Jesús sentenciado a muerte - Marcos 15:6-20

Estudio bíblico

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Jesús sentenciado a muerte - Marcos 15:6-20


(Mr 15:6-20) "Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes. Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos? Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía. Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos! Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias. Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle."

Introducción


En nuestro estudio anterior vimos que a pesar de toda la dureza de Pilato, sin embargo intuyó con claridad que Jesús era diferente a todos los demás presos a los que había juzgado, llegando a maravillarse de él y a estar convencido de su inocencia. A continuación veremos algunos de los intentos que hizo por liberarle, aunque finalmente terminó cediendo cobardemente ante la presión de los dirigentes judíos y las multitudes.

"En el día de la fiesta les soltaba un preso"


Marcos comienza explicando la costumbre que tenía el gobernador de conceder la amnistía a un preso elegido por el pueblo durante la fiesta de la pascua.

Pilato pensó en aprovechar esta coyuntura para conseguir el indulto de Jesús, al que él mismo propuso como candidato. Sin embargo, al hacer esto, ya estaba dando por hecho que Jesús estaba condenado, de otra manera, no tendría sentido indultarle. Esto hacía que esta maniobra de Pilato fuera muy arriesgada, puesto que si el pueblo no elegía a Jesús para ser liberado, inmediatamente estaría condenado a muerte.

"Y había uno que se llamaba Barrabás"


Finalmente el asunto se tendría que decidir entre Jesús y un tal Barrabás. Este último es mencionado por los cuatro evangelistas, y por lo que nos dicen de él, era un preso conocido por el pueblo, que junto con otros había participado en una revuelta en la que había cometido homicidio (Mr 15:7). Parece que había sido detenido bajo los cargos de terrorismo, insurrección y asesinato. Todo apunta a que era un combatiente sanguinario de la resistencia judía contra las autoridades romanas de ocupación.

Jesús también había sido acusado por los judíos como el "rey de los judíos", con el fin de hacer creer a Pilato que era un revolucionario del mismo tipo que Barrabás. Seguramente por el hecho de que ambos presos enfrentaban acusaciones similares, fueron propuestos como dos alternativas equivalentes. En cualquier caso, el simple hecho de sugerir que Jesús y Barrabás pudieran tener algo en común, era un ultraje inaceptable contra la bendita persona del Señor. ¡Cuántas humillaciones soportó para poder llegar a ser nuestro Salvador!

"¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?"


¿Cuál era el propósito de Pilato?

  • Sin duda, estaba buscando la forma de librar a Jesús. Él sabía que la razón por la que los principales sacerdotes había entregado a Jesús era porque tenían envidia de él (Mr 15:10). Por eso, cuando les presentó la posibilidad de liberar a Jesús, tenía la esperanza de que el pueblo se distanciara de la opinión de sus líderes, puesto que el gobernador sabía que gozaba de mucha aceptación entre las multitudes, tal como habían demostrado el día en que entró en Jerusalén y le habían aclamado como su Mesías.

  • Al mismo tiempo quería comprobar si la multitud aceptaba a Jesús como líder nacionalista.

  • Y seguramente esperaba también que fueran otros los que tomaran la decisión de condenar a Jesús y así ver liberada su conciencia de esta responsabilidad.

Pilato había colocado delante del pueblo judío dos interpretaciones opuestas de la esperanza mesiánica, y les estaba obligando a decidirse por una de ellas. Por un lado estaba Jesús, que actuaba sólo con el poder de la verdad y el amor, y por otro estaba Barrabás, que era partidario de la violencia y la lucha armada. El gobernador romano pensó ingenuamente que si presentaba delante de ellos a un vil criminal como Barrabás, el pueblo escogería a Jesús. Pero sus cálculos fallaron porque ignoraba cómo es el corazón humano. ¿Acaso no se conocía a sí mismo?

Y lo cierto es que todos nosotros tenemos que estar enfrentándonos constantemente con la decisión de escoger entre Cristo y Barrabás, la honestidad y el engaño, la paz y la violencia, el amor y el odio, la legalidad y la ilegalidad, la humildad y la arrogancia.

"Porque conocía que por envidia le habían entregado"


Pilato no creía en la honestidad de los líderes judíos y de ninguna manera había aceptado su pretendida lealtad al César. Y aunque quizá no podía entender exactamente cuáles eran las razones concretas por las que sentían tal hostilidad hacia Jesús, aun así, el gobernador había quedado tan impresionado con Jesús que tenía la plena certeza de que no había ninguna base objetiva ni causa válida que justificase la conspiración de los líderes judíos para condenarle a muerte.

