Estudio bíblico de Zacarías 11:7-16

Zacarías 11:7 - 16

Reanudamos hoy, estimado amigo oyente, nuestro viaje por el libro del profeta Zacarías.

Ya hemos visto en nuestro estudio anterior que Zacarías es el profeta de la esperanza. Su nombre en realidad significa: "El Señor recordó". Es muy interesante recordar que su voz es una de las últimas del Antiguo Testamento. Y paradójicamente, el Nuevo Testamento comienza con un ángel apareciéndose a un hombre llamado Zacarías, un sacerdote, el esposo de Elisabet, la prima de la virgen María, que fue madre de otro profeta: Juan el Bautista. Por tanto, diríamos que este nombre de Zacarías o "El Señor recordó", es muy significativo, porque Zacarías es el profeta de la esperanza.

En nuestro anterior encuentro comentamos que, de la misma manera que existieron en la Biblia verdaderos profetas, también hubo falsos profetas que intentaron confundir y desviar al pueblo de Dios hacia la idolatría y el paganismo.

El capítulo 11 de Zacarías, con el cual comenzamos nuestro estudio en el programa anterior, nos llevó al período del imperio romano en el siglo VI A. C. En el versículo 4 de este capítulo 11, dice así:

"Así ha dicho el Señor mi Dios: Apacienta las ovejas de la matanza"

A partir de este cuarto versículo y hasta el versículo 14 se nos va a presentar la causa de la calamidad descrita en los tres versículos anteriores (del 1 al 3): el rechazo del Pastor Verdadero. Dios usó a Zacarías como un actor que interpretó el papel de un pastor para ilustrar al pastor verdadero, Jesucristo, y el rechazo que padeció.

Aquí vemos como el Señor dijo que Su pueblo debía ser tratado como ovejas engordadas para el sacrificio, cuyos pastores no tenían clemencia y sólo estaban interesados en el dinero que podían obtener a cambio de la carne. De la misma manera, Dios presentó a sus ovejas para la matanza, sin piedad alguna. Y al quedarse sin protección de Dios, quedaron abandonadas al Imperio Romano, al César y a la destrucción de Jerusalén en el año 70 D.C. Recordemos que casi medio millón de judíos perecieron en el ataque romano, y otro medio millón en ataques posteriores producidos a lo largo y a lo ancho de Palestina.

El versículo 7 comienza diciendo:

"Apacenté, pues, las ovejas de la matanza"

A partir de este versículo el profeta Zacarías interpretó el papel dramático que representaba el rechazo de Cristo que finalmente condujo al juicio de Israel, descrito en los tres primeros versículos del capítulo 11.

Y aquí tenemos esta expresión nuevamente, en la que Zacarías afirma haber alimentado al pueblo con la verdad de Dios, lo cual sirvió, como ilustración de lo que el Mesías haría por ellos al venir.

"Apacenté, pues, las ovejas de la matanza, esto es, a los pobres del rebaño."

Esto es en referencia a ese pequeño grupo de entre las doce tribus, que regresaron. Alude también a la idea de que los pobres fueron los únicos que respondieron bien a la alimentación del rebaño, por parte de Jesús, ya que con mansedumbre y humildad no siguieron el orgullo del sacerdote, los escribas y los fariseos de la época. Leamos ahora el versículo 7 completo:

"Apacenté, pues, las ovejas de la matanza, esto es, a los pobres del rebaño. Y tomé para mí dos cayados: al uno puse por nombre Gracia, y al otro Ataduras; y apacenté las ovejas."

Este texto que tenemos aquí resulta muy interesante. ¿Llevó Zacarías a cabo esta acción en realidad? ¿O fue tal vez, sólo un ejemplo o una metáfora ilustrativa?

Amigo oyente, creemos que, efectivamente, el profeta Zacarías llevó a la práctica estas palabras. Ya hemos visto que, de hecho, hubo otros profetas que hicieron lo mismo, por ejemplo, el profeta Ezequiel, el cual quiso simbolizar la realidad de su pueblo y la voluntad de Dios, con la acción de encerrarse dentro de su casa y saliendo de ella a través de una zanja que él mismo cavó.

Hoy día este tipo de manifestaciones se nos podrían antojar divertidas o absurdas, pero en aquella época, los "actos" de un profeta tenían tanta repercusión o "publicidad", como el de sus palabras que lograban, de hecho, una gran difusión debido a lo vistoso y gráfico de la acción realizada.

De la misma forma, el acto simbólico de Zacarías le requirió el uso de dos cayados. Los pastores del antiguo oriente portaban con frecuencia dos callados, uno semejante a una vara larga y puntiaguda, utilizada para mantener alejado a las fieras, y otro como un báculo, con la función de guiar a las ovejas descarriadas. La vara, llamada "Gracia" alude a Cristo el Buen Pastor, que expresa el amor y la gracia de Dios mediante la dirección tierna y el cuidado permanente de Su pueblo, tal y como se nos menciona en el libro de Marcos 6:34. El báculo, llamado "Ataduras", en cambio, se refiere al ministerio unificador para juntar a la casa dispersa de Israel en un solo rebaño.

