Estudio bíblico: La gran comisión (1) - Marcos 16:14-18

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Id por todo el mundo y predicad el evangelio (1ª parte) - Marcos 16:14-18

(Mr 16:14-20) "Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán."

Introducción

En nuestro estudio anterior consideramos algunas de las evidencias de la resurrección de Jesús, especialmente lo relacionado con la tumba vacía y algunas de sus apariciones a ciertos discípulos. Ahora tendremos ocasión de ver el momento en que se presentó ante los once apóstoles, uniendo nuevamente el grupo y renovando su comisión para ser testigos suyos ante el mundo. Nos detendremos a considerar las características de esta nueva misión, que a partir de ese momento estaba avalada con la autoridad de Cristo resucitado.

"Finalmente se apareció a los once mismos"

Aunque el Señor ya se había aparecido a otros discípulos después de su resurrección, sin embargo todavía no se había encontrado con los once apóstoles. Esto tuvo lugar en último lugar, tal como Marcos señala. Quizás estas apariciones anteriores tenían el propósito de preparar el camino para que la incredulidad de los apóstoles fuera cambiando antes de su encuentro definitivo con el Señor. Y aunque nuestro evangelio sólo recoge una de esas ocasiones, sabemos que durante los cuarenta días que Jesús permaneció en la tierra antes de ascender al cielo, aun estuvo con ellos en otras muchas ocasiones.
(Hch 1:3) "A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios."
Como decíamos, estas apariciones tuvieron el propósito de vencer "su incredulidad y dureza de corazón", porque no hemos de olvidar que los apóstoles no eran de ese tipo de personas crédulas que están dispuestas a aceptar cualquier cosa, tal como en muchas ocasiones han sido acusados por los críticos incrédulos. Por lo tanto, las apariciones de Jesús no fueron incidentes aislados que apenas duraban unos segundos, sino que se trataron de encuentros largos y pausados en los que Jesús pudo mostrarles las huellas de sus heridas e invitarles a tocarlas, comer con ellos, o darles instrucciones concretas acerca de su ministerio futuro... Todo esto creó en ellos una convicción tan fuerte que permanecería inalterable en el tiempo a pesar de todas las pruebas y dificultades por las que más tarde tuvieron que pasar.
Sin embargo, esta incredulidad había alcanzado unos niveles que no eran razonables, y por ello cuando el Señor se encontró finalmente con ellos tuvo que reprenderles. La causa de esta reprensión radicaba en que "no habían creído a los que le habían visto resucitado". De aquí se subraya la importancia que el Señor concede a creer a los testigos de la resurrección. Evidentemente él esperaba que los discípulos hubieran creído este testimonio puesto que los testigos eran de toda confianza, y además, ellos mismos habían comprobado durante los tres años que habían acompañado a Jesús que toda su vida era extraordinaria, así que, ¿por qué no creer en su resurrección después de todo lo que ya habían visto de él?
Las pruebas de la verdad del evangelio son tan completas, que aun en nuestros días, quienes no las aceptan serán justamente reprendidos por su incredulidad. Y de igual manera, quienes crean en ellas gozarán de la bienaventuranza del Señor.
(Jn 20:29) "Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron."

"Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio"

El libro de los Hechos nos da más detalles acerca de este último mandamiento del Señor a sus discípulos antes de su ascensión. Allí vemos que ellos pensaban, no sin cierta razón, que el reino de Israel podía ser restaurado inmediatamente, pero el Señor les indicó que todavía no había llegado el momento de sentarse a reinar con él, sino que era tiempo de dar testimonio de él a todo el mundo, para lo que recibirían poder cuando descendiera sobre ellos el Espíritu Santo.
(Hch 1:6-9) "Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos."
No cabe duda que tenemos aquí una importante misión que la Iglesia debe cumplir en este tiempo hasta el momento en que sea arrebatada al cielo. Por esta razón, debemos detenernos a considerar con cierto detalle sus características.
1. Definiendo la "misión"
Con la autoridad del Señor resucitado y el poder del Espíritu Santo debían exponer con palabras y hechos la salvación que Cristo había conseguido por medio de su muerte en la cruz y su posterior resurrección para todos aquellos que se arrepienten y le reciben como su Salvador, y obedientemente le sirven como su Señor. También tendrían que bautizarles y enseñarles todas las cosas que Jesús les había mandado a fin de que sus vidas se asemejaran a la de él. Y todo esto debería ser llevado a cabo en comunión con su iglesia. Por lo tanto, para llevar a cabo esta misión tendrían que buscar a las almas perdidas y predicarles la Palabra.
2. El fundamento de la misión: La autoridad universal de Jesús
Antes de que Jesús enviara a los discípulos al mundo a predicar el evangelio, justificó que tenía autoridad para encomendarles esta misión. Lo podemos ver en el evangelio de Mateo.
(Mt 28:18-19) "Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, del Espíritu Santo."
Jesús pronunció estas palabras después de haber resucitado. Y como ya sabemos, este hecho glorioso fue la respuesta por medio de la cual Dios declaró que Jesús era realmente su Hijo (Ro 1:4). Es cierto que las autoridades judías lo habían rechazado, y que el gobierno romano lo condenó a la cruz, pero Dios invalidó esa sentencia levantando a su Hijo de entre los muertos. De esta manera quedaba fuera de toda duda que todo lo que Jesús había dicho durante su ministerio terrenal era verdad y contaba con la plena aprobación del Padre.
