Estudio bíblico: La seguridad eterna de los creyentes - Juan 10:22-42

Serie:   El Evangelio de Juan   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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La seguridad eterna de los creyentes - Juan 10:22-42

(Jn 10:22-42) "Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre. Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí. Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí."

Introducción

Ha transcurrido cierto tiempo desde el último encuentro que el Señor había tenido con los judíos en Jerusalén, quizá varios meses. Ahora el evangelista nos sitúa en "la fiesta de la dedicación", unos tres meses después de la fiesta de los tabernáculos (Jn 7:2-10), que es la última referencia temporal que Juan nos ha dado. Aun así, a pesar de que había pasado cierto tiempo, la oposición y el clima de hostilidad contra Jesús no habían cambiado en Jerusalén y con su llegada nuevamente surgió la confrontación. Curiosamente el tema siguió girando otra vez en torno a la figura del pastor y las ovejas. Recordemos que anteriormente el Señor había dicho que él era el "buen pastor", una afirmación que para los judíos tenía fuertes connotaciones mesiánicas, así que, en esta nueva ocasión le volvieron a preguntar sobre este asunto, pero le exigieron que hiciera una declaración totalmente clara que despejara cualquier duda: "Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente". Sin embargo, el Señor no les contestó como ellos esperaban, sino que les invitó a la reflexión y a que examinasen sus obras, para que así pudieran sacar una conclusión correcta. Pero en ellos no había un genuino deseo de conocer la verdad, sino que sólo les movía el odio y sus deseos de acabar con Jesús como fuera. En realidad, estos líderes religiosos eran falsos pastores que vieron peligrar su posición cuando apareció el verdadero Pastor de las ovejas, y de ningún modo estaban dispuestos a creer en él a pesar de todas las evidencias que les pudiera mostrar. Así que volvieron a intentar apedrearle primero y luego detenerle, todo ello sin conseguirlo. Aun así, en medio de todo este clima de hostilidad y peligro, el Señor hizo una consoladora afirmación sobre la seguridad eterna de todas sus ovejas: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás". El pasaje termina cuando Jesús sale de Jerusalén para regresar al lugar donde Juan el Bautista había estado bautizando al comienzo. Allí pasó algún tiempo hasta que volvió por última vez a Jerusalén con la firme intención de dar su vida por las ovejas. Por lo tanto, este encuentro que vamos a estudiar ahora constituye el último intento infructuoso de parte del Señor para presentar sus credenciales mesiánicas ante los líderes religiosos judíos.

"Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno"

Parece evidente que hay un espacio de tiempo entre este incidente y los anteriores, puesto que Juan comienza situando los nuevos acontecimientos coincidiendo con "la fiesta de la dedicación".
Esta festividad no era de origen bíblico, sino que había sido instituida por Judas Macabeo en el año 164 a.C. Tenía una duración de ocho días, y en ella se conmemoraba la derrota de los sirios y la recuperación de la independencia judía a manos de los Macabeos. También se celebraba que el templo, que había sido contaminado por Antíoco Epífanes rey de Siria, fue purificado y dedicado nuevamente al servicio a Jehová. Desde entonces los judíos comenzaron a celebrar esta fiesta, y aun lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Su institución se documenta en el libro apócrifo de Macabeos (2 Macabeos 10:1-8).
La fiesta de la dedicación se celebraba en el mes de diciembre, y el evangelista nos dice que en esas fechas en Jerusalén era invierno, lo que quizá sirve para explicar el hecho de que "Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón", un lugar cubierto donde refugiarse un poco del frío y el viento. Parece ser que durante el invierno los maestros judíos utilizaban aquellos porches para tener sus debates religiosos.
Fue mientras que Jesús estaba caminando por esa zona cuando de repente un grupo de judíos le rodearon para hacerle una pregunta.

"¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente"

