Estudio bíblico: Creed en el evangelio - ¿Es razonable la fe? - Marcos 1:14-15

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Creed en el evangelio - ¿Es razonable la fe?

Fe y razón

Hoy en día hay muchas personas que piensan que la fe consiste en creer lo que no se ve. Y dicho así, no parece que la fe tenga nada que ver con la razón. Se trataría de un esfuerzo por mentalizarse en creer las cosas más inverosímiles sin prueba alguna. Y claro está, cuando los críticos del cristianismo escuchan esta definición, inmediatamente llegan a la conclusión de que la fe es una especie de suicidio intelectual.
Para ellos la fe y la razón son totalmente incompatibles, porque mientras que la fe se trata de algo puramente subjetivo, la razón, en cambio, se fundamenta sobre hechos científicos verificados objetivamente. Uno de los más conocidos críticos del cristianismo que ha expuesto esta postura ha sido Richard Dawkins, Catedrático de Zoología de la Universidad de Oxford, él ha dicho: ?El vicio principal de la religión es la Fe. Fe es una creencia que no se basa sobre ninguna evidencia, y es por lo tanto uno de los peores males del mundo, comparable al virus de la viruela, pero mucho más difícil de erradicar. La gran diferencia entre la Ciencia y la Religión estriba en esto: todo lo que la Ciencia cree está basado sobre evidencias que se pueden verificar públicamente, mientras que lo que la Religión cree, carece totalmente de evidencias?.
Queda claro que para él la fe es algo irracional, y que cualquier persona sabia y culta la debería rechazar inmediatamente. Y por supuesto, si la fe consistiera en creer cualquier cosa que no se ve, tendría toda la razón, pero debemos aclarar inmediatamente que esa idea de lo que es la fe no tiene respaldo bíblico.
Pero antes de que veamos qué es realmente la fe, debemos detenernos un momento a reflexionar sobre lo que la ciencia nos puede decir con seguridad sobre el origen del universo, la formación de la vida, o incluso acerca de la existencia de Dios.
Y lo primero que observamos es que en estos temas, aunque muchos como Richard Dawkins pretenden presentar conclusiones basadas sobre hechos probados por la ciencia, lo que llama la atención es que no nos ofrecen respuestas únicas, sino que hay desacuerdos entre los diferentes científicos. Y claro está, esto no debería ser así si se fundaran sobre hechos científicos verificados objetivamente. Y por otro lado, ocurre con frecuencia, que lo que un importante científico dice hoy y es aceptado por toda la comunidad científica como una verdad incuestionable, en pocos años puede pasar a ser ridiculizado, olvidado y sustituido por otra nueva teoría. Realmente la ciencia no parece ofrecernos la base sólida y segura que algunos pretenden. Es más, algunos científicos se hacen culpables de aquello que ellos mismos critican. Por ejemplo, la teoría de la evolución o la del Big Bang, siguen siendo solamente teorías, pero se enseñan en muchos centros académicos como auténticos dogmas de fe que deben ser creídos sin discusión alguna, aunque todavía no hayan podido ser verificados objetivamente. Y aquellos científicos que las cuestionan, o adoptan posturas diferentes, como ?el Diseño Inteligente?, son perseguidos y criticados duramente por los científicos evolucionistas. Muchos de estos enfrentamientos guardan muchas similitudes con los que se dan entre las diferentes religiones. Y dicho sea de paso, uno de los mayores propulsores de este dogmatismo es el mencionado Richard Dawkins.
Pero si la ciencia tiene importantes dificultades para determinar asuntos relacionados con el mundo material que nos rodea, es un hecho que no puede hacer nada para probar o negar la existencia de Dios con los medios técnicos que posee. La Biblia enseña que Dios es espíritu, y la ciencia no dispone de aparatos para investigar en ese área. Por eso, los científicos que en el nombre de la ciencia afirman que Dios no existe, deberían actuar con un poco más de humildad y reconocer sus limitaciones.
Pero la ciencia no tiene el monopolio de la razón. Hay otras áreas del saber humano que también se basan en la razón y que sí nos pueden aportar importantes evidencias a favor de la existencia de Dios; nos referimos ahora a la historia.
