Estudio bíblico: Salutaciones a las siete iglesias - Apocalipsis 1:4-5

Serie:   Apocalipsis   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Salutaciones a las siete iglesias (Ap 1:4-5)

(Ap 1:4-5) "Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra."

Introducción

En el pasaje anterior vimos que Dios había dado una revelación especial a su siervo Juan. Ahora veremos que él cumple con el encargo de trasmitirla a otros.
También vimos que hay una bendición especial para todos aquellos que leen u oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas en ella escritas. Y no deja de sorprendernos que en un libro que trata sobre los juicios que van a venir sobre la humanidad, comience con una bendición de Dios para todos aquellos que tienen en cuenta estas cosas en sus vidas.
Pero no sólo eso, sino que también ahora, al comenzar el estudio de esta nueva porción, vamos a encontrarnos nuevamente con otra bendición de Dios para los receptores de este escrito. De hecho, será la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo, quien nos envíe su gracia y su paz. Este es un hecho que debemos subrayar. Es verdad que debido a su justicia y santidad Dios tiene que intervenir en juicio sobre este mundo, pero antes de comenzar el estudio de Apocalipsis, debemos tener bien presente en nuestras mentes y corazones que el deseo supremo de Dios es bendecir a los hombres. No lo olvidemos.

El remitente y los destinatarios

La forma en la que Juan va a transmitir la revelación que había recibido será por medio de una carta que comienza de esta manera:
(Ap 1:4) "Juan, a las siete iglesias que están en Asia"
Otra vez notamos que el autor humano, Juan, no añade ningún título a su nombre. Como ya dijimos, esto se debe seguramente al hecho de que él era bien conocido entre las iglesias a las que estaba escribiendo.
Luego vemos que dirige su carta a las siete iglesias que estaban en la provincia romana de Asia, lo que hoy sería la región occidental de Turquía. Estas iglesias están relacionadas en (Ap 1:11): "Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea".
Ignoramos las razones por las que sólo se dirigió a estas siete iglesias, habida cuenta de que en esa época había más en aquella zona. Tal vez tiene que ver con el simbolismo del número siete, que a lo largo de todo el libro se relaciona con la idea de aquello que está acabado, que es completo. Como más adelante veremos, estas siete iglesias no eran perfectas, ni mucho menos, pero tal vez representaban a toda la iglesia en todo el mundo y en todas las edades. En ese caso, Juan se estaría dirigiendo inicialmente a las siete iglesias en Asia, pero su escrito tendría finalmente validez para toda la iglesia universal.

El saludo

(Ap 1:4) "Gracia y paz a vosotros"
También conforme a la costumbre de su tiempo Juan manda sus saludos. Básicamente emplea dos vocablos para ello: "Gracia y paz". Con ellos desea a sus lectores que reciban toda la abundancia del favor de Dios. El término "gracia" pone el énfasis en la inmerecida bondad de Dios hacia el hombre pecador que no merece nada. Y la "paz" es el resultado de disfrutar de la gracia en el corazón.

