Estudio bíblico de Apocalipsis

Predicación escrita y en audio de Apocalipsis 4:1-6

Apocalipsis 4

Versículos 1-6

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestra particular andadura por este apasionante libro que es el Apocalipsis, un libro lleno de tesoros. Esperamos contar con su presencia, estimado amigo oyente en este nuevo programa, el cual iniciamos hoy en el capítulo 4.

Como usted recordará, en los capítulos 2 y 3 vimos al Cristo Resucitado dirigiéndose desde el Cielo, a sus iglesias en la Tierra. Ahora, el escenario va a cambiar por completo, situándonos nada menos que en el Cielo. Esta es una de las pocas descripciones del Cielo que nos ofrece la Biblia, y como tal, la estudiaremos con el máximo cuidado y atención.

Ya vimos cómo en el capítulo 1, versículo 19, el apóstol Juan recibió un breve bosquejo de sus visiones: este sencillo bosquejo se aplicará a todo el libro y nos ayudará a comprender la estructura del mismo. En este versículo se diferenciaba entre: "Las cosas que has visto", en referencia a la visión que Juan contempló en el capítulo 1; "las que son", en relación a las cartas dirigidas a las siete iglesias (en los capítulos 2 y 3); y "las que han de ser después de éstas", que tiene que ver con todas las revelaciones de la historia futura (capítulos 4 al 22). Por ello, y según este bosquejo, este cuarto capítulo de Apocalipsis da inicio a la tercera y última sección del libro en la que se describen "los acontecimientos que tendrán lugar tras la era eclesiástica".

Leamos pues este primer versículo del capítulo 4 de Apocalipsis, que dice así:

1 Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas.

En el libro de Apocalipsis encontramos mención de cuatro puertas abiertas. La primera es "la puerta de la oportunidad": el Cristo Resucitado dijo a la iglesia de Filadelfia-: "Yo te presento una puerta que permanece abierta" (Ap.3:8) Esa era la puerta de la oportunidad, por la que podía llevarse el mensaje del evangelio a las regiones que no lo habían recibido todavía. La segunda puerta es "la puerta del corazón humano". Dice el Jesucristo Resucitado-: Yo estoy a la puerta, llamando" (Ap.3:20). Es la puerta de cada corazón humano; cada uno puede escoger entre abrir su corazón a Jesucristo, o rechazarle, y no abrir a su llamado. La tercera puerta mencionada es "la puerta de la revelación, en el versículo 1": "Vi ?dice Juan- una puerta en el Cielo, que estaba abierta". Es la puerta que da acceso a Dios, por medio de Jesucristo. Cuarta: En el capítulo 19, versículo 11, veremos una puerta abierta en el Cielo, la cual atravesará Cristo para Su regreso a la Tierra, que será Su 2ª Venida. El vendrá al final de la Gran Tribulación para aplastar toda injusticia y rebelión contra Dios y establecer Su Reino. ¿Cuál fue la "puerta abierta en el Cielo" que vio Juan? Es probable que la puerta vista por Juan fuera una puerta que estaba entre el cielo y la tierra. El pensamiento judío primitivo concebía los cielos como una bóveda inmensa sólida, y la idea aquí es que más allá de la bóveda de los cielos está el Cielo, y que aquí se abre una puerta en la bóveda para dar entrada al Cielo y al propio apóstol Juan.

Si miramos hacia atrás, al Antiguo Testamento, aunque también en el Nuevo Testamento, podemos recordar que en más de una ocasión "se abrieron los cielos". En el libro del profeta Ezequiel leemos: "Los cielos se abrieron y vi visiones de Dios" (Eze. 1:1), aludiendo a que Dios envía a los que Le buscan, la visión de Sí Mismo y de Su verdad. En Marcos 1:10 leemos que cuando Jesús fue bautizado por Juan, Jesús vio los cielos abiertos, y al Espíritu descender sobre Él. Esto nos da a entender que, cuando la mente y el alma de un hombre o una mujer se abren a las cosas de Arriba, el Espíritu de Dios desciende a su encuentro. En otra ocasión, Jesús prometió a Natanael y a sus discípulos, que vería los cielos abiertos y a los ángeles ascendiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre (Juan 1:51). Y es que, amigo oyente, algún día, los cielos se abrirán para desvelar la gloria de Cristo; e inevitablemente ese día traerá una explosión de gozo a los que Le hayan amado, y un temor indescriptible a los que Le hayan despreciado.

