Estudio bíblico de Salmos

Predicación escrita y en audio de Salmos 89-90

Salmos 89 y 90

Nuestro estudio hoy, amigo oyente, nos lleva al Salmo 89, y éste es el último Salmo en la sección correspondiente a Levítico del Libro de Salmos. Como indicamos al comienzo, usted recordará, al comienzo del estudio de este libro de los Salmos, tenemos aquí una división similar al Pentateuco de Moisés; es decir, tenemos la sección equivalente al Génesis, al Éxodo, y ahora estamos finalizando la sección correspondiente al Levítico. Hoy, al tratar el Salmo 90, vamos a comenzar con la sección que hemos llamado la sección equivalente al libro de Números.

Observemos en primer lugar este Salmo 89. Es un Salmo muy notable. Se le ha llamado el Salmo del pacto Davídico. Este gran salmo fue escrito por Etán, el ezraita. Es un Salmo Masquil, o sea, un salmo de "instrucción". Aparentemente, Etán fue un cantor que perteneció a la tribu de Leví. El autor no fue identificado, creemos que intencionalmente, por la sencilla razón que lo que se destacó en este salmo fue el hecho de la fidelidad de Dios. La fidelidad de Dios fue mencionada unas diez veces, con lo cual vemos que, evidentemente, ése fue el énfasis que el autor quiso destacar. También veremos que la palabra pacto se menciona cuatro veces, y con ella Dios dijo, en tres ocasiones: "Yo he jurado" y "juré". Y luego, la frase "no mentiré" aparece cuatro veces. Este Salmo constituye un contraste con el anterior, donde todo era oscuridad y tristeza y donde no veíamos nada de gloria. Este salmo es toda gloria, y en él no apreciamos tristeza. Es un salmo que contiene una gran emoción, y que se apoya en el pacto que Dios hizo con David. Cuando estábamos estudiando el Segundo libro de Samuel, creo que dedicamos bastante tiempo al capítulo 7, que registró el pacto de Dios con David, y usted comprobará su importancia al encontrarlo mencionado en los escritos de los profetas una y otra vez y aquí, vemos un salmo dedicado a este tema. Leamos pues, el primer versículo de este Salmo 89:

"Las misericordias del Señor cantaré perpetuamente; de generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca".

Dios es bueno con nosotros, así que tanto usted como yo podemos decir las misericordias del Señor cantaré perpetuamente

Y aquí dice: "con mi boca haré notoria tu fidelidad". A mí me gusta hacerlo. Me gusta hacer conocer más Su fidelidad. Él ha sido fiel para conmigo, y estoy seguro que así ha sido con usted también.

Podemos destacar aquí que aquí dice tu fidelidad. Es la fidelidad de Dios. Así que es una alabanza a Dios por su fidelidad hacia David. Luego usted encontrará cuando llegamos al versículo 24, que dice: Mi fidelidad y mi misericordia estarán con él. El adjetivo cambió porque era Dios quien estaba hablando. Indiferentemente del adjetivo que se usara, todas las referencias de este salmo señalaban a la fidelidad de Dios. Notemos ahora lo que dice el versículo 2, de este Salmo 89:

"Dije: Para siempre será edificada la misericordia; en los cielos mismos afirmarás tu fidelidad".

Bien, Dios es fiel, y nuestra salvación descansa sobre la muerte de Cristo, y la fidelidad de Dios en salvar a aquellos que depositan su confianza en Él. Y lo importante es lo que Dios dice.

Se cuenta de cierta anciana cuyo hijo había regresado de la escuela y éste estaba sentado a la mesa cierta mañana conversando con ella. Y su madre le estaba contando lo maravilloso que era Dios, de Su fidelidad, y cómo Él la había salvado, y lo segura que estaba de esa salvación. Y aquel hijo no podía aguantar más lo que ella estaba diciendo, y entonces le dijo: "Tu pequeña alma no vale para nada, es muy pequeña comparada con este gran universo. Dios se podría olvidar de ti, y Él ni siquiera se daría cuenta". Y él continuó hablando por mucho tiempo en esa forma, y su anciana madre permaneció en silencio por algunos momentos. Una vez que hubo terminado de servirle el desayuno rompió su silencio para decirle: "Hijo, he estado pensando en lo que has dicho, quizá tú tengas razón. Quizá mi alma no tenga demasiado valor, pero si yo pierdo mi alma, Dios va a perder mucho más de lo que yo pierdo". Y él le dijo: "¿Qué quieres decir con eso?" Bien, dijo ella: "Si yo pierdo mi alma, Dios va a perder mucho más. Él perdería Su Palabra, Su reputación, porque Él dijo que me salvaría".

