Estudio bíblico: ¿Nos podemos fiar de los Evangelios? -

Serie:   La Biblia   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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¿Nos podemos fiar de los Evangelios?

Introducción

Es un hecho muy triste que aunque en nuestra cultura todo el mundo ha oído hablar de Jesús, sin embargo, hay muy pocas personas que tengan una idea clara de quién fue realmente.
Esto se debe fundamentalmente a dos factores principales. Por un lado, cada vez hay un mayor desconocimiento de la Biblia, y por otro, en una cultura como la nuestra, centrada básicamente en el ocio, las pocas referencias que muchas personas tienen de Jesús son las que reciben a través de las películas, las novelas y algunas fiestas populares llamadas cristianas.
El resultado de todo esto es muy preocupante, ya que no sólo hay un desconocimiento casi absoluto sobre Jesús, sino que lo poco que la gente sabe de él, lo ha obtenido de fuentes nada fiables.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? Bueno, en primer lugar, porque son pocas las personas que están dispuestas a hacer ni siquiera un pequeño esfuerzo intelectual para averiguar que evidencias históricas y documentales hay sobre la persona de Jesús. En segundo lugar, durante las últimas décadas hemos sido testigos de una campaña bien orquestada para poner en duda la historicidad de los evangelios y también de la persona de Jesús. Muchos de estos esfuerzos han sido protagonizados en ocasiones por afamados teólogos liberales a los que se les ha dado mucha publicidad en la prensa, la televisión y el cine. Y en tercer lugar, vivimos en un momento en que hay una fiebre constante por lo novedoso y lo sensacionalista. Esto ha ayudado mucho para que todo aquel que plantee una nueva teoría sobre la persona de Jesús sea escuchado inmediatamente. Porque no cabe duda de que la gente de nuestro tiempo prefiere lo nuevo a lo viejo. Si se les da a elegir entre una novela de ficción como "El código Da Vinci" o los Evangelios, la mayoría preferirán la primera opción. Poco parece importarles que los evangelios fueran escritos por personas que vivieron con Jesús, y que por lo tanto fueron testigos presenciales de los hechos que narraron, mientras que la novela mencionada no deja de ser una obra de ficción sin pretensiones históricas. ¿Con qué criterio se acepta como verdad lo escrito en una novela, mientras se cuestiona lo que dicen los propios evangelios?
Con el fin de intentar volver a colocar cada cosa en su justo lugar, a lo largo de este trabajo vamos a analizar algunas de las nuevas teorías que los críticos liberales modernos han inventado acerca de la composición de los Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) y las analizaremos a la luz de los hechos históricos.

El proceso de composición de los evangelios según los críticos liberales

¿Cómo llegaron a formarse los cuatro evangelios canónicos tal como los conocemos hoy? Los críticos dividen este proceso en tres etapas diferentes, y aparentemente todo parece estar sustentado por una lógica impecable, no obstante, después veremos que sus razonamientos intelectuales no se corresponden con los hechos históricos de los que tenemos constancia.
1. Primera etapa
Los apóstoles y discípulos que habían tratado directamente con Jesús y que habían sido testigos oculares de su vida, después de su muerte llevaron a cabo una labor de predicación que se extendió hasta el año 65 aproximadamente.
Ellos no escribieron nada, porque no debemos olvidar que Jesús los había enviado a predicar, no a escribir.
Esta predicación sobre Jesús daría lugar a que surgiera lo que se ha llamado la primera tradición oral. Fue también en este momento cuando se produjo la primera distorsión de los hechos, ya que la memoria no puede preservar con precisión los hechos y mucho menos los dichos de los cuales ha sido testigo.
Era la época en la que comenzaban su andadura las primeras comunidades cristianas.
2. Segunda etapa
La mayoría de las historias y dichos de Jesús eran recordados como párrafos orales independientes que eran alterados según las necesidades de las diferentes iglesias, sin tener mucha preocupación por las bases históricas del material.
Durante este período oral se perdió mucho, mucho se cambió y mucho puede haber sido añadido a esa tradición oral.
Fue entonces cuando surgió entre las iglesias la preocupación por poner por escrito esas tradiciones.
Inicialmente sólo se elaborarían pequeñas unidades narrativas en las que se agruparían milagros, dichos de Jesús, parábolas, etc. Y es posible que muy tempranamente surgiera un primitivo texto de la pasión.
Era el tiempo en que el Cristianismo se difundía fuera de Palestina, en el mundo griego. Y como era de esperar, estas unidades fueron tomando paulatinamente la forma de leyendas, relatos, mitos o parábolas, para adaptarse a las características estilísticas del helenismo y de su religión.
Esto es comprensible si recordamos que la comunidad cristiana era analfabeta y por lo tanto muy vulnerable. Se trataba de personas que realmente no tenían interés por la verdadera historia de Jesús y que además estaban bajo una tremenda influencia del gnosticismo.
Por lo tanto, sus escritos no pasaban de ser propaganda religiosa con la que proclamaban su fe.
3. Tercera etapa
Se llega finalmente a la composición de los evangelios tal como los conocemos hoy.
Para ello, los editores unirían las diferentes recopilaciones existentes, empezando seguramente por el relato de la Pasión y Muerte de Jesús, al que añadirían otro con sus palabras (en particular las parábolas y las controversias) y otro más con sus obras (relatos de sanidades y milagros).
Por lo tanto, los evangelistas no fueron testigos visuales de lo narrado, sino simples recopiladores cuya labor consistió en unir las diferentes tradiciones orales mientras creaban una estructura literaria que se adaptara a las necesidades de las comunidades para las que escribían.
Su propósito era componer una obra literaria con intenciones teológicas, absolutamente desligada de elementos históricos.
Así pues, no podemos hablar de obras unitarias, sino de colecciones de pequeñas unidades que conservan los rasgos y géneros literarios de los anuncios orales.