Por ejemplo, los judíos le habían acusado de blasfemar porque dijo que tenía autoridad para perdonar pecados, y estaban equivocados (Mr 2:7-12). Afirmó que tenía autoridad para juzgar a todos los hombres, y era verdad (Jn 5:27). Realmente, o tenía plena autoridad divina, o era imposible explicar el poder incomparable con el que enseñaba las Escrituras (Mr 1:22), expulsaba a los espíritus inmundos (Mr 1:27), dominaba las fuerzas de la naturaleza (Mr 4:39-41), y vencía a la misma muerte (Lc 7:14-15) (Jn 11:43-44). Todo esto evidenciaba que él era alguien extraordinario y que tenía una autoridad única. Muchos se dieron cuenta de esto y pensaron que él era un gran profeta (Mt 16:13-14), pero su resurrección puso en evidencia que él era mucho más que eso. Como los apóstoles habían confesado con anterioridad: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mt 16:16).
Pero su resurrección no sólo sirvió para demostrar su autoridad divina, sino que también fue el paso decisivo para su entronización como gobernante supremo del mundo, tal como había sido descrito por el profeta Daniel.
(Dn 7:13-14) "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su domino es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido."
Por lo tanto, la resurrección y ascensión de Jesús han dejado patente que él tiene autoridad sobre todo el mundo al nivel más elevado que podamos imaginar. El apóstol Pablo lo expresó de esta manera:
(Fil 2:9-11) "Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre."
Ahora Cristo está sentado a la diestra de Dios y tiene autoridad para salvar y también para exigir sumisión. Como muy bien expresó el apóstol Pedro en su discurso ante el Sanedrín, Jesús es Señor y Salvador:
(Hch 5:31) "A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados."
Es en base a esta autoridad universal que Cristo tiene, que ahora envía a sus discípulos a todo el mundo a predicar el evangelio. Él es el único que tiene el derecho legítimo de ser reconocido por todos los hombres como Señor. Y cualquiera que lo rechace como el Hijo eterno de Dios sufrirá la condenación eterna.
(Hch 4:12) "Y en ningún otro hay salvación porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos."
Así que, cuando Jesús dijo a sus discípulos "Id por todo el mundo y predicar el evangelio", lo estaba haciendo en base a su autoridad soberana. Por esta misma razón, si tenemos una visión débil de la soberanía de Cristo, nunca podremos llevar a cabo esta misión con fidelidad.
3. El estímulo para llevar a cabo la misión: Una visión de la gloria de Cristo
Es indudable que ganar gente para Cristo es una tarea pesada, ampliamente despreciada e impopular, y que con frecuencia provoca una activa oposición. Por lo tanto, el creyente que desee llevarla a cabo debe tener poderosos incentivos para no desfallecer. Y sin lugar a dudas, la resurrección de Cristo y su exaltación a la diestra del Padre a la posición de supremo honor nos ha de proporcionar la más fuerte de todas las motivaciones para perseverar en la evangelización.
En el libro de Hechos podemos ver cómo la resurrección de Jesús fue el gran móvil de las actividades misioneras de los apóstoles. Por ejemplo, Pedro y Juan habían visto la gloria de Cristo después de su resurrección y no podían dejar de contárselo a la gente a pesar de toda la oposición que tuvieran que enfrentar de parte del Sanedrín. Veamos cómo contestaron a los líderes de la nación:
(Hch 4:20) "... No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído."
Tan importante era haber visto a Cristo resucitado y ascendido al cielo, que esto llegó a ser una condición imprescindible para aceptar al nuevo apóstol que debía sustituir a Judas.
(Hch 1:21-22) "Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección."
Y del mismo modo, aunque de una forma especial, también el apóstol Pablo tuvo una "visión celestial" de la gloria de Cristo resucitado antes de ser enviado a predicar el evangelio.
(Hch 26:19-20) "Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento."
No cabe duda, por lo tanto, que todos aquellos que fueron enviados a predicar el evangelio del Señor Jesucristo, tuvieron previamente una visión de su gloria que se apreciaba con toda claridad en su resurrección y ascensión. Y algo similar podemos ver también en los grandes profetas de Dios en el Antiguo Testamento. Recordamos, por ejemplo, que Moisés antes de comenzar su ministerio vio una manifestación de la gloria de Dios en la zarza que ardía sin consumirse (Ex 3:1-6), también Isaías vio la Majestad de Dios en su trono (Is 6:1-7), y otro tanto podríamos decir de Jeremías (Jer 1:4-10) o Ezequiel (Ez 1:1-28).
Y de igual manera, si observamos la historia de los grandes avances misioneros de nuestro tiempo, nos daremos cuenta que surgieron cuando los cristianos llegaron a tener un sentido renovado de la majestad, el poder, la soberanía, el amor, la gracia y la compasión de Cristo.
Tal vez sea necesario volver a revisar los actuales estudios en cuanto a la "misionología", en los que cada vez se da más importancia a temas como las estrategias, el crecimiento, los métodos, las estadísticas, la cultura, la contextualización, la responsabilidad social de la iglesia... Y sin el ánimo de negar que algunas de estas cosas puedan tener cierto valor, lo realmente imprescindible es que el pueblo de Dios tenga una visión clara y completa de la gloria de Cristo. Porque aparte de esto, la iglesia carece de la motivación y la dirección necesarias, y fácilmente nuestro ánimo decae y la misión se desintegra. Sólo mirando a Cristo llegamos a tener la inspiración, el incentivo, la autoridad y el poder que necesitamos para llevar esta obra a cabo.
No cabe duda de que si nuestra evangelización se centra en la necesidad de los hombres, rápidamente llegaremos a estar frustrados cuando no veamos "resultados". Pero si por el contrario tenemos una visión clara de Cristo encarnado y crucificado, resucitado y reinando, impartiendo el Espíritu Santo y regresando a buscar a su iglesia, nuestro ánimo se fortalecerá, tendremos una motivación permanente y la pasión y el ánimo necesarios para la evangelización del mundo en nuestros días.
