Estudio bíblico: La resurrección de Lázaro - Juan 11:28-44

Serie:   El Evangelio de Juan   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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La resurrección de Lázaro - Juan 11:28-44

(Jn 11:28-44) "Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?
Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir."

Introducción

En el pasaje anterior terminamos viendo al Señor Jesús declarando que él es la Resurrección y la Vida. Ahora va a demostrar que sus palabras eran ciertas, y lo hará resucitando a Lázaro, un hombre que llevaba cuatro días muerto.
Pero el relato que vamos a estudiar a continuación tiene otras cosas que enseñarnos. Por un lado comprobaremos una vez más la divinidad del Señor Jesús y la íntima relación que tenía con su Padre, y por otra parte, tendremos la ocasión de considerar su perfecta humanidad. Además de esto nos mostrará también su amor y compasión hacia el ser humano y su indignación ante todo lo que el pecado ha traído al hombre. Será, por lo tanto, un pasaje donde veremos nuevamente la gloria de Dios con toda nitidez.
Así pues, vamos a estudiar el milagro de la resurrección de Lázaro, que sin duda es el más grande de cuantos encontramos en este evangelio, antes de la propia resurrección de Jesús, por supuesto, y que fue el desencadenante de los acontecimientos que iban a conducir a su propia muerte.

"El Maestro está aquí"

Después de su corto encuentro con el Señor, Marta fue a llamar a su hermana María, "diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama". En las palabras de Marta se percibe un tono de triunfo: "¡El Señor está aquí! ¡Jesús ha llegado!". Ellas sabían que con la presencia de Jesús todo sería diferente; aun la misma muerte no parecería tan dolorosa.
Así que, nada más que María recibió la noticia de que Jesús estaba allí y que quería verla, "se levantó de prisa y vino a él" al lugar en donde antes se había encontrado con su hermana Marta en las afueras de Betania. El gozo que la noticia le produjo hizo que saliera sola sin ningún tipo de demora. Aun así, aunque Marta le había comunicado su mensaje en secreto con la finalidad de que ella pudiera hablar en privado con el Señor, cuando los judíos que estaban en la casa consolándolas vieron a María salir de prisa, fueron con ella pensando que iba "al sepulcro a llorar allí".
No dudamos de las buenas intenciones de estos consoladores, pero en cualquier caso, ¡qué difícil es consolar a alguien que ha perdido a un ser querido! En esas ocasiones, todo cuanto podamos decir o hacer siempre resulta insuficiente. Pero el Señor era diferente, por eso, comprendemos perfectamente que nada más que María supo donde estaba Jesús y que quería verla, salió de forma apresurada a su encuentro.
Al decir esto no queremos criticar a las personas que habían ido a la casa de Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano, porque aunque es verdad que ya no había mucho que pudieran hacer por ellas, la Biblia nos dice que es importante llorar con los que lloran y mostrarles cariño y simpatía en esos difíciles momentos (Ro 12:15). Esto, sin contar con lo que nos enseña Eclesiastés: "Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón" (Ec 7:2). Ver de cerca la muerte nos hace conocer nuestra propia debilidad y nuestro fin, lo que puede ser altamente instructivo.

"María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies"