Las fechas de redacción serían las siguientes: el evangelio de Marcos alrededor del año 70, los de Mateo y Lucas entre los años 80 y 90, y el de Juan alrededor del año 100.
Finalmente la Iglesia reconoció aquellos libros como "canónicos" porque expresaban sus mismas creencias, y descartaron el resto como "apócrifos".

¿Cuáles son las presuposiciones de los críticos?

Como acabamos de ver, los críticos modernos afirman que los primeros cristianos no estaban interesados en informar a la humanidad acerca de la historia de Jesús en una forma objetiva. Lo único que pretendían era ganar para la salvación al mayor número posible de personas justo antes del fin del mundo, que ellos creían estaba cerca. Por lo tanto, los Evangelios son la interpretación de lo que la iglesia creía y sobre los que se fundaba su fe.
Dudan de si los evangelistas podían distinguir entre hechos y ficción y si realmente querían hacer esa diferenciación. De hecho, todos concuerdan en que los primeros discípulos de Jesús eran tan ignorantes en el método literario y tan indiferentes al género biográfico o histórico que serían incapaces de poder perpetuar la memoria de su Maestro.
Que las pequeñas unidades o episodios que circularon inicialmente, fueron tomando gradualmente la forma de varios tipos de literatura folclórica, como las leyendas, los cuentos, los mitos y las parábolas.
La formación de la tradición acerca de Jesús fue mayormente un proceso comunitario. Cuando la comunidad tenía un problema, creaba o preservaba un dicho o episodio de la vida de Jesús que satisficiera las necesidades exigidas por el problema.
Los evangelistas no fueron tanto escritores como editores de los cuatro Evangelios. Tomaron estas pequeñas unidades y las colocaron dentro de un marco artificial, a fin de servir de ayuda a la predicación y la enseñanza. Los evangelios canónicos son documentos tardíos y no se puede confiar en ellos.
El método histórico de investigación bíblica debe descartar cualquier elemento milagroso. Los milagros deben entenderse como "mitos", no como hechos históricos. Ellos no creen en lo sobrenatural y por lo tanto afirman que es imposible que los milagros registrados en los Evangelios fueran realizados por Jesús. De manera particular, y muy importante, dicen que el relato de la resurrección de Jesús no corresponde con la realidad histórica.
Se acepta con menor exigencia crítica el testimonio de escritos extrabíblicos, judíos o profanos, que se toman como fuente fiable de conocimiento sobre Jesús y sobre las primeras generaciones cristianas. Así que otorgan una mayor credibilidad a los evangelios apócrifos que a los canónicos.

¿Qué queda de Jesús después de aplicar las presuposiciones de los críticos liberales?

Queda muy poco, tan sólo un residuo inofensivo: Jesús de Galilea, que pensó que era profeta, que debió haber hablado y actuado de esa manera, sin que podamos determinar lo que realmente dijo o cómo realmente actuó, quien al final murió en una forma lamentable. Todo lo demás, su origen divino, su misión salvadora, sus palabras y milagros que probaban estas cosas y, finalmente, su resurrección, todo esto es pura ficción. Son cosas que proceden de la fe y la adoración, cosas revestidas con la tradición legendaria, que se formó en el curso de la predicación y de las disputas de la comunidad primitiva.
Jesús fue un campesino palestino del siglo primero arrastrado por las fuerzas políticas y económicas de su tiempo. Analfabeto, pero carismático, logró influenciar a muchos de su entorno.
En este perfil Jesús es el hombre (un completo ser humano sin rasgos ni pretensiones de divinidad) con la habilidad de narrar historias y de formular aforismos que iluminaban a sus oyentes. Su enseñanza contracultural halló terreno fértil en Palestina con su mensaje del Reino de Dios que iba a ser instaurado. Nada hubo en sus palabras sobre su propia muerte o su resurrección.
Por lo tanto, ellos nos exhortan a diferenciar entre el "Jesús histórico" y el "Jesús de la fe".
  • El "Jesús histórico" fue el hombre que desafió las costumbres religiosas de ésa época, pero al que no se le atribuye nada sobrenatural.
  • El "Jesús de la fe" es de quien se dice que fue un ser divino que hacía milagros, pero que en realidad fueron inventados por sus seguidores para afirmar su divinidad.
Un sector importante de la sociedad moderna ha recibido a este "Jesús" con los brazos abiertos. Este éxito se debe a que hay tantas versiones del personaje histórico como religiones o ideas. Cada grupo tiene su propio "Jesús" y lo amolda a sus propias creencias o ideologías. Un Jesús de amor, un Jesús revolucionario, el que en los evangelios bendice a los niños o el que echa a los mercaderes del templo, el Jesús político, el Jesús de las masas, el Jesús de la religión cristiana, el Jesús de los Evangelios o el de San Pablo, el de la Iglesia Católica, el de la fe o el de la historia.
Las revistas de noticias principales, especialmente durante las épocas de celebraciones religiosas, publican las conclusiones de estos llamados "eruditos".

¿Qué respondemos a los críticos liberales?

1. Los apóstoles fueron preparados por el Señor para ser sus testigos "oficiales" ante el mundo
La primera cosa que no podemos aceptar es la afirmación que hacen los críticos en cuanto a que los apóstoles no estaban interesados en informar a la humanidad acerca de la historia de Jesús en una forma objetiva. Nos preguntarnos en qué basan sus conclusiones, porque su postura ignora una serie de evidencias que debemos analizar en detalle:
En primer lugar, el llamamiento, formación y entrenamiento que el mismo Señor Jesús llevó a cabo con doce hombres a los que constituyó apóstoles, fue precisamente con la finalidad de ser testigos autorizados de su vida y enseñanza a las generaciones posteriores.
(Mr 3:13-19) "Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios: a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa."