4. El propósito de la misión: dar gloria y honor a Cristo en este mundo rebelde
Ya hemos visto que Cristo tiene toda la autoridad legítima para reinar en este mundo, y que el Padre le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, en consecuencia, el deseo de Dios es que todos los hombres le honren, y por supuesto, este mismo sentir debería ser compartido por su pueblo.
El profeta Elías es un buen ejemplo de este "celo" por la gloria y el honor de Dios en un mundo rebelde. Cuando en sus días los israelitas abandonaron a Dios y dieron culto a los baales, el profeta se sintió profundamente afligido. Escuchemos su lamento:
(1 R 19:10) "El respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida."
Nosotros también deberíamos sentir este mismo dolor cada vez que Cristo es despreciado, y nuestro celo por él nos debería llevar a desear ardientemente que se le rinda todo el honor que le corresponde en este mundo. Debemos anhelar que todos los seres humanos, cualquiera que sea su cultura o su religión, doblen sus rodillas ante Jesús y se sometan a él como su Señor.
Nuestra evangelización debe ser ante todo una proclamación de quién es Cristo y lo que él ha hecho por los hombres a fin de que Dios sea glorificado. Por lo tanto, al predicar el evangelio no sólo buscamos la salvación de las personas, sino ante todo el reconocimiento de la soberanía de Dios en un mundo que le rechaza.
En este sentido, no debemos perder de vista la estrecha relación que existe entre evangelización y adoración (Mt 28:17-19). En ambos casos la meta debe ser la búsqueda de la gloria de Dios y el engrandecimiento de su nombre. Esto nos obliga a reflexionar hasta qué punto nuestra adoración le resultará agradable a Dios si por otro lado no damos importancia a lo que otros hagan con su Hijo.
No debemos olvidar que la razón por la que hemos sido redimidos por Dios es para que anunciemos las virtudes de Cristo. Y evidentemente esto no se debe limitar exclusivamente a nuestros cultos, sino también a nuestro contacto con el mundo.
(1 P 2:9) "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable."
Cuando anunciamos el nombre de Cristo al mundo pecador, Dios es glorificado, aun incluso entre aquellos que lo rechazan. Pablo era consciente de este hecho cuando predicaba el evangelio, llegando a afirmar que Dios percibía un grato olor aun cuando su nombre era anunciado entre los que se oponían. Veamos cómo lo expresaba cuando escribió a los corintios:
(2 Co 2:14-16) "Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?"
El apóstol describe aquí la entrada triunfal de un general romano que volvía a la metrópoli con el botín y los prisioneros de los territorios conquistados. Entre las personas había dos grupos: los reyes o jefes de los pueblos conquistados que se habían rendido voluntariamente a las demandas de Roma, y aquellos que se habían resistido. Al primer grupo se le había perdonado la vida y marchaba delante ante el carro del vencedor, para luego regresar a sus tierras, y tal vez a sus puestos, ya al servicio del Imperio. El segundo grupo andaba detrás del carro cargados de cadenas y se les había sentenciado a morir. En aquellas ocasiones no faltaban los sacerdotes paganos que movían sus incensarios en acciones de gracias a sus dioses. Y aunque en todos los casos el perfume era el mismo, según la actitud de cada grupo hacia el vencedor significaba dos cosas radicalmente distintas; para unos era olor de vida y para otros olor de muerte. Pablo usa esta analogía para señalar que cada vez que el evangelio es proclamado, independientemente de si los hombres lo aceptan o lo rechazan, Cristo es vencedor y recibe gloria y honor.
Por lo tanto, la evangelización es claramente una forma de exaltar y glorificar a Dios. Y es importante resaltar esto, porque en algunos movimientos cristianos modernos el ejercicio de los dones dados por el Espíritu Santo ha hecho que la iglesia crezca, pero la gloria ha recaído en muchas ocasiones en los evangelistas, que han llegado a alcanzar mucha fama y dinero. La prueba que debemos aplicar para saber si un movimiento proviene realmente del Espíritu Santo tiene que ver con su determinación de glorificar a Cristo, y si contribuye efectivamente a transformar a las personas a su imagen.
Al fin y al cabo, cualquier creyente que se haya aplicado a la tarea de ganar almas sabe que por él mismo nada puede hacer, y que todos los recursos provienen del Señor. Por tal razón, si vemos algunas personas salvadas por nuestro ministerio, toda la gloria y el mérito deben ser atribuidos en justicia sólo a Dios. El mismo apóstol Pablo, que fue un gran evangelista, era plenamente consciente de este hecho:
(2 Co 4:7) "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros."
5. La finalidad de la misión: ganar almas, hacer discípulos y formar un pueblo para Cristo
El evangelio de Lucas describe la misión de Cristo en esta tierra con las siguientes palabras:
(Lc 19:10) "Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido."
Y con la misma finalidad envió a su iglesia al mundo. Nuestra función es la de ser embajadores de Cristo, presentando sus derechos como Señor y explicando lo que él ha hecho para salvarnos de nuestra condición perdida y así poder restaurar nuestra relación con Dios.
(2 Co 5:20-21) "Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."
Es evidente que ganar almas no consiste únicamente en lograr cierto convencimiento intelectual de la gente sobre una serie de proposiciones doctrinales. Necesariamente tiene que implicar una rendición de nuestra propia voluntad a la de Dios, para lo cual tendremos que arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados, lo cual se demostrará por un cambio radical en toda nuestra forma de vida.
Por todo esto, la misión que el Señor encargó a sus discípulos no puede concluir cuando la persona toma la decisión de reconciliarse con Dios. Es imprescindible enseñarles los principios por los cuales se tiene que regir esta nueva vida. Notemos que cuando el Señor envió a sus discípulos al mundo a predicar el evangelio, incluyó la necesidad del discipulado. En conclusión, la misión no puede ser dada por concluida en tanto que no se haya enseñado "todo el consejo de Dios". Veamos cómo lo expresó el Señor Jesucristo:
(Mt 28:19-20) "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén."