Aparentemente estos judíos estaban muy inquietos deseando saber la verdad acerca de Jesús. Según ellos, las afirmaciones que el Señor había hecho anteriormente no habían sido lo suficientemente claras y le presionaban para que afirmara si él era realmente el Mesías. Por un lado daban a entender que tenían el "alma en vilo" ante la falta de concreción del Señor en este asunto tan importante, y por otro, parecían insinuar que Jesús estaba jugando con ellos al no hablarles claramente. Así que le animaron a que se expresara abiertamente, con confianza y libertad.
Ahora bien, cabe preguntarnos si esta petición era sincera o si por el contrario sólo buscaban un motivo para acusarle ante Pilato como un pretendido Mesías que estaba organizando un levantamiento popular contra Roma. No olvidemos lo explosivas y altamente politizadas que eran en aquel periodo las ideas sobre el Mesías, y quizá aun más en aquellos días en que se celebraba el levantamiento judío contra sus antiguos opresores sirios.
Pero si había alguna duda en cuanto a sus verdaderas intenciones, la respuesta del Señor nos deja claro que no fueron honestos al hacer su petición, puesto que estaban pidiendo algo que ya deberían haber sabido. Ellos ya tenían pruebas suficientes de que Jesús era el Cristo, pero aun así se quejaban de la falta de evidencias, dando a entender que estarían dispuestos a creer si el Señor hiciera una clara declaración pública sobre su condición de Mesías. Pero todo esto era falso, y ellos, al igual que muchos otros en nuestros días, intentaban justificar así su incredulidad quejándose de la falta de pruebas para creer, ignorando al mismo tiempo todas las evidencias que Dios ya les había dado. La realidad es que eran incrédulos porque no querían creer y no porque desconocieran la verdad, por lo tanto, "no tenían excusa" (Ro 1:19-20).
Ante esta situación, el Señor no iba a complacerles dándoles lo que pedían, sino que les remitiría a las obras que ya había realizado; ellas daban testimonio de quién era él. Sin embargo, todo esto era muy triste, porque su falta de deseos por conocer la verdad impedía al Señor manifestarse a ellos con mayor claridad, tal como él habría deseado. En cambio, cuando trató con personas receptivas, pudo afirmar abiertamente que él era el Mesías, como en el caso de la mujer samaritana (Jn 4:25-26), y también que era el Hijo de Dios, como hizo ante el ciego sanado (Jn 9:35-37). Con esto se confirmaba el principio que el Señor mismo estableció: "Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará" (Lc 8:18).
Así pues, el Señor no les dio lo que le pedían, porque tal como les mostró, no estaban actuando con nobleza. Las credenciales que les había presentado como Mesías eran más que suficientes, pero el problema estaba en ellos, que a pesar de todo no querían creer en él. "Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí". Esto era algo especialmente grave, porque cuando una persona cierra su mente y su corazón ante la revelación clara de Dios, empieza un proceso de endurecimiento que puede llegar a ser irreversible.
En cambio, si hubieran reflexionado acerca de las obras que Jesús había hecho, fácilmente se habrían dado cuenta de que él actuaba en absoluta comunión y armonía con el Padre, y que todos sus milagros respaldaban su afirmación de que eran obras que el Padre le había dado para que cumpliese a fin de que creyeran en él. Al fin y al cabo, como decimos nosotros, "las palabras se las lleva el viento", pero el testimonio de los hechos es indiscutible. Así que, si ellos no valoraban sus obras, de nada serviría lo que les pudiera decir.
El hecho es que ellos no creían, tal como el Señor les dijo: "Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas". Su incredulidad era la causa por la que no formaban parte de sus ovejas, pero también era la prueba de que no le pertenecían. Y finalmente, su incredulidad sería la única causa por la que iban a ser excluidos eternamente. Podrían haber creído, pero no quisieron, así que ellos eran responsables de su estado de condenación. Habían comenzado haciendo una petición al Señor en la que manifestaron que tenían "dudas razonables" en cuanto a su identidad, pero en el diagnóstico que el Señor hizo de ellos quedó claro que el problema era mucho más profundo: "ellos no creían", eran obstinadamente incrédulos, y por muchas más señales que vieran preferirían seguir cerrando sus ojos a la verdad.

"Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano"

