Estudio bíblico de 2 Samuel 23:11-24:25

2 Samuel 23:11-24:25

En nuestro programa anterior, comenzamos a considerar la lista de los valientes de David, que se presenta aquí en este capítulo 23 del Segundo libro de Samuel. Y destacamos que no íbamos a entrar en un estudio detallado de estos valientes, porque lo haremos en nuestro estudio del capítulo 11 del Primer Libro de Crónicas. Pero sí mencionamos que estos hombres se habían unido a David, durante el tiempo de su exilio, cuando David era acosado por Saúl y había sido expulsado; siendo perseguido hasta el punto de tener que esconderse en las cuevas de la tierra. Fue, pues, durante este tiempo que aquellos que se encontraban en dificultades, se reunieron alrededor de David. Eran hombres perseguidos y oprimidos por Saúl. También otros vinieron, que habían contraído deudas que no podían pagar, que estaban descontentos y también aquellos que se encontraban totalmente desanimados. Y establecimos una analogía entre las circunstancias en que estos hombres habían venido a David, y las circunstancias en que nosotros venimos a Cristo Jesús. Cuando somos conscientes de que de veras estamos en apuros. Venimos a Cristo con una deuda de pecado, y Él entonces, cancela esa deuda. Él cancela nuestras deudas de pecado, solamente cuando acudimos a Él y podemos establecer una comunión perfecta con Dios, una relación de compañerismo. Y Él, entonces, nos capacita para disfrutar de una vida de auténtica calidad. Ahora, estos hombres que vinieron a David, eran sobresalientes en muchas maneras; lograron realizar hechos extraordinarios. Veamos algunas de sus hazañas. Leamos ahora, los versículos 11 y 12 de este capítulo 23 del Segundo libro de Samuel:

"Después de éste fue Sama hijo de Age, el ararita. Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas y el pueblo huyó delante de los filisteos. Pero él se paró en medio de aquel terreno, lo defendió y derrotó a los filisteos. Así dio el Señor una gran victoria."

Sama era uno de los tres capitanes de los campeones de David. Dio una ayuda inestimable a David contra los filisteos. Defender una parcela de lentejas podría parecer poco importante, pero Israel necesitaba alimentos. La costumbre de los filisteos era esperar que la cosecha estuviera lista y entonces venían arrasándolo todo, saqueando y robando. Ese año, como siempre, todos huyeron cuando el enemigo apareció, excepto un hombre. Sama se plantó, desenvainó su espada y defendió la parcela. Era un solo hombre contra las tropas filisteas. Y se nos dice que el Señor le concedió una gran victoria. Y continuamos con los versículos 13 al 15:

"Un día, en tiempo de la siega, tres de los treinta jefes descendieron y se unieron a David en la cueva de Adulam, mientras los filisteos acampaban en el valle de Refaim. David estaba entonces en la fortaleza y había en Belén una guarnición de los filisteos. Y dijo David con vehemencia: ¡Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén que está junto a la puerta!"

David se había criado en Belén. En una ocasión David quería tomar del agua refrescante del pozo de Belén. Nunca ordenó que alguien fuera a buscársela, pero tres de sus valientes se abrieron paso por las líneas de los filisteos para conseguírsela. Y así fue como demostraron lo valientes que eran.

Pensamos en el mandamiento que el Señor Jesús dio en el evangelio según San Mateo, capítulo 28, versículos 19 y 20, de "ir a todo el mundo y predicar el evangelio". Luego, miramos atrás al pasado, a los hombres que se abrieron paso atravesando lugares hostiles para llevar el evangelio a aquellos que necesitaban escucharlo. Piense usted en los misioneros pioneros, como, por ejemplo, en el apóstol Pablo. Un gran grupo de misioneros le ha seguido en estos siglos pasados de historia de la iglesia, los cuales han pasado por situaciones de extremo peligro, sufrimiento y hasta la muerte, proclamando la Palabra de Dios. Estos fueron, pues, los valientes de un descendiente de David, es decir, del Señor Jesucristo. Pasando ahora al versículo 20 de este capítulo 23 del Segundo libro de Samuel, leamos hasta el versículo 22:

"Después, Benaía hijo de Joiada, hijo de un varón esforzado, grande en proezas, de Cabseel. Éste mató a dos leones de Moab; él mismo descendió y mató a un león en medio de un foso, cuando estaba nevando. También mató él a un egipcio, hombre de gran estatura; tenía el egipcio una lanza en su mano, pero descendió contra él con un palo, arrebató al egipcio la lanza de la mano y lo mató con su propia lanza. Esto hizo Benaía hijo de Joiada, y ganó renombre entre los tres valientes."

Éste sí que también fue valeroso; mató a un león y en circunstancias extremas. Lo hizo cuando estaba nevando. Fue en verdad un gran hombre. Y luego pasamos al versículo final de este capítulo 23 del Segundo libro de Samuel, versículo 39, y leemos:

"y Urías, el heteo. En total, treinta y siete."

Urías heteo era uno de los valientes de David. Éste fue el mismo Urías que David envió al frente para ser muerto, cuando David había tomado a su esposa Betsabé. Ésta fue la mancha en el escudo de armas de David.

Y así, estimado oyente, concluimos el capítulo 23 del Segundo libro de Samuel. Y llegamos ahora a

2 Samuel 24

el capítulo final de este Segundo libro de Samuel. Y en este capítulo, se describe el pecado de David al ordenar a Joab a hiciera un censo del pueblo. David, después de considerar las tres plagas propuestas como castigo por Gad, se arrepintió y escogió los tres días de peste en la tierra. Intercedió por el pueblo. Edificó un altar. Y la peste fue entonces detenida.

David comete otro pecado al hacer un censo. A estas alturas de su vida ya debía estar confiando en Dios, en lugar de confiar en los números, para evaluar su fuerza. Dios, nuevamente castigó a David, pero le permitió escoger su castigo. David se encomendó a la misericordia de Dios, como veremos en el versículo 14. Dios envió una peste. David compró la era de Arauna, sobre la cual edificó un altar a Dios. La negativa de David de aceptarla como regalo, revela su profunda dedicación y devoción a Dios. Este lugar llegó a ser más tarde, el sitio donde Salomón edificaría el templo. Aunque la mezquita de Omar se encuentra allí actualmente, Israel nuevamente gobierna esa región. Y hay muchos que creen que cuando Israel construya su nuevo templo, lo hará en ese mismo lugar. Vamos pues a considerar

El censo

En realidad, hay muchos que no llamarían a esto un pecado. Hemos llamado a esta sección: "Otro Pecado en la Vida de David". Desde el punto de vista de Dios, el hacer un censo del pueblo fue un pecado tan malo como otros pecados de David. Cuando uno es culpable de violar una parte de la ley de Dios, es culpable de violar toda la ley. Ahora, David no creyó a Dios en esta ocasión, y en sus acciones lo evidenció. Comencemos, pues, leyendo los primeros dos versículos de este capítulo 24 del Segundo libro de Samuel:

"Volvió a encenderse la ira de del Señor contra los israelitas, e incitó a David contra ellos diciéndole: Ve, haz un censo de Israel y de Judá. El rey dijo a Joab, general del ejército que estaba con él: Recorre ahora todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba, y haz un censo del pueblo, para que yo sepa el número de los habitantes."

Al principio Dios había dado instrucciones a David para que hiciera un censo del pueblo. Dios lo quería para animar a David y para fortalecerlo. Dios quería que supiera que tenía detrás de él, apoyándolo, a un gran ejército. Si un rey iba a salir contra un ejército enemigo, tendría que sentarse y calcular si tenía suficientes fuerzas militares como para ganar, o no.