No es posible predicar un evangelio en el que se separe la salvación de Cristo de su señorío. O se le acepta como Señor y Salvador o no se le acepta como nada. No se le puede dividir en dos y recibir sólo la mitad de su persona. De hecho, la salvación que él nos ofrece, consiste en una vida vivida bajo su señorío.
Tal vez tengamos que revisar el evangelio que predicamos, puesto que en muchas ocasiones las personas que nos escuchan sacan la conclusión de que llegar a ser creyente es una cuestión intelectual que se decide en un momento determinado y ahí se termina todo, estando listos para ir al cielo cuando nos llegue la hora de la muerte. Pero la idea bíblica de "creer" es mucho más dinámica. El verdadero creyente se va robusteciendo con el tiempo y es susceptible de ser enseñado, corregido y reprendido. Es decir, el creyente se convierte inmediatamente en un discípulo. Tal es así que en el libro de los Hechos, a los creyentes se les llama en muchas ocasiones "discípulos". Y es importante que notemos que "creyente" y "discípulo" no son términos utilizados para referirse a dos niveles de compromiso cristiano, sino que ambas palabras se emplean como sinónimos. Por lo tanto, podemos concluir que el llamamiento al discipulado fue una parte intrínseca del evangelio predicado por los apóstoles desde el comienzo.
Debemos preguntarnos seriamente si en nuestro testimonio intentamos hacer discípulos o sólo buscamos "decisiones baratas". Muy probablemente un alto porcentaje de los "creyentes" en las iglesias evangélicas no han nacido de nuevo. Sólo han dado un asentimiento intelectual y quizás emocional, a una versión devaluada del evangelio que no les ha exigido ninguna transformación de vida y ahora, en vez de caminar en el Espíritu Santo, su espiritualidad se limita a los cultos del domingo.
Cuando los apóstoles deseaban poder salvar a algunos, estaban pensando en que fueran purificados y hechos santos, porque un hombre no es salvo mientras viva en pecado. ¿Cómo puede un borracho haber sido salvado de la embriaguez si continúa entregado al desenfreno como antes? El verdadero evangelio transforma al creyente por el poder del Espíritu Santo.
Podemos decir que nuestra tarea evangelística no termina hasta que hayamos comunicado toda la enseñanza de Jesucristo (Mt 28:20). El apóstol Pablo nos dejó un buen ejemplo de esto en la labor que realizó en Éfeso.
(Hch 20:27) "Porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios."
Por supuesto, en muchas ocasiones el creyente que evangeliza no está capacitado para llevar a cabo una enseñanza sistemática de toda la Biblia, por eso es imprescindible que como parte del discipulado, el nuevo creyente sea incorporado en una iglesia local en donde pueda beneficiarse de los diferentes dones de enseñanza que el Espíritu Santo ha repartido dentro de la iglesia. Además, este ámbito le servirá no sólo para aprender, sino para practicar lo aprendido y desarrollar sus propios dones para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef 4:11-16).
6. La motivación para la misión: El amor a Dios y a los hombres perdidos
Hemos visto que el principal propósito por el que debemos evangelizar ha de ser dar honor y gloria a Cristo en este mundo rebelde, y que es imposible hacer esto si previamente nosotros mismos no hemos reconocido y visto su honor y gloria en nuestras propias vidas. Ahora vamos a considerar que para cumplir la misión encomendada por el Señor hay dos razones que nos deben motivar.
La primera es que el Señor nos manda que lo hagamos. No es algo opcional. Sus últimas palabras antes de ascender al cielo fueron: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Mr 16:15). Por supuesto, no debemos cumplir este mandamiento de una forma fría, como un deber religioso, sino como la expresión de nuestro amor a Dios. Le obedecemos porque le amamos (Jn 14:21), porque obedecerle sin amarle no pasa de ser mera religiosidad que no agrada a Dios.
En cualquier caso, este amor no surge en nosotros de forma natural, sino que debe ser despertado y motivado por el propio amor de Dios hacia nosotros. El apóstol Juan lo expresó de esta manera: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" (1 Jn 4:19).
Así que, cuando predicamos el evangelio a las almas perdidas lo debemos hacer por amor y obediencia a Cristo. Pablo decía que somos obligados e impulsados a predicar el evangelio de la reconciliación por causa del amor de Cristo (2 Co 5:14). Y es importante que cuando evangelizamos las personas con las que hablamos puedan percibir nuestro amor por el Señor en el entusiasmo que mostramos al hacerlo.
Y la segunda razón por la que debemos evangelizar es por amor a los hombres perdidos. Esta fue la razón por la que Dios envió a su Hijo al mundo: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn 3:16). Y si el Espíritu de Cristo está en nosotros, empezaremos a sentir la misma compasión que él sentía por los perdidos. Aunque seguramente tendremos que recuperar mucha de esta sensibilidad para ver a las almas como Cristo las veía en su condición de condenación. Porque es fácil llegar a convivir con los perdidos y no pensar en ellos como personas que caminan hacia una eternidad sin Cristo y sin esperanza.
El apóstol Pablo nos da un vivo ejemplo de esta sensibilidad y amor que él sentía hacia los perdidos de su propia nación:
(Ro 9:1-3) "Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne."
El hecho de que sean tan pocos los que sienten esta agonía interior al ver a sus semejantes perdidos, es una de las causas por las que el evangelio no se predica mucho más.
7. Los recursos para llevar a cabo la misión: la predicación de la Palabra
La forma de alcanzar al mundo sigue siendo la misma que Jesús describió en la parábola del sembrador:
(Mr 4:14) "El sembrador es el que siembra la palabra."