En contraste con los judíos incrédulos, el Señor se refiere ahora a los creyentes como "mis ovejas". Son sus ovejas porque han creído en él, han escuchado su voz y han acudido a él: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen". Han pasado por la puerta que es Cristo. Han creído que el Padre le había enviado y han reconocido sus credenciales. Le siguen obedeciendo su palabra, y no escuchan la voz de los falsos pastores ni deambulan de una religión a otra.
Además, le pertenecen porque las ha comprado al precio de su propia vida. Son suyas y se interesa por ellas, las cuida, protege, alimenta, y no dejará que les pase nada. Así que descansan seguras bajo su cuidado amoroso. No tienen temor de los enemigos y saben que cuando necesiten ayuda el buen pastor estará a su lado.
Y habiendo dicho esto, el Señor pasa a continuación a enfatizar aun más la seguridad que tienen sus ovejas: "Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". Como ya sabemos, por sí sola la oveja es un animal incapaz de defenderse ante sus enemigos, y lo mismo se puede decir del creyente. Pero cuando cualquier persona "entra por Cristo" a esta nueva esfera de la gracia, se encuentra firme y segura (Ro 5:1-2). Por supuesto, si fuera por los méritos propios de la persona, nadie podría llegar a ser salvo, ni tampoco lograría permanecer en la salvación. Pero eso es precisamente lo que admitimos cuando venimos a Cristo. La conversión implica reconocer nuestra total bancarrota moral y espiritual, para dejar de depender de nuestras propias obras y descansar en la Obra de Cristo. A partir de ese momento, es Cristo quien se ocupa de nuestra salvación. Si no llegáramos al cielo podríamos decir que Cristo habría fracasado en salvarnos, algo que es enteramente imposible.
Tal es la seguridad con la que el Señor habla de sus ovejas que dice: "Yo les doy vida eterna", como un hecho ya consumado. Para él no hay duda alguna. No hay que esperar hasta el final para ver qué ocurre en el transcurso de la vida hasta la muerte. La vida eterna comienza aquí y ahora.
En el momento en que una persona se convierte de verdad a Cristo, muere juntamente con él y nace a una nueva vida a su imagen. Esto es lo que simbolizamos en el bautismo cristiano (Ro 6:1-10). Es un acontecimiento que ocurre una sola vez y para el que no hay retorno. En ese instante el creyente pasa de muerte a vida y ya nunca más vendrá a condenación (Jn 5:24).
Otro asunto diferente es el de aquellas falsas conversiones en las que la persona quizá se sienta animada en algún momento a repetir una oración, o a tomar una decisión superficial movida tal vez por las circunstancias del momento. Pero eso es muy diferente de "morir con Cristo", lo cual implica una renuncia al pecado y el deseo de vivir una nueva vida semejante a la de Cristo. Cuando una conversión no es genuina, tarde o temprano habrá un abandono, lo que no implica que haya perdido su salvación y que Cristo haya fallado en su misión de protegerlo y salvarlo.
También es cierto que hay auténticos creyentes que en algunos momentos de sus vidas atraviesan por crisis y se apartan del Señor. En esos casos el buen Pastor sigue trabajando en ellos, buscándolos, enseñándoles, llevándolos al arrepentimiento, y en algunas ocasiones, juzgándoles e incluso sacándolos de este mundo para que no sigan pecando (1 Co 11:30).
En cualquier caso, lo que tenemos aquí es una de las promesas más hermosas que el Señor ha hecho a sus ovejas. Podemos tener seguridad de nuestra salvación eterna aquí y ahora. No tenemos temor a morir ni a comparecer ante Dios. Todo lo contrario, anhelamos ese día en el que estemos con él para siempre. Es cierto que algunos nos acusarán de pretenciosos y de tener un concepto desproporcionado de nosotros mismos, pero nada de eso es cierto, puesto que nuestra seguridad no se basa en nuestras propias obras, sino en los méritos de Cristo. Y de hecho, para llegar a ser beneficiarios de su gracia, primeramente tenemos que admitir nuestra completa incapacidad para conseguir la salvación por nosotros mismos.
Tal vez algunos han pretendido en algún momento abusar de esta promesa del Señor, pensando que si ya son salvos y nada les puede impedir ir al cielo, entonces no hay ningún problema en vivir en el pecado. Pero quien razona de ese modo es porque nunca ha muerto de verdad al pecado y por lo tanto no es un verdadero creyente.
Por otro lado, notemos que nadie más que Aquel que era Dios mismo podía decir estas palabras: "Y yo les doy vida eterna". Ni el más elevado de los ángeles, ni ningún apóstol o cualquier otro hombre podría hacer algo así, sólo Cristo. Y lo pudo hacer porque él puso su vida por las ovejas. Aquí se encuentra la base firme sobre la que puede ofrecer la vida eterna a cualquiera que crea en él.
Es verdad que nuestra fe puede ser muy débil algunas veces, y también que los peligros a nuestro alrededor se multiplican, pero nuestra confianza descansa en Aquel que es el Todopoderoso. No hay ni lobo, ni ladrón, ni salteador, ni ningún asalariado que nos pueda arrebatar de la mano de Cristo. Como diría el apóstol Pablo: "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3:3). Cristo nos ha tomado bajo su protección y en sus manos estamos seguros.

"Mi Padre que me las dio..."