Y permítanos decirle, estimado oyente, que Dios perdería Su reputación si Él no cumpliese con el pacto que hizo con David. Pero Dios es fiel. Ahora, el salmista dijo aquí en el versículo 3 de este Salmo 89:

"Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo"

Aquí tenemos la importante afirmación de que Dios hizo un pacto con David. Y en el versículo 5 dijo:

"Celebran los cielos tus maravillas, Señor, tu fidelidad también en la congregación de los santos"

Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. (Sal. 19:1) Pero la fidelidad de Dios tiene aún mucho más alcance que éste y se extiende hacia la asamblea de aquellos que le pertenecen. Por ello su fidelidad hacia nosotros merece nuestra alabanza. Leamos ahora el versículo 8:

"Señor, Dios de los ejércitos, ¿quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu fidelidad te rodea".

Observemos como se reitera la afirmación de la fidelidad, de acuerdo con el énfasis general del salmo. Y el versículo 20, dice:

"Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción".

Dios aquí se apoyó en todo aquello que le había prometido a David. Escuchemos lo que dijo aquí en el versículo 24:

"Mi fidelidad y mi misericordia estarán con él y en mi nombre será exaltado su poder".

Luego tenemos otra maravillosa expresión utilizada en este Salmo y se encuentra aquí en el versículo 27:

"Yo también lo pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra".

El pacto de Dios con David consistía en que Él enviaría a uno de Su linaje. Ese pacto tiene como figura central al Señor Jesucristo. De Él Dios dijo: "Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra". Cuando Dios envió al Señor Jesucristo a este mundo, Él vino como Su Hijo único, y por medio de Su encarnación en Belén, Él se reveló como el Hijo de Dios. Él fue revelado en Su vida de humillación, fue Dios manifestado en un cuerpo humano; y después de haber padecido una muerte de sacrificio, ya que ése era el propósito por el cual Él vino desde el cielo, Él llegó a ser las primicias de la resurrección, el primogénito de entre los muertos, y es el Cristo resucitado. Escuchemos lo que dice aquí: "Yo también le pondré por primogénito", el Cristo resucitado, el que regresó de entre los muertos después de haber muerto en la cruz. Y eso quiere decir sencillamente que el cetro de este Universo está en Sus manos, que habían sido perforadas por los clavos en la cruz.

Pero también se nos dice aquí que Él es el más excelso de los reyes de la tierra. Esto quiere decir que Jesucristo es el Rey de reyes y Señor de señores. El salmista estaba entonces hablando sobre el Señor Jesús. Por lo tanto, dijo nuevamente en el versículo 28:

"Para siempre le aseguraré mi misericordia y mi pacto será firme con él".

Ahora, debemos examinar cuidadosamente la Palabra de Verdad. Los versículos 29 al 32 no pueden hablar de Cristo, sino de la posteridad de David. Supongamos que los descendientes de David, se olvidaran de Dios. ¿Qué haría Él? Leamos los versículos 30 al 32:

"Si dejaran sus hijos mi Ley y no anduvieran en mis juicios, si profanaran mis estatutos y no guardaran mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión y con azotes sus maldades".

¿Suenan estas palabras como si Dios hubiera terminado su trato con Sus hijos si ellos no hubiesen sido fieles a Él? No. Continuemos leyendo el versículo 33:

"Pero no quitaré de él mi misericordia ni faltaré a mi fidelidad".

Estimado oyente, yo podré ser desleal, infiel, pero Dios es fiel. Y ésta es una hermosa certeza.

Luego, Dios pronunció un juramento acerca del pacto que hizo con David. Leamos los versículos 34 al 36:

"No olvidaré mi pacto ni mudaré lo que ha salido de mis labios. Una vez he jurado por mi santidad y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre y su trono como el sol delante de mí".