Cuando Pablo escribió a Timoteo, insistió en la importancia de predicar la Palabra:
(2 Ti 4:1-2) "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina."
Esto es tan importante porque el único que puede impartir vida eterna es Dios, y lo hace a través de su Palabra:
(1 P 1:23) "Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre."
La Palabra de Dios es el medio por el cual el Espíritu implanta en nosotros la semilla de la nueva vida. Ella, y sólo ella, es el instrumento eficaz del Espíritu para efectuar nuestro nuevo nacimiento.
(Stg 1:18) "El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas."
Pero a fin de que esta Palabra pueda ser eficaz en los corazones de los hombres, tiene que ser predicada.
(Ro 10:17) "Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios."
Por lo tanto, la Biblia es la herramienta básica para la evangelización. No hay otro método para atraer al pecador al Salvador que la predicación del evangelio y la enseñanza.
Ahora bien, una vez que hemos visto la importancia que tiene la predicación de la Palabra en la evangelización, es preciso que definamos también en qué consisten las buenas noticias que debemos anunciar al pecador.
Evidentemente la esencia del evangelio es Jesucristo mismo; su Persona y su Obra. Se basa en hechos históricos que habían sido profetizados con anterioridad en el Antiguo Testamento y que fueron cumplidos con exactitud en Jesús. Pablo nos ha dejado una síntesis del evangelio apostólico que él predicaba:
(1 Co 15:1-4) "Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras."
Es importante que notemos que este evangelio que Pablo predicaba lo había recibido de Dios. No se trataba de la transmisión de sus propias ideas, sino que era un mensaje recibido por medio de la revelación inspirada de Dios. Y así debe ser también nuestra propia predicación. En este sentido debemos considerar una vez más el ejemplo del mismo Señor Jesucristo, cuando argumentando con los judíos de su tiempo les dijo: "Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió" (Jn 7:16). Si el mismo Hijo de Dios ajustó su enseñanza a lo recibido del Padre, cuanto más nosotros. Este evangelio proviene de Dios, y por lo tanto es sagrado, así que no tenemos ningún derecho a alterar su contenido y debemos tener cuidado de no comunicarlo de manera indigna.
El predicador cristiano siempre puede caer en la tentación de cambiar este evangelio revelado por Dios y sustituirlo por la proclamación de las últimas novedades ideológicas, filosóficas, sociológicas, psicológicas, históricas o científicas del momento con el fin de presentar un mensaje aparentemente más intelectual. Otras veces la forma de pensar de nuestro mundo moderno nos incita a ser pensadores originales, y podemos llegar a sufrir mucha tensión en un mundo que constantemente espera escuchar y ver cosas nuevas, queriéndonos obligar de alguna manera a estar cambiando de forma permanente. En otras ocasiones, dado que nos movemos en una cultura del ocio y la diversión, donde todo lo que no entretiene, cansa y debe ser abandonado, es fácil ser tentados a convertir nuestros cultos en pequeños shows donde la predicación de la Palabra es casi inexistente. Así no es difícil encontrar muchos lugares en que la música acapara la mayor parte del protagonismo, y que los himnos del pasado que expresaban grandes conceptos bíblicos han sido sustituidos por canciones con mucho ritmo, carentes de contenido, en los que unas pequeñas frases son repetidas indefinidamente. Y de igual manera, se presiona al predicador para que sea breve y divertido, haciendo reír constantemente a su auditorio.
Pero si con la intención de agradar a los oyentes, el predicador abandona las Escrituras, o no las coloca en el lugar de prioridad que les corresponde, las consecuencias no se harán esperar. En primer lugar esto será considerado por el Señor como un acto de desobediencia, pero al mismo tiempo, nuestro mensaje no tendrá la capacidad de salvar a nadie. Sólo la revelación bíblica trae auténticas soluciones a la condición humana y es capaz de transformarla. Puede ser que una predicación de otro tipo fácilmente genere con mayor rapidez nuevos convertidos que "nacerán" emocionados por cierto ambiente creado por el predicador o la congregación, pero que poco después "morirán" con la misma velocidad cuando la emoción desaparezca.
Vivimos tiempos en los que ya se aprecian las consecuencias de la predicación de la teología liberal tan de moda en muchos círculos. Empezaron por poner en duda la inspiración plena de la Biblia para pasar inmediatamente a quitar de ella todo aquello que sonara a milagroso. Finalmente sólo dejaron algunos principios morales y éticos que eran enseñados sin ninguna autoridad divina. Un "evangelio" de este tipo nunca podrá ofrecer respuestas a los graves problemas del hombre moderno, ni tampoco podrá salvarlo de sus pecados. Así que ante la falta de una predicación bíblica que actuara como muro de contención frente a la inmoralidad del mundo, cada día vemos como el mal toma forma de ley y avanza a grandes pasos. Y no cabe duda de que la Iglesia cristiana ha tenido una importante responsabilidad en todo ello al haber fallado en su misión de predicar el evangelio con fidelidad.
En este sentido hemos de tener en cuenta dos importantes advertencias del apóstol Pablo en cuanto a la posibilidad de predicar un falso evangelio o a otro "Jesús".
(Ga 1:6-8) "Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema."
(2 Co 11:4) "Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis."
Nuestra predicación del evangelio debe ser fiel a la Palabra; sin encubrir ni exagerar nada, no buscando despertar vanas emociones, sino que se produzca en las personas el arrepentimiento y la fe. Evitando hacer afirmaciones sorprendentes únicamente para causar sensación o conseguir el beneplácito de quienes nos escuchan. Debemos rechazar técnicas sentimentales baratas u ofrecer falsas promesas, y nunca jugar con el miedo de la gente. Sino por el contrario, presentar toda la Palabra de Dios con argumentos y evidencias bien razonados, incluso informando de aquellas doctrinas que de antemano sabemos que no son populares o que no resultan elegantes para la mentalidad moderna.