El haber estado con Jesús a lo largo de todo su ministerio era un requisito imprescindible para ser apóstol, puesto que el hecho de ser apóstol implicaba necesariamente ser un testigo oficial de Jesús. No cabe duda de que así lo entendieron ellos, y por eso, cuando fue necesario sustituir a Judas para completar el número de los doce apóstoles, vemos que el requisito exigido fue que hubiera acompañado a Jesús desde el comienzo de su ministerio cuando fue bautizado por Juan el Bautista hasta su resurrección y ascensión al cielo.
(Hch 1:21-22) "Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección."
En segundo lugar, antes de que el Señor partiera de este mundo, ya había preparado a sus discípulos para la tarea de dar testimonio de él. Con ese fin llevó a cabo varios periodos de entrenamiento práctico con sus discípulos que él mismo supervisó y que tenían como objetivo capacitarlos para la importante labor que más tarde tendrían que llevar a cabo de dar testimonio de él "hasta lo último de la tierra" (Hch 1:8), y de enseñar a las siguientes generaciones a que guardasen todas las cosas que él les había mandado (Mt 28:20).
En cuanto a estos periodos de entrenamiento debemos subrayar algunos detalles:
  • Los evangelios recogen varias ocasiones, no sólo una, en que Jesús los envió solos a predicar (Mr 6:7-16). Incluso en alguna de ellas no sólo envió a los doce sino a setenta (Lc 10:1-12).
  • Antes de enviarlos les dio numerosas instrucciones de cómo deberían llevar a cabo esta labor (Mt 10:5-42).
  • Después de cada uno de estos viajes se reunieron con Jesús y él supervisó su trabajo (Mr 6:30-32) (Lc 10:17-24).
Y en tercer lugar, antes de partir de este mundo, el Señor Jesucristo les prometió que en esta labor de dar testimonio al mundo, serían ayudados por el Espíritu Santo, que les enseñaría y recordaría todas las cosas que él les había dicho:
(Jn 14:26) "Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho."
(Jn 15:26-27) "Pero cuando venta el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio."
2. La transmisión oral anterior a la redacción de los evangelios fue llevada a cabo por los apóstoles o con su supervisión
Los críticos se esfuerzan en hacernos creer que en la primera etapa de la transmisión del evangelio, cuando ésta se realizaba de forma oral, hubo una enorme distorsión de los hechos reales relacionados con la persona de Jesús. Pero esto tampoco se corresponde con la realidad. Consideremos algunas cuestiones relacionadas con ese periodo.
Las primeras predicaciones orales tuvieron lugar en Jerusalén frente a aquellos judíos que habían sido testigos directos de lo que Jesús había dicho y hecho. En ese ámbito, si la verdad estaba siendo cambiada o exagerada, ellos lo sabrían muy bien, y habrían protestado inmediatamente. Pero el hecho es que nadie dijo nada en contra, sino que por el contrario, en las primeras predicaciones en las que el apóstol Pedro habló acerca de los milagros de Jesús, y especialmente de su resurrección, hubo miles de personas que se convirtieron a él:
(Hch 2:22-24) "Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella."
Es curioso que las propias autoridades judías que habían crucificado a Jesús no pudieron tampoco negar los hechos que los apóstoles predicaban, de tal modo que él único recurso que encontraron para frenar el testimonio de los apóstoles fue la amenaza acompañada por la violencia, lo que evidenciaba su falta de otros argumentos:
(Hch 4:10-18) "Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano? Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús."
Más tarde, cuando el evangelio comenzó a predicarse de forma oral fuera de Jerusalén y Judea, lo que podría haber dado lugar a cierta distorsión de los hechos, debemos notar que fueron los mismos apóstoles quienes se encargaron directamente de llevar a cabo esta extensión y la supervisión de lo que otros discípulos estaban haciendo.
(Hch 8:14-15) "Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo."
(Hch 11:19-22) "Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía."
A partir de aquí, el libro de los Hechos de los Apóstoles describe el avance del Evangelio en zonas mayormente gentiles. Esta extensión se llevó a cabo en un principio por Pablo y Bernabé, y más tarde por Pablo y Silas. Tanto Bernabé como Silas provenían de Jerusalén y estaban en estrecho contacto con los apóstoles. Por su parte, Pablo contaba también con el reconocimiento de los apóstoles que habían sido antes que él (Ga 2:6-9).
En este punto es interesante notar también que antes de que los cuatro evangelios canónicos circularan libremente, el apóstol Pablo ya había escrito las epístolas que tenemos recogidas en el Nuevo Testamento. Las fechas de sus cartas oscilan aproximadamente entre el 48 y el 60 después de Cristo, es decir, entre unos 18 y 30 años después de la ascensión del Señor. Y en ellas el apóstol hace numerosas referencias a diferentes dichos y hechos de Jesús que después fueron registrados en los evangelios. En ellas apreciamos también que no hay ninguna distorsión o diferencia con lo que los evangelios nos dicen acerca de Jesús. Por ejemplo:
  • Que fue descendiente de David (Ro 1:3).
  • La institución memorial de su muerte (1 Co 11:23-26).
  • Que fue crucificado (Fil 2:8) (1 Co 1:23) (Ga 3:13) (Ga 6:14).
  • Que resucitó (Ro 4:24-25) (Ro 6:9).
  • Hace referencia a los testigos de su resurrección (1 Co 15:3-7).
  • Habla de su modestia y mansedumbre (2 Co 10:1), y recuerda las palabras del Maestro en el evangelio: "aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11:29).
  • Del mismo modo que Cristo pide a los discípulos que se nieguen a sí mismos (Mr 8:34), Pablo dice que "ni aun Cristo se agradó a sí mismo" (Ro 15:3).
  • Lo mismo podríamos decir respecto a su actitud de servicio a los demás y a todas las características de Cristo; así no es extraño que el apóstol apele constantemente a imitar el ejemplo de Cristo (1 Co 11:1) y a vestirnos de su persona (Ro 13:14).
  • En algunos casos cita las palabras de Jesús en su enseñanza: Sobre el casamiento y el divorcio (1 Co 7:10), sobre el derecho de los ministros a tener sus necesidades materiales cubiertas (1 Co 9:14) (1 Ti 5:18), y sobre la institución del memorial del Señor (1 Co 11:23-26).
