Estudio bíblico de Hebreos 9:1-7

Hebreos 9:1-7

Llegamos hoy, amigo oyente, en nuestro estudio de la epístola a los Hebreos, al capítulo 9. Nos encontramos en la sección titulada "Cristo, como nuestro Sumo Sacerdote sirve en un santuario superior, por medio de un pacto mejor, basado en promesas mejores". Esta sexta sección del libro, abarca desde el capítulo 8:1 hasta el capítulo 10:39. En esta sección, se habló de "El verdadero tabernáculo" (8:1-5); de "El Nuevo Pacto, mejor que al antiguo (8:6-13). El nuevo párrafo abarca los 10 primeros versículos de este capítulo 9 y lleva el título:

El nuevo santuario es mejor que el antiguo

A partir del versículo 11, y hasta el capítulo 10, veremos otro párrafo titulado "Un sacrificio superior."

Nuestro tema es el sacerdocio del Señor Jesucristo, que es un sacerdote de acuerdo con el orden de Melquisedec. Se nos presentan dos ministerios que se encuentran en un marcado contraste entre sí. El sacerdocio Levítico, el ministerio del sacerdocio de Aarón, fue llevado a cabo aquí en el mundo en un tabernáculo terrenal. Aquel santuario en la tierra era meramente un tipo o figura del que se encuentra en el cielo, el santuario en el cual el Señor Jesús está sirviendo en la actualidad. El santuario del cielo proporciona una adoración mejor. Hay mucha gente que considera a la ley desde el punto de vista de los Diez Mandamientos, pero la epístola a los Hebreos se aproxima a la ley desde la perspectiva de su lugar en la adoración, y de su sacerdocio. Esta aproximación coloca el énfasis en la resolución o arreglo de los pecados y, como el escritor destacará, la ley nunca resolvió realmente la cuestión del pecado. Dice este libro de Hebreos en el capítulo 10, versículo 4, "4porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados". Leamos ahora el versículo 1 de este noveno capítulo de Hebreos:

"Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal"

Aquí donde dice "ordenanzas de culto", se refiere a "ordenanzas de adoración."

Cuando dice "santuario terrenal", no quiere decir mundano, como usualmente pensamos al respecto, sino que significa un santuario de este mundo; es decir, que fue fabricado con materiales de este mundo. Tenía unas medidas determinadas de largo, ancho y altura, y había un ritual que la gente cumplía en dicho santuario. En ese sentido, era del mundo. El escritor iba además a contrastarlo con el santuario que se encuentra en el cielo. Dice el versículo 2 de este capítulo 9:

"Pues el Tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición."

Vemos que el versículo 2 comienza diciendo: "pues el tabernáculo estaba dispuesto así". Observemos que no nos estaba llevando a considerar el templo. No hay ninguna referencia al templo de Herodes para respaldar esta ilustración. Aunque el tercer templo estaba entonces en existencia, el escritor retrocedió más lejos en el tiempo, para presentar aquella estructura tan sencilla que Dios le dio a Moisés en el desierto. Y aquel tabernáculo fue elaborado con materiales de este mundo. Fue diseñado según el modelo que se encuentra en el cielo, pero era muy inferior en muchos y diversos aspectos, como veremos más adelante.

Aquí mencionó al "Santuario", que era el lugar santo. El tabernáculo propiamente dicho era una estructura que medía 13 metros y medio de largo y 4 metros y medio de ancho y 4 metros y medio de alto. Estaba divido en dos compartimentos. El primer compartimento era llamado el "lugar santo". En él se encontraban tres elementos de mobiliario: el candelero de oro, la mesa de los panes de la proposición o de la presencia y el altar de oro donde se ofrecía el incienso, que nos habla de la oración. Allí no se realizaban sacrificios. Continuemos leyendo los versículos 3 al 5 de este capítulo noveno:

"Tras el segundo velo estaba la parte del Tabernáculo llamada el Lugar santísimo. Allí había un incensario de oro y el Arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que había una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció y las tablas del pacto. Sobre la urna estaban los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio. De estas cosas no se puede ahora hablar en detalle."