Este expresión "Sube acá", es un mandato para que Juan fuera transportado al Cielo "en el espíritu", de forma temporal y sobrenatural, con el fin de recibir una revelación específica acerca de sucesos futuros. Queremos, sin embargo, recalcar que esto no fue un sueño; Juan fue transportado por medios sobrenaturales, fuera del mundo material y experimentó despierto esta visión que estaba fuera del alcance de los sentidos normales. El Espíritu Santo capacitó sus sentidos para recibir la revelación de Dios.

Leamos ahora los versículos 2 y 3 de este capítulo 4 de Apocalipsis:

2 Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. 3 Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda.

Cuando Juan entró por la puerta del Cielo vio un trono, no un mueble físico, sino un símbolo de mando soberano, y de autoridad absoluta. Este es el enfoque del capítulo 4, ya que ocurre trece veces, y en once oportunidades se refiere al Trono de Dios. De hecho, en el Antiguo Testamento, el Trono de Dios se menciona numerosas veces. Un profeta dijo: "Yo vi al Señor sentado en Su Trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a Él" (1 Reyes 22:19). En el libro de los Salmos se canta la siguiente alabanza: "Dios se sienta en Su santo Trono" (Sal. 47:8). El profeta Isaías vio al Señor "sentado en un trono alto y sublime" (Is.6:1). Y en este libro del Apocalipsis se menciona esto en todos los capítulos menos en el 2, 8 y 9. El Trono de Dios representa Su Majestad. Cuando le preguntaron al compositor de música Händel cómo había podido escribir el Mesías, respondió: "Vi abrirse los cielos, y a Dios en Su gran Trono blanco".

Juan vio a Uno, es decir a Dios, sentado en el Trono. Y aquí hay algo muy interesante; Juan ni siquiera intenta describir a Dios como una figura humana. Lo describe en un relámpago de colores como de piedras preciosas, pero no menciona ninguna clase de forma. Debemos entender que este es el Trono del Trino Dios, y las identificamos como 1º - Dios, el Espíritu Santo, en versículos 2 y 5; 2º- Dios, el Padre, versículo 3; y 3º- Dios, el Hijo, en versículo 5, del capítulo 5. Es la Trinidad en el Trono.

Juan ve en la visión una piedra como el Jaspe, la última piedra mencionada en la composición del pectoral del Sumo Sacerdote, el que cubría su vestimenta. (Ex 28,20). Se asume que aquí era un diamante. La sardónice, recibía el nombre por ser original de la zona de Sardis, de color roja sangre. Era la primera piedra mencionada en el pectoral del Sumo Sacerdote.

La visión que tuvo Juan de la presencia de Dios era como un destello cegador de un diamante al sol, con el brillo deslumbrante del rojo-sangre de la sardónice; y brillaba a través de ambos el verde más descansado de la esmeralda, porque sólo así podía el ojo humano soportar semejante visión. El arco iris, en griego, "iris", significa también "halo". El arco iris, desde tiempos del gran diluvio universal, fue señal, de la fidelidad de Dios a Su Palabra, Sus promesas y Su pacto con Noé (Gen.9:12). El verde es el color de la tierra, y la sugerencia aquí es aquella del profeta Habacuc: ". . .en la ira acuérdate de la misericordia" (Hab. 3:2), y Dios hará eso.

Algunos han querido ver en que el jaspe quizá represente la insoportable luminosidad de la pureza de Dios; las vetas como de sangre de la sardónice o coralina, Su justa ira, y el más benigno verde de la esmeralda, Su misericordia. gracias a la cual podemos mirar Su pureza y Su justicia.

Leamos el versículo 4 de este capítulo 4 de Apocalipsis:

4 Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas. (Ap. 4:4)