Nos resulta difícil pensar en María en una posición diferente que no fuera a los pies de Jesús. Anteriormente ya la habíamos visto a sus pies escuchando su palabra (Lc 10:39), ahora volvemos a verla otra vez a sus pies seguramente buscando consuelo. Y después la veremos de nuevo a los pies de Jesús ungiéndolos con un perfume de gran precio en un acto de adoración (Jn 12:3). Quienes en días tranquilos escuchan y se someten a la Palabra de Dios, también recibirán consuelo en los días de angustia, y pasada la prueba le adorarán.
Ahora bien, antes de que el Señor pudiera consolarla, era necesario que ella expresara todo lo que había en su corazón, algo que hizo con toda confianza: "Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano". Sin duda, durante la enfermedad de Lázaro, sus dos hermanas se habían repetido una y otra vez este mismo sentimiento, por eso no es de extrañar que ahora María diga lo mismo que anteriormente ya había expresado Marta cuando se encontró con el Señor. Ambas habían depositado todas sus esperanzas en la venida de Jesús, ambas habían confiado en que su presencia salvaría la vida de su hermano, y muy probablemente, ambas se habían sentido amargamente decepcionadas cuando él no acudió. Así que tenían la necesidad de expresar su dolor con franqueza ante el Señor.
Este fue un momento profundamente conmovedor para el Señor. El amaba a estos tres hermanos, pero no había podido hacer lo que esperaban de él porque tenía otros planes superiores para ellos. Y tampoco había tenido ocasión de explicarles lo que se proponía hacer a favor de Lázaro, así que ellas seguían sufriendo por lo que consideraban la pérdida definitiva de su hermano. El Señor entendía perfectamente su dolor y lo compartía con ellas en lo más profundo de su ser. El evangelista nos dice que "al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió".
En cuanto a la expresión "se conmovió", los expertos en griego nos dicen que implica un sentimiento de indignación, disgusto y enojo. Así que, junto al dolor que el Señor sentía por la pérdida de su amigo Lázaro, se mezclaban también sentimientos de repulsa por lo que tenía ante sí. Pero, ¿qué era exactamente lo que indignaba de tal modo a Jesús?
Algunos han supuesto que el Señor estaba indignado porque las hermanas de Lázaro estaban llorando amargamente por su pérdida. Otros creen que no soportaba la hipocresía e incredulidad de las personas que habían ido a consolarlas. Pero ninguna de estas cosas parecen tener mucho sentido. No hay ninguna razón para criticar a Marta y María por el dolor que sentían tras la muerte de su hermano. El mismo Señor lloró junto a ellas y sintió el mismo dolor. Y tampoco tenemos ninguna razón para cuestionar la honestidad de las intenciones de aquellos amigos que habían ido a consolarlas.
Por lo tanto, lo más probable es que el Señor sintió una santa indignación al ver los estragos que el pecado ha causado en el mundo. Sería algo parecido a lo que el libertador de un país oprimido por la tiranía de un rebelde sentiría al ver el caos y la destrucción que éste ha ocasionado. No olvidemos que la enfermedad, la muerte y todas las demás desgracias que vemos a nuestro alrededor son la secuela del pecado.
En cualquier caso, la expresión nos indica también que el Señor tenía sentimientos y pasiones como un ser humano que era, aunque siempre controladas por el Espíritu. En sus emociones no había ningún tipo de desorden, como ocurre con frecuencia con nosotros. El era perfectamente humano, capaz de experimentar todos nuestros sentimientos y emociones, pero sin llegar nunca a pecar.

"Y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve"

En esos momentos el interés del Señor era localizar el sepulcro de Lázaro para comenzar a mostrar su poder divino sobre el gran enemigo de la humanidad: la muerte.
Otra razón no había para ir a ver su tumba. ¿Qué se podía ver allí? No había otra cosa que los restos mortales de su amigo en estado de descomposición. El hombre, la obra maestra de la creación de Dios, en un estado de putrefacción que en nada se parecía a la perfección con la que había salido originalmente de las manos del Creador. Ese es el fin de todas las esperanzas humanas. Allí no hay nada que mostrar. Como dijo Job: "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá" (Job 1:21).
Quizá por esa misma razón el Señor quería ir allí, para que sobre el negro fondo de la desesperación humana resplandeciera con mayor nitidez el poder y la gracia de Dios.