Otro aspecto que tal vez debamos considerar en este punto es la importancia de nuestro propio testimonio personal en la predicación del evangelio. Sin lugar a dudas las personas escucharán con interés nuestra experiencia, y de alguna manera servirá para acreditar la eficacia del mensaje que predicamos. Pero dicho esto, no debemos olvidar que esto no es la proclamación del evangelio que se basa en hechos históricos centrados en la persona de Cristo y recogidos en su revelación que es la Biblia. Con facilidad observaremos que las mismas personas que aceptan sin dificultad nuestras experiencias subjetivas, al mismo tiempo rechazarán la predicación del mensaje bíblico. La razón es muy sencilla; la presentación de las demandas inequívocas del evangelio exigen del hombre una decisión que compromete toda su vida, algo que no ocurre cuando sólo compartimos nuestra propia experiencia.
Volvemos a insistir en que para cumplir fielmente la misión encomendada por el Señor es necesario instruir a las personas en toda la verdad (Mt 28:20). La tarea de ganar almas comienza por la enseñanza de la Palabra. Algunos parecen pensar que para evangelizar hay que evitar enseñar las grandes doctrinas de la fe cristiana, y que basta con hacer un llamamiento a las personas a creer. Pero ¿en qué es en lo que van a creer si no les hemos explicado los puntos fundamentales de la fe cristiana? Para esto nos puede servir de ejemplo la labor evangelística que el apóstol Pablo realizó en Éfeso durante varios años y que él resumió en su discurso a los ancianos cuando se encontró con ellos en la ciudad de Mileto:
(Hch 20:20-21) "Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo."
El evangelio se dirige en primer lugar a la mente de los hombres; quiere hacernos pensar, razonar, reflexionar... Por lo tanto es fundamental que el predicador cristiano explique con honestidad todo el consejo de Dios. Sin evitar aquellos asuntos fundamentales que puedan encontrar resistencia u oposición en el oyente. Después de esto el mensaje pasará de la mente al corazón, produciendo las adecuadas emociones y llevando a la persona a un arrepentimiento sentido, doliéndose por sus pecados y acudiendo a Dios en busca de perdón y salvación. A partir de ahí también su voluntad se rendirá ante el señorío de Cristo, convirtiéndose de este modo en un cristiano y discípulo. Pero notemos que todo el proceso comienza por la mente. No creamos que las personas se pueden salvar si las mantenemos en la ignorancia, alimentándolas de simple palabrería o grandes alardes de oratoria. El arma que Dios esgrime para conquistar a los pecadores es la predicación de la Palabra.
(He 4:12) "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón."
Una presentación deficiente de la verdad de Cristo engendra una fe deficiente que puede no llegar a salvar a la persona. Tal vez el crecimiento rápido, pero sin profundidad, que se está produciendo en la actualidad en algunas partes del mundo deba ser un motivo de preocupación para nosotros. Y la única manera de solucionarlo es por medio de un conocimiento adecuado de la Palabra de Dios. Esta es una tarea urgente de la iglesia de nuestro tiempo. Debemos prepararnos adecuadamente para estar listos para dar razón de nuestra fe a todos los que nos lo demanden. Esto exige tiempo, pero fue el mandamiento del Señor: "Haced discípulos, enseñándoles todas las cosas". Así lo entendió y lo practicó la iglesia primitiva. Veamos cómo Pablo exhortaba a Timoteo:
(2 Ti 2:2) "Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros."
Es necesario enseñar la Palabra, no sólo rescatar. Y comprobamos que cuando dedicamos tiempo a esto, el testimonio se multiplica sorprendentemente. Esto ha quedado perfectamente recogido en la historia de la iglesia primitiva tal como la encontramos en el libro de los Hechos, donde vemos que la predicación de la Palabra era acompañada por el crecimiento de la Iglesia. Podemos verlo en los resúmenes que Lucas hace a lo largo del libro (Hch 6:7) (Hch 12:24) (Hch 19:20).
Ahora bien, puesto que este mensaje que proclamamos viene de Dios, nuestra predicación debe ser con autoridad. Es cierto que algunos rechazan este modelo por parecerles arrogante, carente de humildad y dogmático. En nuestros tiempos de tolerancia, donde todo vale lo mismo y por lo tanto, cada creencia debe ser respetada y aceptada por igual, predicar la verdad revelada de Dios que encontramos en la Biblia, colocándola por encima de todas las demás creencias, será interpretado sin lugar a dudas como un orgullo injustificable. Por esta razón se nos presiona para que dialoguemos, discutamos y busquemos juntos la verdad, aceptando que las ideas y razonamientos de otros pueden ser igualmente válidos y por lo tanto aceptados con la misma autoridad que la Palabra de Dios. Sin duda, esta autoridad con que se expresa la Biblia y que también vemos en el Señor Jesucristo, es uno de los asuntos que más molesta a las personas que escuchan el evangelio cristiano y que en muchas ocasiones les lleva a rebelarse. Pero veamos que realmente fue en estos términos que se expresaron tanto el Señor como sus apóstoles:
(Jn 14:6) "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí."
(Hch 4:11-12) "Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos."
Por lo tanto, nosotros también debemos predicar con esta autoridad que el Señor Jesucristo ha delegado en nosotros (Mt 28:18-19), reconociendo siempre el carácter sobrenatural de la revelación divina. Ahora bien, esto no quita que en nuestra predicación debamos manifestar la humildad como una característica esencial. Y no porque dudemos del poder de la Palabra, sino porque como ya hemos señalado, nosotros no somos los autores del mensaje, sino sólo los transmisores. Además, cuando llamamos a las personas al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios, no lo podemos hacer desde un plano de superioridad, olvidando que nosotros mismos también hemos tenido que reconocer con vergüenza nuestra condición de perdidos y hemos acudido a Dios en busca de la salvación que de ninguna manera podríamos haber ganado por nosotros mismos. Y por otro lado, si somos capaces de escuchar las objeciones de la otra persona, esto nos ayudará a ganarnos su respeto y también a comprender mejor cuáles son aquellas cuestiones específicas en las que debemos incidir en nuestra predicación.
