Estudio bíblico de Números 33:50-36:13

Números 33:50-36:13

En nuestro programa anterior, comenzamos a estudiar el capítulo 33 de Números y decíamos que la lectura de este capítulo no parece muy interesante. Sin embargo, como cada porción de las Escrituras tiene una gran lección espiritual, este capítulo también tiene una gran lección espiritual para nosotros. Este capítulo es como un mapa de carreteras. De por sí, parece no incluir hechos interesantes. Pero entonces, ¿por qué lo relató Dios? Bueno, porque Dios registró cada paso de este pueblo. Cada paso del camino fue observado y anotado por Dios. El estaba con ellos, es decir, con los israelitas, durante todo el camino. Estuvo con ellos en toda su travesía por el desierto.

Tenemos pues en este capítulo 33, el "diario de las jornadas del pueblo de Israel." Ahora, donde quiera que fueran, en donde quiera que acamparan, en todo lugar, Dios estaba con ellos. Francamente, ellos no le estaban siguiendo a El. Se rebelaron y alejaron de El muchas veces. Pero El nunca les desamparó a ellos. Nunca les dejó. Y esta es una de las grandes verdades de la Palabra de Dios. El dice: "No te desampararé, ni te dejaré." Y Jesús dijo lo mismo en Su discurso en el aposento alto, en el capítulo 14, del evangelio según San Juan, versículo 18. El dijo: "No os dejaré huérfanos. Vendré a vosotros." El promete venir a cada creyente. Ahora, ¿cómo lo hace? Enviando al Espíritu Santo. El Espíritu Santo mora en cada creyente. Y si usted amigo oyente, es hijo de Dios, no es posible que usted se aparte de El. No le dejaría irse. El va con usted, por dondequiera que vaya.

Podemos tropezar, tambalearnos y fallar. Y caemos si no le seguimos fielmente. Pero gracias a Dios que El nunca nos desampara, ni nos deja.

Leamos entonces los versículos 50 hasta el 56, de este capítulo 33 de Números, que inician el Tema de

La ley de la posesión de la tierra

"Habló el Señor a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y le dijo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis pasado el Jordán y entréis en la tierra de Canaán, echaréis de delante de vosotros a todos los habitantes del país, destruiréis todos sus ídolos de piedra y todas sus imágenes de fundición, y destruiréis todos sus lugares altos. Echaréis a los habitantes de la tierra y habitaréis en ella, pues yo os la he dado para que sea vuestra propiedad. Heredaréis la tierra por sorteo, según vuestras familias. A las más numerosas daréis mucho como herencia, y a las menos numerosas daréis menos como herencia; donde le caiga la suerte, allí la tendrá cada uno. Por las tribus de vuestros padres heredaréis. Pero si no echáis a los habitantes del país de delante de vosotros, sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros ojos y como espinas en vuestros costados, y os afligirán en la tierra sobre la que vais a habitar. Además, haré con vosotros como pensaba hacer con ellos."

Aquí, hay algo sobre lo cual muchos, especialmente los escépticos, hacen preguntas. Hay quienes dicen creer que Dios era muy cruel o injusto, al ordenar a los israelitas que desalojaran y echaran a los moradores de la tierra prometida. Dicen que los israelitas habían desobedecido, y que sin embargo, Dios les puso a ellos en la tierra. Y también dicen que, ya que los moradores de la tierra eran muy buenos ciudadanos y vecinos, ¿por qué quería el Señor echarles de la tierra? Y por muchos años aquellos que pregonan una teología de carácter liberal y los escépticos, han estado expresando este punto de vista.

Pero, amigo oyente, considere usted con nosotros, solo por un momento, que, como dice el Salmo 24:1, "del Señor es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan". Esta es la tierra de El. El es el Creador y ordena lo que debe hacerse. Le mandó a Israel que entrara en la tierra y que destruyera los ídolos de piedra de esos habitantes. Hoy en día, los arqueólogos están desenterrando estos ídolos de piedra. Debían destruir además, sus imágenes de fundición y sus lugares altos de culto. Estos eran los lugares de la adoración pagana, y las prácticas más crueles e inhumanas tenían lugar en estos lugares altos.