Por el contrario, conocía bien a los principales sacerdotes y sabía que les devoraba la envidia. Y en el poco tiempo que había tratado con Jesús, pudo darse cuenta de que tenía cualidades de las que ellos carecían y por las que le podrían envidiar. Nosotros podemos ver a través de los evangelios muchas de las causas de esta envidia: en primer lugar les disgustaba la popularidad de Jesús, pero también su capacidad para realizar milagros, o la autoridad con la que enseñaba, o echaba fuera demonios, o perdonaba pecados...

La envidia es un pecado muy común, incluso en personas religiosas, que puede llevar a cometer las acciones más deplorables.

"Los principales sacerdotes incitaron a la multitud"


Contra toda lógica, los principales sacerdotes que estaban acusando a Jesús de traición contra César, ahora estaban incitando al pueblo para que pidiera la liberación de Barrabás, que era realmente culpable del crimen de sedición. Estaba claro que a pesar de su aparente religiosidad, eran terriblemente injustos y manipuladores.

Tal vez si la multitud hubiera podido expresar sus propias preferencias sin la presión de sus gobernantes, tal vez hubieran optado por la libertad de Jesús. Pero la nefasta influencia de los principales sacerdotes consiguió que olvidaran la admiración que antes habían sentido por Jesús y que la cambiaran por un profundo odio.

Pero en cualquier caso, no deja de sorprendernos el comportamiento de las multitudes; rechazar a Cristo y preferir a Barrabás es un hecho incomprensible. Habían llegado al límite de la ofuscación, de la locura, del delirio. Y por supuesto, eran plenamente responsables de sus actos.

También nos preguntamos dónde estaban en ese momento sus seguidores, y por qué callaron aquellas miles de personas que habían sido beneficiadas por alguno de los milagros de Jesús. Seguramente estaban ausentes por miedo o callaron por cobardía. Una vez más recordamos las palabras de Martin Luther King: "Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos... Quién acepta pasivamente la maldad, está tan involucrado en ella como el que ayuda a perpetrarla. Quién acepta la maldad sin protestar contra ella, está realmente cooperando con ella".

"Pidieron que soltase más bien a Barrabás"


Al final los principales sacerdotes convencieron a la multitud para que pidieran la libertad de Barrabás. Es posible que lo vieran como una especie de héroe por haber participado en la rebelión activa contra Roma. Sin lugar a dudas este hecho despertaría la admiración popular, puesto que representaba la pasión por la libertad que todos los judíos sentían. En cambio Jesús les debió parecer que tenía un carácter poco mundano, muy débil. Así que Pilato soltó a Barrabás.

Cuando unas horas más tarde Jesús fue crucificado en el Gólgota, Barrabás tuvo que darse cuenta de que él mismo debería de haber estado ocupando aquella cruz, pero que sin embargo otro estaba muriendo en su lugar. Sabía que la cruz del centro era la suya. Sabía que los clavos que habían atravesado las manos y pies de Jesús eran sus clavos. Sabía que de un modo muy personal ese Jesús de Nazaret estaba muriendo en su lugar.

De alguna manera, Barrabás representa a cada creyente en Cristo que es liberado porque Jesús tomó su lugar. Al paramos al pie de la cruz, sabemos perfectamente que ese era el lugar que nos correspondía a nosotros por causa de nuestros pecados, y la única esperanza segura que podemos tener en cuanto a la vida eterna reside en el hecho de que Jesús murió ocupando nuestro lugar.

(1 P 3:18) "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecadores, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios?"

"¿Qué queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?"


El plan de Pilato para librar a Jesús había fracasado, y en su cobardía hizo algo completamente inconcebible en un juez: pregunta a los acusadores para saber qué querían que hiciera con Jesús.

Esto evidencia una vez más que Pilato actuaba sin ningún sentido de justicia. En realidad era un esclavo de la opinión pública. Como muchos hoy en día, adoptaría la decisión que la mayoría tomara. En lugar de juzgar a Jesús por lo que realmente hizo, iba a decidir su veredicto a partir de lo que otros decían de él. ¡Cuántas personas hay que en la actualidad hacen lo mismo!

"Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale!"


Todo intento de Pilato para razonar con la multitud resultó en vano. En lugar de calmarse, el frenesí popular aumentaba. Cada vez gritaban con más fuerza a fin de convencer a Pilato de la culpabilidad de Jesús (Jn 19:12). Aunque como todos sabemos, los gritos y las amenazas son con frecuencia el sustituto de la razón.