Los veinticuatro ancianos aparecen repetidas veces en el Apocalipsis, como representantes de toda la Iglesia, desde Pentecostés hasta la "Recogida" de la Iglesia por Jesucristo, o como también se le llama, el "Arrebatamiento", el ser "llevados fuera" de la Iglesia, por Jesucristo. Creemos que la explicación más probable es que los veinticuatro ancianos representan simbólicamente al fiel pueblo de Dios. Sus vestiduras blancas son las que les prometen a los fieles (Apocalipsis 3:4), y sus coronas son las que les prometieron a los que fueran fieles hasta la muerte (ap. 2:10). Los tronos son los que les prometió Jesús a los que lo abandonan todo para seguirle (Mat. 19:27-29). Estaban sentados alrededor del trono, vestidos de túnicas blancas ? que simboliza la justicia de Jesucristo (2 Co 5,21); y con coronas de oro (4:4, 14:3) que indica que la Iglesia reinará con Jesucristo (1 Co 6,3); las coronas también serán recompensas (2 Ti 4,8, Stg 1,12; 1 P 5,4); echaron sus coronas delante del trono (4:10); adoraban y alababan a Dios constantemente (5:11,14; 7:11, 11:16, 14:3, 19:4); le presentaban a Dios las oraciones de los Santos (5:8); uno de ellos animó a Juan cuando estaba triste (5:5); y otro actuó de intérprete de una de las visiones (7:13).

Leamos ahora el versículo 5 del capítulo 4 de Apocalipsis, que dice así:

5 Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios.

Vemos como aquí Juan añade más detalles a su descripción misteriosa e impresionante del cielo. Los relámpagos y los truenos no son producto de la furia de la naturaleza, sino de la justicia divina que desciende de un Dios temible y poderoso sobre un mundo lleno de pecado.

Los truenos y relámpagos se relacionan a menudo con la manifestación de Dios. En la visión del profeta Ezequiel, los relámpagos salían del fuego resplandeciente que había alrededor del trono (Ez. 1:13). El salmista nos dice que la voz del trueno estaba en el torbellino, y lo relámpagos iluminaban el mundo (Salmo 78:18). Dios envía sus relámpagos hasta lo último de la tierra (Job 37:4). Y en el Monte Sinaí, cuando el pueblo de Israel esperaba la promulgación de la Ley, podemos leer en el libro del Éxodo, capítulo 19, versículo 16: "Hubo truenos y relámpagos, una espesa nube cubrió el monte y se oyó un toque imponente de trompeta.

Las siete lámparas es una clara referencia al Espíritu Santo. El número "siete" significa en las Sagradas Escrituras la perfección, e indica que algo se ha completado de tal modo que Juan se propuso identificar aquí "la plenitud del Espíritu Santo".

Leamos ahora el versículo 6 de este capítulo 4 de Apocalipsis, que dice así:

6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás.

El mencionado "mar de vidrio" ha ejercido una extraña fascinación en la mente de muchas personas. En el escrito original no se dice que fuera un mar de vidrio sino "como si fuera" un mar de vidrio. Este mar delante del Trono de Dios es otra indicación que el énfasis no es la misericordia, sino en el juicio. El mar representa la santidad y la justicia de Dios (Mt 5,8; He 12, 14). En la Primera epístola a los Tesalonicenses, capítulo 3, versículo 13, se nos dice: Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos. El mar en calma indica la posición de descanso a la cual ha llegado la Iglesia. Ella ya no es víctima de las tormentas de la vida. Ya no está más en alta mar.

Llegamos ahora, estimados amigos oyentes, a otra de las figuras simbólicas del Apocalipsis: los cuatro seres vivientes, o, literalmente, "los cuatro seres que viven". La palabra griega es "zoa", de lo que proviene la palabra zoo, y nuestra palabra "zoológico". No son los animales salvajes de los que leeremos en el capítulo 13, para lo cual se utilizan otras expresiones. Estos cuatro seres vivientes aparecen frecuentemente a escala celestial. ¿Qué dice el Apocalipsis de ellos? Un análisis cuidadoso del texto nos permite observar lo siguiente: Estos seres se encuentran siempre cerca del Trono de Dios y del Cordero, se dedican a alabar y adorar a Dios (6:1, 7) y uno de ellos entregará a los siete ángeles las siete copas de oro llenas de la ira de Dios (15:7).

Los ángeles que se mencionan en el Nuevo Testamento siempre están relacionados con la presencia, el poder y la santidad de Dios. Y aunque la descripción de Juan no es idéntica a la del profeta Ezequiel, es obvio que ambos se refieren a los mismos seres sobrenaturales e indescriptibles, de los querubines (Ez. 1:4-25, 10:15). El profeta Isaías también menciona a los serafines con características semejantes (Is. 6, 2 y 3). La mención de que están "llenos de ojos" puede referirse a que aunque no son omniscientes, un atributo sólo reservado para Dios, estos ángeles tienen un conocimiento y una percepción sobresaliente; nada escapa de su escrutinio (v.8).