Esos moradores se encontraban en una condición espiritual bastante baja. No solo eran idólatras, muy alejados del Dios vivo y verdadero sino que, además, la promiscuidad y los pecados sexuales eran su modo de vivir, y hasta formaban parte de su adoración. En consecuencia, los cananeos fueron consumidos por las enfermedades venéreas.

Nuestra sociedad promiscua, amigo oyente, trata de minimizar las consecuencias de los pecados sexuales. Sabemos lo peligrosas que son las enfermedades venéreas. El Sida por ejemplo, está diezmando la población en muchos países. Y esta plaga es un peligro grave para la generación actual. Le está haciendo muchísimo daño a la raza humana. Ahora, estos cananeos enfermos, vivían en la encrucijada del mundo. Esa tierra era uno de los sitios más deseables que existían en toda la tierra. Todavía lo es, aún hoy. Siempre lo ha sido y creemos que siempre lo será. Es una tierra estratégica, y los ejércitos de casi todo el mundo han marchado por esa tierra. Las rutas de comercio del mundo se cruzaban en esa región. Aquí, pues, los cananeos tenían contacto con muchas otras personas, de modo que estaban diseminando sus enfermedades repugnantes por todas partes. Por tanto, Dios decidió colocar a un nuevo morador en esa tierra. Porque los pueblos cananeos estaban destruyendo la creación de Dios y estaban dañando a la humanidad entera; y por eso, El les iba a expulsar.

Y estimado oyente, no me diga que Dios no tenía ningún derecho a hacer eso. En realidad, fue un hecho de misericordia. Los cananeos, en realidad, se estaban destruyendo a sí mismos y Dios adelantó su destrucción para proteger a las generaciones venideras. Por ese mismo motivo Dios envió el diluvio. Estaba preservando la existencia misma del género humano.

Nadie debiera criticar a Dios, ni juzgarle. No nos es posible darnos cuenta de todo lo que implican ciertas situaciones y sus consecuencias para el desarrollo humano. Una cosa sí sabemos. No tendremos paz en esta tierra hasta que se establezca el reino del Príncipe de Paz. Pero, mientras llega ese tiempo, Dios usará las naciones para juzgar a otras naciones.

Y pasamos ahora, a

Números 34

En este capítulo, se describen los límites de la tierra prometida. Este capítulo contiene un Tema que estudiaremos más adelante. Pero ahora, nos limitaremos solamente a considerarlo brevemente. Leamos los versículos 1 al 2, de este capítulo 34 de Números:

"El Señor habló a Moisés y le dijo: Manda a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán, esta será la tierra que os ha de caer en herencia, y estos serán sus límites"

Esto enfatiza el hecho de que la tierra fue dada a la nación de Israel, por Dios mismo. Este capítulo es como un informe geográfico y se detallan aquí todos los límites de la tierra prometida.

Dios expone con toda claridad, que dará una sección particular de esa tierra a cada una de las tribus. No debía haber ninguna equivocación en cuanto a ello. La tierra debía ser dividida por heredad y debía haber un representante de cada tribu para repartirla. En este capítulo, además de los detalles geográficos, todos esos representantes se mencionan por nombre, por lo cual no leeremos todos los versículos. Y luego, el versículo final de este capítulo 34, versículo 29, hablando de los príncipes, dice:

"A estos mandó el Señor que hicieran la repartición de las heredades a los hijos de Israel en la tierra de Canaán."

Bien, considerando que estudiaremos este asunto más adelante, pasemos, entonces a

Números 35

En este capítulo 35, vemos que las ciudades de refugio son dadas a los Levitas. Nos enteramos ya en Números, capítulo 3, versículo 13, que los levitas fueron tomados de entre los israelitas, en lugar de los primogénitos. Los levitas, pues, pertenecían al Señor. No les fue dada una sección de la tierra de Israel, sino que les fueron dadas ciertas ciudades en que podrían vivir. Leamos entonces, los primeros tres versículos de este capítulo 35 de Números, que comienzan a tratar el Tema de

Las ciudades entregadas a los levitas

"Habló el Señor a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y le dijo: Manda a los hijos de Israel que den a los levitas, de la heredad que les pertenece, ciudades en que habiten; también daréis a los levitas los campos de pastores que están alrededor de esas ciudades. Ellos tendrán ciudades donde habitar, y sus campos serán para sus animales, su ganado y todas sus bestias."

