad para terminar con toda resistencia y juzgar a todos los rebeldes. El salmista lo expresa con estas palabras: "Los quebrarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás".
Aquí los enemigos del Señor son representados como "vasijas de alfarero", lo cual ilustra perfectamente la debilidad y fragilidad de las naciones ante Dios.
Este juicio es inevitable. No olvidemos cómo comenzó el Salmo: las gentes y los pueblos pensando cosas vanas contra Jehová y contra su Ungido; los reyes de la tierra y los príncipes levantándose unidos contra Dios. Y todo esto se materializó cuando el Señor Jesucristo fue crucificado por Pilato a instancias de los líderes judíos. El hombre levantando su puño contra Dios. Esto no podía quedar así. Ahora Dios ofrece a su Ungido todas las naciones.
Esto implica necesariamente que en el programa divino el Mesías había de venir dos veces. La primera tendría como objetivo salvar a los hombres de sus pecados por medio de su muerte sustitutoria. Pero vendrá una segunda vez, sin relación con el pecado, para juzgar a este mundo. Esta segunda venida será muy diferente de la primera. El libro de Apocalipsis cita el Salmo 2 para describir la victoria final del Hijo de Dios (Ap 19:11-21). Veamos algunos versículos:
(Ap 19:11-16) "Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES."
Quienes ahora rechazan su misericordia, un día tendrán que enfrentarse con su juicio. Toda resistencia contra él acabará en destrucción. De ahí la importancia de prestar oídos a lo que se dice en la última estrofa del Salmo.

La exhortación del salmista (Sal 2:10-12)

(Sal 2:10-12) "Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían"
El salmista se dirige ahora a los reyes mencionados anteriormente. Ellos habían encabezado el movimiento de rebelión contra Dios y han de ser los primeros en rendirse a él, aunque todos sus súbditos deberán hacerlo también. Habían decidido levantarse contra el Ungido de Dios y deshacerse de sus leyes y ahora son exhortados a ser prudentes y cambiar su decisión: "Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra".
En este momento es importante subrayar la misericordia de Dios. A pesar de haber matado a su Hijo, Dios todavía extiende su gracia sobre los hombres. Y deben aprovechar esta oportunidad, porque como ya ha quedado demostrado anteriormente, toda rebeldía contra Dios es una tremenda insensatez que no prosperará.
En lugar de seguir rebelándose contra Dios, deberían someterse a su señorío y vivir de acuerdo con su ley: "Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor". Un servicio "con temor", en el sentido de "reverencia", y "con alegría", porque Cristo reina y porque nosotros tenemos el privilegio de servirle. Al fin y al cabo, la única forma sabía y correcta de vivir es obedeciendo las leyes de Dios (Pr 1:7).
Y añade: "Honrad al Hijo". Este servicio a Dios implica adoración, lealtad, sometimiento, afecto. La expresión "honrad al Hijo" sería literalmente "besad sus pies", como un símbolo de lealtad, aunque también podría ser interpretado como una expresión de amor, del mismo modo que aquella mujer que fue perdonada besaba los pies del Señor (Lc 7:45).
Este es un aviso urgente, de ahí las expresiones que se utilizan: "Para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira". La humanidad se halla en una gran encrucijada, ante la más tremenda de las disyuntivas. O depone su actitud de insurrección contra Dios y se rinde a su Hijo, o sella con su obstinación una ruina irreparable. Se trata por lo tanto de una amonestación que tiene acentos de ultimátum. Es necesario tomar una decisión.
Y la última frase del salmo nos indica cuál es la decisión correcta: "Bienaventurados todos los que en él confían". Para el hombre, confiar en su Creador es la cosa más sensata, lógica y razonable que puede hacer.

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