Pero, ¿quiénes eran los querubines? Fueron los guardianes puestos al este del Edén para impedir que Adán y Eva pudieran llegar al "Árbol de la vida" después de su caída y expulsión del paraíso (Ge.3:24). Cuando se construyó el arca del Tabernáculo, se colocaron dos querubines formando una sola pieza, dispuestos cara a cara, cada uno a un extremo, y cubriéndolo con sus alas (Ex.25:18-20). Eran un símbolo de la presencia del Señor; Su gloria es manifestada entre los querubines (Lv. 16:2). Son numerosos los pasajes que hacen alusión a la presencia del Señor entre los querubines. Había figuras de querubines bordadas sobre los tapices del Tabernáculo. El Templo de Salomón, mucho más espléndido, tenía dos gigantescos querubines. Su altura era de casi 5 metros y la envergadura del arco formado por sus alas era de 10 metros. De todo esto podemos extraer la siguiente idea: los querubines son seres angélicos que están cerca de Dios y son los guardianes de Su trono.

¿Qué simbolizan estos cuatro seres vivientes? Es obvio que resultan parte de la escenografía del cielo. Algunos autores sostienen que estos cuatro seres vivientes representan todo lo más noble, fuerte, sabio y veloz de la naturaleza. Cada uno tiene preeminencia en una esfera particular: el león es supremo entre las fieras; el buey entre el ganado; el águila entre las aves y el hombre entre todas las criaturas. Tal y como podemos leer en el versículo 7:

7 El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando.

Los animales representan toda la grandeza y la fuerza, y la belleza de la naturaleza, a la que vemos aquí sirviendo y alabando a Dios. En los versículos que siguen veremos a los veinticuatro ancianos alabando a Dios; y cuando los unimos los dos cuadros obtenemos el de la Naturaleza y la Humanidad en constante adoración a Dios.

Estimado amigo y amiga que nos escucha: aunque los seres humanos no somos ángeles, ni querubines o serafines, fuimos creados para agradar y adorar a Dios. "Porque tú creaste todas las cosas; existen y fueron creadas para ser de tu agrado" (Ap. 4:11). El primer propósito de nuestra vida debería ser agradar a Dios con nuestras propias vidas, vivir para complacerlo. Y en la Biblia, agradar a Dios se conoce como adorar a Dios. El Salmo 147:11 dice: "Él se complace en los que lo adoran, en los que confían en su gran amor". ¿Y qué es adoración? Todo lo que hagas para complacer a Dios puede ser un acto de adoración.

Estimado amigo y amiga, Dios quiere todo de nosotros. Dios no quiere una parte de nuestra vida, de su vida. Dios pide todo. El primer mandamiento es: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas". A Dios no le conmueven, ni le interesan, los compromisos a medias, la obediencia parcial o las sobras de nuestro tiempo. Quiere devoción plena, no pedacitos de nuestra vida. Una mujer Samaritana en cierta ocasión discutió con Jesús acerca del mejor tiempo, lugar y estilo de adoración. Jesús le contestó que esos aspectos eran irrelevantes. El lugar de adoración no es tan importante como "el por qué adoramos" y cuánto de nuestro ser le ofrecemos a Dios cuando lo hacemos. Y cuando adoramos, Él mira más allá de nuestras palabras, observando la actitud de nuestro corazón. Podemos adorarlo con imperfecciones, pero no con falta de sinceridad. Debemos adorar a Dios con nuestro corazón y con nuestra cabeza, con esfuerzo y con energía.

Hasta aquí nuestro programa de hoy, estimados oyentes. Esperamos encontrarle de nuevo en nuestra próxima cita, para seguir avanzando juntos por este apasionante camino que podríamos llamar "descubriendo las Escrituras". No puede haber descubrimiento mayor que el de los tesoros que se esconden entre las páginas de su Biblia; ábrala, estudie, analice, subraya y "hágala suya", pero no la deje a un lado; no la mire a distancia, como si fuera un libro sagrado intocable; La Biblia es un libro sagrado, sí, pero su propósito es acercarnos a Dios para facilitarnos la comprensión del Plan de Salvación que Dios diseñó para la humanidad. ¿No quiere darle una oportunidad a Dios para entrar en su vida y cambiarle para siempre? Hasta el próximo programa, ¡que Dios le bendiga!

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