Los alrededores de las ciudades eran las zonas de pastoreo, que estaban reservadas a los levitas. Debía haber cuarenta y ocho ciudades similares a éstas, para los levitas. El versículo 7, de este capítulo 35, dice:

"Todas las ciudades que daréis a los levitas serán cuarenta y ocho ciudades con sus campos de pastoreo."

Ahora, de entre las cuarenta y ocho ciudades de los levitas, seis debían ser designadas como ciudades de refugio. Leamos los versículos 9 hasta el 13:

"Habló el Señor a Moisés y le dijo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis pasado al otro lado del Jordán hacia la tierra de Canaán, señalaréis ciudades, ciudades que os sirvan de refugio, donde huya el homicida que hiera a alguien de muerte, sin intención. Esas ciudades serán para refugiarse del vengador, y así no morirá el homicida antes de haber comparecido a juicio delante de la congregación. De las ciudades, pues, que daréis, tendréis seis ciudades de refugio."

Los levitas debían establecer tres ciudades como éstas en el lado oriental del Jordán, y tres en el lado occidental. Un hombre que hubiera matado inconscientemente o por accidente a otro, podría huir a la ciudad de refugio. Esto le salvaría de cualquier acción del populacho, o de la represalia de algún familiar que quisiera vengarse inmediatamente, después del crimen. Esto le daba también tiempo para que se le escuchara más tarde en un juicio, con mayor imparcialidad.

La protección que otorgaban las ciudades de refugio, no se aplicaba al homicida que premeditaba algún crimen. Tampoco estaba seguro el hombre que era culpable de homicidio involuntario, si no se quedaba en la ciudad de refugio. Además, Dios da aquí, una ley que rige el juicio de los homicidios. Leamos el versículo 30, de este capítulo 35 de Números:

"Cualquiera que dé muerte a alguien, según la declaración de los testigos morirá el homicida; pero un solo testigo no bastará para condenar a una persona a muerte."

Y pasando luego al versículo 34, el Señor declara el motivo de las leyes que El da a Su pueblo. Leamos el versículo 34:

"No contaminéis la tierra donde habitáis, en medio de la cual yo habito, pues yo, el Señor, habito en medio de los hijos de Israel."

Y este motivo, amigo oyente, era más que suficiente para que el Señor diera estas leyes a Su pueblo.

Y llegamos ahora al último capítulo de este libro de Números, el capítulo 36. Y en éste tenemos la "ley de la tierra, en cuanto a la herencia." Este capítulo 36, concluye nuestro estudio del libro de Números. Y vemos aquí, que los jefes de la familia de los hijos de José, presentaron a Moisés, un problema. Si las hijas de Zelofehad se casaban con hombres de otras tribus, entonces, su herencia pasaría a otra tribu. Leamos, pues los primeros cuatro versículos de este capítulo 36 de Números, para enterarnos de cuál era el problema:

"Los príncipes de los padres de la familia de Galaad hijo de Maquir hijo de Manasés, de las familias de los hijos de José, se presentaron delante de Moisés y de los príncipes, los jefes de las casas paternas de los hijos de Israel, y dijeron: El Señor mandó a mi señor que por sorteo diera la tierra a los hijos de Israel en posesión. También ha mandado el Señor a mi señor que dé la posesión de Zelofehad, nuestro hermano, a sus hijas. Pero si ellas se casan con algunos de los hijos de las otras tribus de los hijos de Israel, su parte de la herencia será quitada de la herencia de nuestros padres y será añadida a la herencia de la tribu a la cual se unan. Así disminuirá la porción de nuestra heredad. Cuando llegue el jubileo de los hijos de Israel, la heredad de ellas será añadida a la heredad de la tribu de sus maridos, y la heredad de ellas será restada de la heredad de la tribu de nuestros padres."