En cualquier caso, siempre debemos estar en guardia contra actitudes de arrogancia por nuestra parte, e incluso, quizá tengamos que reconocer que en ocasiones hemos podido pecar de falta de humildad y de un sentido de superioridad sobre las personas a las que hemos predicado.
El apóstol Pablo nos dejó una sencilla ilustración para entender el equilibrio que debe haber entre la autoridad y la humildad del auténtico predicador del evangelio cristiano:
(2 Co 4:7) "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros."
Queda clara la fragilidad del recipiente exterior en el que Dios en su gracia ha decidido colocar el tesoro del evangelio. Ahora nuestra labor consiste en abrir el frágil vaso de barro para que de él salga el evangelio que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Ro 1:16).
8. Los recursos para llevar a cabo la misión: la oración
En el mismo momento en que intentamos llevar a cabo el cumplimiento de la misión nos damos cuenta de que estamos inmersos en una guerra espiritual. Por esto Pablo exhortaba a los creyentes de esta forma:
(Ef 6:10-12) "Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes."
El apóstol era consciente de que en esta lucha espiritual contra las fuerzas satánicas, las técnicas humanas resultan completamente inútiles. Y en ese mismo pasaje, después de describir los diversos componentes de la armadura del cristiano, Pablo concluye pidiendo las oraciones de los creyentes a su favor como un arma eficaz en esta lucha:
(Ef 6:17-19) "Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio."
La oración es vital porque abre oportunidades para testificar.
(Col 4:2-4) "Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Dios, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar."
También encontramos que la iglesia primitiva oraba para tener valor para hablar a otros de Cristo en medio de la persecución.
(Hch 4:29) "Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra."
9. Los recursos para la misión: "estar con Jesús"
La efectividad de cualquier servicio que realicemos para el Señor depende de nuestra comunión con él. Volvamos a escuchar las palabras de Jesús:
(Jn 15:5) "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer."
Para que un cristiano pueda dar fruto que glorifique a Dios, éste debe tener sus raíces espirituales bien hundidas en la corriente de la vida que es Cristo. Y aunque esto lo sabemos, es importante recordarlo, porque es fácil lanzamos en una carrera frenética para hacer muchas cosas para el Señor sin tener previamente la necesaria comunión con él. Y a menos que las entradas excedan a las salidas, rápidamente entraremos en bancarrota.
Cuando el Señor llamó a sus discípulos les dijo lo siguiente: "Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres" (Mr 1:17). Recordemos que en ese momento ellos eran pescadores en el mar de Galilea, pero si seguían a Jesús, él los convertiría en "pescadores de hombres" y serían enviados como apóstoles a las naciones. No cabe duda de que no era nada probable que unos humildes pescadores se convirtieran en competentes predicadores de la Palabra que llegaran a inundar el Imperio Romano con el Evangelio. La única explicación posible es que realmente Jesús los convirtió en aquello que les había dicho, puesto que ellos a su vez dejaron sus redes para seguir en pos de él.
Seguramente muchos de nosotros aspiramos a ser útiles en la Obra del Señor y buscamos la forma de conseguirlo. En muchas ocasiones pensamos que tal vez algunos cursos de entrenamiento nos capacitarán para ello, pero la verdad es que si esto no nos lleva a tener una comunión más cercana con el Señor, no nos servirán de nada.
En este sentido, es interesante notar que hasta los mismos enemigos del evangelio que habían crucificado al Señor, cuando interrogaron a los apóstoles quedaron admirados por su sabiduría, y la única explicación que pudieron encontrar es que "habían estado con Jesús".
(Hch 4:13) "Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús."
10. Los recursos para la misión: el Espíritu Santo
Ya hemos considerado que la labor evangelística llevada a cabo por los primeros cristianos no podía comenzar hasta que hubiera descendido sobre ellos el Espíritu Santo (Hch 1:4-8). Este solo hecho debería bastarnos para considerar la importancia fundamental que el Espíritu Santo tiene en la evangelización. Tal es así, que el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se recogen los grandes avances de la evangelización a nivel mundial, algunos estudiosos prefieren llamarlo el libro de los "Hechos del Espíritu Santo", y seguramente tienen toda la razón.
No debemos olvidar que aquella iglesia que surgió a raíz de la muerte y resurrección del Señor Jesucristo carecía de poder político, social o económico. En esas condiciones, muchos cristianos en la actualidad pensarían que poco o nada se puede hacer. Sin embargo, el resultado fue justamente el contrario. En muy pocos años el evangelio había llegado hasta el mismo corazón del Imperio Romano, haciéndose presente por todas partes. Tal vez extrañe a la mentalidad moderna que aquellos primeros evangelistas, que no eran apoyados por ninguna gran organización misionera, y que además sufrían continuamente de una fuerte oposición en la mayoría de los sitios a donde llegaban, pudieran sin embargo llegar a formar iglesias locales por todas las ciudades importantes de aquel entonces. ¿Cuál era su secreto? El libro de los Hechos nos lo aclara: El Espíritu Santo era el encargado de llevar a cabo esta obra, y los evangelistas eran utilizados libremente por él.