En este mismo momento hay Alguien que está sentado a la derecha de Dios, que va a venir a la tierra para ocupar el trono de David. Él es el Señor Jesucristo, el hijo, el descendiente de David. Escuchemos ahora, lo que dice aquí, el versículo 37:

"Como la luna será firme para siempre y como un testigo fiel en el cielo".

David tendrá un descendiente que se sentará en el trono de este universo. Ese hecho está tan firmemente establecido como la luna lo está en el espacio. Y parece que la luna va a estar allí por muchísimo tiempo. Y Dios cumplirá el pacto que hizo con David. Ahora, el versículo 49, de este Salmo 89, dice:

"Señor, ¿dónde están tus antiguas misericordias, que juraste a David según tu fidelidad?"

A este pueblo que se había apartado de Dios en esta oportunidad, le parecería que Dios se había olvidado de Su pacto, pero Él no había olvidado Su pacto. Dios es fiel, y Él tenía al Hombre que algún día se sentará en el trono de David.

Y ahora, llegamos al:

Salmo 90

Comenzamos a considerar la cuarta sección del libro de los salmos que corresponde al cuarto libro del Pentateuco, el Libro de Números. Los antecedentes de este salmo se encuentran en el desierto durante el viaje de los israelitas. Recordemos que cuando ellos fueron liberados de la esclavitud de Egipto, primero fueron conducidos al Monte Sinaí, donde Dios les entregó la ley. Después se dirigieron hacia la tierra prometida para entrar en ella. Pero en vez de entrar, retrocedieron a aquel terrible desierto. Por 38 años vagaron por el desierto, hasta que aquella generación murió. Moisés vio morir a mucha gente, a centenares de miles, y este salmo escrito por él es un salmo en el que se destaca la presencia de la muerte.

Para mi es un salmo muy especial. Martín Lutero dijo acerca de este Salmo 90: "De la misma manera en que Moisés representó y enseñó la ley, así lo hizo también en este Salmo. En realidad él predicó sobre la muerte, el pecado y la condenación, para poder alarmar a los orgullosos, aquellos que se encuentran seguros en medio de sus pecados, presentando así ante sus propios ojos su pecado y su maldad". Hasta aquí la cita de Lutero. Ésta es pues la enseñanza que encontramos en este Salmo. Notemos la forma tan majestuosa y sublime con la que comienza, leamos los primeros dos versículos de este Salmo 90:

"Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que nacieran los montes y formaras la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios".

Esa expresión que notamos aquí "desde el siglo y hasta el siglo", en hebreo tiene un sentido figurado. Quiere decir desde un punto que se desvanece hasta otro punto que se desvanece. Dios se extiende desde ese punto de la eternidad en el pasado que se desvanece en la distancia, proyectándose hacia el punto que se desvanece en el futuro, en esa eternidad por venir. Hasta donde nuestra mente pueda llegar, desde un punto al otro, Él es Dios. ¡Cuán majestuoso es este pensamiento! Y el hombre es simplemente una criatura de Dios, él es Su vástago, por decirlo así. En el Libro de Génesis 1:27, Moisés había escrito: "Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Y luego, más adelante en el mismo libro de Génesis 2:7, él dijo: "Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente". Este salmo considera al hombre como un ser creado, y no como un animal evolucionado. Es una criatura que se encuentra en una clasificación especial. Él tiene un cuerpo que ha sido tomado del polvo de la tierra, un cuerpo por medio del cual él deberá proveerse lo necesario aquí en este mundo mediante el sudor de su frente, hasta el día en que tenga que regresar al polvo de la tierra, del cual ha sido formado. Éste es un cuadro del hombre. Veamos ahora, lo que dijo el escritor en el versículo 3, de este Salmo 90:

"Vuelves a convertir en polvo al hombre y dices: ¡Convertíos, hijos de los hombres!"

Dios hace regresar el frágil ser humano al polvo, de donde surgió. Luego, en el versículo 4, dijo:

"Ciertamente mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche".

