Estudio bíblico de Génesis 37:20-38:1

Génesis 37:20-36

Al finalizar nuestro programa anterior interrumpimos el relato cuando José, que había sido enviado por su padre para recabar noticias de sus hermanos, que apacentaban sus rebaños muy lejos de la casa, pudo al fin localizarles después de un largo viaje. Ellos le vieron llegar y, mientras se acercaba, expresaron otra vez su odio y comenzaron a conspirar para librarse de él.

Antes de continuar con la historia, y como adelantamos en el programa anterior, diremos que no hay otro personaje de la Biblia que, en su vida y experiencias, pueda parecerse más al Señor Jesucristo. Para destacar ese paralelismo, vamos a comparar a José con el Señor, destacando 6 características:

1. El nacimiento de José fue milagroso, porque tuvo lugar por la intervención de Dios, como una respuesta a la oración. Dice Génesis 30:22, "Entonces Dios se acordó de Raquel; y Dios la escuchó y le concedió hijos".

El Señor Jesús nació de una virgen. Su nacimiento fue ciertamente milagroso.

2. José fue amado por su padre. El Señor Jesús fue amado por su padre, que declaró: "Este es mi Hijo amado".

3. José tenía una túnica de muchos colores que le distinguía, le separaba de los demás. Cristo fue separado de los otros en el sentido que El fue "apartado de los pecadores" , como dice la carta a los Hebreos 7:26.

4. José anunció que él iba a gobernar, a tener autoridad sobre sus hermanos. El Señor Jesús se presentó a sí mismo como el Mesías. Así como los hermanos de José ridiculizaron su anuncio, así también Jesús estuvo expuesto a la burla de los demás; en la cruz escribieron estas palabras: "Este es Jesús, el Rey de los Judíos".

5. José fue enviado por su padre a sus hermanos. Jesús fue también enviado a Sus hermanos. El fue primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Dijo Juan, el Evangelista en 1:11; "a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron".

6. José fue odiado por su hermanos sin motivo, y el Señor Jesús fue odiado por Sus hermanos sin causa, como bien lo expresa Juan 15:25.

Reanudamos el relato Bíblico con la llegada de José, quizás llevando la túnica especial que su padre le había preparado, de muchos colores o con mangas largas, que le distinguía de manera especial. Recordemos que era más joven que sus hermanos y, sin embargo, había sido colocado en una posición más elevada que ellos. De ahí, los celos y la envidia que le tenían, que les estaba llevando incluso a desear su muerte

Leamos los versículos 20 al 24:

"Ahora pues, venid, matémoslo y arrojémoslo a uno de los pozos; y diremos: Una fiera lo devoró. Entonces veremos en qué quedan sus sueños. Pero Rubén oyó esto y lo libró de sus manos, y dijo: No le quitemos la vida. Rubén les dijo además: No derraméis sangre. Echadlo en este pozo del desierto, pero no le pongáis la mano encima. Esto dijo para poder librarlo de las manos de ellos y volverlo a su padre. Y sucedió que cuando José llegó a sus hermanos, despojaron a José de su túnica, la túnica de muchos colores que llevaba puesta; y lo tomaron y lo echaron en el pozo. Y el pozo estaba vacío, no había agua en él."

Vemos que aquí intervino Rubén. El había perdido su posición de primogénito. Pero, de todos modos, tenía su responsabilidad y aquí actuó de forma positiva, revelando tener un criterio más maduro que los demás hermanos. Si él no hubiese intervenido, ellos hubieran matado a José inmediatamente. Se dice claramente que la intención de Rubén era permitir que le echasen en el pozo para liberarle de las intenciones de sus hermanos. Así luego, sigilosamente, podría quitarle de allí y devolverle a su padre.

La llegada de José nos muestra la obsesión que tenían sus hermanos con aquella túnica tan vistosa. Cuando la veían, reaccionaban como el toro, cuando se agitase el capote rojo frente a él. La túnica les enardecía porque resaltaba la elección de José escogido entre ellos para una posición de privilegio. De acuerdo con la ley de la primogenitura, el hermano mayor tenía más derecho para imponer su petición. Así que le despojaron de la odiada túnica y le arrojaron al pozo.

Prosigamos leyendo los versículos 25 al 28:

"Entonces se sentaron a comer, y cuando levantaron los ojos y miraron, he aquí, una caravana de ismaelitas venía de Galaad con sus camellos cargados de resina aromática, bálsamo y mirra, que iban bajando hacia Egipto. Y Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué ganaremos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Venid, vendámoslo a los ismaelitas y no pongamos las manos sobre él, pues es nuestro hermano, carne nuestra. Y sus hermanos le hicieron caso. Pasaron entonces unos mercaderes madianitas, y ellos sacaron a José, subiéndolo del pozo, y vendieron a José a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Y éstos llevaron a José a Egipto."