En cualquier caso, no deja de ser un misterio que la multitud que una semana atrás había aclamado a Jesús como rey cuando había llegado a Jerusalén, ahora estuvieran pidiendo su crucifixión. ¿A qué se debió ese cambio?

  • Parte de la respuesta la debemos encontrar en el carácter cambiante de la multitud, que unido a la presión que los principales sacerdotes ejercieron sobre ella, fácilmente lograron este cambio de actitud. Normalmente las multitudes son más fáciles de dirigir de lo que normalmente se piensa. En la mayoría de los casos actúan por imitación y no por convicción. Así que si el grupo de los principales sacerdotes gritaban para que Jesús fuera crucificado, el resto de la multitud haría lo mismo. Y si cuando Jesús entró en Jerusalén sus discípulos empezaron a aclamarle como rey, inmediatamente la gente que se encontraban con ellos empezaron a hacer lo mismo. Pero como podemos ver, estas decisiones son superficiales y se pueden cambiar con facilidad. Tenemos que recordar esto porque en la actualidad también es fácil preparar reuniones multitudinarias donde las personas que escuchan el evangelio pueden llegar a tomar una decisión a favor de Jesús condicionadas por la presión del ambiente, pero no por una auténtica convicción de sus pecados. Si esto ocurre, no nos extrañe que con el tiempo estas personas acaben ignorando su decisión cuando se encuentren fuera de ese ambiente.

  • Por otro lado, las multitudes se dieron cuenta de que Jesús no demostraba ser la clase de Mesías que ellos deseaban, así que quedaron decepcionados y no les importó rechazarle. Si en algún momento habían llegado a pensar que podía ser el Mesías prometido por Dios, no tardaron en cambiar de opinión cuando entendieron que la esclavitud de la que les quería librar era del pecado y no del poder de Roma. Por eso, cuando lo vieron de pie ante las autoridades romanas, no siendo capaz de defenderse, toda la lealtad que hubieran podido tenerle, se volvió en un odio homicida. Y en cierto sentido, hay en nuestros días muchas personas que se acercan a Dios esperando que les dé cosas que ellos desean, y si no las reciben, se sienten defraudadas y se vuelven airadamente contra Dios. Pero no hemos de olvidar que a lo que Dios se ha comprometido es a darnos gratuitamente la salvación eterna si se la pedimos con arrepentimiento y fe en Cristo. Otras muchas cosas que pidamos sólo las recibiremos si se corresponden con su voluntad.

"Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás"


Pilato se encontró atrapado en un verdadero dilema. Quería complacer al mismo tiempo a dos poderes totalmente contrarios, lo que no tardó en darse cuenta que era imposible. Comprobó que no se puede servir a Dios y a la vez agradar a los hombres. Nosotros también tenemos que estar constantemente tomando decisiones de este tipo. Pablo llegó a esta conclusión: "Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo" (Ga 1:10). Pilato tuvo que decidir entre la amistad de César y la de Jesús (Jn 19:12). Y cada uno de nosotros tenemos que tomar decisiones similares: Jesús o la multitud, Jesús o el grupo de amigos.

Pilato tomó su decisión para agradar a los judíos, lo que le llevó a condenar a un inocente. Y este suele ser el precio que hay que pagar cuando estamos más interesados en la opinión pública que en la verdad de Dios. Si seguimos su ejemplo, fácilmente nos encontraremos condenando al inocente y halagando al culpable, callando la verdad y defendiendo la mentira.

Entregó a Jesús para que fuera azotado


Antes de que Jesús fuera entregado a la crucifixión, Pilato mandó azotarlo. Pero, ¿qué sentido tenía infringir un castigo tan brutal si acto seguido iba a ser crucificado y muerto? Quizá una explicación sería que tenía la finalidad de debilitar al reo de tal forma que la muerte en la cruz fuese más rápida. Pero en este caso concreto, debemos considerarlo también como un último intento de parte de Pilato para librar a Jesús. No olvidemos que después de haberlo azotado, el evangelista Juan nos dice que volvió a sacarlo al pueblo (Jn 19:1-5). Su esperanza era que cuando la multitud lo viera totalmente humillado se despertara en ellos la simpatía y la compasión por él y decidieran así librarle de la muerte pensando que ya había recibido suficiente castigo. Pero este nuevo intento de librar a Jesús también fracasó y la multitud siguió gritando en su locura "¡crucifícale!".