Esta sencilla expresión ha generado en ocasiones bastante discusión. Algunos interpretan el hecho de que las ovejas de Cristo le fueron dadas por su Padre como una referencia a un decreto eterno por medio del cual algunas personas fueron elegidas para formar parte del rebaño de Cristo mientras que otras quedaron excluidas en la condenación eterna. A unas se les dio el don de la fe mientras que a otras se les privó de él. Estos interpretes creen asimismo que si Dios realmente es soberano, entonces no pueden existir decisiones humanas contrarias a las de Dios. Por lo tanto, les parece que el libre albedrío del hombre es una ficción, porque el hombre no puede decidir nada que Dios previamente no haya decidido en su soberanía.
Por otro lado, creen también que desde que el pecado entró en el mundo por medio de la caída de Adán, todos los hombres están muertos espiritualmente y son incapaces de hacer absolutamente nada por salvarse. De hecho, no son capaces ni de entender la ley de Dios, ni de ver la verdad, ni de poner su fe en Dios, ni convertirse... Están muertos, y un muerto, según ellos, no puede hacer ninguna de estas cosas. Por eso, nos dicen que para que una persona llegue a convertirse, es imprescindible que previamente sea regenerada por el Espíritu de Dios y entonces sí que podrá entender la Palabra de Dios, y de hecho, desde ese momento tendrá dentro de sí la gracia irresistible de Dios que le llevará a convertirse irremediablemente.
Y si preguntamos a estos intérpretes cuál es el criterio que Dios ha seguido para elegir a unos para la salvación eterna y a otros para la condenación eterna, nos contestarán que Dios es soberano y que no tiene que dar cuentas a nadie de lo que hace.
Esta es la interpretación de lo que para muchos significan las palabras de Jesús cuando dijo: "Mi Padre que me las dio". Ahora bien, esto parece ignorar algunos hechos importantes que vemos en las Escrituras.
Por ejemplo, las Escrituras nos dicen una y otra vez que "Dios no hace acepción de personas" (Hch 10:34) (Ro 2:11) (Ga 2:6) (Ef 6:9). Por lo tanto, la soberanía de Dios no puede actuar en contra de sus otros atributos. Es decir, si Dios realmente eligiera a unos para salvación y a otros para condenación de forma arbitraria, estaría haciendo acepción de personas, algo que iría en contra de su misma naturaleza.
Sin embargo, es cierto que esto no resuelve el problema, porque la Biblia afirma que hubo algunos que fueron elegidos o predestinados para salvación desde antes de la fundación del mundo. Pero las Escrituras también nos explican que esto no ocurrió de una forma arbitraria o caprichosa, sino que estuvo relacionado con la omnisciencia de Dios y el preconocimiento que él tiene de todas las cosas, incluidas nuestras propias decisiones.
(Ro 8:29) "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos."
(1 P 1:2) "Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas."
En otro sentido, es cierto que desde que Adán pecó, todos sus descendientes estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef 2:1). Pero esto no quiere decir que hayamos perdido toda capacidad de pensar o entender la voluntad de Dios. Aunque es verdad que se puede interpretar la palabra "muerto" como dando a entender que se ha perdido toda capacidad de respuesta a los estímulos externos, no parece que ese sea el sentido con el que se emplea en muchas partes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, el padre del hijo pródigo hablaba de su hijo como que había estado "muerto" (Lc 15:24), pero sin embargo, cuando estaba en ese estado todavía podía razonar y darse cuenta de su situación, llegando a ser capaz de tomar la decisión de volver a la casa de su padre (Lc 15:17-20). A raíz de este pasaje podríamos decir que el hijo pródigo estaba muerto en el sentido de que estaba "separado" de su padre. Y esto refleja exactamente nuestra situación como hombres pecadores; estamos separados de Dios, o lo que es lo mismo, muertos espiritualmente.
Y aunque esta separación nos ha dañado muchísimo espiritualmente, eso no quiere decir que hayamos perdido toda capacidad de razonar, sentir o tomar decisiones. El apóstol Pablo habla de esto en relación al hombre pagano que no conoce siquiera la ley de Dios, y dice:
(Ro 2:14-16) "Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio."
Más adelante, en la misma epístola, el apóstol habla de la situación del hombre caído y explica el conflicto interior que tiene entre lo que piensa, siente y quiere hacer por un lado, y lo que realmente acaba haciendo por otro. No ha perdido su capacidad para deleitarse en la ley de Dios, pero encuentra que hay otra ley dentro de él que le lleva a rebelarse y pecar (Ro 7:22-23). También sabe lo que debe hacer, pero no puede hacerlo (Ro 7:15-16). Sigue queriendo hacer el bien, pero no lo hace (Ro 7:18-19). Por lo tanto, el hombre caído y sin regenerar sigue entendiendo que la ley de Dios es buena, siente que debe obedecerla y de hecho intenta hacerlo. Es decir, su mente, emociones y voluntad siguen funcionando en alguna medida, no las ha perdido completamente, pero lo que no tiene es la capacidad de cumplir con sus exigencias. Incluso los que no son creyentes afirman que sus conciencias les acusan en ocasiones cuando hacen cosas malas.
En el mismo pasaje que estamos estudiando, se ve con claridad que el Señor está invitando a los judíos incrédulos a que examinen las evidencias que él había presentado ante ellos. Sus obras les darían la clave para entender que Jesús era realmente el Cristo anunciado por las Escrituras. Por lo tanto, se desprende de esto que aunque eran incrédulos, sin embargo todavía podían pensar por sí mismos y llegar a la conclusión correcta.
A esto hay que añadir que Dios actúa por medio de su Espíritu Santo convenciendo e iluminando a las personas en este proceso para llegar a conocerle (Jn 16:8-11). Esto se hace necesario porque el hombre ha quedado realmente muy dañado en cuanto a todo lo relacionado con la voluntad de Dios.
Y finalmente, el hombre sí que puede tomar una decisión por sí mismo. No tendría sentido que el Señor Jesucristo llamara a las personas a seguirle, si de hecho no lo podían hacer a menos que fueran de sus elegidos (Mt 11:28). Es más, según ese planteamiento, todas aquellas personas que fueran llamadas por él, deberían obedecerle obligatoriamente, pero sin embargo, vemos que esto no fue así en muchas ocasiones. Israel fue el pueblo escogido por Dios en la antigüedad y cuando Dios los llamó, muchas veces se rebelaron y no quisieron hacer su voluntad: "Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor" (Ro 10:21). Y de hecho, tenían también la capacidad de resistir al Espíritu Santo a pesar de ser su pueblo escogido: "¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros" (Hch 7:51). El Señor habló también sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, diciendo que éste sería un pecado para el que no habría perdón. Esta blasfemia consiste en resistir la influencia del Espíritu Santo atribuyéndola al mismo Satanás (Mr 3:28-30). Entendemos que puesto que el hombre necesita de la iluminación del Espíritu Santo para llegar a conocer la verdad de Dios, aquellas personas que se niegan a recibir su influencia, llegando incluso hasta el extremo de blasfemar contra él, se cierran a toda posibilidad de llegar a conocer a Dios.
Otro asunto que debemos dejar claro también es que la fe no es un don que Dios da sólo a algunos escogidos. La fe viene por el oír la Palabra de Dios (Ro 10:17). Y a estos judíos con los que el Señor se estaba enfrentando les exhortó a recordar sus palabras y a meditar sobre sus obras, porque de esa manera podrían llegar a creer en él. Así pues, la fe no es un don exclusivo de algunos, sino que cualquier persona que sea honesta puede llegar a tenerla. También debemos decir que la fe no es una obra meritoria. Nada más lejos de la verdad. La fe es únicamente nuestro reconocimiento de nuestra total incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. Es como aquel hombre que se está ahogando y extiende su mano pidiendo socorro. No se puede decir que esto implique ningún mérito, sino todo lo contrario. Y el pecador, aunque no puede hacer nada para salvarse a sí mismo, sin embargo, puede darse cuenta de su necesidad y reconocerla ante Dios pidiendo su salvación. A partir de ese momento, es Dios quien le salva completamente.
Y esto no anula la soberanía de Dios, sino que la confirma. Por un lado, si el hombre tiene la capacidad de decidir, es porque Dios en su soberanía así lo ha decidido. Y por otro lado, el camino para su salvación ha sido también delimitado por la soberanía de Dios. La fe que salva tiene que estar depositada en Cristo y en su cruz, no en cualquier cosa que al hombre le parezca.
Por lo tanto, la expresión que estamos estudiando acerca de las ovejas que el Padre le dio al Hijo, no debemos pensar que haga referencia a algunas personas que fueron escogidas de forma arbitraria para ser entregadas a Cristo, mientras que otros quedaron excluidos de antemano, sin que tuvieran ninguna ocasión de salvarse. Esto no encajaría con el resto del pasaje, en donde encontramos al Señor insistiendo a los judíos para que examinaran sus obras y así pudieran llegar a conocer que él realmente era el enviado de Dios y así pudieran creer y ser salvados. La otra opción sería pensar que el Señor les estaba invitando a creer cuando en realidad él mismo ya había determinado desde la eternidad que no podrían hacerlo. Esto no podemos admitirlo de ninguna manera. Sería un acto de hipocresía imposible para nuestro Señor.
Pero habiendo dicho todo esto, todavía nos queda por aclarar en qué consistía realmente el hecho de que el Padre dio sus ovejas al Hijo y cuál era el propósito de esa "entrega". Pues bien, antes de la llegada de Cristo había muchas personas que eran auténticos creyentes en Dios, pero con la venida de Cristo, el Hijo de Dios, se hacía necesario que esas personas creyeran también en él del mismo modo en que hasta en ese momento habían creído en Dios. Este era el propósito de la venida del Hijo, tal como él mismo les dijo a sus discípulos: "Creéis en Dios, creed también en mí" (Jn 14:1). Ya eran creyentes en Dios, pero debían ser también creyentes en el Hijo. Esto no iba a implicar ir en contra del monoteísmo que la Ley enseñaba, y tampoco significaría que tendrían que dividir su fe entre el Padre y el Hijo, puesto que ambos eran un solo Dios en varias Personas. Tal era la unidad que había entre ambos que el mismo Padre entregó sus ovejas a su Hijo para que también creyeran en él. Esta entrega se hizo posible por medio de la revelación especial del Espíritu Santo que actuaba conjuntamente con las Escrituras que daban testimonio de Cristo. Y en cuanto al propósito de esta entrega tenía que ver claramente con el hecho de que el Hijo diera su vida por ellas con el fin de salvarlas (Jn 10:11,15).

"Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre"

El propósito final de esta afirmación es traer consuelo, descanso y seguridad para todos aquellos que son ovejas de Cristo. Pero para ello es imprescindible que nos demos cuenta de que ninguna de todas estas bendiciones dependen de lo que nosotros somos capaces de hacer, sino de quién es Dios. Sólo considerando la grandeza del Padre podemos descansar seguros. El salmista había aprendido bien esta lección y podía disfrutar de esta paz en medio de los muchos problemas y preocupaciones que en esta vida batallan contra nuestra alma:
(Sal 23:4) "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo"
(Sal 46:1-3) "Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza."
(Lc 12:32) "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino."
Por supuesto, esta seguridad eterna no nos alienta a una vida descuidada, sino que por el contrario es una intensa motivación para vivir una vida santa. El auténtico cristiano no se esfuerza en vivir santamente para ganar su salvación o para no perderla, puesto que sabe que está segura en las manos del Padre, sino porque quiere agradarle como demostración de su agradecimiento por su salvación. Y esto se corresponde con el deseo de Dios, quien quiere que le sirvamos no por miedo sino por amor.

"Yo y el Padre uno somos"

A todo lo dicho anteriormente ahora se añade la consecuencia lógica; si la obra de Cristo es realmente la del Padre, entonces se sigue que el Hijo y el Padre son uno. Por lo tanto, somos guardados por la mano del Padre y del Hijo, que están plenamente unidos en el cuidado de las ovejas.
Ahora bien, ¿debemos entender esta unidad entre el Padre y el Hijo únicamente como una unidad moral o de propósito? Algunos estudiosos piensan que sí, pero en el contexto de nuestro pasaje vemos que a los judíos que escuchaban a Jesús no les quedó ninguna duda de que él estaba blasfemando porque de sus palabras se desprendía con claridad que también estaba diciendo que había una identidad de naturaleza, esencia y poder entre el Padre y el Hijo. Esta fue la razón por la que una vez más tomaron piedras con la intención de apedrearle. Y notemos que Jesús no hizo ningún intento por corregir algún error en la interpretación de sus palabras.
Esta afirmación es realmente importante porque expresa tanto la diversidad de las Personas de la Trinidad como la unidad de su esencia. Son dos personas distintas; el Hijo y el Padre, pero en esencia son "uno". Jesús volvió a definir esta unidad con el Padre un poco más adelante: "el Padre está en mí, y yo en el Padre" (Jn 10:38). Y en otra ocasión afirmó: "Yo soy en el Padre, y el Padre en mí" (Jn 14:11). La doctrina de la Santísima Trinidad no es un invento teológico, sino una deducción clara de las declaraciones bíblicas en cuanto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Por lo tanto, no podemos estar de acuerdo con los llamados "Testigos de Jehová" que afirman que el Hijo es menor que el Padre, o con los "unitarios", que creen que el Padre y el Hijo son diferentes manifestaciones de la misma Persona.