Podemos concluir, por lo tanto, que la transmisión oral anterior a la redacción de los evangelios, se llevó a cabo con todas las garantías, siendo los apóstoles quienes se encargaron directamente de su supervisión.
3. Los evangelios canónicos fueron escritos por los apóstoles o bajo su supervisión
Los críticos modernos afirman que los Evangelios son obras anónimas, formadas en las primeras comunidades a partir de la tradición oral en un momento en que ésta ya había sido adulterada. De esta manera convierten los evangelios en meras leyendas con un pequeño residuo de auténtico contenido histórico.
Pero al separar a Mateo, Marcos, Lucas y Juan de los Evangelios que llevan su nombre, los críticos no tienen en cuenta un buen número de evidencias que ahora explicamos brevemente.
En primer lugar, no podemos estar de acuerdo con aquellos que piensan que los evangelistas se dedicaron a llevar a cabo una labor de "copiar y pegar" textos o tradiciones orales compuestas por otros. De haber sido así, no nos encontraríamos con una obra coherente, bien estructurada y con un estilo único que hace que cada evangelio sea una composición literaria diferente de las demás a la vez que conserva su unidad esencial.
En segundo lugar, los críticos modernos afirman y dan por hecho que existió una recopilación escrita de tradiciones orales previa a la composición de los evangelios canónicos, un documento al que ellos se refieren como la "Fuente Q", y del que más tarde los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas tomaron gran parte del material que figura en ellos. Sin embargo, el hecho objetivo es que no hay absolutamente ninguna evidencia de la existencia de tal documento. Pero aun así, a base de repetir su teoría infinidad de veces, quieren elevarla al nivel de hecho histórico, sin aportar ninguna evidencia. Pero nosotros no podemos confundir la realidad con las invenciones subjetivas, aunque éstas vengan de académicos de renombre. De hecho, cuando siguen este procedimiento, lo único que están poniendo en duda es su verdadero nivel académico. Es patético ver la cantidad de debates que estos pretendidos "eruditos" llevan a cabo sobre la base de suposiciones no demostradas. Da la sensación de que para ellos esto es una especie de juego académico.
En tercer lugar, atribuir la autoría de los evangelios canónicos a la comunidad es algo que carece de base histórica o documental. Es una afirmación gratuita que ellos no pueden demostrar y nosotros no podemos aceptar.
En cuarto lugar, ignoran también el testimonio de los propios apóstoles, quienes con fidelidad y honradez llevaron a cabo la misión encomendada por el Señor Jesucristo de conservar y transmitir la verdadera historia de la que ellos mismos habían sido testigos:
(2 P 1:16) "Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad."
(Jn 20:30-31) "Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre."
(Jn 21:24) "Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero."
(1 Jn 1:1-4) "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido."
En quinto lugar, no tienen en cuenta tampoco el testimonio de los "Padres de la Iglesia" que afirman la autoría apostólica de los Evangelios. Ellos escribieron entre finales del primer siglo y la primera mitad del segundo y hacen numerosas referencias directas o indirectas al Nuevo Testamento; con ellas casi podríamos reconstruir los dichos de Jesús, confirmando así sus hechos y enseñanzas más importantes.
Estas referencias sugieren ya el uso de los evangelios como documentos escritos que circulaban en las iglesias durante el primer siglo, pero lo que aún es más importante, demuestran un conocimiento perfecto de las enseñanzas, dichos y obras de Jesús tal como están en nuestros evangelios.
Lamentablemente, como a los críticos no les gusta esta evidencia que contradice sus teorías, cuando mencionan estos testimonios es únicamente para ponerlos en duda o criticarlos, pero no debemos olvidar que se trata de información histórica muy antigua, la cual siempre es preferible a montones de libros llenos de conjeturas "eruditas" modernas.
A la luz de toda esta información, podemos concluir que los evangelios canónicos fueron escritos realmente por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, quienes fueron testigos directos de la vida de Jesús o escribieron bajo la supervisión de los apóstoles.
  • Mateo y Juan redactaron principalmente sus evangelios en base a sus propios recuerdos, avivados éstos por el Espíritu Santo.
  • Hay suficientes evidencias para creer que Juan Marcos recogió en el Evangelio que lleva su nombre las enseñanzas del apóstol Pedro.
  • Y Lucas, no siendo testigo ocular de los hechos, se dedicó a una concienzuda labor de investigación, interrogando a testigos y examinando escritos. Sus estrechas relaciones con Pablo prestan autoridad apostólica a sus escritos.
4. Los evangelistas no eran personas analfabetas e ignorantes
Los críticos modernos atribuyen la autoría de los evangelios canónicos a las iglesias primitivas. Según ellos, nos encontramos ante unas obras anónimas que son fruto de la iniciativa de varios grupos dispersos en un amplio panorama geográfico, cultural y religioso. Afirman además, que estos autores desconocidos eran gente ignorante y analfabeta, incapaces de distinguir entre los hechos y la ficción, y sobre todo, de dudosa moralidad, ya que no tenían reparos en cambiar la verdadera historia de Jesús si con ello veían cómo otros aceptaban sus creencias.
Habiendo dicho esto, y después de leer con detenimiento los Evangelios, tenemos que concluir que estamos ante un verdadero milagro. ¿De qué otra manera podríamos explicar que estas cuatro obras literarias guarden tanta unidad y coherencia entre sí habiendo sido escritas en circunstancias tan diversas y por autores no conocidos entre sí y además bastante mentirosos e incultos?