Esto era exactamente lo que el mismo Señor Jesucristo les había enseñado a sus discípulos. Cuando estaban en el aposento alto, les anunció que en su ausencia les enviaría el Espíritu Santo, quien además de consolarles, haría dos labores muy importantes. Primeramente ocuparía su lugar en la enseñanza, recordándoles lo que ya habían oído y completando aquello que todavía les faltaba (Jn 14:26) (Jn 16:12-13). Y en segundo lugar, el Espíritu Santo no sólo haría una obra importante entre los creyentes, sino también en el mundo:
(Jn 16:8-12) "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado."
El Espíritu Santo convence al mundo de tres realidades morales y espirituales: En primer lugar de la seriedad de su pecado contra Dios, y en especial de su pecado de incredulidad por rechazar a Cristo. En segundo lugar, convence al mundo de la posibilidad de justicia, por cuanto Dios ha aceptado el sacrificio de Jesús y lo ha exaltado a su diestra en el cielo. Y en tercer lugar, de la inevitabilidad del juicio, puesto que Satanás, el promotor de la rebelión contra Dios ya ha sido juzgado.
Por lo tanto, el "actor principal" en la misión de la iglesia cristiana es el Espíritu Santo. Es él quien testifica de Cristo, aunque por supuesto, esto no anula en ninguna manera la responsabilidad de la propia iglesia (Ez 3:18-19), pero sin su testimonio, el nuestro es inútil.
(Jn 15:26-27) "Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio."
El Espíritu ilumina la mente, revelando la verdad de Dios y abriendo los ojos de los ciegos, enfocando su luz sobre la persona de Jesucristo. Es él quien unge al mensajero, confirma la palabra, prepara al oyente, convence al pecador, da vida a los muertos, nos une al Cuerpo de Cristo, nos asegura que somos hijos de Dios, nos encamina hacia un carácter y un servicio semejantes a los de Cristo, y, a su vez, nos hace salir para ser testigos de Cristo. En todo esto la principal preocupación del Espíritu Santo es glorificar a Jesucristo manifestándolo y formándolo en nosotros. Sólo el Espíritu Santo de Dios puede tomar las palabras dichas en debilidad humana y hacer que lleguen con poder a la mente, la conciencia y la voluntad de los oyentes.
Estos hechos, tan patentes para los cristianos en el primer siglo, en buena medida se olvidan en el nuestro. De manera que hemos perdido el vigor y el sentido de orientación, convirtiendo la iniciativa divina en una empresa humana. Todo depende de nosotros, de nuestras habilidades, conocimientos, recursos, estrategias, técnicas, sabiduría, organización... Pero sólo en la medida en que el Espíritu Santo domine la obra y a los obreros, podremos esperar que haya progreso en la tarea de llevar el conocimiento de Cristo a todos los pueblos.
Pero si tan grave es el hecho de sentirnos autosuficientes ante la labor encomendada, no lo es menos la postura opuesta, aquella que nos lleva a pensar que porque el Espíritu Santo es el encargado de llevar a cabo la tarea, por lo tanto, nosotros ya no tenemos nada que hacer. Esta pereza espiritual no encuentra ninguna justificación en la Biblia. No hemos de olvidar que el Espíritu obra por dos medios principales: su Palabra y su Iglesia. Esto nos debe llevar a estudiar con seriedad toda la Biblia y a predicarla también a otros, viviendo lo aprendido en la plenitud del Espíritu. De esta manera podremos ser utilizados por Dios. Porque no hemos de ignorar que él no suprime nuestra personalidad, sino que la potencia para su gloria, por eso es muy importante el dedicar tiempo a formarse adecuadamente en el conocimiento de la Palabra.
Concluimos este apartado sacando una deducción lógica de lo que acabamos de ver. Si el Espíritu Santo es un Espíritu misionero, la evangelización debería surgir espontáneamente de una iglesia llena del Espíritu. Una iglesia que no evangeliza necesita urgentemente ser renovada espiritualmente.

Preguntas

1. Enumere con sus propias palabras los aspectos fundamentales en los que consiste la misión encomendada por el Señor a la Iglesia.
2. Haga un resumen de los siguientes puntos: el fundamento de la misión, el estímulo para llevar a cabo la misión, el propósito de la misión, la finalidad de la misión, la motivación para la misión. Aporte al menos un versículo bíblico que justifique su respuesta en cada caso.
3. ¿Qué importancia tiene la Palabra en la evangelización? ¿Por qué? ¿Cuáles son los puntos fundamentales de los que se debería tratar en una predicación del evangelio? Justifíquelo con la Biblia. ¿Cree que se puede predicar un evangelio diferente al que aparece en la Palabra? Ponga ejemplos bíblicos y también otros que puedan estar ocurriendo en la actualidad.
4. ¿Por qué es importante la oración en el cumplimiento de la misión? ¿Por qué cosas concretas cree que es necesario orar?
5. Hemos considerado en la lección la importancia que tiene el Espíritu Santo en la evangelización. Resuma con sus propias palabras los principales puntos.

Comentarios

Estados Unidos
  Yolie Brangeliez Cabret  (Estados Unidos)  (16/07/2014)
Muchas gracias por este magnifico estudio. Dios los continue bendiciendo, este web site a sido para mi de gran ayuda en mi crecimiento Como cristiano. No siempre uno puede estudiar teologia biblica. Gracias.
Argentina
  Gregorio Ramos Rau  (Argentina)  (28/02/2014)
Dios es bueno. Necesitaba mucho entender más sobre la gran comisión. El estudio del Hno. Luis de Miguel, me ha sido de gran bendición. En adelante seré un alumno más, en busca de ser un buen discípulo de Cristo. Gracias. Bendiciones.
México
  Alfredo Guerra Hernandez   (México)  (22/05/2013)
esataba buscando algunos comentarios respecto a el Evangelio y di con este sitio me parecen muy acertados y han sido de gran bendicion para mi espero poder uitlizarlos para tambien para estudios en la iglesia donde acudo , muchas gracias y que Dios los bendiga
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