Estudio bíblico de Gálatas 3:8-17

Gálatas 3:8-17

Continuamos hoy nuestro estudio del capítulo 3 de la epístola del apóstol San Pablo a los Gálatas. Y hoy, continuamos con el versículo 8. Estuvimos observando que Abraham era una de las mejores ilustraciones de la justificación por fe. Se destaca en las Escrituras en todas partes como la ilustración principal, ya que, como podemos apreciar, Abraham fue justificado por fe mucho antes de haberse dado la ley. En realidad, ocurrió como 400 años antes que la ley fuese mencionada. Creemos que nadie pueda decir que él fue justificado por la ley de Moisés, en realidad, nadie puede decir eso. Por tanto, cuando usted y yo confiamos en Cristo, estimado oyente, somos salvos de la misma manera en que Abraham fue salvo. Eso quiere decir que somos salvos por creer y confiar en Cristo como nuestro Salvador personal.

Quisiéramos ahora seguir adelante en este capítulo 3, de Gálatas y vamos a leer el versículo 8:

"Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los no judíos, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones".

Bien, si la fe sin obras era suficiente para Abraham, ¿por qué íbamos a desear nosotros algo diferente? Y si la bendición para Abraham no fue debido a las obras que demandaba la ley, sino a causa de su fe, ¿por qué íbamos a volvernos nosotros de la fe, a las obras de la ley?

Hemos leído que "Dios. . . predicó . . . el Evangelio a Abraham". ¿Y cuándo lo hizo? Bueno, la ilustración que usamos en nuestro programa anterior fue la cita que tomamos del capítulo 15 de Génesis. Eso fue al comienzo de la vida de fe de Abraham. Ahora veremos que Pablo se refirió a un incidente que tuvo lugar cerca del final de su vida de fe, y registrado en Génesis 22 y en el versículo 17, después de haber ofrecido Abraham a su hijo Isaac sobre el altar. En realidad estuvo muy cerca de consumar ese acto de sacrificio, usted recordará, pero Dios lo detuvo. Dios consideró la actitud de Abraham como si él hubiera realizado el sacrificio porque él había demostrado que tenía fe en Dios, creyendo que Dios resucitaría a Isaac de los muertos (como nos dijo el escritor de Hebreos 11:19). Ahora observemos la respuesta de Dios al acto de fe de Abraham, registrada en Génesis 22:15-18: "15Llamó el ángel del Señor a Abraham por segunda vez desde el cielo, 16y le dijo :Por mí mismo he jurado, dice el Señor, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado a tu hijo, tu único hijo, 17de cierto te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; tu descendencia se adueñará de las puertas de sus enemigos. 18En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz". Aparentemente en ese momento Dios predicó el Evangelio a Abraham, porque el ofrecimiento de Isaac fue una de las mejores figuras del ofrecimiento de Cristo. Aunque Dios perdonó al hijo de Abraham, no perdonó a Su propio hijo sino que le entregó por todos nosotros.

Ahora, lo importante que debemos notar en la vida de Abraham es que este hombre obedeció la voz de Dios. Estuvo dispuesto a ofrecer a su hijo cuando Dios se lo ordenó, y cuando estando a punto de ofrecerlo Dios le detuvo, él se detuvo, obedeciendo la voz de Dios. Con su acción demostró que tenía fe en Dios. Nuevamente creyó en Dios y se le tomó en cuenta como justicia.

Hay algunas personas que se preocupan porque piensan que hay una contradicción en las Escrituras entre lo que dijo el apóstol Pablo sobre Abraham y lo que Santiago dijo en 2:20 y 21: "20¿Pero quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras está muerta? 21¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?" Sin embargo Santiago continuó diciendo en el versículo 22: "¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?" Juan Calvino lo decía de esta manera: "Sólo la fe salva, pero la fe que salva no está sola". En otras palabras la fe que salva es una fe dinámica, una fe vital que nos lleva a realizar obras. Esperamos que usted entienda que Santiago no estaba hablando sobre las obras de la ley. Santiago estaba hablando de las obras de la fe. Porque la fe produce obras. Esta idea que lleva a afirmar que las otras le salvan, es como poner el carro delante del caballo y casi podríamos decir que algunos incluso ponen el caballo en el carro.