Por otro lado, además de negar la autoría apostólica de los Evangelios, la crítica moderna cuestiona la capacidad intelectual de los evangelistas para escribir una obra histórica o biográfica. Pero siguiendo sus mismas presuposiciones, tenemos que decir que es imposible juzgar a alguien a quien no se conoce. Si realmente fueran ciertas las suposiciones de los críticos en el sentido de que los evangelios son obras anónimas, compuestas por un número indeterminado de comunidades cristianas y recogidas finalmente por unos evangelistas igualmente anónimos, nos preguntamos cómo con esta falta de información tan fundamental acerca de quiénes fueron los autores y cuál era su formación intelectual, experiencia y capacidad, pueden afirmar que eran unos pobres incultos. ¿Cómo pueden estar seguros de que dentro de esas comunidades no había nadie con capacidad suficiente para llevar a cabo una labor de este tipo? ¿No es un juicio así algo puramente arbitrario e injusto?
Ahora bien, como ya hemos tenido ocasión de considerar, no hay razones para creer que los Evangelios sean obras anónimas, por lo tanto, la siguiente pregunta que tendremos que hacernos es si Mateo, Marcos, Lucas y Juan tenían capacidad para escribir una obra histórica.
Examinemos el caso de Lucas y volvamos a leer la introducción que hace a su Evangelio:
(Lc 1:1-4) "Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido."
La forma de escribir de Lucas y la referencia al "excelentísimo Teófilo", nos confirman en el hecho de que no todos en la iglesia primitiva eran analfabetos. De hecho, notemos que Lucas afirma que hubo muchos que lo habían intentado antes que él.
Por otro lado, fijémonos que Lucas se propuso elaborar un relato estricto a nivel histórico, que siguiera las reglas de la historiografía helenística.
  • Primeramente investigando todas las cosas por uno mismo (es decir, realizar una documentación).
  • Examinar las cosas desde sus orígenes (es decir, retrotraerse lo bastante como para entender en qué punto entra Jesús en la causa y efecto de la historia).
  • Y escribir un relato ordenado.
Cuando estudiamos su obra vemos que sigue una ordenación cronológica y en ocasiones trata su material por regiones. Además, la investigación de un buen número de eruditos ha demostrado que la obra de Lucas es históricamente confiable, o mejor dicho, históricamente precisa.
Descubrimos una riqueza de material que sugiere que el autor estaba familiarizado con los lugares y los tiempos particulares de ese entonces. Muchas de estas conexiones han salido a la luz recientemente con la publicación de nuevas colecciones de papiros e inscripciones. Todo esto apoya la confiabilidad del relato, por medio de detalles tejidos en el relato en una forma tan intrincada y, a menudo, involuntaria.
Por último, en relación a esto, los críticos modernos afirman que los escritores de los evangelios no sabían diferenciar entre los hechos y la ficción, algo que también es completamente falso. Veamos lo que escribió el apóstol Pedro:
(2 P 1:16) "Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad."
En cualquier caso, si los Evangelios fueran la obra de unos pobres analfabetos, su lectura no habría dejado impresionados a multitud de generaciones en todo el mundo.
5. A los primeros cristianos sí les importaba la verdad histórica
Los críticos nos dicen que los evangelistas vivieron en una época en que la exactitud histórica no era importante y por lo tanto, ellos tampoco se esforzaron en ser rigurosos con la verdad de los hechos.
Primeramente tenemos que aclarar que la exactitud histórica sí que era valorada en esa época. Entre los escritores griegos, muchos hablaron de la importancia de entregar un relato fidedigno de lo ocurrido. Además, los historiadores antiguos rápidamente censuraban a otros escritores si éstos entregaban relatos inexactos.
Pero si así era entre los historiadores paganos, mucho más entre los evangelistas cristianos. No olvidemos las altas normas morales y éticas con las que estaban comprometidos y que enseñaban como parte fundamental de su mensaje.
(Mt 5:37) "Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es de más de esto, de mal procede."
(Stg 5:12) "Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación."
(Col 3:9) "No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos."
(Ef 4:25) "Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros."
Por lo tanto, no esperaríamos encontrar a los mismos escritores del Nuevo Testamento siendo acusados de falsificación, o de haber inventado algo que realmente no ocurrió. No olvidemos además, que ellos estaban escribiendo cuando muchos de los testigos de los hechos todavía estaban vivos. Veamos lo que dice el apóstol Pablo acerca de la resurrección de Jesús:
(1 Co 15:3-6) "Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen."
Es como si Pablo estuviese diciendo: "vosotros mismos podéis preguntarles".
Resulta incomprensible creer que al cristianismo primitivo no le importaba la verdadera historia. ¿Cómo sería posible que ante unos hechos significativamente alterados nadie objetara nada al respecto y se aceptaran sin más?
Pero lo que aún es más grave, ¿cómo podemos creer que generaciones enteras de creyentes estuvieran dispuestos a sufrir y aún morir por algo que ellos mismos habían inventado? Lo que podemos concluir es que era precisamente porque estaban totalmente seguros de que lo que creían era la verdad, que no dudaron en aceptar cualquier tipo de sufrimiento.
Y no sólo los primeros cristianos estaban interesados en lo histórico, sino que toda la revelación bíblica se fundamenta sobre hechos históricos. Esto es así porque la Biblia no sólo hace afirmaciones sobre la naturaleza de Dios que nadie puede comprobar, sino que recoge intervenciones históricas de Dios que los hombres pudieron ver e investigar.
De hecho, toda la revelación bíblica está comprometida con la historia, a tal punto que si los hechos se demuestran falsos, la fe se vuelve vana. Este es el argumento de Pablo cuando trata de la resurrección histórica de Cristo y vincula a ella la futura resurrección de los cristianos.
(1 Co 15:14) "Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe."
Todo el Nuevo Testamento sostiene la unidad entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe.
6. Los evangelios no surgieron a raíz de la enseñanza de las primeras iglesias
Los críticos afirman que las primeras comunidades cristianas proyectaban en las enseñanzas de Jesús sus propias ideas. Consideran que los Evangelios dicen más de la iglesia primitiva y sus problemas que de Jesús.
Esta es una teoría que no se sostiene ante un examen minucioso. Destaquemos algunos puntos.