Como ya hemos señalado, la definición de fe como ?creer lo que no se ve?, es simplista y finalmente resulta absurda. La fe de la que nos habla la Biblia es la respuesta del hombre a la revelación de Dios. No se trata de creer cualquier cosa que no se ve, sino de creer en lo que Dios ha dicho en su Palabra.
Ahora bien, es verdad que muchas de las cosas de las que nos habla la Biblia no las podemos ver, como por ejemplo todas las intervenciones sobrenaturales que Dios ha realizado en la historia de la humanidad, o aquellos milagros que el Señor Jesucristo hizo cuando estuvo en nuestro mundo. Pero al creerlas, no estamos cometiendo ningún tipo de suicidio intelectual, simplemente estamos dando crédito al testimonio escrito que nos han dejado los testigos presenciales de esos hechos. Al fin y al cabo, toda la historia de la humanidad debe ser creída del mismo modo, no sólo la historia bíblica.
No obstante, hay muchas personas que dicen que no pueden creer en la Biblia porque está llena de historias milagrosas, y ellos no creen que los milagros existan. Pero esta actitud no es razonable, simplemente se basa en prejuicios. Es más, negar estas historias implicaría necesariamente acusar de mentirosos a aquellos que nos las han hecho llegar. Por ejemplo, estaríamos diciendo que todos los apóstoles eran unos mentirosos porque afirmaron que Jesús resucitó de los muertos al tercer día. Pero no tenemos ninguna razón para dudar de su integridad moral, máxime cuando más tarde estuvieron dispuestos a morir por defender la veracidad de ese hecho.
Pero hay otro asunto muy importante a tener en cuenta en relación con el carácter especial de la Biblia como revelación de Dios. En ella no sólo encontramos hechos históricos milagrosos, también hay cientos de profecías sobre el futuro de las cuales muchas ya se han cumplido con total exactitud. Esto también lo podemos comprobar por medio de la historia, comparando el momento en que se escribieron esas profecías y cuándo se cumplieron posteriormente, a veces siglos más tarde. Las personas que no creen en los milagros tendrán serias dificultades para explicar cómo pueden haberse cumplido de forma tan exacta cientos de profecías.
Aun así, es cierto que también hay algunas profecías que todavía no se han cumplido, especialmente aquellas que tienen que ver con el fin de este mundo tal como lo conocemos en el presente, y lógicamente, aunque nadie las ha visto todavía, creemos que son ciertas porque confiamos que el Dios que ya ha cumplido todas las demás profecías del pasado, también cumplirá las que faltan.
Por lo tanto, es importante hacer notar que la fe cristiana es razonable, ya que se basa en evidencias históricas que nos han llegado por el testimonio escrito de testigos presenciales de los hechos y también por el carácter sobrenatural de la Biblia.
Por todo esto, una de las cosas que el Señor Jesucristo hizo, y que también practicaron sus discípulos, fue animar a las personas para que no tomasen una decisión irreflexiva a favor de él. El Señor insistió mucho en que antes de seguirle, las personas deberían reflexionar y analizar correctamente las señales que él hacía. Y esto es así porque la fe bíblica respeta de tal manera la capacidad racional del ser humano y su integridad intelectual, que ha dedicado largas secciones de su revelación para darnos las evidencias y razones para la fe. Las Escrituras reconocen que toda persona inteligente necesita razones por las cuales creer, y la fe que no conoce estas evidencias, pronto se tambaleará.
Dicho esto, podemos estar seguros de que depositar la fe en Dios es lo más sabio e inteligente que el hombre puede hacer, ya que por su naturaleza él no puede mentir, cambiar, fallar, ser engañado o sorprendido. Dios es digno de nuestra total confianza.