La aparición de una caravana de comerciantes dio lugar a que Judá interviniese para proponer un plan que, aunque era de pura conveniencia económica, al menos convenció a sus hermanos y contribuyó para que no matasen a José. No quisieron manchar sus manos con la sangre de su hermano y, en consecuencia, aceptaron esta solución, pues lo que realmente querían era librarse de José y no les importaba qué métodos se utilizasen para lograrlo. Intuyeron que los Ismaelitas le llevarían a Egipto para venderle como un esclavo. Era una forma definitiva de librarse de él pues, la esclavitud en aquellos tiempos y lugares era como morir en vida. Pensaron que así, ya no le verían más.

Algunos podrán preguntarse cómo es que Moisés, a quien se atribuye la redacción de los relatos del Génesis, utilizó diversos nombres para referirse a aquellos mercaderes del desierto. Primero les llamó Ismaelitas, luego Madianitas y después, les llamó nuevamente Ismaelitas. ¿Quiénes eran en realidad? ¿Se trata de un error del texto Bíblico, como algunos han sugerido?

Esta es una pregunta interesante y merece una atención cuidadosa. ¿Quiénes eran los Ismaelitas? Eran los descendientes de Ismael, el hijo de Abraham. ¿Y quiénes eran los Madianitas? Eran los descendientes de Madian un hijo de Abraham. Ismael era el hijo que Abraham tuvo con Agar, Y Madian era el hijo que Abraham tuvo con Cetura, con quien se casó después de la muerte de Sara. Aquellos mercaderes eran todos hermanos, en realidad hasta eran parientes de este grupo de jóvenes que estaban vendiendo a su hermano. Es interesante recordar, también, que el término Ismaelitas se usaba genéricamente para designar a los que estaban implicados en actividades comerciales. En un primer momento vieron a la caravana de lejos; por consiguiente el primer término utilizado fue Ismaelitas, la designación de los mercaderes en general. Cuando la caravana se acercó y pudieron hablar con ellos, los hermanos de José se habrán dado cuenta de que los mercaderes eran Madianitas. También es posible que aquella caravana haya sido mixta. Teniendo en cuenta lo que dijimos sobre los vínculos raciales y familiares de Ismaelitas y Madianitas, que hablaban el mismo idioma, era normal que se dirigiesen a Egipto para ocuparse en sus negocios. Y dado que era un viaje largo y peligroso lo lógico es que grupos de comerciantes recorriesen juntos el camino para mayor seguridad. Por lo tanto concluimos que Moisés, el redactor, conocía bien los pueblos y sus costumbres y describió aquella escena con precisión.

El próximo párrafo nos cuenta cómo

José fue vendido como esclavo

Leamos los versículos 29 al 33:

"Cuando Rubén volvió al pozo, he aquí, José no estaba en el pozo; entonces rasgó sus vestidos. Y volvió a sus hermanos y les dijo: El muchacho no está allí; y yo, ¿adónde iré? Entonces tomaron la túnica de José y mataron un macho cabrío, y empaparon la túnica en la sangre; y enviaron la túnica de muchos colores y la llevaron a su padre, y dijeron: Encontramos esto; te rogamos que lo examines para ver si es la túnica de tu hijo o no. El la examinó, y dijo: Es la túnica de mi hijo. Una fiera lo ha devorado; sin duda José ha sido despedazado."

Y así fue cómo los diez hermanos vendieron a José a aquellos mercaderes, quienes le llevarían a Egipto. No consta expresamente si le dijeron a Rubén lo que habían hecho, pero pienso que sí. Probablemente alegaron que era inútil perseguir a los mercaderes porque para entonces, ya se encontrarían muy lejos, y que lo mejor sería inventar alguna historia creíble para contarle a Jacob.

Al regresar fingieron que no habían visto a José, simulando haber encontrado la túnica, manchada con sangre. Llama la atención el cinismo con que manifestaron a Jacob ignorar si era aquella la túnica de su hermano, la túnica que tanto odiaban ¡Vaya si la conocían! Jacob, por supuesto la reconoció en el acto.

Hagamos aquí una pausa para observar un detalle significativo. Ellos mataron a un cabrito y utilizaron su sangre para ensuciar la túnica, Este detalle de engañar a su padre con un cabrito, ¿no nos recuerda algo que ya hayamos oído? Recordemos que cuando Rebeca y Jacob estaban confabulando juntos, utilizaron un cabrito para preparar un sabroso guiso de carne y luego tomaron la piel del cabrito y la colocaron sobre las manos y brazos de Jacob para engañarle y hacerle creer que era Esaú. Ahora, muchos años después, los hermanos de José estaban utilizando también la sangre de un cabrito para engañar a su padre, ¡que no era otro que el mismo Jacob! quien llegó a la conclusión que José había sido despedazado y devorado por una bestia.

Debemos tomar nota cuidadosamente de esta circunstancia. Jacob fue engañado exactamente de la misma manera que él mismo había engañado. Sus acciones del pasado se habían vuelto contra él. Como decía el apóstol Santiago en el capítulo 6:7 de su epístola:

"No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará."