El origen del saludo

Curiosamente, el saludo que el apóstol envía no lo hace en su propio nombre sino que es una bendición que viene de parte de la Trinidad.
(Ap 1:4-5) "Del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra..."
Si queremos disfrutar de la gracia y de la paz en un mundo que está a punto de enfrentarse con los juicios de Dios, hay que recordar que éstas sólo pueden venir de las Personas de la Trinidad a las que se refiere en estos versículos.
Pero antes de que entremos a considerar la forma en la que el autor describe a cada una de las tres Personas de la Trinidad, hay aquí un hecho sobre el que tenemos que reflexionar. Es verdad que la palabra "Trinidad" no aparece en ninguna parte de la Biblia, sin embargo, sí que encontramos muchas ocasiones en las que se asignan atributos divinos a cada una de las tres Personas que la componen.
Por ejemplo, aquí y en otras muchas Epístolas, los apóstoles invocan a Dios Padre para bendecir a los creyentes, pero lo hacen en unión y colocándolo al mismo nivel que el Señor Jesucristo. Esto sería imposible si el Hijo no fuera Dios al mismo nivel que el Padre.
Sería inconcebible pensar que un apóstol escribiera enviando la gracia y la paz del Padre y del arcángel Gabriel. Esto no es posible. Por muy importante que sea el arcángel Gabriel, nunca puede estar al mismo nivel que Dios. Y por otro lado, nadie sino sólo Dios puede ser el origen de la gracia y la paz que los hombres tanto necesitan.
Pensemos en una sencilla ilustración. Imaginemos que un importante banco va a absorber a otro. Durante las gestiones, el presidente del primer banco escribe una carta a los accionistas del segundo. Sería una locura pensar que el presidente asociara con él en su escrito a la persona encargada de la limpieza de una sucursal de su entidad. Esto no se corresponde. Por muy digno que sea ese trabajador, no está al nivel del presidente para firmar conjuntamente con él una carta de ese tipo. Y del mismo modo, si Dios Padre ha de asociar a alguien con él en el envío de un escrito tan importante como Apocalipsis, necesariamente ha de compartir su misma dignidad, como de hecho lo hacen el Hijo y el Espíritu Santo.
Ahora bien, aunque la bendición proviene de la Trinidad, no se menciona a las personas divinas como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sino que se las describe por medio de ciertos atributos que sirven para demostrarnos que Dios es el único que puede gobernar este mundo y conducirlo hasta la meta que él mismo ha determinado. Veamos estas descripciones:
  • El Padre: "el que es y que era y que ha de venir".
  • El Espíritu Santo: "los siete espíritus que están delante de su trono".
  • El Hijo: "de Jesucristo el testigo fiel".
Nosotros tenemos la tendencia a reducirlo todo a conceptos simples, pero no debemos perder de vista la grandeza y la riqueza que hay en la Trinidad. Por eso, al acercarnos ahora a estos hermosos conceptos debemos dejar que llenen nuestras mentes y corazones.
1. El Padre
El texto se refiere a él como "el que es y que era y que ha de venir". Y la misma descripción aparece nuevamente en otras partes del libro: (Ap 1:8) (Ap 4:8) (Ap 11:17) (Ap 16:5).
"El que es"
En primer lugar nos dice que Dios es "el que es". La idea que nos trasmite es que él existe permanentemente. Y por supuesto, no hay nadie más de quien se pueda decir lo mismo. Aunque nosotros no lo podamos entender, en el caso de Dios su existencia nunca tuvo comienzo ni ha dependido de nadie para llegar a ser. Esta es la idea que le comunicó a Moisés cuando se le apareció en la zarza ardiendo:
(Ex 3:14) "Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros."
Dios es inmutable y eterno. A pesar de todas las cosas que puedan pasar en este mundo, él siempre seguirá siendo "el que es".
"El que era"
Luego añade también que Dios es "el que era". Es decir, por mucho que pudiéramos retroceder en la historia hasta el punto más recóndito de nuestra imaginación, él ya era. Antes incluso de que hubiera tiempo y comenzara el mundo, él ya era.