La fe en el Señor Jesucristo es razonable

La fe implica confianza, y en este sentido podríamos decir que casi toda nuestra vida es un acto de fe. Cuando somos niños y vamos a la escuela, ponemos toda nuestra confianza en lo que el profesor nos enseña. Creemos en infinidad de hechos históricos, no porque nosotros los hayamos visto, sino porque confiamos en el testimonio de otras personas que en muchos casos hace ya siglos que murieron. Trabajamos confiando en que nuestro jefe es honesto y nos pagará el salario al final del mes. Nos casamos porque confiamos en la otra persona y creemos que cumplirá sus votos matrimoniales. Introducimos nuestros datos personales para darnos de alta en una red social confiando en que sus propietarios no harán un uso indebido de ellos. Es un hecho que constantemente estamos tomando decisiones que implican confiar en otros.
Pero desgraciadamente, en muchas de nuestras relaciones, sentimos que nuestra confianza es defraudada. Esto hace que cada vez nos volvamos más desconfiados. Ahora bien, ¿puede ocurrirnos lo mismo con Dios? ¡Por supuesto que no! El es totalmente fiable. Lo extraño es que las personas sean capaces de poner toda su confianza en otras personas tan débiles como ellas mismas, y no quieran ponerla en Dios.
Ahora bien, la Biblia nos dice que debemos poner nuestra fe en Dios y también en su Hijo. De hecho, uno de los requisitos imprescindibles para ser salvos es creer en el Señor Jesucristo (Hch 16:31). Pero ¿qué debemos creer de él? Pues al menos dos cosas fundamentales. La primera, que él es el Hijo de Dios, y la segunda, que murió por nuestros pecados en la cruz, y que su sacrificio puede perdonar nuestros pecados eternamente. Evidentemente, se trata de dos asuntos de tal magnitud que ponen a prueba seriamente nuestra fe. ¿No es absurdo creer que un carpintero de Nazaret pueda ser el Hijo de Dios? ¿No es igualmente ridículo pensar que al ser ajusticiado por los romanos en una cruz se haya convertido de ese modo en el Salvador de toda la humanidad?
Es verdad que la Biblia nos exige que creamos cosas muy grandes acerca del Señor Jesucristo, cosas que no creeríamos de ningún otro hombre, pero una vez más la Biblia nos proporciona evidencias racionales que pueden satisfacer al hombre más exigente. Por falta de espacio tenemos que resumir mucho, así que sólo veremos dos de estas evidencias.
1. Los milagros de Cristo evidencian que era el Hijo de Dios
Jesús afirmó en diferentes ocasiones que él era el Hijo de Dios, pero los judíos no quisieron creerle: ?Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero? le dijeron (Jn 8:13). Finalmente le crucificaron porque consideraron que una declaración así era una blasfemia que merecía la pena máxima. ¿Decía la verdad? Ellos creyeron que era un mentiroso que no merecía su confianza. Pero en realidad, no tenían ninguna evidencia para pensar que su testimonio fuera falso, y por el contrario, sí que tenían muchas pruebas para creer que decía la verdad. Él mismo les respondió señalando que los extraordinarios milagros que él hacía eran una evidencia que corroboraba sus afirmaciones (Jn 5:36), y que por lo tanto, les hacían culpables por no querer creer en él (Jn 15:24).
Por esta razón, el evangelio de Juan se refiere a los milagros de Jesús como ?señales?, porque señalaban que su afirmación de ser el Hijo de Dios era cierta:
(Jn 20:30-31) ?Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.?
Tenemos constancia de estos milagros por el testimonio de los apóstoles. Ellos relataron por escrito aquellos hechos históricos que vieron con sus propios ojos (1 Jn 1:1-3). E insistieron en que no se estaban haciendo eco de ciertos rumores que habían oído, ni de fábulas inventadas por algún ingenioso discípulo, sino de los hechos de los que habían sido testigos presenciales y que habían transformado sus vidas (2 P 1:16).
2. La resurrección de Cristo evidencia que él es el Salvador del mundo
Cualquier lector del Nuevo Testamento sabe que la resurrección de Cristo fue el tema central en la predicación de los apóstoles después de que el Señor ascendiera al cielo. Esto era así porque como dice Pablo, ?si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados? (1 Co 15:17).