Como acabamos de leer, en el Lugar Santísimo, que estaba separado del Lugar Santo por una cortina, y al cual sólo entraba el Sumo Sacerdote, había dos elementos del mobiliario. Estaba el arca, que era una caja o cofre fabricado en madera de acacia y recubierto de oro por dentro y por fuera. En la parte superior, sobre el arca, había una tapa o lámina de oro ricamente adornada llamada propiciatorio. En ella se habían fabricado dos querubines, hechos de oro puro, que miraban hacia abajo, a la mencionada tapa del arca. Allí era donde se colocaba la sangre, y ese hecho era lo que lo convertía en un propiciatorio, donde Dios se mostraba propicio al pecador. Porque "sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados."

Se cita en este versículo al "incensario de oro", es decir, el altar de oro. Observemos que se había efectuado un cambio: se nos dijo que el altar de oro estaba dentro del Lugar Santísimo, en vez de estar en el Lugar Santo. ¿Por qué había sido trasladado dentro, al otro lado de la cortina? El velo o cortina situada entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, estaba elaborada en lino fino con querubines artísticamente bordados y nos señaló a la humanidad del Señor Jesús. Cuando Él murió en la cruz, entregó Su vida, Su vida humana, y en aquel momento el velo o cortina se rasgó en dos partes. De esa manera, esa cortina rasgada ha sido removida, significando que el camino hacia Dios estaba ampliamente abierto, porque Cristo había abierto un camino. Él había dicho en Juan capítulo 14, versículo 6, "nadie viene al Padre sino por mí". Así que, al estar la cortina dividida en dos partes y abierta, podemos hoy acercarnos precisamente a la misma presencia de Dios. Pero, ¿qué sucedió con el altar de oro del incienso o incensario? Había sido trasladado al Lugar Santísimo. Aarón, en el gran Día de la Expiación venía con la sangre para rociarla sobre el propiciatorio, tomando el incensario lleno de carbón y con incienso, y entraba en el Lugar Santísimo. Él estaba realmente transfiriendo, por así decirlo, el altar del incienso al interior. Tomaba el incensario de carbones ardiendo fuera del altar con el incienso en él y lo llevaba dentro del Lugar Santísimo; pero lo traía otra vez fuera. Y tenía que hacerlo nuevamente dentro de un año, y así sucesivamente en los años siguientes.

Sin embargo nosotros tenemos un gran Sumo Sacerdote que es nuestro gran intercesor, siempre en altar de oro intercediendo por nosotros. Sus oraciones son oídas, por cierto. Por lo tanto, el altar de oro está dentro del Lugar Santísimo, pero también se encuentra fuera, porque usted y yo podemos venir por medio de Él a través de la oración. Eso es lo que Pablo quiso decir cuando escribió en su carta a los Romanos capítulo 5, versículos 1 y 2: "1Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, 2por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia..."

El escritor mencionó también los elementos que se encontraban en el arca del pacto; "una urna de oro que contenía el maná", la cual nos habla del ministerio presente de Cristo. Él alimenta a aquellos que le pertenecen. Él los alimenta con Su Palabra. Él es el pan de vida. La Biblia es la panadería de Dios, y si usted quiere pan, allí es donde acudirá para encontrarlo.

En el arca se encontraba también la "vara de Aarón que reverdeció". Esto nos habla de la muerte y resurrección de Cristo, porque era una vara muerta y la vida entró en ella.

Finalmente, en el arca estaban "las tablas del pacto". Esto nos habla del hecho que el Señor Jesucristo cumplió toda la ley.