"Jesús lloró"

Cuando Jesús llegó al sepulcro acompañado por las hermanas de Lázaro y sus apenados amigos, se identificó con su sufrimiento y lloró con ellos. Allí, detrás del corazón quebrantado de las hermanas, el Señor percibió el profundo gemido y el dolor producido por el pecado en el mundo. Como más tarde escribió el apóstol Pablo, "sabemos que toda la creación gime" (Ro 8:22). Es un gemido silencioso que se extiende por todas partes.
El Señor no era indiferente a todo ese sufrimiento, él comparte el dolor de este mundo. Y aquí tenemos una expresión patente de esta identificación: "Jesús lloró". No eran las lágrimas del plañidero profesional, ni las del sentimental que llora por cualquier cosa, sino las del mismo Hijo de Dios que nacían del más genuino amor por el hombre.
Es importante que tengamos esto presente en este mundo donde constantemente se acusa a Dios de todas las injusticias y tragedias que ocurren a nuestro alrededor, como si él fuera el culpable de ellas y además no le importara en absoluto el dolor que ocasionan a los seres humanos. Nada más lejos de la verdad. La causa última de todos nuestros sufrimientos es nuestro propio pecado, y aquí vemos cómo Dios se conmovía por sus consecuencias, hasta el punto de llorar por ellos. Dios no es insensible ni permanece indiferente ante el dolor humano, sino que se identifica con él.
Y esta no fue la única vez que Jesús lloró. Al menos encontramos otras dos ocasiones más en las que los evangelios nos muestran a Jesús llorando. Lo hizo otra vez cuando contempló la ciudad obstinada y rebelde de Jerusalén (Lc 19:41), y también en el huerto de Getsemaní cuando se disponía a entregar su vida por los pecadores (Mt 26:39) (He 5:7). En todas estas ocasiones sus lágrimas tenían que ver con el pecado de los hombres y sus consecuencias. No es justo decir que Dios es insensible ante nuestras desgracias y que no hace nada al respecto.
Por otro lado, parece que el verbo griego usado aquí nos indica que a diferencia de las hermanas y sus amigos que lloraban de forma sonora, el Señor lloró en silencio. Pero aunque sus lamentos no se escucharon, su dolor era profundo. Es impresionante pensar en Dios gimiendo en silencio por la humanidad. En este sentido, el Dios de la Biblia no tiene nada que ver con el concepto de "impasibilidad" con el que la filosofía griega presentaba a sus divinidades. Según ellos, los dioses eran impasibles, es decir, no tenían la habilidad de sufrir o experimentar emociones, por lo tanto, estaban desconectados de los hombres y no se involucraban en sus cuestiones. Su razonamiento era el siguiente: si Dios puede sufrir, eso sería una debilidad en su carácter que lo haría vulnerable. Pero los cristianos, lejos de ver en el hecho de que Dios sea susceptible al dolor humano una debilidad, creemos que es uno de los atributos que más exaltan su naturaleza divina. ¿Cómo podemos decir que sentir compasión o dolor por el sufrimiento humano puede ser un defecto o una debilidad? Más bien, creemos que la disposición que Dios ha demostrado de identificarse con el ser humano es una de las razones por las que le adoramos y nos sentimos más atraídos a él.
Nuestro Señor Jesucristo estuvo en este mundo en continuo contacto con el sufrimiento humano, pero nunca llegó a acostumbrarse a él o a darlo por normal. Su corazón seguía doliéndose cada vez que veía las trágicas consecuencias que el pecado ha traído sobre el ser humano. De este modo se cumplió perfectamente lo que el profeta Isaías había anunciado acerca de él:
(Is 53:3) "Varón de dolores, experimentado en quebranto"
(Is 63:9) "En toda angustia de ellos él fue angustiado"
También debemos notar que aunque el Señor sabía que en unos pocos minutos Lázaro sería devuelto vivo a sus hermanas y que la muerte sería vencida por la resurrección, sin embargo, no se presentó ante la tumba como un vencedor, aunque lo era, sino como alguien que siente el dolor que la muerte provoca en los seres queridos. Él es el verdadero amigo que comparte las alegrías y también las penas. No es alguien frío o inoportuno.
Todo esto nos muestra que tenemos un Salvador tierno y sensible. Él no cambia nunca. Cuando ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios siguió siendo el mismo que vino a este mundo. No ha abandonado su naturaleza humana y sigue compadeciéndose de nuestras debilidades y sigue entendiendo nuestras lágrimas. No podemos tener mejor mediador que él ante Dios. Ni la virgen María ni todos los santos juntos podrían nunca igualar al Señor Jesucristo en ternura y perfección.
De hecho, este pasaje nos revela como pocos el lado más profundamente humano de su vida. Aquí lo vemos pasando por dolorosas experiencias humanas que nos son tan frecuentes a todos nosotros. Y ya hemos dicho que no debemos pensar que su perfección le impedía sufrir, sino que más bien le hacía mucho más sensible frente a las tragedias que el pecado ha causado en este mundo.
Por lo tanto, puesto que es Dios y también Hombre, es el sumo sacerdote que nos conviene. Nadie como él, que participa de la naturaleza divina al mismo tiempo que entiende nuestra condición humana, puede interceder por nosotros ante el trono de Dios. El autor de Hebreos lo expresó perfectamente en estos versículos:
(He 4:14-16) "Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro."

"Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba"

Cuando los judíos que acompañaban a las hermanas de Lázaro vieron a Jesús llorando, todos quedaron convencidos de que le amaba mucho. Aunque podríamos añadir que si por derramar unas lágrimas habían llegado a esa conclusión, ¿qué tendríamos que decir de su amor cuando pensamos que también derramó su propia sangre en la cruz para conseguir nuestra salvación eterna?
Aun así, algunas de las personas allí presentes hicieron otro tipo de comentarios también: "Algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?". En realidad era la misma reflexión que tanto Marta como María ya le habían hecho al Señor. Lo que no podemos saber es si estos judíos eran movidos por el dolor de la pérdida de Lázaro o simplemente eran personas escépticas que sólo hacían estos comentarios con la finalidad de mostrar cierta incoherencia entre el amor y el poder que el Señor manifestaba tener y su falta de actuación en este caso. No podemos afirmarlo, aunque sí que es verdad que muchas veces hemos escuchado planteamientos similares a las personas que no creen en Dios: "¿Si Dios existe y nos ama, por qué permite que ocurran tantas desgracias en el mundo?". No sabemos si los judíos de nuestro pasaje eran personas sinceras que se encontraban confusas, o simplemente expresaban su incredulidad con cinismo. Es muy probable que hubiera un poco de todo. Siempre hay personas honestas que luchan por entender algunas de las cosas que Dios permite en este mundo, mientras que otras sólo buscan la forma de cuestionar y ridiculizar a Dios. Y es posible que aun hubiera otros que simplemente interpretaron las lágrimas de Jesús como una muestra de impotencia. Sea como fuere, todos los allí presentes coincidían en pensar que, como mucho, Jesús sólo podría haber retrasado la muerte de Lázaro, pero ninguno alcanzó a pensar que también pudiera resucitarlo de entre los muertos.
Pero en pocos minutos todos ellos iban a descubrir que Dios tenía un propósito glorioso cuando permitió el sufrimiento de Lázaro y el de sus amigos, y que además tenía mucho más poder del que ninguno de ellos era capaz de imaginar. Rápidamente iba a quedar claro que no hay razones para dudar ni del amor ni tampoco del poder del Señor.