Ahora bien, lo que resulta curioso es que un hecho tan sorprendente como este, tan difícil de aceptar para algunos, era creído por todos los discípulos de la forma más natural. Ninguno de ellos expresó la más mínima duda al respecto. Y lo mismo ocurrió con aquellos judíos que se convirtieron al principio en Jerusalén, el lugar en el que habían ocurrido todos estos hechos; ellos no sufrieron una tremenda lucha interior antes de llegar a aceptar que Jesús había resucitado. La razón es que la evidencia era demasiado clara como para poderla negar. Ni siquiera sus mismos opositores encontraron razones de peso para oponerse a ella (Hch 5:30-40).
Además, los testigos directos de la resurrección de Cristo se contaban por cientos. En la primera epístola de Pablo a los Corintios, él hace una lista no exhaustiva de aquellas personas que vieron al Señor después de su resurrección y las variadas ocasiones en las que esto tuvo lugar, y nos dice que en al menos una ocasión, el Señor se apareció a más de quinientas personas a la vez, de las cuales muchas todavía estaban vivas cuando Pablo estaba escribiendo su carta (1 Co 15:3-8).
A esto hay que añadir que los que creyeron en la resurrección de Cristo fueron transformados de tal manera que dejaban boquiabiertos a sus propios perseguidores (Hch 4:13). Y lejos de suponer un esfuerzo supremo para la fe, la resurrección de Cristo condujo a miles de personas a la conversión y a experimentar de forma personal la realidad del Dios vivo como nunca antes la habían conocido.
Se podrían añadir muchos detalles en cuanto a esto, pero sólo queremos señalar uno más: el comportamiento de los apóstoles bajo presión.
Charles Colson fue uno de los hombres de confianza del presidente Nixon que inventaron la fraudulenta historia para encubrir el acto criminal del presidente al introducirse en los edificios de sus oponentes políticos, el denominado caso Watergate. Durante un tiempo, aquellos hombres duros se aferraron a su falsa historia, pero cuando aumentó la presión y se les amenazó con severos castigos, uno tras otro fueron traicionando a sus colegas y confesaron la verdad. No eran capaces de sufrir por una mentira que ellos mismos habían inventado.
Estando en la cárcel, Charles Colson se convirtió al cristianismo y su vida cambió radicalmente. Más tarde escribió su autobiografía en la que extraía esta conclusión de su propia experiencia: ?Los apóstoles eran hombres política y diplomáticamente sencillos. Si su historia de la resurrección hubiera sido una mentira inventada por ellos, entonces, cuando la tremenda presión cayó sobre ellos, no se habrían mantenido solidarios: uno tras otro se habrían derrumbado y habrían confesado que todo era un fraude. Pero ninguno de ellos lo hizo, ni siquiera cuando vieron a muchas personas perseguidas y ejecutadas por creer inocentemente su historia de la resurrección, ni siquiera cuando ellos mismos sufrieron el martirio por ello?.
3. Conclusión
La Biblia nos advierte claramente que creer en Cristo puede llevar a la gente a un sufrimiento considerable, y de hecho, así ha ocurrido y sigue ocurriendo por todas las partes de este mundo. Por esa razón, se hace imprescindible que nuestra fe esté bien fundamentada sobre la Palabra de Dios y la persona del Señor Jesucristo, de otro modo, si descansa sobre emociones subjetivas, pronto se desvanecerá, y por supuesto, no soportará los momentos de prueba.

¿Cómo se llega a tener fe?

La cuestión que surge de forma inmediata es la siguiente: ¿Cómo viene esa fe? ¿Qué debo hacer para creer? Algunos piensan que la fe es como una habilidad artística: o la tienes, o sino, no se puede hacer nada para conseguirla. Seguramente ha escuchado a alguna persona decir: ?me gustaría tener la fe que tú tienes?. Quienes así hablan, es porque consideran la fe como un don especial que sólo tienen algunos.
Pero desde una perspectiva bíblica, la cuestión es diferente. El apóstol Pablo dijo lo siguiente:
(Ro 10:17) ?Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.?