Es importante recordar que la fe conduce a las obras, como sucedió en el caso de Abraham. Dios puede ver nuestros corazones, Él sabe si nosotros hemos confiado en Cristo como Salvador o si no lo hemos hecho. Él sabe si somos o no genuinos miembros de la iglesia o no. Porque se puede engañar a la gente con una apariencia de devoción al Señor pero a Dios no se le puede engañar. ¿Por qué no ser entonces un creyente auténtico y, al mismo tiempo, disfrutar de la alegría de la vida cristiana? En todo caso, no hay que fingir y lo más respetable delante de Dios y los demás que nos conocen, es que cada uno se muestre tal cual es. Merece la pena confiar en el Señor Jesucristo como Salvador y entonces, ser un auténtico cristiano y vivir una fe viva, dinámica, que producirá obras.

Una lectura cuidadosa del pasaje de Santiago 2 revela que Santiago usó la historia de Abraham para mostrar que la fe sin obras está muerta. Ésta fue la última parte de la historia de Abraham, porque, en realidad, fue la última vez que Dios se le apareció. No fue la porción de la Biblia a la que Pablo se refirió aquí en su epístola a los Gálatas, cuando dijo que Abraham fue justificado por fe. Pablo dijo que la fe sola era suficiente, y probó su afirmación de la historia de Abraham registrada en Génesis 15. Entonces, Santiago dijo que la fe sin obras estaba muerta, y lo probó refiriéndose a la historia de Abraham relatada en el capítulo 22 de Génesis. Si Abraham no hubiera cumplido, si él se hubiera arrepentido y en el incidente del capítulo 22 hubiera dicho: "Espera un momento, yo no creo en lo que has dicho. He estado fingiendo todos estos años", entonces habría sido obvio que la fe de Abraham era falsa. Pero Dios sabía, en el incidente de Génesis 15 que Abraham tenía una fe genuina.

Ahora, las obras de las cuales hablaba Santiago no eran las obras de la ley, porque la ley aún no se había dado durante la época de Abraham; tenemos que reconocer ese hecho. Santiago, dijo aquí en el versículo 23, del capítulo 2, de su epístola: "Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y se le tomó en cuenta como justicia; y fue llamado amigo de Dios". Al principio de este versículo, Santiago estaba retrocediendo a la referencia que Pablo dio al principio, referente al comienzo de la vida de fe de Abraham. Después, Pablo dijo que el Evangelio fue predicado a Abraham al final de su vida cuando Dios le dio la promesa.

No hay contradicción cuando uno examina pasajes como los que escribieron Pablo y Santiago. Ambos estaban diciendo lo mismo. Una estaba mirando a la fe al principio. Y el otro estaba mirando a la fe al final de la vida de Abraham. Uno estaba mirando a la raíz de la fe. El otro estaba mirando al fruto de la fe. La raíz de la fe se explica con la frase "la fe sola te salva", pero la fe salvífica producirá fruto, es decir, buenas obras.

O nuevamente como dijo Juan Calvino: "Sólo la fe salva, pero la fe que salva, no está sola". Sigamos ahora con nuestra lectura aquí en la epístola del apóstol San Pablo a los Gálatas, con el versículo 9, de este capítulo 3:

"De modo que los que tienen fe son bendecidos con el creyente Abraham".

En otras palabras, Dios salva al pecador hoy en la misma base en la cual salvó a Abraham. Es decir, Él le pide fe al pecador. Él le pidió a Abraham que creyera que Él iba a hacer ciertas cosas por él. Y Dios nos pide a usted y a mí, estimado oyente, que creamos que Él ya ha hecho ciertas cosas por nosotros al entregar a Su Hijo Jesucristo para que muriera por nosotros. Así que la fe es la manera especial por la cual el hombre es salvo hoy. Ahora, en el versículo 10, de este capítulo 3 de la epístola a los Gálatas, leemos:

"Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito sea el que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para cumplirlas".