No se trata de recoger algo diferente, ni similar. Sino lo mismo. Jacob había sembrado malas semillas en el pasado. Había utilizado el engaño y ahora, como padre que era, como vemos en el pasaje que estamos considerando, fue engañado en la misma forma en que había engañado a su propio padre años antes.

Cuando sembramos maíz, recogemos maíz. Y si sembramos cizaña, cosechamos cizaña. Recibimos exactamente lo que hayamos sembrado. Esto resulta cierto en cualquier esfera o campo en que nos movamos. Es cierto y ocurre en el ámbito físico, en el moral y en el espiritual. Y es cierto también para el creyente. Si alguien piensa que, por ser hijo de Dios, el pecado puede pasar inadvertido y se siente capaz de controlar el pecado y sus consecuencias, se equivoca. Dios no hace diferencia entre las personas. El dijo que así sería y no hay excepciones.

Leamos, pues, los últimos versículos de este capítulo; del 34 al 36:

"Y Jacob rasgó sus vestidos, puso cilicio sobre sus lomos y estuvo de duelo por su hijo muchos días. Y todos sus hijos y todas sus hijas vinieron para consolarlo, pero él rehusó ser consolado, y dijo: Ciertamente enlutado bajaré al Seol por causa de mi hijo. Y su padre lloró por él. Mientras tanto, los madianitas lo vendieron en Egipto a Potifar, oficial de Faraón, capitán de la guardia."

Tomemos nota de la angustia y gran aflicción de Jacob. Algunos pensarán que su dolor era una demostración de lo mucho que amaba a su hijo Jacob. Yo reconozco que, verdaderamente, le amaba. Pero su desesperación revela que aún no había aprendido a vivir por la fe. Recordemos la experiencia por la que había pasado en Peniel. Aquella fue la caída y derrota de su viejo ego. Su naturaleza carnal, materialista, había sufrido un colapso definitivo. Pero ahora tenía que aprender a vivir dependiendo de la fe. Esto aún no lo había asimilado. En realidad, le fe de Jacob fue mencionada, en el Nuevo Testamento, en el capítulo 11 de la carta a los Hebreos; pero allí no se destacó ningún detalle de su vida como ejemplo de fe, como sucedió con los demás personajes allí citados. De esa cita se deduce que solo en el momento de su muerte, quedó expuesta su fe.

Comparemos el dolor de Jacob aquí, con el dolor de un hombre como el rey David. El suceso completo puede leerse en el segundo libro del profeta Samuel 12:15-23. David lloró por su hijo muy pequeño, que había muerto. El amaba a su hijo tanto como Jacob amó a José. Pero David era un hombre de fe. Sabía que su pequeño no regresaría a él. Pero también sabía que, algún día, él mismo iría al encuentro de su hijo. ¡ Este sí que fue un ejemplo de fe ! Es que en nuestro caso, Jacob no estaba viviendo ni siendo sustentado por la fe. La intensidad de su aflicción, no era normal.

El último versículo de este capítulo sigue a José en su viaje y llegada a Egipto. Dejaremos allí a José, y reanudaremos el relato de su vida al estudiar el capítulo 39.

Estos ejemplos, y el contraste que muestran, al ofrecernos diversas reacciones frente a la muerte de alguien a quien se ama, constituyen una valiosa enseñanza para aquellos que hemos aceptado a Jesucristo como Salvador, convirtiéndonos así en hijos de Dios.

Estimado oyente; si has perdido a un ser querido, sea un miembro de tu familia o un amigo y, francamente, no has podido superarlo, porque sientes un dolor atroz, quiero hacerte llegar mi solidaridad y afecto. Como seres humanos no podemos evadirnos a tales experiencias. Pero necesitamos caminar, es decir vivir, por la fe, sustentados y sostenidos por la fe. Y ya que sería imposible hacer volver a la vida a quien ha partido, podemos afirmar que sí es posible tener paz y superar el dolor, sabiendo que en un día futuro iremos al encuentro de los seres queridos que nos han precedido, para reunirnos con ellos en la presencia de Dios, para no separarnos jamás. Estas son las maravillosas promesas de Dios que se cumplirán, tal como todas las otras que ya se han cumplido, o se cumplen en nuestra vida diaria. En estas experiencias traumáticas, quizás las más difíciles de la vida, un creyente puede demostrar su fe en Dios, y en la veracidad de Su Palabra, sabiendo que El controla su vida y estas situaciones, aceptando lo inevitable, lo que Dios permite y no podemos explicar, sin desesperación. Con desesperación se aflige el mundo sin Dios. Porque no tiene fe. Recuerdo que el apóstol Pablo, en sus escritos, solía consolar a los habitantes de la ciudad de Tesalónica aconsejándoles que no se entristeciesen como aquellos que no tenían esperanza. Estimado oyente, si tú eres creyente, tú también puedes vivir una vida de fe. Tu sí tienes esperanza.

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