Como ya hemos señalado, la fe es la respuesta del hombre a la Palabra de Dios, por lo tanto, la persona que quiera tener fe ha de comenzar necesariamente por conocer su Palabra. ¿Cómo se puede creer en aquello que no se conoce? Por eso, es un buen consejo leer u oír la Palabra con frecuencia. Y también los predicadores que deseen llevar a otras almas a la fe, deberán predicar la Palabra con fidelidad. No olvidemos que Dios se ha comprometido a honrar su Palabra como el instrumento poderoso por el que las personas son llevadas a la fe en Jesucristo (1 Co 1:21). Y dicho sea de paso, lo que Dios va a utilizar no es la retórica o elocuencia del predicador, ni tampoco técnicas psicológicas orientadas a fomentar determinados estados de ánimo en el auditorio, sino la sencilla predicación de la Palabra. Cuando esto ocurre, el Espíritu Santo actúa en la persona iluminando su mente y trayendo a su corazón la convicción de pecado (Jn 16:8-11).
Pensemos en un ejemplo bíblico que encontramos en el Antiguo Testamento y del que se nos habla en Hebreos:
(He 11:31) ?Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz.?
Rahab era una mujer cananea que se dedicaba a la prostitución en la ciudad maldita de Jericó. ¿Cómo surgió la fe en ella? Pues fue a raíz de escuchar los grandes hechos de Dios que nosotros podemos encontrar hoy en su Palabra.
(Jos 2:9-11) ?Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.?
Sin embargo, aunque todos los habitantes de Jericó habían escuchado las mismas historias, no en todos se había despertado la fe. La mayoría de los compatriotas de Rahab tomaron una actitud muy diferente a la de ella: decidieron encerrarse dentro de su ciudad, proteger su cultura, aferrarse a sus dioses y defenderse lo mejor que pudieran. Estaban dispuestos a resistirse a Dios aunque fuese al precio de sus vidas. Rahab, en cambio, abrió los ojos ante la realidad del único Dios verdadero, capaz de actuar para formar un pueblo y darles lo que les había prometido. Por lo tanto, ella decidió responder con fe y someterse a ese Dios e identificarse con su pueblo. Pero no lo olvidemos, la fe surgió en ella después de oír lo que ese Dios maravilloso había hecho.
Lamentablemente, es posible cerrar los ojos y los oídos ante el insistente llamado de Dios, y ahogar su Palabra para que no tenga ningún efecto en nosotros. Se trata de un acto consciente de resistencia ante Dios que traerá graves consecuencias, tal como experimentaron los habitantes de Jericó.
En este punto, algunas personas objetan que no quieren leer la Biblia porque dicen que no creen en ella. Pero éste no es un requisito necesario. Aunque si nunca se ha leído seriamente la Biblia, la persona no podrá saber por anticipado si cree en lo que dice. Simplemente se estará dejando llevar por ideas preconcebidas a las que tal vez ha llegado por los comentarios negativos de otros que quizá tampoco han leído la Biblia. Esta actitud es totalmente incoherente y sólo manifiesta desconocimiento y oscurantismo. Nos recuerda a la actitud del niño que no quiere comer algún nuevo plato que su madre le ha preparado porque dice que no le gusta. Y la madre le pregunta, ¿cómo sabes que no te gusta si no lo has probado? No cabe duda de que el peor enemigo de la fe es la ignorancia.
Algunas veces es necesario salir de nuestro pequeño mundo para comprobar que hay otras realidades además de aquellas que nosotros creemos posibles. Quizá usted ha escuchado la historia de un hombre de Africa al que un inglés estaba diciéndole que en su país a veces el agua se endurecía tanto que se podía caminar por encima de ella. Aquel hombre se negó a creerlo, hasta que un día pudo viajar a Inglaterra y vio a la gente andando por encima de un río helado. Sólo entonces aceptó que era cierto lo que le habían dicho.
Pero si bien la fe viene por el oír la Palabra de Dios, hay ciertas partes de la Escritura que tienen especial relevancia para este propósito. Sobretodo lo relacionado con la historia de la cruz. Sin duda alguna, reflexionar en la muerte de Cristo es uno de los modos más seguros y efectivos para llegar a la fe. El apóstol Pablo decía que los judíos pedían señales, y los griegos buscaban sabiduría; pero él y sus colaboradores predicaban a Cristo crucificado, porque en él se manifestaba el poder y la sabiduría de Dios (1 Co 1:22-24). Por eso, un poco más adelante afirma: ?me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado? (1 Co 2:2).