  • ¿Por qué introducir en los evangelios material irrelevante para los problemas de las primeras iglesias donde supuestamente se formaron los Evangelios? Por ejemplo, las controversias de Jesús con los fariseos en temas como los del día de reposo no eran relevantes en las fechas en que se escribieron los evangelios, según los propios críticos liberales.
  • Y por el contrario, ¿por qué no tratan los temas que realmente preocuparon a las iglesias? Si los evangelios responden a la situación de la iglesia, entonces fallaron al no resolver cuestiones que se plantearon desde los orígenes; por ejemplo, no hallamos apenas palabras puestas por los evangelios en labios de Jesús para resolver problemas acerca de la circuncisión de los gentiles, tampoco acerca de los problemas de los dones carismáticos, del bautismo, de las leyes sobre las comidas, la misión a los gentiles, la relación con el estado, las reglas para gobernar las iglesias, etc.
Por lo tanto, alegar que, en medio de sus disputas y preocupaciones, los primeros cristianos crearon afirmaciones y las atribuyeron a Jesús, no cuadra con la evidencia del Nuevo Testamento.
Y en cualquier caso, ¿de qué servirían historias y dichos ficticios para resolver problemas reales?
7. No se pueden comparar los evangelios apócrifos con los evangelios canónicos
Un factor clave en todo este debate radica en el hecho de que los críticos confieren mayor credibilidad a los evangelios apócrifos que a los evangelios canónicos. ¿Es esto razonable? ¿Qué les mueve a tomar esta postura?
Empecemos por explicar que los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) son las biografías históricas más antiguas que tenemos de Jesús. Todos ellos fueron escritos y circularon ampliamente por las iglesias antes de que terminara el primer siglo. Su autoridad se debe a que fueron escritos por los apóstoles que vivieron con Jesús, o bajo su supervisión directa. Por esta razón, cuando los comparamos entre sí, nos damos cuenta de que nos proporcionan una imagen única y coherente de Jesús.
Por el contrario, los evangelios apócrifos fueron escritos a partir de finales del segundo siglo. Por supuesto, sus autores no tuvieron contacto directo con Jesús ni tampoco estaban respaldados por los apóstoles. Al leerlos nos damos cuenta de que son composiciones muy diferentes entre sí, variando desde las narraciones novelescas de maravillas improbables relacionadas con el nacimiento y la niñez de Jesús, hasta elaborados discursos de cosmología gnóstica que son presentados como las enseñanzas de Jesús después de su resurrección. En realidad, un alto porcentaje de estos trabajos fueron adaptaciones al cristianismo de escritos paganos de origen gnóstico, y otros son una amalgama de elementos de otras tradiciones y religiones que estaban en auge al final del segundo siglo y durante el tercero.
De ninguna manera se puede decir que sean documentos históricos, sino que usan la figura histórica de Jesús para introducir su propia ideología. De hecho, los evangelios apócrifos se fundamentan sobre los evangelios canónicos, que evidentemente son muy anteriores, citándolos en numerosas ocasiones pero cambiando su significado de manera que sirvan para justificar sus doctrinas y su propia posición filosófica y religiosa. No hay duda de que el propósito de los autores de los evangelios apócrifos era ganar adhesiones para sus propias doctrinas y filosofías usando la autoridad apostólica o la del mismo Jesús. Respecto a esto, es interesante notar que todos los géneros de escritos del Nuevo Testamento (Evangelios, Hechos, Epístolas y Apocalipsis) tienen su correspondiente versión apócrifa.
Por todo esto, el retrato que hacen de la persona de Jesús y de su mensaje es muy diferente del que encontramos en los evangelios canónicos.
Pero no deja de ser un hecho insólito que a pesar de las grandes diferencias que existen entre los evangelios canónicos y los apócrifos, los teólogos liberales los coloquen a la misma altura, y que de hecho, les parezcan más fiables los evangelios apócrifos. Esto nos resulta totalmente incomprensible. ¿Por qué descartan aquellos documentos que fueron escritos en fechas más cercanas a los hechos históricos a los que se refieren, para preferir documentos escritos dos siglos después? Todo buen historiador sabe que los textos más próximos a los hechos que recoge tienen una mayor probabilidad de ser más exactos. ¿Por qué los críticos liberales abandonan esta buena práctica? ¿Y por qué prefieren los evangelios apócrifos, de los que no sólo se desconoce su verdadero autor, sino que quienes los escribieron intentaron suplantar a otras personas con el único fin de conseguir mayor popularidad y aceptación para sus ideas?
Pero aunque en el siglo XXI estos críticos modernos den prioridad a los evangelios apócrifos, hay que decir que los primeros cristianos, que vivieron estos hechos mucho más de cerca que nosotros, combatieron enérgicamente estos escritos como obras fraudulentas desde una perspectiva histórica y doctrinal.
Además, es importante señalar que ninguno de estos escritos fue incluido en el canon de la Biblia. Las razones fueron tres. En primer lugar, porque no se consideró adecuado ningún documento escrito después del año 120 d.C., ya que evidentemente no podría contar con el respaldo de los apóstoles que habían sido testigos directos de la vida de Jesús. Y evidentemente, los evangelios apócrifos fueron obras escritas muchos años después. En segundo lugar, otro criterio determinante para su aceptación en el canon fue que de manera indiscutible hubiera sido aceptado como auténtico por las primeras generaciones de cristianos. En este sentido los evangelios canónicos fueron de los primeros documentos en ser incorporados debido a su amplio reconocimiento y uso entre las iglesias del primer siglo. Por el contrario, los evangelios apócrifos fueron duramente atacados en los escritos de muchos cristianos de la época. Y en tercer lugar, también fue examinada la ortodoxia doctrinal de los escritos, y mientras que los evangelios canónicos guardaban una clara unidad entre sí y también con el resto de la Biblia, los evangelios apócrifos expresaban pensamientos filosóficos ajenos al cristianismo.
