Estudio bíblico de Nehemías 7:1-73

Nehemías 7:1-73

Llegamos hoy, estimado oyente, al séptimo capítulo del libro de Nehemías, que concluye la primera sección de este libro iniciada en el capítulo 1 y que hemos titulado la "Reedificación de las murallas". En este capítulo se destaca el registro familiar realizado por Nehemías.

Ahora, al entrar en este capítulo 7, vemos que los muros de Jerusalén habían sido reedificados, como mencionamos en nuestro programa anterior. Y vamos a ver que ellos comenzaron entonces a proteger la ciudad; el templo había sido reedificado y gran número de las casas también. Dentro de la ciudad aún quedaba mucho trabajo por hacer. Todavía se estaban limpiando los escombros que allí se habían acumulado. Pero en ese momento era necesario proteger la ciudad porque el enemigo que había tratado de estorbar la tarea de la reedificación de los muros, podría tratar de entrar y destruir la ciudad. Veamos ahora lo que dice aquí el versículo 1, de este capítulo 7 de Nehemías:

"Después que el muro fue edificado y se colocaron las puertas, se nombraron porteros, cantores y levitas".

Una vez concluida la muralla, Nehemías colocó las puertas en sus correspondientes lugares, y nombró a los hombres que protegerían la ciudad. Los porteros eran los que vigilaban. Ellos estaban de guardia y eran los que estaban alrededor de ese muro, observando, vigilando lo que ocurría fuera e informando de ello a los que estaban dentro. Si se aproximaba algún enemigo o se observaba algún peligro en el exterior, hacían sonar la alarma. Era una tarea permanente de 24 horas de duración; o sea que vigilaban de día y de noche. Por tanto, eran personas que habían sido seleccionadas cuidadosamente y que cumplían requisitos exigentes. Pero vamos a ver que las normas establecidas no se cumplieron como debían haberse cumplido. Los guardias de las murallas no tenían que ser indiferentes frente a las personas que llegaban y penetraban dentro de las murallas.

Se nos dice hoy que no tenemos que ser indiferentes con respecto a aquellos que llegan para reunirse con la comunidad de los creyentes. Porque no vamos a tener una relación de comunión y compañerismo con todos los que profesan ser creyentes. Observemos lo que Pablo dijo en su Primera carta a los Corintios, capítulo 5, versículo 11: "No debéis tener trato con ninguno que, llamándose hermano, sea inmoral, avaro, idólatra, chismoso, borracho o ladrón". En la actualidad se le da a la doctrina cristiana la máxima prioridad, por ejemplo, a aquellos que niegan que las Sagradas Escrituras están exentas de error y la deidad de Jesucristo, no podemos convertirlos en nuestros hermanos y tener compañerismo con ellos en la adoración a Cristo. Pero Pablo no estaba hablando de doctrina cuando dijo que se debían tener tratos con inmorales. Estaba refiriéndose al hombre o a la mujer que no hiciese frente al pecado en su propia vida. La comunión y el compañerismo han estado basados en la doctrina cristiana, y se rompe esa relación cuando no hay acuerdo en esas áreas básicas. Aquí cabe aclarar que ese compañerismo se refiere a la participación comunitaria en el culto cristiano y a las actividades corporativas de la iglesia. Esa prohibición en ningún modo entra en el campo de la amistad cristiana y la ayuda espiritual que se debe prestar a las personas que cometan esos pecados. Por otra parte, conviene dejar bien en claro que el interrumpir la comunión o el compañerismo con otro creyente por causa de un tema de la doctrina cristiana no significa que uno deba colocarse en el papel de juez frente a esa persona. A un predicador joven llamado Timoteo, Pablo le aconsejó lo siguiente, en su segunda carta 2:19, "No obstante, el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: el Señor conoce a los que son suyos, y: Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor". Ni usted ni yo sabemos quienes son realmente hijos de Dios, pero Dios sí conoce quienes le pertenecen. Nadie tiene derecho a actuar en contra de nadie por cuestiones de doctrina cristiana, o porque le parezca que alguien ha relegado algún punto de la doctrina cristiana porque hace las cosas de una manera diferente. Porque el único juez es Dios y Él juzgará a quienes tenga que juzgar. Lo único que los creyentes tienen que hacer es evitar o interrumpir la relación eclesial de comunión, pero de ninguna manera actuar contra otros que profesen ser cristianos como si fuéramos jueces.