El versículo 8 comienza diciendo:

"Y destruí a tres pastores en un mes"

Creemos que se refiere aquí a los profetas falsos. Los versículos 8 y 9 de este capítulo 11 de Zacarías, continúan diciendo:

"Y destruí a tres pastores en un mes; pues mi alma se impacientó contra ellos, y también el alma de ellos me aborreció a mí. Y dije: No os apacentaré; la que muriere, que muera; y la que se perdiere, que se pierda; y las que quedaren, que cada una coma la carne de su compañera."

Una de las interpretaciones más antiguas de este pasaje sugiere que se refiere a los falsos profetas de la época, pero especialmente a los sacerdotes, ancianos y escribas de la época de Jesucristo, el cual confrontó la hipocresía de estas tres figuras religiosas de su tiempo, que al haberle rechazado, desaparecieron al cabo de un tiempo. De esta manera, Dios puso fin a los mediadores tradicionales entre Él y el pueblo, debido a su ineficacia y pecado, instaurando el sacerdocio de todos los creyentes, tal y como leemos en 1 Pedro 2:5, 9, y Apocalipsis 1:6, 5:10 y 20:6.

Las palabras "Mi alma se impacientó con ellos" indican claramente que la paciencia de Dios tiene unos límites lo cuales, una vez traspasados, desatan su ira y castigo. De la misma manera, la frase "cada una coma carne de su compañera" Zacarías alude de manera dramática a lo que muchos años sucedería en Jerusalén durante el asedio Romano, documentado por los historiadores: muchos de sus habitantes, desesperados y enloquecidos a causa del hambre que sufrieron por el largo sitio romano, recurrieron al canibalismo. Quienes se negaron a creer las dramáticas palabras del profeta fueron, por tanto, entregados a la satisfacción de sus propios deseos y quedaron así expuestos a sus letales enemigos.

A continuación, seguimos leyendo en el versículo 10:

"Tomé luego mi cayado Gracia, y lo quebré, para romper mi pacto que concerté con todos los pueblos."

De esta manera tan visual y expresiva, el profeta Zacarías simbolizó la ruptura de un pacto, del pacto de la Gracia. Dios ha hecho el pacto con Su pueblo de que Él les iba a bendecir, si le obedecían de manera consecuente (podemos leerlo en Deuteronomio 28:1.14). Dios les iba a proteger de las naciones enemigas que durante toda su existencia, le habían perseguido, asediado y atacado. Pero, por el contrario, escogieron desobedecerle y seguir sus propios deseos, dando la espalda a Dios. Y tal ha sido su desobediencia que Dios no ha tenido más remedio que romper Su pacto inicial, para demostrar Su justicia, rectitud y firmeza.

Sin duda alguna, el pueblo no podía clamar a Dios diciendo que no había tenido suficientes oportunidades. En el capítulo 10, versículo 6, Dios dijo: "Porque yo fortaleceré la casa de Judá, y guardaré la casa de José, y los haré volver; porque de ellos tendré piedad, y serán como si no los hubiera desechado; porque yo soy el Señor su Dios, y los oiré."

Pero debido a su reiterada desobediencia, la paciencia de Dios se agotó y Él decidió rescindir este pacto: Su Gracia ya no sería para con ellos.

Y en el versículo 11 de este capítulo 11 de Zacarías, leemos:

"Y fue deshecho en ese día, y así conocieron los pobres del rebaño que miraban a mí, que era palabra del Señor."

Los pobres del rebaño es el remanente que obedeció a Dios y creyó en Su Palabra. Este remanente, en tiempos posteriores a los de Zacarías, supo que la Palabra de Dios se estaba cumpliendo "en Cristo", y que el juicio de Dios venía en camino, pero se libraron de las consecuencias a largo plazo por su fe en Jesucristo.

Y, estimado amigo oyente, lo más importante para el creyente, el cristiano que cree y sigue a Jesucristo, lo que debería ser su prioridad y su deseo, es creer en la Palabra de Dios, es decir, la Biblia. No se trata de creer en un Dios difuso o etéreo, sino en una persona concreta, de carne y hueso, que habitó entre nosotros y murió por nuestras faltas y pecados: Jesús.

Veamos ahora, lo que Él dice aquí en el versículo 12 de este capítulo 11 del libro de Zacarías:

"Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata."

Como vemos, el profeta Zacarías continúa el drama al representar a Jesús en una escena simbólica, en la que pregunta a quienes vino a pastorear, cuán valioso era Él para ellos. Y en una respuesta ofensiva e injuriosa, los líderes le ofrecieron 30 monedas de plata, que equivalían al precio pagado por un esclavo que había sido corneado por un buey (tal y como narra el libro del Éxodo 21:32). Y proféticamente, como usted recordará, ésta es la cifra exacta que los líderes religiosos pagaron al discípulo de Jesús, a Judas Iscariote, por traicionarle. Así lo narra el evangelio según Mateo, capítulo 26, en los versículos 14 y 15: "Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata."