Es cierto que a los hombres nos resulta imposible comprender esto. ¿Cómo puede ser que Dios exista sin que nadie lo haya creado? ¿De dónde ha salido entonces? Bueno, no podemos contestar a esto, pero este mismo hecho es sin duda una prueba más de la autenticidad de la Biblia. Si Dios fuera un producto de la imaginación del hombre, nunca habríamos creado a un Dios tan grande que no lo pudiéramos abarcar con nuestras mentes y que nos fuera imposible explicar. No tendría sentido, en tal caso, habríamos creado dioses como los de la mitología griega; seres un poco mayores que los humanos, parecidos a nosotros y que pudiéramos explicar sin dificultad. Pero el Dios de la Biblia es completamente diferente; no es un producto de nuestra imaginación, sino que ha sido él quien nos ha creado a nosotros. Y es el Eterno Dios aunque no podamos explicarlo.
"El que ha de venir"
Y por último añade: "El que ha de venir". A primera vista da la impresión de que está hablando de la Segunda Venida, pero esto no es así. Fijémonos que el contexto nos indica que Juan está describiendo la eternidad de Dios. Él siempre será el que ha de venir. Nunca llegaremos a saber todo acerca de Dios. Nunca nos aburriremos en el cielo durante toda la eternidad.
En este punto, es interesante notar que una descripción similar se hace en Hebreos en relación al Señor Jesucristo: "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y por los siglos" (He 13:8). Esto confirma lo que antes hemos explicado acerca de la Trinidad; no sólo el Padre es eterno, también el Hijo lo es de la misma manera.
Ahora bien, ¿por qué Juan no se ha referido a él sencillamente como "el Padre"? Bueno, podemos pensar en una ilustración que tal vez nos ayude a entenderlo. Imaginemonos que el presidente de los Estados Unidos tiene unas hijas muy pequeñas con las que pasea y come hamburguesas. Para ellas él es su padre, alguien muy cercano y familiar. Pero un día ellas crecen y descubren que su padre es el presidente de la nación más poderosa del mundo. Por supuesto, él no deja de ser por eso su padre, pero ellas han descubierto que es mucho más que eso.
Y del mismo modo, cuando nosotros llegamos a la salvación, conocemos a Dios como Padre. Descubrimos que podemos dirigirnos a él de la misma manera que un niño habla con su "papá". Pero es necesario crecer en nuestro conocimiento de él para darnos cuenta de que él es también el Dios soberano que gobierna y dirige los destinos de este mundo desde la eternidad.
2. El Espíritu Santo
En el libro de Apocalipsis Juan nunca usa el término "el Espíritu Santo", sino la palabra "Espíritu" en una variedad de combinaciones. Aquí se refiere a él como "los siete espíritus que están delante de su trono". Y la misma expresión la vuelve a emplear en (Ap 3:1) (Ap 4:5) (Ap 5:6).
Lo más probable es que debamos interpretarlo como una referencia al Espíritu Santo, dado que se encuentra entre dos referencias al Padre y al Hijo.
Algunos han pensado que se puede estar refiriendo a seres angelicales, pero esto no puede ser, ya que en el contexto se nos dice que de él proviene la "gracia y la paz" para los hombres, y como ya hemos señalado, ninguno de los ángeles puede ser el origen de estas bendiciones.
Por otro lado, notamos nuevamente la aparición del número "siete", que como ya hemos dicho simboliza la plenitud.
Ahora bien, ¿por qué el autor inspirado eligió esta fórmula en lugar de referirse sencillamente a él como el Espíritu Santo? ¿O por qué no lo mencionó como el que nos regenera, o santifica, o consuela?
Bueno, todos esos atributos son ciertos, pero aquí lo que pretende subrayar es la misión que el Espíritu Santo tiene en relación con el gobierno y la administración de Dios en este mundo. Juan primero nos ha mostrado al Padre como el eterno e inmutable Dios quien desde su trono gobierna el universo entero y a cada criatura. Y ahora nos presenta al Espíritu Santo como el ejecutor de sus planes. Notemos que nos habla del Espíritu Santo en toda su plenitud: "los siete espíritus". Además nos dice que "están delante de su trono", lo que confirma el hecho de que es presentado como el ejecutor de la voluntad del Padre en este mundo. Su presencia nos garantiza que ninguno de los planes de Dios quedará frustrado por falta de poder. Él llega a todas las partes con el poder y la autoridad de Dios.
3. El Hijo
De las tres personas de la Trinidad la que se describe con más detalle es la del Hijo:
(Ap 1:5-7) "Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén."