Por lo tanto, los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan se convirtieron en canónicos, no porque lo decidiera Constantino en el siglo IV, sino porque ya habían sido reconocidos como tales siglos antes debido a que procedían de los apóstoles que habían vivido con Jesús. Eran escritos que impresionaron tanto a sus primeros lectores/oyentes, dada su capacidad para fundar y sostener iglesias, que los conservaron, releyeron, meditaron y distribuyeron ampliamente. En otras palabras, estos textos ejercieron una función reformadora, definitoria y canónica desde el principio. Y los mismos escritores cristianos del segundo siglo ya los citaban como textos sagrados que eran normativos para toda la iglesia. Por supuesto, no se puede decir nada parecido de los evangelios apócrifos, que fueron rechazados en la misma medida en que los primeros eran aceptados y divulgados.
¿Por qué pues los críticos liberales prefieren los evangelios apócrifos? Pues básicamente porque sus teorías sólo se pueden sostener con los evangelios apócrifos, y quedan contradichas cuando se refieren a los canónicos.
Por ejemplo, los evangelios apócrifos comenzaron a escribirse a partir del final del siglo segundo, cuando ya había pasado tiempo suficiente para que la verdadera historia acerca de Jesús podía haberse distorsionado. Y es un hecho que leyendo los evangelios apócrifos se percibe una clara mitificación de los hechos milagrosos narrados en los evangelios canónicos. Estos elementos son claves para justificar la postura de los críticos liberales. Sin embargo, si sólo se basaran en los evangelios canónicos, les resultaría imposible sostener sus tesis.
8. ¿Son realmente posibles los milagros?
Otra de las cosas que los críticos modernos aseguran con rotundidad es que los milagros no existen. De hecho, esta es una de sus premisas básicas a la hora de acercarse a los Evangelios y por la que llegan a cuestionar su confiabilidad histórica. Dicen: "Una mente científica no puede aceptar que Jesús pudiera hacer cosas que nadie más ha podido hacer". Estas cosas son reliquias culturales de una era precientífica. La aceptación de los "milagros" en otros tiempos, o incluso en los nuestros, es debido a la ignorancia y a un espíritu poco crítico.
Así que, puesto que los evangelios incluyen numerosos milagros de Jesús como caminar sobre el mar, multiplicar los panes y peces, convertir el agua en vino, resucitar muertos... ellos concluyen que estas historias son falsas y que han de ser interpretadas como si se trataran de metáforas que apuntan hacia verdades espirituales profundas.
Pero esta cuestión es muy importante, porque no sólo los evangelios, sino la Biblia entera afirma que Dios ha intervenido milagrosamente en este mundo en numerosas ocasiones. Así que, tenemos que enfrentarnos necesariamente con la cuestión de si realmente son posibles los milagros.
No es difícil imaginar que la cultura secular moderna se sienta incómoda con esta cosmovisión bíblica y por lo tanto intente sabotear cualquier reclamo de ser considerada como histórica.
Por un lado, el hombre de nuestro tiempo quiere comprender el mundo con su inteligencia, y todo lo que no puede ser entendido así es rechazado. Por esta razón, cuando se enfrenta con los milagros, puesto que no les puede dar una explicación en base a los conocimientos que tiene, entonces los rechaza. Pero este argumento no parece muy lógico. Recordemos las palabras de Albert Einstein: "Cada día sabemos más y entendemos menos". Por lo tanto, lo sabio no sería rechazar lo que no entendemos, ni establecer lo que puede ser cierto o falso en base a nuestra capacidad intelectual.
Por otro lado, los científicos modernos niegan que una cosa que no haya ocurrido anteriormente pueda llegar a ocurrir. Por ejemplo, estudian la resurrección de Jesús y como su experiencia les confirma que nunca alguien a vuelto a la vida después de morir, entonces establecen que Jesús no resucitó y consideran los relatos de los Evangelios como una invención, un mito o una leyenda. Pero una vez más vemos que el límite de lo que puede llegar a suceder se establece en función de la propia experiencia del científico. Nos resulta muy presuntuosa esta actitud que determina la verdad objetiva de los hechos en base a la capacidad intelectual y a la experiencia de los científicos, algo que no deja de ser puramente subjetivo. Finalmente ellos son el baremo último por el que se establece los límites de lo posible. Esta no es una actitud científica.
Además, esto ignora de entrada la experiencia de muchas personas a lo lago de la historia que afirman que los milagros han tenido lugar en sus vidas y siguen teniéndolo. ¿Qué harán los críticos con los millones de personas que no han experimentado sus "límites de lo posible"? Evidentemente, necesitan urgentemente ampliar sus categorías de lo posible.
Imaginemos que por primera vez ocurriera algo que estuviera en contra de toda la experiencia anterior. Según su forma de razonar, automáticamente tendría que ser considerado como falso, aunque fuera verdad.
Pensemos por ejemplo en un caso concreto como el origen del universo. La experiencia uniforme que tenemos nos ha llevado a establecer un principio que nos dice que la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Sin embargo, el universo existe, y a no ser que creamos que la materia es eterna, tendremos que admitir que en algún momento, por primera vez, la experiencia uniforme que nosotros tenemos no funcionó así, y que por alguna causa "milagrosa" toda la materia que forma el universo fue creada. Por lo tanto, si aplicamos los criterios de la ciencia moderna, sólo podemos llegar a dos conclusiones: o la materia es eterna, o el Universo no existe. En cambio, los que creemos en los milagros, sabemos que hay una tercera opción: Dios ha intervenido de forma sobrenatural para crear este mundo. Y del mismo modo creemos que Dios envió a su Hijo al mundo, quien hizo cosas que no eran posibles para los hombres mortales.
Por lo tanto, el principio de "si es milagroso, entonces no es histórico", se trata de un criterio puramente subjetivo sin base científica. Habría que clasificarlo como un prejuicio dogmático que tiene como finalidad sacar a Dios de nuestro mundo.