Veamos, entonces, la respuesta que Moisés presentó conforme a lo que el Señor le dijo. Leamos los versículos 5 hasta el 10:

"Entonces Moisés, según el mandato del Señor, ordenó a los hijos de Israel: La tribu de los hijos de José habla rectamente. Esto es lo que ha mandado el Señor acerca de las hijas de Zelofehad: Cásense como a ellas les plazca, pero en la familia de la tribu de su padre se casarán, para que la heredad de los hijos de Israel no sea traspasada de tribu en tribu, porque cada uno de los hijos de Israel estará ligado a la heredad de la tribu de sus padres. Y cualquier hija que tenga heredad en las tribus de los hijos de Israel, con alguien de la familia de la tribu de su padre se casará, para que los hijos de Israel posean cada uno la heredad de sus padres, y no ande la heredad rodando de una tribu a otra, sino que cada una de las tribus de los hijos de Israel estará ligada a su heredad. Como el Señor mandó a Moisés, así hicieron las hijas de Zelofehad."

La tierra, pues, debía quedar dentro de una misma tribu. Ningún hombre podía perder su propiedad permanentemente. En el año de jubileo, toda la propiedad que había sido hipotecada o vendida, volvía una vez más a la familia original. Este era un gran arreglo que Dios había hecho por Su pueblo. Fue la manera en que El les protegió. Y vemos, según el versículo 12, que las hijas de Zelofehad, se casaron en la familia de los hijos de Manasés, hijo de José, y la heredad de ellas, quedó en la tribu de la familia de su padre. El versículo 13, de este capítulo 36 de Números, dice:

"Estos son los mandamientos y los estatutos que dio el Señor, por medio de Moisés, a los hijos de Israel en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó."

Hemos llegado así, amigo oyente, al final del libro de Números. Esto concluye el ministerio público de Moisés. El libro de Deuteronomio continuará contándonos acerca del ministerio particular de Moisés, y descubriremos que es también un libro interesante. En nuestro próximo programa, Dios mediante, nos apartaremos del Antiguo Testamento, y volveremos una vez más, al Nuevo Testamento y comenzaremos nuestro estudio del evangelio según San Juan. Así es que, le invitamos, estimado oyente, a sintonizarnos y a acompañarnos, mientras recorremos el evangelio según San Juan.

Y hoy, al despedirnos, queremos recordarle la realidad de la presencia permanente de Dios junto a todos Sus hijos, expresada de manera elocuente en aquella antigua promesa que citamos al principio de nuestro programa, con las siguientes palabras: No te desampararé, ni te dejaré. Después de encargarles a Sus discípulos la misión de predicar el Evangelio en todo el mundo, según nos cuenta el Evangelio de Mateo 28:20, Jesús les dijo: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aquellos que tienen una relación con Dios por haber creído en el Salvador y Señor Jesucristo, saben que estamos hablando de una presencia viva y real, una presencia que se acepta por la fe pero que, al mismo tiempo, se percibe. Se trata de una presencia que se siente, pues no pasa desapercibida, que hace sentir sus efectos, que resulta de vital importancia durante nuestro peregrinaje por este mundo, de la misma manera que acompañó a aquel pueblo en su travesía del desierto. Esta presencia proporciona fuerzas, energía y alimento espiritual, consuelo, equilibrio, control divino sobre nuestra naturaleza humana frente a las pasiones, victoria frente a las fuerzas del mal, y provisión material para nuestras necesidades. Llena el vacío interior presente en cada ser humano, nos hace sentir la fuerza de su mano guiándonos por el camino de la vida y el apoyo necesario cuando tropezamos y nos tambaleamos, a la vez que nos levanta cuando caemos.

Estimado oyente, si usted desea iniciar una relación con Dios, si usted desea pertenecerle, recuerde que el envió a Su hijo Jesucristo a morir en una cruz. El Salvador resucitó, y hoy vive en la región celestial. Pero Su Espíritu viene a morar en todo aquel que crea en Cristo. Y hoy, como ayer, resuenan por todo el mundo los ecos de la invitación que deseamos reciba usted de una manera personal. Se trata de aquella invitación de Jesús, relevante para todos los tiempos, para toda clase de seres humanos viviendo en las más diversas situaciones. Dijo El: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

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