Por el momento, en este estudio sólo nos vamos a ocupar de las tres descripciones que se hacen de su Persona. Más adelante veremos otros detalles acerca de lo que él ya ha hecho y de lo que hará en un futuro próximo en relación a su pueblo y también a este mundo. Vemos entonces que él es:
  • "El testigo fiel".
  • "El primogénito de los muertos".
  • "El soberano de los reyes de la tierra".
Cada una de estas frases describe quién es él en relación con la historia de la humanidad, tanto en el pasado como en el futuro.
"El testigo fiel" resume su vida en la tierra
Un testigo es esencialmente una persona que habla de algo que conoce de primera mano, y Jesús fue el testigo de Dios por excelencia porque tenía un conocimiento exclusivo y de primera mano de él. No hay ninguna duda de que todo aquello de lo que nos informa está adecuadamente acreditado.
Cuando Juan comenzó su evangelio se refirió a él como el Verbo de Dios. Veamos lo que dijo de él:
(Jn 1:1-2) "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios."
Y luego añade:
(Jn 1:18) "A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer."
Como vemos, el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, estaba plenamente capacitado para dar testimonio de su Padre. Había estado con él disfrutando de una relación de amor durante toda la eternidad. Nadie como él para dar testimonio del Padre.
Ahora bien, él no sólo tenía el conocimiento íntimo y perfecto del Padre, sino que lo que ahora se nos dice es que dio un testimonio fiel de él. Jesucristo es el "testigo fiel". Y pensando en esto debemos recordar lo que Pablo escribió acerca de cómo él dio testimonio con fidelidad ante Pilato:
(1 Ti 6:13-16) "Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén."
Aquí se nos dice que Jesucristo "dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato". La idea finalmente es la misma; Cristo dando testimonio fielmente.
Pero para comprender esta referencia en toda su dimensión debemos ir necesariamente a los evangelios al momento cuando el Señor dio testimonio del Padre ante Pilato. Esto lo encontramos al comienzo del capítulo 19 del evangelio de Juan.
Como ya sabemos, Pilato era la máxima autoridad del Imperio Romano en aquella zona. Y en el pasaje mencionado asistimos al momento en que estaba juzgando al Señor. Durante su interrogatorio tuvieron una interesante conversación a la que aquí se hace referencia y que nos conviene recordar. Pilato amenazaba a Jesús porque éste no le contestaba: "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?". A lo que Jesús le contestó: "Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba" (Jn 19:10). La cuestión a debate es quién tenía la última autoridad y el poder.
Y en este asunto Pilato estaba equivocado, porque aunque él creía que tenía toda la autoridad, Jesús le aclaró que la que tenía le había sido dada desde el cielo y que nada podría hacer por su propia cuenta. En cambio, el Señor Jesucristo había venido a este mundo con toda la autoridad divina. Por eso, aunque lo condenara a morir crucificado, él volvería. Nada lo podría detener. Esto es lo que claramente dedujo el apóstol Pablo en el pasaje que acabamos de mencionar y por eso habló de "la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén."
Por el momento, ser un testigo fiel en este mundo le costó la vida. Podríamos decir que él fue fiel hasta la muerte en la cruz. Y de este modo Jesús proporciona un modelo perfecto para los cristianos que dan testimonio de él y que sufren por ello (Ap 17:6).
Pero en cualquier caso, nada ni nadie podría detener a nuestro Señor Jesucristo dentro de una tumba, y esto nos lleva a la siguiente descripción que Juan hace de él.
"El primogénito de los muertos" nos habla de su resurrección y ascensión al cielo
El Señor Jesucristo resucitó de los muertos de forma plena y gloriosa. No como Lázaro, que volvió a morir. Jesús salió del sepulcro con un cuerpo glorificado, dando así comienzo a una raza nueva de hombres.
(1 Co 15:45) "Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante."
Con su muerte y resurrección Cristo hizo algo completamente nuevo: creó nuevos hombres totalmente diferentes a los anteriores, regenerados por su Espíritu Santo para que sean perfectos, iguales que él. Cristo es el nuevo Adán con el que comienza una nueva humanidad.