Estimado oyente, la fe no es un salto en el vacío. Tampoco es un juego. La fe ni siquiera es un "espero que sí". La fe es un sentimiento de certeza. Dios nunca le pediría a usted que creyera algo que no fuera cierto, que no fuera verdad. La fe se apoya en un fundamento seguro y fuerte como una roca. El Señor Jesucristo es el fundamento. Dios quiere que nos apoyemos sobre Él. La fe, por ello, no es simplemente un salto en el vacío. Pero hay un tiempo en la vida en que se necesita vivir y caminar por la fe, reconociendo que uno no puede vivir por sus propios esfuerzos ni confiando en las cifras. Desafortunadamente muchos llamados cristianos hoy en día, no han aprendido a confiar en Dios; y como resultado, las victorias espirituales nunca se mencionan. Lo que se menciona son las cifras: las reservas en la tesorería, el número de bautizados, la cantidad de miembros de una determinada iglesia. Y luego, si estas cifras significan un avance, se considera que se ha logrado una victoria espiritual. Leamos los versículos 3 al 9 de este capítulo 24 del Segundo libro de Samuel:

"Joab respondió al rey: Que el Señor, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es, y que pueda verlo mi señor, el rey. Pero, ¿por qué se complace en esto mi señor, el rey? Sin embargo, la palabra del rey prevaleció sobre la de Joab y sobre la de los capitanes del ejército. Se retiró, pues, Joab, con los capitanes del ejército, de la presencia del rey, para hacer el censo del pueblo de Israel. Pasaron el Jordán y acamparon en Aroer, al sur de la ciudad que está en medio del valle de Gad, junto a Jazer. Después fueron a Galaad y a la tierra baja de Hodsi; de allí a Danjaán y a los alrededores de Sidón. Luego fueron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y de los cananeos, y por último se dirigieron al Neguev de Judá, en Beerseba. Después que terminaron de recorrer toda la tierra, volvieron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab entregó entonces el censo del pueblo al rey; había en Israel ochocientos mil hombres fuertes que sacaban espada, y los de Judá eran quinientos mil hombres."

Ahora, David pecó al hacer un censo del pueblo en esa ocasión. ¿Por qué? David era ya un rey anciano. David sabía que Dios había puesto un fundamento debajo de él y sabía que podía vencer al enemigo. No le era necesario, en ninguna manera, hacer un censo del pueblo. Continuemos con los versículos 10 hasta el 13:

"Después que David censó al pueblo, le pesó en su corazón; y dijo David al Señor: He pecado gravemente por haber hecho esto; pero ahora, oh Señor, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque he actuado muy neciamente. Por la mañana, cuando David se levantó, vino palabra del Señor al profeta Gad, vidente de David, diciendo: Ve y di a David: Así ha dicho el Señor: Tres cosas te ofrezco; tú escogerás una de ellas, para que yo la haga. Vino, pues, Gad a David, se lo hizo saber y le dijo: ¿Qué prefieres: que vengan siete años de hambre sobre tu tierra? ¿o que huyas tres meses delante de tus enemigos y que ellos te persigan? ¿o que haya tres días de peste en tu tierra? Piensa ahora, y mira qué debo responder al que me ha enviado."

Dios le dio a David la posibilidad de elegir entre tres castigos. La respuesta de David al Señor fue notable. Reveló que David era un hombre que sabía confiar en Dios. Ahora, como ya lo hemos dicho antes, lo diremos una vez más. David falló, eso es verdad. Cometió un pecado, pero, allí en lo más profundo de su corazón tenía una fe que nunca falló. David siempre confiaba en Dios y su respuesta a Dios lo reveló. Leamos el versículo 14 ahora:

"Entonces David dijo a Gad: Estoy en gran angustia. Pero es preferible caer ahora en manos del Señor, porque sus misericordias son muchas, que caer en manos de los hombres."