Cada uno de estos intentos que Pilato hacía para intentar librar a Jesús constituían una nueva ofensa y humillación contra él. No olvidemos que los azotes romanos eran algo terrible. El reo permanecía doblado y atado de tal manera que tenía totalmente expuesta la espalda. El azote consistía en una larga tira de cuero con trozos de hueso o de plomo incrustados que literalmente desgarraba la espalda a tiras. Las heridas que se producían llegaban a tal extremo que a veces los órganos internos quedaban a la vista. Algunos reos morían en la tortura, mientras que otros se volvían locos; pocos lograban mantenerse conscientes hasta el final. Era un castigo extremadamente bárbaro, del que estaban exentos los ciudadanos romanos (Hch 16:37-38).

Así se cumplió literalmente lo que siglos antes había escrito el salmista.

(Sal 129:3) "Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos."

"Entregó a Jesús para que fuese crucificado"


Viendo que las multitudes no cambiaban de opinión sino que por el contrario cada vez gritaban más, finalmente entregó a Jesús para que fuera crucificado. Sin embargo, antes de ello decidió lavarse las manos en público, queriendo indicar con ello que era inocente de la injusticia que estaba cometiendo, y responsabilizando así a los judíos. ¡Pero las manchas de sangre no se quitan con agua!

(Mt 27:24) "Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros."

Y mientras esto ocurría, la multitud respondió: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mt 27:25). Por supuesto, una reacción así tuvo terrible consecuencias para ellos. Antes de que pasaran cuarenta años, aquel pueblo pasó por ríos de sangre, viendo cómo destruían Jerusalén y el templo. A partir de ahí comenzó su "dispersión" que ha durado hasta hace pocos años. En todo ese tiempo han sido objeto del antisemitismo. Sufrieron la expulsión de países como España y fueron cruelmente exterminados por Hitler. Pero a pesar de todo esto, la nación judía nunca se ha arrepentido de haber crucificado a su Mesías.

"Los soldados le llevaron al pretorio"


Una vez que el débil Pilato cedió a la presión de los judíos, entregó a Jesús a la mofa de los soldados, que antes de llevarle para crucificarle, se entretuvieron burlándose cruelmente de él.

Estos eran soldados embrutecidos, de mano dura, acostumbrados a cumplir con ordenes espantosas, así que no tuvieron ningún reparo en ridiculizar al reo. Para ello hicieron una ceremonia de coronación burlesca en la que "le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle". En ese momento todo su cuerpo estaba ensangrentado después de haber sido azotado brutalmente, pero aun así los soldados no se apiadaron de él y siguieron con su simulacro de coronación con el que intentaban caricaturizar su majestad disfrazándole de rey y rindiéndole honores sarcásticamente, mientras le golpeaban en la cabeza con una caña y le escupían. Se sentían fuertes y mostraban todo su desprecio por él.

Ahora bien, ¿por qué esta extraña burla insultante? Parece que vieron la oportunidad de dar rienda suelta a todo el odio que tenían en sus corazones. Pero al mismo tiempo, el evangelista se encarga de establecer un paralelismo con las burlas que los judíos habían hecho a Jesús después de que lo hubieron juzgado. Así que, si los romanos lo ridiculizaron como rey, los judíos lo habían hecho antes como profeta (Mr 14:65).

Este trato vejatorio al que sometieron a Jesús nos habría llenado de horror y compasión si se lo hubieran hecho sufrir a cualquier hombre, pero cuando pensamos que se lo estaban haciendo al eterno Hijo de Dios, el estupor nos sobrecoge. Aunque si reflexionamos sobre el hecho de que estos tormentos fueron sufridos voluntariamente con el objeto de librar a los pecadores como nosotros, aun nos admira más.

¡Si hubieran sabido que aquel a quien vistieron de púrpura era el mismo Creador! ¡Si hubieran sabido que aquel a quien coronaron de espinas es el mismo Sustentador del universo! ¡Si hubieran sabido que aquel a quien golpeaban y escupían es el Señor de la gloria!

Pero todo esto no sorprendió a Jesús, que ya había anunciado de antemano a sus discípulos los sufrimientos por los que tendría que pasar antes de morir, y que éstos vendrían tanto de los judíos como de los gentiles (Mr 10:33-34). El sabía todo esto, y por lo tanto podría haberlo evitado si lo hubiera deseado, pero él mismo había elegido deliberadamente entregar su vida. Si él iba a morir, no era porque fuese una víctima impotente de la hostilidad de los líderes de la nación judía, ni de un destino inevitable decretado contra él. Libremente hizo suyo el propósito de su Padre para la salvación de los pecadores. El dijo: "yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar" (Jn 10:17-18).