Volviendo a Jerusalén, vemos que, además de nombrar porteros para que vigilaran la ciudad, Nehemías nombró cantores. En el capítulo siguiente encontraremos a Nehemías diciendo: "La alegría del Señor es vuestra fuerza". El espíritu de alabanza es el espíritu de poder. Esto quiere decir que los creyentes tendrían que ser un grupo de personas alegres. Pero esa alegría está con frecuencia ausente de la iglesia contemporánea. Por supuesto que los creyentes muestran su alegría en ciertas conversaciones, ante chistes u observaciones humorísticas, y cuando disfrutan de una buena comida o en otras reuniones sociales. Pero el estudio de la Biblia no es para muchos una fuente de alegría y disfrute. Y eso se nota incluso en el semblante de la gente cuando escucha la exposición de la Palabra.

Ahora, Pablo dijo en Efesios 5:18 y 19 que la señal del creyente lleno del Espíritu era esta: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con vuestro corazón al Señor". Observemos que en la frase "hablando entre vosotros con salmos", la palabra "Salmos" se refiere a la alabanza. La palabra "Himnos" nos habla de las perfecciones atribuidas a la Deidad. Estas realidades y el hecho de ensalzar lo hermosa que es la persona de Jesús constituyen el tema de nuestras canciones y ello trae alegría a nuestra vida.

Se dice que alguien tenía en su despacho el siguiente lema en un cuadro: "La alegría es la bandera que ondea en el corazón cuando el Maestro reside en él". Es que cuando uno vive de acuerdo con la voluntad de Dios y tiene esa relación de compañerismo con Él, disfruta de una auténtica alegría en su vida. En ese caso, podemos decir que uno vive una vida de verdadera calidad.

El tener aquellos porteros y cantores hacía de Jerusalén una gran ciudad. Pero eso no era todo, sino que también nombraron levitas. Ellos eran los ministros o servidores de los servicios religiosos. El escritor del libro de los Proverbios dijo en el capítulo 18, versículo 16 "La dádiva del hombre le ensancha el camino y le lleva ante la presencia de los grandes". En otras palabras, hay que reconocer que con un regalo se abren todas las puertas y se llega hasta la gente importante, influyente. Ésta es una gran verdad en la sociedad, en las relaciones humanas. Pero en la esfera del reino de Dios, si Él lo ha llamado a usted a que sea un ministro, un siervo, Él preparará un lugar de servicio para usted, sin necesidad a que usted recurra a medios puramente humanos para lograr una posición. Lo cual quiere decir que Dios le dará el lugar donde pueda servirle mejor. Leamos ahora el versículo 2 de este capítulo 7 de Nehemías:

"Puse al frente de Jerusalén a mi hermano Hanani y a Hananías, jefe de la fortaleza, (porque éste era un hombre fiel y temeroso de Dios, más que muchos)".

Cuando él dijo aquí "mi hermano Hanani", probablemente no quiso decir que era hermano de sangre. Recordemos que al comienzo del libro de Nehemías, cuando se encontraba en el palacio en Susa sirviendo en la corte del rey Artajerjes, uno de sus hermanos de Jerusalén llegó para informarle sobre la condición del remanente que había regresado a Jerusalén. Y era uno de los compatriotas de Nehemías, más que un hermano carnal. Hanani era probablemente uno de los líderes de Jerusalén, y había sido él el que había informado a Nehemías sobre la situación en Jerusalén, como ya hemos leído en el capítulo 1. Así que Nehemías conocía a este hombre. Fue por este motivo que él dijo: "Puse al frente de Jerusalén a mi hermano Hanani y a Hananías, jefe de la fortaleza". ¿Fue nombrado Hanani para este cargo porque era un hombre educado y formado teológicamente? No. Fue uno de los hombres designados para estar el frente de Jerusalén porque era un hombre fiel, y porque tenía un temor reverencial de Dios mayor que mucha gente. O sea, que fue elegido por su fidelidad y no por su educación.

Por supuesto que hacen falta pastores, predicadores y maestros bien preparados. Pero es posible descuidar otros aspectos igualmente importantes si uno va en esa dirección. Es posible ser alguien que sirva a Dios a quien le falte un verdadero carácter, y sin embargo tenga una adecuada preparación académica. Pero lo que Dios quiere, estimado oyente, es fidelidad. En 1 Corintios 4:2 el apóstol Pablo dijo: "se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel". Estimado oyente, ¿pueden sus compañeros cristianos depender de usted? ¿Es usted fiel? Eso es lo importante. La educación es provechosa si usted es una persona fiel. Pero no tiene ningún valor si usted no es fiel. Continuemos leyendo ahora el versículo 3, de este capítulo 7 de Nehemías:

"y les dije: Las puertas de Jerusalén no se abrirán hasta que caliente el sol, y se cerrarán y atrancarán antes de que se ponga".

Y de entre los habitantes de Jerusalén nombré guardias e indiqué que cada uno hiciera su turno frente a su propia casa.