Este hecho tiene muchas implicaciones para el ser humano. Pero en este momento sólo vamos a pensar en tres de ellas.
En primer lugar, esta descripción del Señor como "el primogénito de los muertos" era especialmente apropiada para aquellos creyentes a los que Juan estaba escribiendo y que en poco tiempo tendrían que afrontar la muerte por causa de su fe. Y al igual que ellos, otros muchos que en nuestros días sufren de la misma manera. Para todos ellos, el hecho de que Cristo sea el "primogénito de los muertos" es una garantía de que todos sus seguidores que mueran también resucitarán (1 Co 15:20), por lo tanto, no tenían que temer, ni siquiera a la misma muerte.
En segundo lugar, el poder de la resurrección de Cristo ya está presente en todos aquellos que creen en él. La Biblia nos enseña que ya nos ha dado vida juntamente con Cristo y juntamente con él nos ha resucitado (Ef 2:5-6). Es interesante ver este pasaje en su totalidad porque nos enseña que Dios nos ha hecho nuevas criaturas, con un corazón nuevo. Ahora ya no somos "hijos de desobediencia", ni andamos "conforme al príncipe de la potestad del aire" (Ef 2:2), sino que "somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Ef 2:10).
Esto es mucho más grande que lo que cualquier político de este mundo ha logrado soñar. ¡Y qué importante es! Porque si lo pensamos bien, aunque con frecuencia echamos la culpa a nuestros políticos de todo lo malo que ocurre en este mundo, y en muchas ocasiones seguramente la tengan, lo cierto es que es un verdadero problema gobernar a personas tan ingobernables como somos nosotros. Aunque dicten leyes buenas, nosotros ofrecemos una resistencia incomprensible a cumplirlas. Pero cómo cambiaría la situación si llegara un gobernante que además de traer leyes justas, fuera capaz de cambiar nuestros corazones para que deseáramos y además pudiéramos cumplirlas. Pues eso es precisamente lo que Cristo ya ha comenzado a hacer como consecuencia de su resurrección.
Y en tercer lugar, la resurrección de Cristo de entre los muertos fue una victoria que le llevó a lo más alto. Él ganó con su muerte lo que el tentador le había ofrecido como recompensa del pecado. Resucitó y ascendió para recibir el imperio universal, lo que nos lleva a la siguiente descripción.
"El soberano de los reyes de la tierra" se refiere a su futuro glorioso como el Rey de reyes.
Aquí hay una alusión al (Sal 89:27) "Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra".
Es cierto que en el libro de Apocalipsis hay muchas referencias a los reyes de la tierra, pero el Señor Jesucristo es el Rey de reyes y el Señor de señores (Ap 17:14) (Ap 19:16).
Sin embargo, para los cristianos que vivimos en la tierra entre la primera y la segunda venida de Cristo, el hecho de que él sea el soberano de todos los reyes de la tierra ha de ser aceptado por la fe. De hecho, las evidencias de nuestra historia frecuentemente parecen ponerlo en duda. Pero el libro de Apocalipsis nos va a revelar la realidad espiritual que hay detrás y que todavía no vemos con nuestros ojos.
Es verdad que los judíos esperaban un Mesías que se sentaría en el trono en Jerusalén de la misma manera que el César se sentaba en su trono en Roma y gobernaba todo su imperio. Pero el hecho de que Jesús no cumpliera con las expectativas de los judíos, los llevó a rechazarle. Y más tarde, cuando ellos mismos perseguían al apóstol Pablo, le criticaban ante las autoridades romanas haciéndoles creer que anunciaba a un rey que hacía la competencia al César. Pero los judíos sabían que eso era falso, y Pablo no se cansaba de explicar claramente que en la primera etapa de su programa mesiánico, él no había venido a sentarse en un trono en esta tierra. Recordemos lo que dijo en la sinagoga de Tesalónica:
(Hch 17:2-3) "Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo."
Pero aunque el programa del Mesías divino incluía primeramente morir y resucitar, también anunciaba que más tarde regresaría a este mundo desde el cielo para establecer aquí su reino. Porque no lo olvidemos; él es "el Soberano de todos los reyes de la tierra". Y nosotros seguimos orando: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mt 6:10). ¡A él sea la gloria por toda la eternidad!

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