La expresión importante aquí es "el que no permanezca". Estamos dispuestos a conceder que quizá haya días en la vida, en los cuales uno se siente muy bien, con un excelente estado de ánimo y la sensación de que todo lo que le rodea marcha razonablemente bien, sin tropiezos, porque uno cree estar viviendo bajo la voluntad del Señor. Y entonces, uno tiene la sensación de que Dios aprueba lo que estamos haciendo y en consecuencia, recibe la bendición de Dios. Pero consideremos lo que dice este versículo: "Maldito sea el que no PERMANEZCA en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para cumplirlas". ¿Qué le parece eso, estimado oyente? ¿Cumple usted las demandas éticas de la ley las 24 horas del día, 7 días a la semana, 52 semanas en el año, en su pensamiento, en su hablar, en sus acciones? Al ser usted humano, en algunos momentos de su vida se sentirá defraudado, o deprimido. Nadie se siente optimista, exultante en todo momento. Hay momentos de desilusión o desánimo, con nuestra naturaleza física no controlada por el Espíritu de Dios, cuando usted es consciente de su debilidad y se siente indefenso, superado por las circunstancias. En esos momentos, usted no está en condiciones de cumplir las demandas de la ley o, por otra parte, no le apetece hacerlo y entonces los principios de la ley sólo pueden condenarle. Son esos días los que el apóstol Pablo en Efesios 6 calificó como "el día malo".

Si usted tiene un buen día o está pasando por un buen momento, y vive bajo los principios espirituales de la ley, usted no recibirá ningún premio por ello. Supongamos que yo cumplo con la ley en la ciudad donde vivo por muchos años consecutivos. Pero un mal día, voy y hago algo contra la ley. ¿Sabe usted lo que va a pasar? Pues los representantes de la ley me impondrán una sanción acorde con la gravedad de la infracción. Es que la ley no le da premios a uno, sino que lo penaliza. Y en el ámbito espiritual, sucede lo mismo. La ley no da vida, sino que penaliza, castiga la infracción.

Sin embargo, la fe, estimado oyente, le da a usted vida. En el versículo 11, del capítulo 3 de la epístola a los Gálatas, leemos:

"Y que por la Ley nadie se justifica ante Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá".

Incluso el Antiguo Testamento enseñó que el hombre era salvo por la fe. Nunca dijo que alguien fuese salvo por cumplir la ley. Nunca hemos leído acerca de alguien que vivió en aquella época y fuera salvo por haber cumplido las demandas de la ley dada por Moisés. Como es sabido, el centro del sistema mosaico era el sistema de sacrificios. Moisés se alegró de que Dios extendiera su misericordia y gracia al pueblo, incluso en la época en que estaban bajo la ley y su rostro resplandeció. En el Libro de Habacuc, capítulo 2, versículo 4, dice: "Mas el justo por su fe vivirá". De paso debemos decir que esta declaración se menciona tres veces en las tres cartas principales de la doctrina cristiana. Aquí en Gálatas, también en Romanos y luego en la carta a los Hebreos. Y tiene un énfasis particular en cada una de ellas. EL JUSTO, es decir, la justificación se enfatiza en la epístola a los Romanos; VIVIRÁ, es decir el vivir, se menciona en el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos; y como estamos viendo aquí en Gálatas, el énfasis se coloca sobre la FE. Notemos ahora lo que Pablo dijo aquí en el versículo 12, de este capítulo 3 de la epístola a los Gálatas:

"Pero la Ley no procede de la fe, sino que dice: El que haga estas cosas vivirá por ellas".

Éste también es un versículo importante. La fe y la ley son principios contrarios para la salvación y también lo son para el vivir la vida cristiana. El uno anula al otro. Está diametralmente opuesto el uno del otro. Si usted ha resuelto vivir intentando cumplir la ley, entonces permítanos decirle que no puede ser salvo por fe. Al ser contrarios, estos principios no se pueden combinar.