"Jesús profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro"

Después de esto Jesús fue con las hermanas y las demás personas que les acompañaban hasta el lugar en donde Lázaro había sido sepultado. Se trataba de "una cueva, y tenía una piedra puesta encima". Durante todo el trayecto Jesús siguió evidenciando que estaba profundamente conmovido.
Una vez que llegaron al lugar donde Lázaro había sido sepultado, y ante el asombro de todos, Jesús ordenó quitar la piedra que cubría la entrada. En ese momento, "Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días". Su protesta era lógica. Ella, al igual que todos los demás, habrían pensado que Jesús sólo quería ver el lugar donde habían puesto a su amigo y llorar ante su tumba, pero abrir el sepulcro no tenía sentido, sobre todo porque ya hacía cuatro días que había muerto y el proceso de descomposición ya había comenzado.
¿Por qué obligar a sus hermanas a ver el cuerpo en descomposición de su hermano? Esta era una prueba más por la que su fe tendría que pasar si había de madurar. Marta había confesado que creía que Jesús era la resurrección y la vida (Jn 11:25-27), pero ahora era necesario pasar de la teoría a la práctica. Y tenemos que reconocerlo, ahí es donde también todos nosotros encontramos las mayores dificultades.
Había llegado el momento de la verdad, y la forma en la que debían demostrar que creían en Jesús era obedeciendo su orden de quitar la piedra. Por supuesto, si Jesús tenía poder para resucitar a un muerto, también podría haber quitado la piedra sin ninguna dificultad, pero él quería que las personas se implicaran. De hecho, en este como en otros muchos casos, el Señor deja que el hombre tenga su parte de responsabilidad y haga lo que está a su alcance, interviniendo el Señor solamente al final, cuando los recursos humanos se muestran totalmente insuficientes. Por ejemplo, algo similar ocurre cuando nosotros predicamos el evangelio a los perdidos; nosotros podemos explicarles todo el plan de la salvación, pero sólo Dios puede darles la vida eterna.
Por otro lado, nada de lo que hacía el Señor carecía de propósito. Marta no podía comprender qué sentido había en exponer a la vista de todos un cadáver de cuatro días, pero el Señor quería que los presentes pudieran comprobar con todos sus sentidos que Lázaro estaba realmente muerto. De ese modo, después de que lo resucitara, nadie podría decir que Lázaro no había estado realmente muerto. Así que todos tuvieron ocasión de ver su cadáver, y hasta oler su putrefacción.
Por lo tanto, el Señor permitió ese breve momento de sufrimiento a fin de que sus amigos pudieran ser sorprendidos después por el gozo de la resurrección. Es verdad que ninguno de ellos esperaba eso, pero es típico del Señor hacer mucho más de lo que pensamos o somos capaces de imaginar.

"Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"

La fe de Marta estaba vacilando momentáneamente, así que el Señor quiso animarle con estas palabras. Era importante que recordara todo lo que había escuchado de Jesús, pero aun era más importante que lo creyera, porque la fe es la clave para ver la gloria de Dios.
¡Qué promesa tan grande; "si crees, verás la gloria de Dios"! Y, por supuesto, no era únicamente para Marta, sino también para todos nosotros, porque nosotros también la necesitamos. Cuando atravesamos días de prueba, cuando parece que el sol, la luna y las estrellan han desaparecido, cuando nos sentimos solos batallando en medio de mil dificultades, nosotros también debemos recordar las palabras de Jesús y tener fe en ellas, porque sólo así encontraremos la salida y podremos ver su gloria.
Los hombres quieren "ver para creer", pero Jesús dice que "si crees, verás". Con esto el Señor enfatiza una vez más la importancia de la fe. En otra ocasión dijo al padre de un muchacho endemoniado: "Si puedes creer, al que cree todo le es posible" (Mr 9:23). Y en Nazaret no pudo hacer "muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos" (Mt 13:58). De alguna manera, es como si la falta de fe maniatara a la omnipotencia divina y limitara su poder.
En cualquier caso, debemos notar que Jesús todavía no le había dicho a Marta lo que se proponía hacer, así que su exhortación era a tener fe en él. En realidad, era ahí donde estaba el problema; ella estaba pensando demasiado en el cadáver de su hermano y no estaba mirando al Señor. Pero mirar a los problemas nos desanima, mientras que cuando nos apoyamos enteramente en el Señor, entonces todo cambia.
A Marta se le prometió que vería la gloria de Dios. En este caso se refería al poder de Dios que es capaz de dar vida a los muertos. Notemos que aunque la resurrección de Lázaro traería mucho gozo y alegría a todos, sin embargo, el propósito principal sería manifestar la gloria de Dios.
Finalmente algunos de los presentes "quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto". Aunque Marta no dijo nada, su silencio fue interpretado como una prueba de que había aceptado las palabras de Jesús.

"Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes"

Podemos imaginarnos la situación: Jesús se encuentra ante el sepulcro abierto y la multitud le rodea esperando con impaciencia lo que sucederá a continuación. Y es en ese momento, cuando todos le estaban mirando, que el Señor se dirigió a su Padre en el cielo de manera solemne, alzando los ojos y hablando con él de forma audible ante la multitud.
En cuanto a su oración, las palabras de Jesús dan a entender que ya había orado por Lázaro anteriormente y que había sido escuchado por su Padre. Así que, en realidad su oración no es una petición, sino una expresión de acción de gracias, porque aunque el milagro todavía no había ocurrido, el Hijo sabía que nada ni nadie lo podría impedir. Esto era así porque en una vida de completa obediencia al Padre no tenía cabida la incertidumbre en la respuesta a la oración. Su voluntad y la del Padre eran una sola, y por eso tenía la plena certeza de que sus oraciones eran contestadas siempre de forma afirmativa en el mismo momento en que eran pronunciadas.
Por lo tanto, el hecho de elevar su oración de forma audible tenía el propósito de mostrar a todos los que le acompañaban la unidad absoluta que había entre su Padre y él: "Pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado".
Una vez que Lázaro fuera resucitado, todos los allí presentes estarían preparados para entender que el milagro era una manifestación de la plena unión del Padre y el Hijo, lo que confirmaría que Jesús era realmente el enviado del Padre. De esta manera acabaría con las objeciones de sus enemigos que negaban esta relación, y que incluso habían llegado a atribuir sus obras de poder al mismo Satanás (Mt 12:24). Como ya sabemos, esta era una reivindicación que Jesús venía haciendo desde hacía tiempo y que especialmente los líderes religiosos del judaísmo no habían querido aceptar (Jn 5:36) (Jn 10:25).

"Y habiendo dicho esto clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!"