Una vez que terminaron con sus burlas, vistieron nuevamente a Jesús con sus propios vestidos y lo llevaron para ser crucificado. Según era costumbre, un escuadrón de ejecución de cuatro soldados bajo el mando de un centurión, conducirían a Jesús fuera de la ciudad donde sería crucificado.

¿Quién fue el responsable de la muerte de Jesús?


A lo largo de los últimos relatos hemos ido considerando que varias personas fueron responsables de la muerte de Jesús. Por ejemplo, leímos que Judas le entregó por dinero a los principales sacerdotes que lo buscaban para matarle (Mr 14:10) (Mr 14:43-44). Luego los principales sacerdotes entregaron a Jesús por envidia a Pilato con la petición de que lo crucificara (Mr 15:1,10). Y ahora en ese pasaje hemos visto que Pilato entregó a Jesús a los soldados para que fuese crucificado porque quería agradar a los judíos (Mr 15:15).

Y aunque nos gustaría poder excusarnos, la realidad es que nos vemos a nosotros mismos reflejados en ellos. Sus pasiones son las nuestras. ¿Quién no ha tenido nunca envidia, o ha codiciado en algún momento el dinero, o ha preferido agradar a los hombres antes que con Dios? Nosotros mismos también somos culpables. Y si hubiéramos estado en el lugar de ellos, hubiéramos hecho lo que ellos hicieron. La codicia, la envidia y el temor que promovieron su comportamiento también promueve el nuestro.

Todos los ámbitos de la humanidad, tanto judíos como gentiles, estuvieron involucrados por igual en la muerte de Jesús. El evangelio de Marcos nos ha llevado a considerar un paralelo entre el juicio y las burlas de los dos juicios, con los judíos primero y con los gentiles después. Ambos por igual fueron responsables. Así fue como vieron la cuestión los apóstoles: "Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel" (Hch 4:27).

Pero aunque todo esto es cierto, sin embargo todavía no hemos llegado al fondo de la cuestión, porque no hemos de olvidar que en último término, la verdadera causa de su muerte fueron nuestros pecados: "Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 P 3:18). Ya hemos visto una ilustración de este concepto de la sustitución en la persona de Barrabás. El inocente entregado a la muerte a fin de que el culpable pudiese salir libre. Por lo tanto, fueron nuestros pecados los que le llevaron a morir en la cruz. Nuestra salvación depende enteramente de esto. Y cuando miramos a esa cruz, sólo lo podemos hacer con la cabeza inclinada y el espíritu contrito. La cruz manifiesta con total claridad la gravedad de nuestros pecados y nos quita toda posibilidad de orgullo.

Por lo tanto, podemos decir que aunque Jesús fue entregado a la muerte por la codicia de Judas, por la envidia de los principales sacerdotes y por la cobardía de Pilato, al mismo tiempo también es cierto que fue el mismo Padre quien lo entregó por amor para que ocupara el lugar que nosotros merecíamos (Ro 8:32). Y aun más, el mismo Hijo se entregó a sí mismo voluntariamente para cumplir la voluntad de su Padre (Ga 2:20).

A la vista de todo esto, la gran pregunta que Dios sigue haciendo a todos los hombres es: ¿qué vais a hacer con Jesús, llamado el Cristo? De nuestra contestación dependerá dónde pasaremos la eternidad.

Preguntas


1. ¿Qué sabe acerca de Barrabás? ¿Por qué fue propuesto como una alternativa válida a Jesús para conseguir el indulto? ¿Qué representaban Jesús y Barrabás para el pueblo? ¿Qué pensaría Barrabás al ver a Jesús crucificado? ¿Hay algún sentido en el que usted se pueda identificar con Barrabás?

2. En este pasaje hemos visto varios intentos de Pilato para liberar a Jesús. Explique cuáles fueron y cuál fue su resultado. Finalmente condenó a Jesús, ¿cuáles fueron los factores que le llevaron a tomar esta decisión?

3. Razone sobre la actitud de los dirigentes judíos. ¿Por qué entregaron a Jesús? ¿Cómo convencieron a la multitud para que eligieran a Barrabás? ¿Le parece coherente que pidieran la libertad de Barrabás al mismo tiempo que acusaban a Jesús?

4. ¿Por qué cree que el pueblo escogió finalmente a Barrabás en lugar de a Jesús?

5. A partir de lo que ha aprendido en los últimos pasajes, razone sobre quién entregó a Jesús.

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