La reacción de los judíos

Los judíos habían pedido a Jesús que les declarase si era el Mesías, pero él hizo mucho más que eso, pues proclamó su unidad esencial con el Padre. Esto agitó a los fariseos hasta una cólera incontrolable y una vez más "volvieron a tomar piedras para apedrearle". Estaban tan indignados que no iban a esperar el fallo del Sanedrín. En ese momento, aquellas personas religiosas de apariencia piadosa, sacaron fuera toda la violencia asesina y el odio criminal que llevaban dentro.
Aun así, el Señor Jesucristo no perdió la calma e intentó razonar con ellos nuevamente: "Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿Por cuál de ellas me apedreáis?".
Ya que ellos no creían en sus palabras, al menos podrían examinar sus obras. Y si lo hacían, comprobarían que todos los milagros o señales que él había hecho eran una demostración incontestable de la veracidad de su identidad como Hijo de Dios. Al fin y al cabo, los milagros que Cristo había hecho eran precisamente lo que alguien sensato esperaría que haría el Hijo de Dios si viniera a este mundo.
Así que, con las piedras todavía en sus manos, tuvieron que enfrentarse nuevamente con las obras que Jesús había hecho ante ellos: "Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿Por cuál de ellas me apedreáis?", les preguntó Jesús. Pero, ¿qué podían contestar a eso? El apóstol Pedro resumió el ministerio del Señor con estas palabras: "Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hch 10:38). Toda la vida del Señor Jesucristo había sido un continuo hacer el bien a los necesitados. No podían oponerse a esto, así que dijeron: "Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios".
Los judíos ignoraron las evidencias, del mismo modo que lo hacen muchos en nuestros días, e insistieron en acusarle de blasfemo. Pero al hacerlo dieron a entender con claridad que no ponían en duda los milagros que el Señor había hecho y que los evangelios relatan. Y este testimonio fuertemente hostil es muy importante, porque se trataba de testigos presenciales que vivieron en aquella época y que no tenían la más mínima predisposición para aceptar nada milagroso de parte de Jesús.
Pero aunque ellos no querían tener en cuenta los milagros del señor, para él eran muy importantes, porque se trataban de las credenciales que su Padre le había dado y que le acreditaban como el Hijo de Dios enviado desde el cielo. La lógica de este argumento ya la había expresado con anterioridad: los hombres muestran lo que son por lo que hacen, del mismo modo que el árbol se conoce por su fruto (Mt 7:16-18). Por lo tanto, si ellos querían saber quién era Jesús, sólo tendrían que examinar sus obras. Pero los judíos no quisieron. Para ellos, las afirmaciones que Jesús hacía sobre sí mismo echaban a perder cualquier cosa que pudiera hacer. El problema es que tenían tal cantidad de prejuicios acerca de su persona que les impedía ver en él algo más que un simple hombre. Así que, cuando le escucharon decir que el Padre y él eran uno, no tuvieron ninguna duda de que se trataba de una terrible blasfemia que debía castigarse con la muerte.
En realidad, esta no fue la primera vez que los judíos procuraban matarle por esta misma causa. En (Jn 5:18) "los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios". Y también en (Jn 8:59) hemos visto otro intento de apedrearle después de que él afirmara que "antes que Abraham fuese, yo soy". Cada vez que Jesús afirmaba su relación única con el Padre y su preexistencia eterna, los judíos respondían de la misma forma. Es curioso que muchos teólogos modernos todavía niegan que Jesús afirmó a lo largo de todo su ministerio que él era el eterno Dios. Tristemente a ellos les pasa lo mismo que a los judíos de los tiempos de Jesús; no quieren aceptar que él sea realmente el Hijo de Dios con todas sus implicaciones.