Cada entrada a la ciudad debía ser vigilada durante todo el día. Y durante la noche, cuando cualquier cosa pudiera ocurrir, todos debían mantener la vigilancia. Cada uno tenía que vigilar, al menos, su propia casa. En este sentido, recordemos que en Marcos 13:37, el Señor Jesucristo dijo que Dios nos hace a nosotros responsables por lo menos por nuestro propio hogar, aquellos que están más cerca de nosotros. El Señor Jesucristo dijo, "Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Estad despiertos!" Ésa tendría que ser la actitud de todo creyente. Pero, en todo caso, será una vigilancia confiada en la presencia y los recursos sobrenaturales del Señor. Ahora, el versículo 4, dice:

"La ciudad era espaciosa y grande, pero había poca gente dentro de ella, porque las casas no habían sido reedificadas".

O sea, que no se había completado la edificación de todas las casas. Quizás era posible que alguien hubiera estado interesado en construir su propia casa y se olvidara de vigilarla. La actitud y el espíritu que había prevalecido en la tarea de edificar las murallas y las puertas había sido el de trabajar con una paleta en una mano y una espada en la otra. Y en la vida cristiana y en el servicio a Dios necesitamos ambos aspectos.

En el resto de este capítulo 7 tenemos un registro de familias. Leamos a continuación los versículos 5 al 7:

"Entonces puso Dios en mi corazón que reuniera a los nobles, a los oficiales y al pueblo, para que fueran empadronados según sus familias. Y hallé el libro de la genealogía de los que habían subido antes, y encontré que en él se había escrito así: Estos son los hijos de la provincia que subieron del cautiverio, de los que llevó cautivos Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad. Ellos vinieron con Zorobabel, Jesúa, Nehemías, Azarías, Raamías, Nahamani, Mardoqueo, Bilsán, Misperet, Bigvai, Nehum y Baana".

Lista de los hombres del pueblo de Israel: Ésta es la misma genealogía que aparece en Esdras 2. Y quisiéramos que usted tome nota de esta genealogía porque es muy importante. Ahora, ¿por qué permitió Dios que se gastara tanta tinta en presentar dos veces la misma genealogía? Bueno, es que La palabra de Dios dice, en el Salmo 112:6, para siempre será recordado el justo. Es como si Dios hubiera dicho, "Yo conozco a esa gente y quiero que usted sepa que los conozco". Él ha colocado estos nombres aquí y lo hizo por duplicado. Como si fuera una copia con papel carbón. Él dice, "Quizás esto no le parezca interesante, pero para mí lo es. Yo conozco a cada uno de ellos, son míos". Y ésta es simplemente una hoja del libro de las memorias de Dios. Hay bastantes genealogías y listas de nombres en las Sagradas Escrituras. En el capítulo 49 de Génesis tenemos la lista de los doce hijos de Jacob, es decir, de las doce tribus de Israel. En el Segundo libro de Samuel 23, tenemos la lista de los valientes de David. Los primeros 10 capítulos del Segundo Libro de Crónicas son listas de nombres. Y este mismo libro de Nehemías 3 nos da otra lista. En el Nuevo Testamento, vemos que Romanos 16 contiene una lista de nombres, Y Hebreos 11 presenta una lista de aquellos que se destacaron por su fe. Para nosotros son simplemente nombres, pero Dios recuerda a todas esas personas y registró sus nombres en el Libro de la Vida del Cordero. Leamos ahora el versículo 17 de este capítulo 7 de Nehemías:

"Los hijos de Azgad, dos mil trescientos veintidós".

Aquí encontramos a los hijos de Azgad. Ahora, ¿quién sería este Azgad? Fue un hombre conducido al cautiverio en Babilonia. Durante aquellos 70 años, quizás algunos más, su familia se estuvo multiplicando. Aquí se mencionan a sus 2.322 descendientes, y cada uno de ellos pudo decir: "Yo soy descendiente de Azgad" Soy un israelita. Y se quien soy. Azgad fue mi antepasado".

Hay quienes hoy dicen, "Bueno, pienso que soy un hijo de Dios. Espero ser un hijo de Dios". Estimado oyente, ¿no sabe usted si es un hijo de Dios? Usted puede saberlo. En 1 Juan 5:12, el escritor dijo: "El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida". No admite más de dos opciones o interpretaciones, o tener al Hijo de Dios, o no tenerlo. No hay una opción intermedia. Entonces, ¿lo tiene usted? ¿Ha confiado usted en Él? Si usted ha confiado en el Señor Jesús como su Salvador, usted le tiene y por lo tanto, según esta declaración, usted tiene la vida. Y si usted no cree en lo que Él dijo, entonces es como si estuviera afirmando que Él ha mentido. Si usted ha depositado su fe en Cristo, usted tiene la vida eterna, y esta verdad está basada en la autoridad de la Palabra de Dios. Y Dios ha confirmado esa palabra poniéndola por escrito. Por ello utilizamos el ejemplo de un descendiente de Azgad, que podía firmar rotundamente, "Yo se quien soy; mire usted, mi nombre ha sido escrito en esta lista".