Ante la posibilidad de elegir entre tres castigos, Dios le dijo a David que escogiera uno. Pero, David no escogió ninguno de los tres. En cambio, le dijo al Señor que no quería caer en manos de hombres. Quería caer más bien en manos de Dios, porque sabía confiar en Dios. ¡Y cuán maravilloso es cuando vemos a David en esta actitud! El Señor envió entonces una peste sobre Israel. David sabía que estaría bien en manos de Dios. Así también debemos creer nosotros cuando Dios nos castiga. Continuemos leyendo los versículos 15 hasta el 17 de este capítulo 24 del Segundo libro de Samuel:

"Entonces el Señor envió la peste sobre Israel, desde esa mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo desde Dan hasta Beerseba. Y cuando el ángel extendió su mano sobre Jerusalén para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que exterminaba al pueblo: Basta ya; detén tu mano. El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauna, el jebuseo. Cuando David vio al ángel que castigaba al pueblo, dijo al Señor: Yo pequé, yo hice lo malo; ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí y contra la casa de mi padre."

Estimado oyente, el Señor, al que ama disciplina. Permítanos decirle, por experiencia, que hay una ternura en Su disciplina. Hay un consuelo en todo ello y una gran bendición. Sólo Él puede enjugar las lágrimas. Sólo Él puede vendar a los que tienen el ánimo quebrantado. Sólo Él puede sanar los daños que hay en el corazón. El médico puede auxiliar físicamente cuando alguien ha sufrido un accidente; pero, en los grandes accidentes emocionales de la vida, estimado oyente, sólo el Señor Jesucristo puede colocar el vendaje apropiado y sanarle. ¡Cuánto necesitamos a Cristo hoy en nuestras vidas!

Llegamos ahora a la última parte de este Libro. David quiere edificar un altar al Señor. Leamos los versículos 18 al 21 donde vemos que

David compró la era de Arauna

"Vino Gad adonde estaba David aquel día, y le dijo: Sube y levanta un altar al Señor en la era de Arauna, el jebuseo. David subió conforme al dicho de Gad, según lo había mandado el Señor. Arauna miró y vio al rey y a sus siervos que venían hacia él. Salió entonces Arauna, se inclinó delante del rey, rostro a tierra, y dijo: ¿Por qué viene mi señor, el rey, a ver a su siervo? David respondió: Para comprarte la era y edificar en ella un altar al Señor, a fin de que cese la mortandad del pueblo."

Y David explicó el motivo por el que deseaba obtener la era. Leamos los versículos 22 al 24:

"Arauna dijo a David: Tome y ofrezca mi señor el rey lo que bien le parezca; ahí tienes bueyes para el holocausto, los trillos y los yugos de los bueyes para leña. Todo esto, oh rey, Arauna lo da al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová, tu Dios, te sea propicio. El rey dijo a Arauna: No; la compraré por su precio; porque no ofreceré al Señor, mi Dios, holocaustos que no me cuesten nada. Y David compró la era y los bueyes por cincuenta monedas de plata."

Fue una cosa noble ésta que hizo David aquí. Reconocemos que en la actualidad, a veces se coloca demasiado énfasis sobre el dinero. Pero, consideremos lo que hizo David. Arauna quería regalarle a David la era. Pero David le dijo: "No me la puedes dar gratuitamente. Te la voy a pagar". ¿Por qué? David continuó diciéndole: "no ofreceré al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada". La actitud de David debe llevarnos a un examen de conciencia. ¿Estamos acaso intentando dar a la obra de Dios lo que no nos cuesta nada? Que Dios nos perdone cuando somos mezquinos. Y que sigamos el ejemplo de David, que fue un hombre que agradó a Dios. ¿Sabe usted dónde queda esa era que compró David? Está situada en la actualidad en el lugar donde se encuentra la mezquita de Omar. Fue el sitio sobre el cual Salomón edificó el templo. En realidad, debió llamarse el Templo de David porque él fue quien pagó el terreno, lo diseñó y reunió casi todos los materiales para la construcción. Y el último versículo de este capítulo 24 del Segundo libro de Samuel, dice:

"Edificó allí David un altar al Señor, y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz. Entonces el Señor oyó las súplicas de la tierra y cesó la plaga en Israel."