Sigue diciendo el versículo 5 "de estas cosas no se puede ahora hablar en detalle". El escritor quiso decir que no tenía tiempo para abundar en detalles sobre el tabernáculo, porque las cosas que él estaba enfatizando eran el sacerdocio y la adoración. Él estaba preocupado por lo que era la verdadera adoración y sobre cómo tenemos que adorar. Continuemos leyendo ahora el versículo 6 de este capítulo 9 de Hebreos:

"Así dispuestas estas cosas, en la primera parte del Tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto."

Dice aquí que los sacerdotes entraban en la primera parte del tabernáculo. Y lo hacían continuamente, nunca finalizaban su trabajo. Si por ejemplo venían hoy, tenían que volver mañana, y al día siguiente, y así sucesivamente. En nuestra opinión debe haber resultado monótono para un sacerdote realizar este ritual a través de los años. La misma repetición del ritual significaba que no era suficiente. Sin embargo, vamos a ver que Cristo fue una vez al lugar Santísimo; para Él fue necesario ir solamente una vez.

La frase "para cumplir los oficios del culto" quiere decir realmente "para cumplir la adoración a Dios". Este era el objetivo final de todo el ritual, que el pueblo de Dios pudiera adorarle. Aquí se está hablando de una adoración verdadera, no simplemente de un servicio religioso donde se sigue un determinado orden de culto. Cuando tiene lugar una verdadera adoración, es una adoración que nos atrae a la presencia de Cristo, en la cual podemos adorarle realmente.

Ahora, la palabra "adoración" proviene de la palabra latina "adoratio" y se aplica a la acción de adorar, que consiste en reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como alguien divino. Es dar a alguien algo de lo cual es merecedor, de lo cual es digno. El Señor Jesucristo merece recibir nuestra alabanza y nuestra adoración. Esto es adoración, y ella es seguida por el servicio. La verdadera adoración siempre lo llevará a uno al servicio. En medio de Su tentación en el desierto, el Señor Jesús le respondió a Satanás: "Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él servirás" como vemos en Mateo 4:10. Usted no tendrá que rogar o suplicar, influir, o provocar a las personas para que hagan algo, si ellos están participando en una verdadera adoración a Cristo, porque la adoración genuina conduce al servicio. Muchos líderes pasan mucho tiempo recomendando encarecidamente a la gente para que haga algo, instándoles a dar, a visitar a otros que lo necesiten, a enseñar o a cantar. La verdadera adoración impulsará a las personas a implicarse en el servicio. Tal adoración es posible solamente a través del Señor Jesucristo.

El ritual del tabernáculo nunca llevó al pueblo a la presencia de Dios. El sumo sacerdote entraba solo al Lugar Santísimo. Dice el versículo 7 de este noveno capítulo de Hebreos:

"Pero en la segunda parte, entra sólo el sumo sacerdote una vez al año, llevando la sangre que ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo."

El escritor estaba hablando aquí del gran Día de la Expiación, también llamado Yom Kippur y era, en cierto sentido, el día culminante en la vida de la nación de Israel. Este era el día en que el gran sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo de parte de la nación. Y en base a este acto, la nación era aceptada por un año más.

Nuestro gran Sumo Sacerdote ha entrado en el Lugar Santísimo, a la misma presencia de Dios. Ha entrado allí, y no ha salido. Él va a estar allí mientras nosotros estemos en este mundo. Cuando Él salga, va a venir a buscar a los Suyos, porque somos una parte de Él mismo; somos el "cuerpo" de Cristo.

El propósito de todo esto es el de hacer real para su corazón y el mío la presencia del Señor Jesús. ¿Ha comenzado usted este día con Él, amigo oyente? El mundo en que usted y yo nos encontramos es un mundo alborotado, tumultuoso, y no tiene tiempo para Dios. Mientras en este día usted ha andado deprisa y corriendo, ¿ha estado Él con usted? ¿Ha podido adorarle? Para adorarle no tenemos que ir necesariamente a una iglesia y cantar una doxología (aunque el escritor de esta epístola va a instarnos a que lo hagamos, porque necesitamos estar con el pueblo de Dios y participar en una adoración organizada, coordinada y corporativa; es esencial para nuestro crecimiento espiritual), pero podemos adorarle en cualquier lugar donde nos encontremos, cuando nos trasladamos de un lugar a otro, en nuestro lugar de trabajo o de estudio. Estimado oyente, dondequiera que usted se encuentre, puede adorarle. Usted y yo necesitamos abrir y derramar el contenido de nuestros corazones en adoración y alabanza s Su santo Nombre.