Dios no ha dispuesto su plan de salvación de manera que alguien pueda ser salvo por la fe y por la ley. Uno tiene que elegir entre ellos, estimado oyente. Si usted quiere optar por la ley, entonces puede intentarlo. Pero debemos advertirle que Dios ya ha dicho que usted no podrá ser salvo por ese medio, ni tampoco podrá vivir la cristiana cumpliendo la voluntad de Dios de esa manera. Como acabamos de leer, la ley no se basa en la fe, no tiene en cuenta a la fe. Se limita a declarar que el que observa sus preceptos vivirá por ellos. Quiere decir que sólo un cumplimiento total de los preceptos de la ley recibirá la aprobación divina. Pero, como llevar a la práctica ese cumplimiento resulta imposible la ley termina por condenar a una persona, impulsándola a depender de Dios por la fe. Ahora, en el versículo 13, de este capítulo 3, de la epístola a los Gálatas, leemos:

"Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros (pues está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)"

Escuchemos lo que dijo aquí: "Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley". Como acabamos de leer y explicar, la ley nos condenaba. Recordemos que hemos dicho también que no recibíamos ningún premio por cumplir sus preceptos, porque si quebrantábamos uno solo de ellos, la ley ya ha previsto el castigo. Por ello Cristo nos rescató de la maldición de la ley. ¿Y cómo lo hizo? Haciéndose maldición por causa nuestra. Es decir, que sufrió nuestro castigo.

El versículo 13 continúa diciendo: "Porque está escrito: Maldito todo aquel que es colgado en un madero". Éste es un gran pasaje de las Escrituras del Antiguo Testamento y, por cierto un pasaje notable por varias razones. Una de ellas es que los hijos de Israel no colgaban a la gente en un madero, como método de ejecución pública. En cambio, para ajusticiar a los criminales utilizaban la lapidación, es decir, apedreándoles. Los turistas en esas tierras se han preguntado a veces porqué los judíos utilizaban ese método de aplicar la pena capital y les ha llamado la atención la gran cantidad de piedras que hay por todas partes. Pero ésa era la forma de tratar a los criminales más malos, a los que constituían un peligro para la convivencia social. Y usaban ese método para que sirviera de ejemplo a los demás. En Deuteronomio, capítulo 21, versículos 22 y 23, y aquí estamos leyendo de la ley, dice: "Si alguien ha cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo hacéis morir colgado en un madero, no dejareis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado. Así no contaminarás la tierra que el Señor tu Dios te da por heredad". Es decir, si él había cometido algún crimen horrible, luego de haber sido apedreado hasta la muerte, entonces se tomaba su cuerpo y se lo colgaba en un madero para que sirva de ejemplo a los demás. Pero el cuerpo no debía dejarse allí toda la noche ¿Por qué? Porque él era maldito por Dios, es decir, que su posición evidenciaba públicamente el rechazo de Dios hacia el reo.

Ahora el Señor Jesucristo llevó nuestra maldición. ¿Y cuándo la llevó? ¿Fue acaso en Su encarnación? No, Cuando Él nació, fue llamado un Ser Santo, en Lucas 1:35. ¿Acaso se convirtió en una maldición durante los años silenciosos de Su vida, de los cuales tenemos tan poca información? No, porque en Lucas 1:52 se dice que "Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres". ¿Y no se convirtió en una maldición durante Su ministerio público en la tierra? Ciertamente tampoco, porque fue durante ese ministerio que Su Padre dijo, en Mateo 3:17 "Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Entonces tiene que haber sido mientras estaba colgado de la cruz, cuando se convirtió en una maldición. Si, pero no durante las primeras tres horas en la cruz, porque cuando Él se ofreció en sacrificio, no había mancha ni imperfección en Él. Fue durante las tres últimas horas en la cruz cuando Él se convirtió en una maldición por nosotros. Fue entonces cuando, como dijo Isaías 53:10, Dios quiso quebrantarlo, oprimirle con el sufrimiento. Él convirtió su alma en una ofrenda por el pecado. Fue objeto de la maldición de Dios. Fue rechazado, abandonado y desamparado por Dios.