Pero hubo algunos que no podían decir lo mismo, como veremos al leer el versículo 61 de Nehemías 7:

"Estos son los que subieron de Tel-mela, Tel-harsa, Querub, Adón e Imer, los cuales no pudieron mostrar que la casa de sus padres ni su genealogía eran de Israel"

Éstos que aquí se mencionan no pudieron probar su genealogía. Aquellos seguramente pensaron que eran israelitas, esperaban serlo o trataban de serlo. Pero el pensarlo, el esperarlo o el intentarlo no les convertía en israelitas ni les resultaba de ninguna ayuda. Y como no podían probar su descendencia, su genealogía, fueron excluidos. A continuación veamos el versículo 64:

"Éstos buscaron su registro de genealogías, pero no se halló, por lo cual fueron excluidos del sacerdocio"

Aplicando este ejemplo a la experiencia de la salvación, diremos que usted, estimado oyente, no sólo necesita ser salvo, sino que también tiene que saberlo con certeza. Leamos ahora el versículo 65:

"y el gobernador les prohibió que comieran de las cosas más santas, hasta que un sacerdote decidiera la cuestión por medio del Urim y el Tumim".

En aquel tiempo los sacerdotes tomaban sus decisiones, basándose en el Urim y el Tumim, que se encontraban en el pectoral que usaba el sumo sacerdote. El pectoral era como un saquito cuadrado que estaba ligado al efod, que era un ornamento que se llevaba sobre la túnica del sumo sacerdote. Se ha pensado que el Urim y el Tumim eran pequeños guijarros o varillas. Gracias a dos colores diferentes se podía interpretar su salida del efod como un sí o como un no. Si salían juntos, se interpretaba que no había respuesta. Por este medio el sumo sacerdote averiguaba la voluntad de Dios. Aquella fue la manera provista por Dios para aquella época. Pero en la actualidad, los creyentes en Cristo determinan cual es la voluntad de Dios por medio de Su Palabra y la guía del Espíritu Santo. Y esa misma Palabra es la que nos explica cómo podemos obtener la vida eterna.

Leamos, finalmente por hoy, el versículo 73 de Nehemías 7:

"Y los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los del pueblo, los sirvientes del Templo y todo Israel habitaron en sus ciudades".

Éste es, pues, el último versículo de este séptimo capítulo. Los israelitas se encontraban en ese momento de su historia de regreso en su tierra. Bajo la dirección de Nehemías se había realizado una gigantesca obra. Pero, como veremos más adelante, el trabajo no había finalizado. Aún quedaba más tarea para ellos.

Al concluir nuestro estudio de hoy y a raíz de lo que hemos leído en el versículo 3, que cada uno de los vigilantes de la ciudad debía efectuar su turno de guardia, algunos en sus puestos y otros frente a su propia casa, imaginamos que aquellos habitantes de Jerusalén habrán experimentado miedo e inseguridad, especialmente al caer la noche, porque la oscuridad creaba las condiciones propicias para un ataque del enemigo. Pero, en todo caso, aquella vigilancia debía ser una actitud confiada, una actitud de fe consciente de la insuficiencia y debilidad humana, y de la suficiencia y efectividad de los recursos sobrenaturales de Dios. Y los temores de aquellos moradores de la ciudad, son nuestros miedos y temores en el día de hoy. En este sentido, viene bien recordar las siguientes palabras del Salmo 127: "Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican: si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia". Estimado oyente, vivimos en un mundo en el que las medidas de seguridad son cada vez más numerosas y efectivas, basadas en los últimos adelantos de la tecnología. Pero el caso es que las personas son cada vez más conscientes de su vulnerabilidad, de su inseguridad. Estimado oyente, está claro que hay en nosotros una tendencia a la autodestrucción, y fuerzas o influencias externas que tratan de malograr nuestra vida presente y futura. Le invitamos a vivir una vida de seguridad, basada en una relación con Dios. Usted puede iniciar esa relación depositando su fe en Jesucristo, creyendo en Él como su Salvador. Quizás, pueda usted dirigirse a Dios haciendo suyas las palabras del autor del Salmo 31: "Señor . . . inclina a mí tu oído, rescátame pronto; sé para mi roca fuerte, fortaleza para salvarme. Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, y por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás".

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