Y así, amigo oyente, concluimos nuestro estudio de este capítulo 24 del Segundo libro de Samuel. Y con él, concluye también nuestro estudio de este Segundo libro de Samuel. En los minutos que nos restan, hagamos un breve repaso de lo que hemos estudiado en este Segundo libro de Samuel. Podemos dividir este segundo libro, en dos partes principales. En primer lugar, los triunfos de David, que comprende los capítulos 1 hasta el 10. Y en segundo lugar, las dificultades de David, que comprende los capítulos restantes, o sea los capítulos 11 al 24.

Ahora, dentro de los triunfos de David, el capítulo 1 nos presenta el llanto de David por la muerte de Saúl y de Jonatán. El capítulo 2, nos habla de la proclamación de David como rey de Judá. En el capítulo 3, tenemos la guerra civil. Abner pactó con David, pero Joab lo mató. El capítulo 4 nos habla del asesinato de Is-boset hijo de Saúl. En el capítulo 5, David fue proclamado rey de todo Israel y cambió su capital a Jerusalén. El capítulo 6, nos presenta los esfuerzos de David por llevar el Arca a Jerusalén. El capítulo 7, nos habla del pacto de Dios, de edificar la casa de David. En el capítulo 8, David consolidó su reino. En el capítulo 9, David favoreció a Mefi-boset. Y en el capítulo 10, David luchó contra Amón y Siria. Estos fueron los triunfos de David.

Ahora, dentro de las dificultades de David, el capítulo 11, nos presenta los dos grandes pecados de David. En el capítulo 12, Natán, enfrentó a David con sus pecados y David se arrepintió. En el capítulo 13, Tamar, hija de David, fue violada por Amnón hijo de David. Y Amnón fue muerto por Absalón hijo de David. En el capítulo 14, David, con un perdón poco entusiasta, permitió que Absalón regresara a Jerusalén. El capítulo 15, nos habla de la rebelión de Absalón contra David. En el capítulo 16, Siba, siervo de Mefi-boset, engañó a David. Y Simei, maldijo a David mientras éste huía de Absalón. El capítulo 17, nos presenta a los consejeros de Absalón, Ahitofel y Husai, en desacuerdo en cuanto al ataque contra David. En el capítulo 18, Absalón fue muerto y David le lloró amargamente. En el capítulo 19, David fue restaurado al trono. El capítulo 20 nos presenta a Seba y su rebelión contra David. En el capítulo 21 tenemos tres años de hambre. Los gabaonitas se vengaron de la casa de Saúl y hubo guerra contra los filisteos. El capítulo 22, que dijimos era idéntico al Salmo 18, nos presenta el cántico de liberación de David. El capítulo 23, nos permite ver las últimas palabras de David, y también hay una lista de los valientes de David. Y en el capítulo 24, que acabamos de estudiar, tenemos el pecado de David al hacer un censo del pueblo. Él entonces escogió su castigo y compró la era de Arauna. Este es pues el final de la segunda sección, que corresponde a las dificultades de David.

Y éste, en síntesis, es el contenido del Segundo libro de Samuel que acabamos de estudiar. En nuestro próximo programa, Dios mediante, continuaremos nuestro viaje por el Antiguo Testamento, y daremos comienzo a nuestro estudio del Primer Libro de los Reyes. Terminamos hoy con las palabras del poeta David. Su Salmo 27, parece resumir esta parte de su vida y nos quedamos con las primeras y últimas palabras de esta canción: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme? Hubiera yo desmayado, sino creyera que he de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. ¡Espera en el Señor! ¡Esfuérzate y aliéntese tu corazón! ¡Sí, espera en el Señor!" Estimado oyente, ¿tiene usted una relación con Dios que le permita expresarse de esta manera? Si usted confía en el Señor Jesucristo como su Salvador, no recibirá simplemente un alivio, un consuelo pasajero, una paz momentánea, una satisfacción fugaz. Recibirá, eso sí, con total seguridad, la abundancia de una fuente de consolación, una paz espiritual real, una creciente satisfacción al ir conociendo a Dios más y mejor, y la vida eterna. En otras palabras, vivirá una existencia que vale la pena vivir.

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