9. ¿Cuáles son las verdaderas intenciones de los críticos liberales modernos?
En primer lugar, cuando los críticos modernos nos proponen aceptar fechas tardías para la redacción de los evangelios, lo que intentan es crear el tiempo suficiente entre los acontecimientos y su registro por escrito, a fin de asegurase de que los testigos oculares hubieran muerto y se hubiera podido desarrollar una mitología alrededor del fundador del cristianismo. De ese modo quitan toda autoridad a los evangelios, que dejan de ser documentos históricos, para convertirse en mitos y leyendas carentes de confianza. A partir de ahí, una vez que han desacreditado la autoridad de la Biblia, ya no tienen problema en colocar en su lugar sus propias ideas.
En realidad, este es su propósito principal. Su pretendido estudio de la Biblia no está orientado a que las personas puedan conocerla mejor, sino a que la rechacen como Palabra de Dios inspirada de forma sobrenatural. No nos fiemos de sus pretendidos métodos científicos, sino confiemos en la inspiración divina de las Escrituras tal como la misma Palabra afirma:
(2 P 1:20-21) "Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo."
(2 Ti 3:16-17) "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra."
En segundo lugar, sus especulaciones acerca de cómo se formaron los evangelios, intentan apartar también nuestra mirada de la gloriosa persona del Señor Jesucristo para llevarnos a cuestiones interminables sobre ingeniosas teorías académicas que hoy son y mañana serán sustituidas por otras más novedosas. Finalmente, lanzan a la persona que busca a Jesús dentro de un mar de especulaciones que no conduce a ninguna parte. Y como consecuencia, el resultado final será siempre una creciente desilusión.
En tercer lugar, quieren llevarnos a creer que el Hijo de Dios encarnado en Jesús de Nazaret es un producto de la invención de la iglesia, en lugar de ser su Creador y Salvador.
En cuarto lugar, resulta que no hay un solo Jesús, sino muchos, tantos como los estudiosos quieren. Desde sus torres de marfil, los eruditos construyen un "Cristo" a su gusto, un Cristo fácil de aceptar, que no tiene nada de sobrenatural y que por lo tanto tampoco difiere de los líderes de los diferentes sistemas filosóficos. Un Cristo que no hace declaraciones controvertidas ni desafía a las almas de los hombres y mujeres. Un Cristo que encaja cómodamente en la perspectiva personal que uno tenga de la vida sin necesidad de cambiar, ni de arrepentirse de nada. Un Cristo producto de la imaginación humana que tampoco tiene poder para cambiar las vidas.
En tiempos de Pablo ya había algunos que anunciaban un Cristo y un evangelio diferente, pero el apóstol fue contundente en cuanto a ellos:
(Ga 1:6-9) "Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema."
En quinto lugar, no cabe duda de que se complica peligrosamente el acceso a la fe de las personas:
  • Primero porque muchas de las investigaciones y lecturas histórico-críticas quedan fuera del alcance de la mayoría de la gente. De hecho, examinar todos los argumentos de los críticos resulta una tarea imposible.
  • A esto hay que añadir la inmensa variedad de conclusiones a las que llevan sus investigaciones, algunas de ellas opuestas entre sí. Quien intente averiguar la verdad por ese camino, cada vez estará más confuso.
  • Y además, porque se siembra una duda constante sobre lo que si realmente están creyendo es verdadero.
En sexto lugar, se cae en la dictadura de los especialistas, a veces tan solo pendientes de hacer un estudio meramente novedoso.
Tal es el grado de prepotencia intelectual de estos modernos "salvadores" que no dudan en afirmar que todas las generaciones de cristianos anteriores a su llegada que tuvieron fe y siguieron al Señor Jesucristo, en realidad estaban equivocados y creyeron en una mentira. Esto es así porque ellos creen que sólo se puede establecer realmente quién era Jesús por medio de sus ingeniosas investigaciones. Estos "eruditos" se han designado a sí mismos como los únicos actos para descubrir a la humanidad quién era Jesús y qué es lo que tenemos que creer de él. Quién no se deje guiar por ellos es un ignorante y nunca llegará a conocer la verdad.
Evidentemente todo esto está en contraposición con el espíritu con el que Jesús enseñaba:
(Lc 10:21) "En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó."
En séptimo lugar, puesto que esta búsqueda está caracterizada por la subjetividad de las investigaciones, no es posible llegar a conocer realmente al Señor Jesucristo, sino únicamente la visión que nos proporciona de él el último escritor oportunista.
Y esto es así porque realmente su método de investigación no es científico. Si realmente lo fuera, ofrecería interpretaciones consistentes y únicas. Pero la realidad es que entre ellos mismos no consiguen ponerse de acuerdo casi en ningún asunto esencial. Esta es la razón por la que hay tantas conclusiones diferentes. Además, si su método fuera científico, sus resultados podrían ser confirmados o contradichos, algo que realmente resulta imposible. Ellos presentan sus conclusiones como "seguras", pero en realidad no pasan de ser "conjeturas" de pretendidos eruditos que luchan entre sí por ser los últimos en presentar algo novedoso e imaginativo que logre sorprender y llamar la atención dentro de su propia comunidad cerrada de "expertos". Y puesto que su método no es científico, podrán decir lo que quieran sin temor a que nadie pueda demostrarles que están equivocados, pero claro está que nadie podrá confirmar tampoco que sus conclusiones son ciertas. Es triste ver cómo un buen número de académicos parecen divertirse jugando a construir castillos de naipes que finalmente caerán cuando llegue otro "investigador" más ingenioso con una nueva teoría. ¡Cuánta capacidad intelectual malograda!
¿A quién debemos hacer caso? Cada individuo debe decidir a quién creer, si al filósofo erudito que vive siglos después del Jesús que vivió en este mundo, o a aquellos que caminaron con él y murieron por él. Nosotros creemos que ante lo peligroso y dañino que todo esto puede resultar, seguimos recomendando la lectura sencilla de los Evangelios.

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