La defensa de Jesús

El Señor se enfrenta ahora a los judíos de su tiempo usando la ley. Como él dijo, "la escritura no puede ser quebrantada". Con esto Jesús estaba expresando su creencia en la inspiración de las Escrituras del Antiguo Testamento. Para él eran escritos infalibles que se habían de cumplir. Constituían el más alto tribunal de apelaciones donde quedaría zanjada cualquier discusión. ¡Cuánto debemos aprender nosotros de esto en nuestros días!
Su argumento fue el siguiente: "¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?".
El Señor cita el (Sal 82:6) donde los jueces de Israel son llamados "dioses". La razón por la que el salmista había dado este título a los jueces era porque ellos actuaban como representantes de la justicia divina en este mundo. Un caso parecido lo vemos con Moisés, al que Jehová constituyó como "dios para Faraón" (Ex 7:1) puesto que él también estaba representando a Dios ante Faraón a los efectos de traer su juicio sobre él.
Pero, por supuesto, ninguno de ellos eran en realidad divinos, sino que sólo ejercían una autoridad delegada de parte de Dios. Y en el resto del salmo queda claro que eran sólo hombres y que de hecho juzgaban de manera injusta, haciendo acepción de personas y pervirtiendo la justicia de otras maneras, por lo que el salmista les dice que "como hombres moriréis" (Sal 82:7).
Ahora bien, si estos jueces a los que se refirió el salmista pudieron ser llamados "dioses" en función de la comisión que habían recibido de parte de Dios, ¿qué había de extraño entonces en que Aquel que había sido santificado y enviado al mundo por el Padre fuera reconocido como su Unigénito Hijo? Si aquellos jueces injustos fueron llamados "dioses" en las Escrituras, ¿qué había de extraño en que Jesús, que había demostrado su absoluta perfección por sus obras, tuviera el derecho de reclamar que era el Hijo de Dios?
Notemos que el Señor dice que él había sido santificado y enviado al mundo por el Padre. Él no era simplemente un hombre al que Dios le había encargado cierta tarea, sino que ya existía antes de venir a este mundo, y fue apartado por el Padre para el cumplimiento de sus designios aquí en la tierra.
Por lo tanto, el Señor no se estaba evadiendo o echándose atrás de las implicaciones que su afirmación de ser uno con el Padre tenía. Simplemente les estaba invitando una vez más a reflexionar. Y les volvió a llevar a sus obras: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre".
Jesús estaba dispuesto a someter su pretensión a la prueba del juicio. Si realmente era el Hijo de Dios, entonces sus obras deberían estar en proporción a esta pretensión. Era hora de que los judíos consideraran sus milagros como señales que indicaban con claridad de dónde había venido y quién era.
Si hubieran dejado a un lado sus prejuicios religiosos se habrían dado cuenta de que sus milagros eran "las obras de su Padre". Por un lado estos tremendos milagros que el Señor hizo no fueron pocos, y por supuesto, escapaban por entero al curso normal de la naturaleza: Curó enfermos en un momento, resucitó muertos con una sola palabra, expulsó demonios, calmó los vientos y el mar, caminó sobre las aguas, multiplicó panes y peces por miles... Y por otro lado, todos sus milagros eran también una expresión inequívoca del carácter misericordioso de Dios.
El Señor les estaba haciendo esta exhortación a considerar sus obras porque su más íntimo deseo era que aquellos que todavía tenían las piedras en sus manos para arrojárselas, llegaran a "conocer y creer". Y si lo deseaba y se esforzaba en argumentar con ellos, es porque era del todo posible que llegarán a convertirse. Es verdad que muchos de ellos llegaron hasta el final de sus malvados deseos y lo crucificaron, pero no porque pesara sobre ellos un decreto eterno por el que habían sido destinados a ello, sino porque no quisieron tener en cuenta lo que Cristo les decía. De las palabras del Señor se desprende claramente que sí que podrían haber llegado a creer si hubieran querido.
Otro asunto importante que encontramos aquí es que la fe a la que el Señor estaba llamando a aquellos judíos no era "un salto al vacío" o una especie de "suicidio intelectual", tal como algunos parecen creer. Es verdad que tanto ellos como nosotros tenemos que creer cosas que no podemos ver, pero eso no quiere decir que sean cosas irracionales o para las que no tengamos evidencias. Notemos que a aquellos judíos se les pedía que creyeran que Jesús era el Hijo de Dios enviado por el Padre, y claro está, esto no era algo que ellos pudieran comprobar por sí mismos. Para poder hacerlo habrían tenido que estar en el cielo en el mismo momento en que el Padre enviaba a su Hijo, algo del todo imposible. Pero no obstante, tenían a su alcance las obras que el Señor hacía, las cuales indicaban que él no era un hombre cualquiera, sino alguien completamente sobrenatural. Y hoy en día, a nosotros también se nos pide que creamos en cosas que no podemos ver, puesto que forman parte de la historia o de la eternidad, sin embargo, tenemos la Palabra inspirada de Dios en la que se nos ha dejado por escrito el relato autorizado y fidedigno de todas estas cosas, escritas por aquellos que fueron testigos presenciales de la vida, muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesucristo (1 Jn 1:1-4) (Lc 1:1-4). Por lo tanto, el cristiano no es un crédulo que acepta cualquier cosa que le dicen, sino que es alguien que se toma tiempo en considerar las evidencias que Dios ha dejado y que finalmente se rinde ante él convencido por la calidad y exactitud de su revelación.
Los judíos finalmente se negaron a escucharle y "procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos". Por unos momentos los argumentos de Jesús habían detenido momentáneamente a aquellos airados judíos, pero rápidamente volvieron a reaccionar y procuraron prenderle, aunque sin éxito. Esta era la tercera vez que él escapaba a sus asesinas intenciones: (Jn 7:30) (Jn 8:20). Así terminó este encuentro con los líderes religiosos de Israel. Pero su actitud iba a tener consecuencias muy graves para ellos, porque negarse a aceptar las evidencias que el Señor les ofrecía, cerrar sus corazones ante la verdad que tenían delante de ellos, iba a producir tal endurecimiento en ellos que podría llegar a ser irreversible.

"Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí"

Jesús abandonó el templo para cruzar el Jordán y volver al lugar donde Juan el Bautista había estado bautizando al principio, mientras que aquellos judíos quedaban bajo las terribles consecuencias de su incredulidad. ¿Qué sentido había en seguir insistiendo con personas que no querían creer? Así que el Señor se retiró a un lugar relativamente desierto, lejos de Jerusalén, de su templo y de las clases religiosas. A partir de ese momento, quienes quisieran acercarse a él tendrían que salir del judaísmo oficial y buscarle fuera de esa religión que le había rechazado. Algo que como ya hemos señalado anteriormente, implicaba salir del redil del judaísmo para entrar por Cristo a la libertad y la vida eterna que sólo él pueda dar.
La escena nos recuerda a aquella otra cuando el rey David, de quien había de venir el Cristo, también tuvo que huir del rey Saúl y esconderse en la cueva de Adulam para salvar su vida. Allí iban a su encuentro todos los afligidos, los que estaban endeudados y se hallaban en amargura de espíritu, y David fue hecho jefe de ellos (1 S 22:2). Finalmente David fue proclamado rey sobre todo Israel y aquellos que le habían acompañado en los momentos difíciles, fueron después sus hombres de confianza en su reino. Y de igual modo, todo el que ahora quiera ir a Cristo, tendrá que salir fuera de la religión e identificarse con alguien que ha sido despreciado por este mundo (He 13:12-13), aunque finalmente será coronado como el Rey del cielo y de la tierra a la vista de todos los hombres, y los que ahora han creído en él reinarán después a su lado.
Pues bien, en aquel lugar desierto, lejos de la hostilidad de los líderes religiosos de Israel, el Señor entró en la etapa final de su ministerio, que consistiría en preparar a sus discípulos para el desenlace final de la cruz y el ministerio que tendrían que llevar a cabo después de su resurrección.
Nuestro pasaje termina con el recuerdo precioso del trabajo realizado unos años antes por Juan el Bautista. Y aquí tenemos una prueba de que Dios no olvida el trabajo de sus siervos, aunque el mundo los menosprecie. Y por lo que vemos, en esta ocasión tampoco lo habían olvidado muchos de los que le habían conocido antes: "Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad". Aunque Juan había muerto unos dos años antes, sus palabras estaban frescas en la memoria del pueblo, y de alguna manera, aunque muerto, todavía seguía hablando, porque las obras del hombre de fe perduran en el tiempo.
Por otro lado, no deja de ser curioso lo que se describe aquí, porque a través del ministerio de Juan el Bautista, quien a diferencia del Señor nunca había hecho ningún milagro, muchos creyeron en su mensaje, mientras que los líderes religiosos de Israel no quisieron creer en Jesús a pesar de todas las evidencias que les había presentado. La conclusión lógica es que los milagros o la ausencia de ellos, no son determinantes para la conversión de una persona. Lo verdaderamente importante es el deseo de creer.
En cuanto al ministerio de Juan el Bautista, él se había limitado a hablar acerca de Cristo. Realmente había dicho cosas muy grandes acerca de él, pero los que luego conocieron a Jesús podían decir que todo lo que dijo era verdad. Toda la expectación que había generado con su predicación acerca de Cristo no había defraudado a nadie. En tal caso, Cristo había excedido con mucho todo cuanto Juan hubiera podido decir de él. De este modo había preparado el terreno para que muchos otros llegaran a creer en él.
El Señor dijo que Juan el Bautista era el más grande profeta que había nacido de mujer (Mt 11:11). En parte esto se debió a que habló fielmente acerca de Cristo, sin temer las amenazas del mundo ni dejarse seducir por sus alabanzas. Los milagros no son necesarios para que una vida sea grande. Juan el Bautista no hizo ninguno, y seguramente nosotros tampoco, pero que hermoso sería que sobre nuestras tumbas pudieran escribir esta frase: "Todo lo que éste dijo de Jesús era verdad", y que por nuestro testimonio muchos hayan llegado a creer en Cristo. ¿Qué aspiración más grande que esta puede tener un hombre o una mujer?

Preguntas

1. ¿Le parece que los judíos fueron sinceros cuando le pidieron a Jesús que les declarase claramente si él era el Cristo? ¿Qué podían estar buscando? ¿Por qué el Señor no les contestó a lo que le pedían? ¿Qué conclusiones se desprenden de la respuesta del Señor? Razone sus contestaciones.
2. ¿Qué evidencias vemos de la incredulidad y endurecimiento de los judíos en este pasaje?
3. En esta lección se han tratado dos posibles interpretaciones de la frase "Mi Padre que me las dio". Explique con sus propias palabras cómo se entienden los siguientes temas desde cada uno de los dos puntos de vista:
  • ¿Cuál es el criterio seguido para hacer la distinción entre unas ovejas y otras, entre los creyentes y los inconversos?
  • ¿Puede el hombre tomar la decisión por sí mismo de seguir a Cristo o es una decisión que sólo puede tomar Dios en su soberanía?
  • ¿Qué significa estar muerto espiritualmente?
  • ¿Cuál es la labor del Espíritu Santo antes de la conversión?
  • ¿Es la fe una obra que añadimos a nuestra salvación?
4. Investigue por su cuenta qué creen los "Testigos de Jehová" sobre quién es el Señor Jesucristo. Haga lo mismo con los "cristianos unitarios". Explíquelo a continuación. ¿Por qué este pasaje contradice ambas posturas?
5. ¿Le parece que tener fe en el Señor Jesucristo es algo absurdo o irracional? Razone su respuesta.

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