Después de haber dado gracias al Padre, Jesús se dirigió a Lázaro en el sepulcro y le ordenó que saliera fuera. Y aunque el sentido común nos diría que los muertos no son capaces de escucharnos, la voz de Jesús tenía tal autoridad que podía llegar hasta el seno de la misma muerte.
Notemos también que Jesús se dirigió a Lázaro por su nombre, de forma personal. En cuanto a esto, Agustín de Hipona comentó que el llamamiento era tan extremadamente poderoso que si no le hubiese llamado personalmente, todos los muertos se habrían levantado de los sepulcros. Y tenía razón, tal como el mismo Señor había explicado anteriormente:
(Jn 5:28-29) "No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación."
En respuesta a la orden del Señor, las cadenas de la muerte se vieron quebrantadas "y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir". La muerte no tiene poder alguno ante el "Autor de la Vida" y Lázaro abandonó el mundo de los muertos para regresar temporalmente al de los vivos.
Fue entonces cuando Lázaro, con grandes dificultades a causa de las vendas con las que había sido envuelto, logró salir del sepulcro. Nos imaginamos que la multitud quedó paralizada por el asombro y fue necesario que Jesús les mandara que lo liberasen de aquellas telas que le aprisionaban.
¡Qué emoción inundaría sus corazones y mentes al deshacer con sus propias manos lo que antes habían preparado para su sepultura! Pero aquella era la indumentaria de un muerto y Lázaro ahora estaba vivo.
Mientras ejecutaban la orden del Señor, tuvieron nuevamente la ocasión de comprobar que era realmente Lázaro, al que ellos habían sepultado hacía cuatro días. No había duda posible de que estaban ante un milagro extraordinario.
Suponemos que una vez desatado, Lázaro volvería a su casa con sus hermanas. Podemos imaginarnos su gozo desbordante. Sin duda Jesús les había traído el consuelo que nadie más les había podido dar. Era cierto que por un tiempo no habían entendido por qué el Señor no había hecho nada, pero ahora que veían su propósito cumplido, seguro que se sentían satisfechas. Ya no había nada que reprochar. Los días de sufrimiento habían valido la pena, porque su hermano estaba nuevamente con ellas, pero lo que era mucho más importante, el Señor había manifestado su gloria y todos ellos habían llegado a conocerle de una manera que de otro modo no habrían podido.
A partir de aquí el evangelista no dice nada más acerca de Lázaro, sino que se centra en las diferentes reacciones de los presentes. Y si somos sinceros, nos hubiera gustado saber un poco más acerca de las experiencias que Lázaro pudiera recordar de los cuatro días en que estuvo muerto. ¿Qué pasó después de que murió? ¿Cómo es el cielo? ¿Cómo se sintió al volver a esta tierra? En fin, tendríamos muchas preguntas para hacerle, pero el evangelio guarda silencio sobre todo lo ocurrido después de la muerte de Lázaro. En cierto sentido es lógico, pues Pablo dice que cuando fue llevado al tercer cielo, tampoco pudo explicar nada de lo que vio allí, porque era demasiado glorioso para expresarlo en un lenguaje humano (2 Co 12:1-4).
Nos imaginamos que Lázaro estaba contento de poderse encontrar nuevamente con sus hermanas y con el Señor. Pero podemos pensar también que le hubiera gustado seguir en el cielo, libre por siempre de todos los problemas de esta vida presente. Porque no lo olvidemos, cuando muere uno de nuestros seres queridos que es creyente, va inmediatamente al cielo, lo cual es infinitamente mejor que estar en este mundo.
Por otro lado, debemos considerar también que la resurrección de Lázaro no fue como la de Jesús. Lázaro, al igual que las otras personas a las que el Señor resucitó, tuvieron que volver a morir. Además, cuando resucitaron, lo hicieron con el mismo cuerpo que tenían antes de morir, y volvieron a la misma situación en la que habían vivido hasta ese momento. En cambio, cuando Jesús resucitó lo hizo con un cuerpo glorificado e inmortal. Por lo tanto, la resurrección de Lázaro sirvió para demostrar que el Señor tiene poder sobre la muerte, pero no podemos decir que se trate de la resurrección que los creyentes esperamos, porque nosotros seremos resucitados juntamente con Cristo, con cuerpos de gloria semejantes al de él.

Preguntas

1. Busque en el evangelio de Juan expresiones o hechos que demuestren que el Señor Jesucristo era realmente hombre. Busquen también otras que demuestren que era Dios.
2. Busque seis ocasiones en el evangelio de Juan en las que el Señor Jesucristo trató personalmente con mujeres. ¿Qué fue lo que pudieron aprender en cada uno de los casos?
3. Según los filósofos griegos los dioses eran "impasibles", es decir, no tenían capacidad de sufrir o experimentar emociones. Busque siete ocasiones en la Biblia en las que se vea que Dios siente algún tipo de emoción en su relación con los hombres.
4. Tanto Marta, como María y también todos los que estaban con ellas consolándolas opinaban que si Jesús hubiera estado allí, Lázaro no habría muerto. ¿Qué podemos deducir de estas palabras?
5. ¿Qué diferencias hay entre la resurrección de Lázaro y la del Señor Jesucristo?

Comentarios

Honduras
  karen mejia (Honduras)  (23/08/2016)
Dios les continúe bendiciendo, es de mucha ayuda para mí.
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