Esto es así porque la cruz de Cristo nos revela cómo es Dios en realidad. En los versículos anteriores hemos visto que los griegos pedían sabiduría y los judíos demostraciones de poder, pero Dios no les dio a ninguno de ellos lo que reclamaban, ¿por qué?
En primer lugar, porque la filosofía griega no puede explicar cómo es el corazón de Dios para que los hombres lleguen a amarle y confiar en él. Es verdad que sus filósofos hicieron serios esfuerzos para llegar a saber cómo era Dios, pero por muy inteligentes que fueran, nunca podrían llegar a conocerle si Dios mismo no tomara previamente la iniciativa de darse a conocer. Como Pablo explicó, ningún hombre sabe las cosas que hay en el corazón del hombre sino el mismo hombre, y de igual manera, nadie puede conocer lo que hay en el corazón de Dios sino él mismo. Así pues, se hace necesario que Dios se revele por medio de su Espíritu Santo, o sino, nunca sabremos cómo es él de verdad (1 Co 2:9-13).
Y en segundo lugar, porque los milagros que los judíos pedían nunca conseguirían que el hombre amara a Dios por el simple hecho de verlos. Recordamos cómo algunos de los contemporáneos de Cristo le sugirieron, de forma más bien cínica, que debería llevar a cabo una buena campaña de publicidad a base de una serie de milagros espectaculares si quería ganarse la confianza de los judíos (Jn 7:3-4). Pero el Señor ya había hecho muchos milagros y ellos no habían querido creer. Sus mismos antepasados también habían visto infinidad de milagros en Egipto cuando Dios fue a liberarles de Faraón, y más tarde en el desierto cuando los cuidó de forma milagrosa durante cuarenta años, pero sin embargo, toda aquella generación permaneció en incredulidad y nunca llegaron a rendir su corazón a Dios de verdad (He 3:16-19).
Ni la sabiduría humana nos puede revelar cómo es el corazón de Dios, ni tampoco la demostración de su poder puede ganar nuestra confianza. Pero eso se consigue por medio de la cruz, porque la cruz manifiesta con diáfana claridad dos cuestiones fundamentales. Por un lado, saca a la luz la terrible pecaminosidad del ser humano. Tal es su condición, que si pudiera mataría a su propio Creador, y eso fue precisamente lo que el hombre hizo cuando crucificó al Señor Jesucristo. Pero por otro lado, la cruz nos muestra con igual claridad el profundo amor de Dios hacia el ser humano. A través de ella Dios abre su corazón a todas sus criaturas, quienes engañadas por Satanás y el pecado, se han convertido en enemigos suyos. Pero a pesar de eso, Dios sigue amando a sus criaturas y no desea que ninguna de ellas se pierda, así que, él mismo se ofreció en la cruz para pagar el castigo que su pecado merecía a fin de evitarles que ellos mismos tuvieran que sufrir el castigo eterno. Por todo esto, la cruz de Cristo es la más plena expresión del amor de Dios que ha habido o habrá jamás. En ese sentido, este es el último mensaje de Dios; no tiene nada más poderoso o más glorioso con lo que conseguir nuestra fe y nuestro amor. Si el hombre cierra su corazón ante la evidencia de un amor así, no hay nada más que Dios pueda hacer para despertar su fe.

Preguntas

1. Algunos dicen que la fe consiste en creer lo que no se ve. ¿Le parece que esta definición es correcta? Razone su respuesta.
2. ¿Cree usted que la ciencia puede demostrar que Dios no existe? ¿En qué sentido la historia nos proporciona evidencias de la existencia de Dios?
3. Cuando usted comparte el evangelio con otras personas y les invita a poner su fe en Jesucristo, ¿qué dos cuestiones fundamentales deben creer acerca de él? ¿Qué evidencias hay a favor de cada una de ellas?
4. ¿Cómo contestaría a alguien que le dijera que le gustaría tener una fe como la suya?
5. ¿Por qué la filosofía no nos puede ayudar a conocer el corazón de Dios? ¿Por qué decimos que Dios no puede hablarnos de forma más clara que a través del mensaje de la Cruz?

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