¿No le parece un detalle muy interesante, amigo oyente? Los judíos del tiempo de Jesús consideraron que su valor era equivalente al de un esclavo moribundo. Ahora, leamos otro pasaje interesante relacionado con ese tema, lo que dice el capítulo 27 de Mateo, versículos 9 y 10: Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: "Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor".

Continuando con nuestra lectura en el versículo 13:

"Y me dijo el Señor: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata, y las eché en la casa del Señor al tesoro."

Zacarías recibió instrucciones de llevar a cabo una ilustración dramática en la que se ilustra el rechazo de Cristo, lanzando las treinta monedas de plata en el templo. Esto se cumplió literalmente cuando Judas Iscariote, abrumado por el peso de la culpa, regresó para echar en el suelo del Templo el dinero manchado con la sangre de Cristo; los sacerdotes se limitaron a recogerlo y a utilizarlo para comprar un terreno que pertenecía a un alfarero, que es donde, posteriormente, se ahorcó el propio Judas. Tal y como narra Mateo en su capítulo 27, versículo 6, los principales sacerdotes dijeron: "No es lícito echar las monedas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre". Así es que, tomaron ese dinero, y lo pusieron en inversión al comprar el Campo del Alfarero. Allí es donde se daba sepultura a los pobres.

Llama la atención la expresión utilizada en este versículo, que dice: "¡hermoso precio con que me han apreciado!" Vemos aquí que con sarcasmo doloroso se expresa la respuesta divina al máximo insulto de la humanidad.

Leamos ahora lo que dice aquí el versículo 14 de este capítulo 11 de Zacarías:

"Quebré luego el otro cayado, Ataduras, para romper la hermandad entre Judá e Israel."

Si la ruptura del primer cayado simbolizó el rechazo de los judíos contra Su pastor, la ruptura del segundo ejemplifica lo que sucedió después de este rechazo, tan pronto los romanos rompieron sus lazos fraternales del pueblo en Palestina. El gran historiador Josefo escribió que durante la conquista romana, las disensiones internas entre el pueblo y sus partidos opositores enfrentaron a judíos contra judíos de tal manera que se hicieron tanto daño entre sí como el afligido por los romanos en su contra.

Seguidamente, en los versículos 15 y 16 de este capítulo 11 de Zacarías, leemos:

"Y me dijo Jehová el Señor: Toma aún los aperos de un pastor insensato; porque he aquí, yo levanto en la tierra a un pastor que no visitará a las perdidas, ni buscará a la pequeña, ni curará a la perniquebrada, ni llevará a la cansada a cuestas, sino que comerá la carne de la gorda, y romperá sus pezuñas."

El profeta Zacarías continúa su dramática representación de lo que habrá de acontecer: Al ser quitado de en medio el Pastor Verdadero, el profeta pasa ahora a representar el papel de un pastor necio que corresponde al "Anticristo". De esta manera, la profecía de Zacarías salta del primer siglo a los últimos días antes de la segunda venida de Cristo. Vemos aquí que este pastor maligno tenía un cayado quebrado o un garrote para golpear a las ovejas a fin de que se sometieran a él. Dios permitió que este pastor se levantara para destruir a las ovejas tercas de Israel que despreciaron al primer pastor. Por esta necia decisión, recibirán a un pastor que hará todo lo opuesto a lo que se espera de un pastor, porque traicionará a las ovejas, y finalmente las destruirá.

Bien, amigo oyente, vamos a detenernos aquí por hoy. Proseguiremos, si Dios lo permite, en nuestro próximo programa. Hasta entonces, continuamos con nuestra intercesión y oración ferviente, para que cada uno de nuestros muy estimados oyentes pueden experimentar la PAZ que solamente puede venir de lo Alto, de Dios; esa paz que nadie puede fabricar ni producir, porque es la paz que produce el saberse totalmente aceptado, totalmente perdonado y totalmente amado por el Creador y Dios de todo el Universo, dueño absoluto de cada ser creado, que, a pesar de Su grandiosidad eterna e inimaginable, nos individualiza, nos conoce por nombre, y al que podemos acudir, sencilla y directamente, sin más inter-mediadores que JESUCRISTO, pues, sólo Jesús es el "camino, la verdad, y la vida, y NADIE viene al Padre sino por mí", dijo Jesús, en Juan 14:6.

Muy estimado amigo que nos está escuchando: dondequiera que usted se encuentre, ahora mismo, ahora, puede tener un encuentro personal con un Dios todo amor que desea intervenir en su vida para darle propósito, significado y trascendencia. ¡Háblele, sencillamente, con sus propias palabras, y dígalo, lo que hay en lo más profundo de su corazón, y sabe...ÉL le escuchará y le RESPONDERÁ!

Y si tiene preguntas o dudas, por favor, póngase en contacto con nosotros. Deseamos ponernos a su disposición para compartir con usted lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, y desea hacer también en la suya. ¡Que Dios le bendiga!

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