En la frase "maldito todo el que es colgado en un madero destacamos que la palabra griega para madero es "xulon", que significa también "árbol". ¡Qué contraste tenemos aquí! Él fue a la cruz Cristo fue colgado de un madero, árbol de la muerte, para que Él pudiera convertirlo para usted y para mí en un árbol de la vida. Notemos ahora lo que dice el versículo 14, de este capítulo 3:

"Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzara a los no judíos, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu".

Israel tuvo la ley por 1.500 años y fracasó en vivir de acuerdo con sus preceptos. En los Hechos 15, Pedro de hecho dijo que ellos y sus antepasados no habían sido capaces de cumplir la ley y por lo tanto, era absurdo pretender imponérsela a los no judíos. Si ellos no habían podido obedecerla, los otros pueblos no judíos tampoco podrían. Así que Cristo ocupó nuestro lugar para que nosotros pudiéramos recibir lo que la Ley nunca podría lograr. Por ello, el Espíritu de Dios ha sido un don peculiar a esta época de la gracia y misericordia de Dios, época inaugurada por la muerte y resurrección de Cristo. Y en el versículo 15, Pablo dijo:

"Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea hecho por un hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade".

Aquí Pablo puso un ejemplo sobre los métodos de ratificar compromisos solemnes. Aun en el caso de un pacto humano, cuando un hombre hace un trato y lo respalda con su firma, nadie puede anularlo ni agregarle nada. Lo que el apóstol quería explicar era que si aun los seres humanos se sienten obligados a respetar esas reglas, guiados por un sentimiento de justicia, mucho más puede esperarse de Dios. Quizás el apóstol quiso enfrentarse a la falsa suposición de los judaizantes de que la Ley de Moisés habría condicionado el pacto de Dios con Abraham, limitando sus beneficios a las personas que estuvieran ceremonialmente puras. Leamos ahora el versículo 16 de este capítulo 3 de la epístola a los Gálatas:

"Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo".

Dios llamó a Abraham y le prometió convertirlo en una bendición para el mundo. Y lo hizo por medio de Jesucristo, un descendiente de Abraham. Cristo fue entonces el que trajo la salvación para el mundo.

La palabra "descendencia" se refiere específicamente a Cristo (véase Génesis 22:18). Aquí es oportuno recordar las palabras de Cristo mismo en Juan 8:56, cuando dijo: "Abraham, vuestro padre, se regocijó al pensar que vería mi día; y lo vio, y se alegró".

Finalmente por hoy, leamos el versículo 17:

"Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios en Cristo no puede ser anulado por la Ley, la cual vino cuatrocientos treinta años después; eso habría invalidado la promesa"

Dios hizo una promesa, un pacto con Abraham. Cuando al avanzar la historia llegó la Ley cuatrocientos treinta años después, no cambió nada relacionado con las promesas hechas a Abraham. En realidad, Dios nunca falta a Su palabra, nunca incumple sus promesas. Y le había prometido al patriarca que le iba a dar una tierra, un hijo, y un pueblo formado por multitudes que resultarían imposibles de contar. Dios cumplió esa promesa y de Abraham provino la nación de Israel y otras naciones, pero las promesas fueron transmitidas por medio de Isaac, cuya línea de descendencia condujo al Señor Jesucristo, llamado "la descendencia" en el versículo 16. Dios también le prometió a Abraham que le convertiría en una bendición para todos los pueblos de la tierra. Estimado oyente, la única bendición que el mundo puede recibir está en Cristo. No creemos que el mundo esté en condiciones de ofrecerle un trato beneficioso. Pero el Señor Jesucristo ha sido provisto para usted como el don supremo que Dios ha concedido. Y Él ha prometido que salvará a aquellos que confíen en Cristo. ¿No querrá usted ser uno de ellos?

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