Supongamos, estimado oyente, que usted viva tanto tiempo como el que vivió Matusalén, por ejemplo, casi mil años. Ese período de tiempo sería como una vigilia de la noche; como el vuelo de un ave a través de una habitación con luz, que entra en ella proveniente de la oscuridad de afuera por una ventana, y que sale otra vez por otra ventana, hacia la oscuridad una vez más. Incluso si usted llegara a vivir mil años, no sería mucho tiempo, porque la vida humana es muy breve comparada con la eternidad. Y ahora, en los versículos 5 y 6 de este Salmo 90, leemos:

"Los arrebatas como con torrente de aguas; son como un sueño. Como la hierba que crece en la mañana: en la mañana florece y crece; a la tarde es cortada y se seca".

Éste es el cuadro que tenemos del hombre. Y cuando Moisés se encontraba en el desierto vio morir a más de un millón de personas. Él probablemente asistió a más funerales que ninguna otra persona. El cuerpo del hombre había salido de la tierra, y él vio como ese cuerpo era colocado en la tierra, de la cual había salido.

Amigo creyente que nos escucha, usted está dando un testimonio cuando sepulta a un ser querido que ha creído en Cristo. En Juan 12:24 el Señor Jesucristo dijo: "Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto". Esta es una figura de la muerte y de la resurrección del Señor. Cuando usted sepulta a un ser querido, está plantando ese cuerpo, esperando verlo resucitar algún día. En los tiempos antiguos, se le daban dos nombres diferentes al cementerio; se lo llamaba como "un mesón", es decir, un lugar a donde la gente se dirigía para dormir quizá por una noche. Y también se le daba el nombre de "un campo", un lugar donde se plantaba la semilla. Luego Moisés dijo aquí en el versículo 8, de este Salmo 90:

"Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro".

El Dr. Chafer acostumbraba a decir que un pecado secreto aquí en la tierra era un escándalo público en el cielo. Lo que usted está haciendo aquí en la tierra, estimado oyente, está siendo observado por los ángeles. Ellos ven todo lo que usted hace. Y ahora, el versículo 9, dice:

"Ciertamente todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento".

El lenguaje hebreo que se utilizó aquí es figurado. Dice otra versión: "A causa de tu ira se nos va la vida entera; se esfuman nuestros años como un suspiro". Pasamos por esta vida quejándonos, lamentándonos. Si usted no tiene al Salvador hoy y, por lo tanto, usted no tiene una esperanza para la eternidad, entonces no tiene nada para lo cual vivir, ¿no es cierto? Usted no tiene ningún propósito en esta vida ni ninguna dirección. Y dice el versículo 10:

"Los días de nuestra edad son setenta años. Si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan y volamos".

Aquí tenemos el cuadro real de las debilidades, decaimiento físico y enfermedades que algunos sufren o pueden ver a su alrededor. Se presenta a la persona de edad como subiendo todo el tiempo por una cuesta, cada vez con mayores dificultades. Se habla de esa etapa como la del ocaso de la vida. Pasamos nuestros años como un suspiro, como un gemido. Por ello es necesario tener un futuro, y ese futuro anticipado es lo que recibe una persona cuando deposita su fe en Cristo. Vamos también a destacar el versículo 12 que dice:

"Enséñanos de tal modo a contar nuestros días que traigamos al corazón sabiduría".

Y hablando de sabiduría, dijo Pablo en 1 Corintios 1:30, que estamos unidos a Cristo, a quién Dios ha hecho nuestra sabiduría, es decir, nuestra justificación, santificación y redención. Si usted está unido a Cristo, tiene esa sabiduría, y esa esperanza. Y el versículo 17, nos dice:

"Sea la luz del Señor, nuestro Dios, sobre nosotros. La obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma".

Moisés, allí en aquel desierto, pasando día tras día de aquel viaje enterrando a tanta gente, obtuvo una perspectiva de la vida que muchos de nosotros no tenemos. Estimado oyente, le invitamos a hacer algo que tenga valor para la eternidad. La gracia de Dios está sobre usted y Su luz, en medio de tantos pensamientos acerca de la muerte, puede alcanzarle en el momento en que usted confíe en el Señor Jesucristo como su Salvador.

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