Ahora, nuestro Sumo Sacerdote ha entrado al Lugar Santísimo, de parte nuestra y a favor nuestro, en este mismo día. Y usted puede apreciar lo superior que esto es al pasado, cuando el sumo sacerdote iba solamente una vez al año y no se quedaba allí, sino que se apresuraba a salir. La tradición dice que tenía una cadena atada a su pie, porque si cometía algún error, podía caer muerto allí mismo y entonces tenían que retirarlo de aquel lugar y nombrar a un nuevo sumo sacerdote.

Así que recordemos que nuestro Sumo Sacerdote ha entrado en presencia misma de Dios por usted y por mí, y Él se encuentra hoy allí. En el versículo 24, de este mismo capítulo 9, de la epístola a los Hebreos, leemos, de otra versión: "En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios a favor nuestro". Moisés le había pedido a Dios que le dejara ver Su rostro, pero Dios le dijo que ningún ser humano podía ver a Dios. Sin embargo, usted y yo tenemos un Sumo Sacerdote que ha entrado a la presencia misma de Dios.

Nosotros no le adoramos pasando a través de cierto ritual. No le adoramos encendiendo cirios o quemando incienso, o preparando algún hermoso altar. Algunos podrían pensar que estos elementos externos ayudan a las personas en su adoración. Estimado oyente, si usted necesita esta clase de ayuda, no está adorando al Señor. El Evangelio de Juan, nos relata que la mujer que había ido a buscar agua al pozo, le preguntó a Jesús donde debería adorar la gente a Dios, y el Señor respondió: "la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren" (como leemos en Juan 4:23).

Amigo oyente, será una hermosa experiencia que usted y yo podamos entrar a Su presencia, que podamos percibir ese aroma dulce del incienso de Su presencia; no con nuestros sentidos físicos, sino con nuestros corazones, nuestras almas y nuestras mentes. Yo oro a Dios para que pueda ser consciente de la dulzura de Su Presencia, que pueda caminar, vivir, a la luz de Su Palabra, y que cada día sea capaz de experimentar esa realidad en mi vida. Y también deseo lo mismo para usted. Hablando de nuestra alimentación espiritual, necesitamos dejar a un lado el biberón de leche, y necesitamos alimentarnos con el alimento sólido de la Palabra de Dios. Necesitamos penetrar en la presencia del Cristo viviente, que es nuestro gran Sumo Sacerdote, y que está sirviendo allá en un tabernáculo mejor que aquel que estaba en esta tierra. Y así, con esta actitud y privilegiada posición, podemos adorar hoy al Cristo viviente.

Amigo oyente, esperamos que esta verdad sea motivadora, que nos estimule a experimentar estos momentos de comunión y compañerismo con Dios, que refuerce nuestra fe, que renueve nuestras fuerzas para resistir las pruebas y circunstancias difíciles de la vida, y que nos haga ver la realidad que nos rodea en este mundo desde el punto de vista de Dios, aceptando así Su guía, Su dirección y Su voluntad para afrontar las decisiones de nuestro diario vivir. Vamos a detenernos aquí por hoy, pero Dios mediante, vamos a continuar estudiando la mayor parte del resto de este capítulo 9 de la epístola a los Hebreos, en nuestro próximo programa. Mientras tanto, le sugerimos que usted lea detenidamente el resto de este capítulo para familiarizarse con su contenido.

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