Estudio bíblico de Marcos 9:1-50

Marcos 9

Al comenzar este capítulo nos encontramos nuevamente con el relato de la transfiguración, que figura registrado en los 3 primeros Evangelios, llamados los Evangelios Sinópticos. Entonces Marcos nos contó detalladamente que, mientras en la cima del monte estaba teniendo lugar la transfiguración, los discípulos experimentaban un rotundo fracaso al pie de la montaña. No podían expulsar el demonio que poseía a un joven. Poco después, el Señor les anunció otra vez Su muerte y los discípulos discutieron entre sí sobre quién de ellos sería el mayor. Jesús les reprendió por su espíritu partidista y pronunció una advertencia sobre el infierno. Así que aquí tenemos otro capítulo lleno de dinamismo, del Evangelio de la acción.

Marcos es habitualmente más conciso en su relato que los autores de los otros Evangelios, aunque proporciona en relato más extenso de la transfiguración. Resulta interesante reflexionar por qué lo enfatiza de esa manera. En nuestra opinión, la transfiguración presenta la humanidad perfecta de Cristo y no ocurrió para exponer Su deidad. Como ya dijimos, todos los Evangelios Sinópticos la relatan, pero el de Juan no. El Evangelio de Juan, que enfatiza la deidad de Cristo, no incluye el relato de la transfiguración.

Recordemos que en Mateo 16, en el último versículo, Jesús dijo: En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su reino. Hay varias clases de interpretaciones para esta afirmación. Yo creo que nuestro Señor hizo una referencia específica a Su transfiguración. Dos hombres que se encontraban allí, Pedro y Juan, mencionaron aquel acontecimiento. Pedro, en su segunda carta 1:16-18, dijo:

"Porque cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no seguimos fábulas ingeniosamente inventadas, sino que fuimos testigos oculares de su majestad. Pues cuando El recibió honor y gloria de Dios Padre, la majestuosa Gloria le hizo esta declaración: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; y nosotros mismos escuchamos esta declaración, hecha desde el cielo cuando estábamos con El en el monte santo."

Pedro estaba diciendo que ellos fueron testigos del poder y de la venida de nuestro Señor Jesucristo. ¿Y cuándo? En la transfiguración. Leamos el versículo 1:

"Y les decía: En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean el reino de Dios después de que haya venido con poder."

Creo que la razón por la que esta declaración estuviese incluida en esta coyuntura concreta, antes de Su muerte y resurrección, fue para que entendiésemos que, fuese Jesús a la cruz o no, el Reino está en sus manos y bajo Su control. El podría haber abandonado esta tierra de regreso al cielo, convirtiéndose en el Gobernante soberano del universo. Pero de esa manera, El no nos podría haber salvado ni a ti ni a mí. Más adelante desarrollaremos esta idea con mayor amplitud, que tiene su importancia. Leamos el versículo 2:

"Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte, solos, a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos;"

Por supuesto, la primera pregunta que surge es. ¿por qué escogió Jesús en esta ocasión a estos 3 hombres? En primer lugar habría que aclarar que no les llevó allí porque fuesen sus favoritos, ni porque fuesen superiores a los demás, ni Su grupo exclusivo. Yo creo que ellos eran los apóstoles más débiles que El tenía. Y los llevaba consigo como si, en cierto sentido, fuesen niños que necesitaban esas experiencias en compañía del Señor para que pudiesen, algún día, cumplir la misión encomendada.

Pedro diría, en su citada carta, que ellos habían sido testigos de Su majestad. Este era el Cristo que algún día vendría otra vez a la tierra. Y esta imagen es también una figura de lo que tú y yo seremos en algún momento del futuro. Juan, en su primera carta, 3:2, dijo que algún día seremos como El. En su Evangelio, y también refiriéndose a la transfiguración, dijo Juan en 1:14, vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre. La palabra "transfiguró", traducción del griego y que conservamos en castellano como metamorfosis significa "ser cambiado a otra forma" y no sólo un cambio en apariencia externa. La transfiguración tuvo lugar en el cuerpo de Jesús. No fue simplemente una luz o algún efecto producido desde el exterior. La transfiguración fue una luz que brilló desde Su interior. En el caso de Adán y Eva, yo más bien creo que estuvieron revestidos de esta forma, con una luz que emanaba de su interior. Por lo tanto, la transfiguración nos enseña la humanidad perfecta de Jesús, y no su deidad. El versículo 3 añade:

"y sus vestiduras se volvieron resplandecientes, muy blancas, tal como ningún lavandero sobre la tierra las puede emblanquecer."

Sus ropas se hicieron blancas. De un color blanco incluso increíble, porque la luz procedía de su interior. Con una blancura tan brillante y perfecta que nadie en la tierra podría lograr, por muy especializado que fuera, o por muy modernos métodos que utilizase.

Leamos ahora el versículo 4:

"Y se les apareció Elías junto con Moisés, y estaban hablando con Jesús."

En esta aparición, Elías era el representante de los profetas y Moisés, el representante de la Ley. Se nos ha dicho que tanto la Ley como los Profetas dieron testimonio de la muerte de Jesús. En su relato de este mismo incidente, el Evangelista Lucas nos dijo que hablaban de la muerte de Jesús. Sabemos que Moisés conoció alguna revelación sobre Cristo, porque la carta a los Hebreos 11:26, hablando de Moisés, dice que éste consideró como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Moisés sabía que El iba a venir. Todos los profetas hablaron de Su sufrimiento y de la gloria que le seguiría. Observemos la reacción de uno de los discípulos ante aquella aparición en la cima del monte. Leamos los versículos 5 y 6:

"Entonces Pedro, interviniendo, dijo a Jesús: Rabí, bueno es estarnos aquí; hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Porque él no sabía qué decir, pues estaban aterrados."

Pedro fue el portavoz de aquel pequeño grupo, tal como en otras ocasiones. Generalmente hablaba cuando no sabía qué decir y una y otra vez cometía el mismo error. Veamos que sucedió después, leyendo los versículos 7 y 8:

"Entonces se formó una nube, cubriéndolos, y una voz salió de la nube: Este es mi Hijo amado, a El oíd. Y enseguida miraron en derredor, pero ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo."

En aquel momento toda la atención se concentraba en el Señor Jesucristo. Su Palabra es palabra final. El escritor no colocó a Moisés y Elías en el mismo nivel que a Jesús. Por cierto las palabras "Jesús solo" no sería solo un título destacado para el Evangelio de Marcos; bien pudiera ser un titular en las vidas de los creyentes en la actualidad. Son dos palabras poderosas, que expresan una gran verdad de la historia de la salvación. Pero para aquel grupo llegó el momento de iniciar el regreso. Leamos el versículo 9:

"Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos"

Es que la muerte y la resurrección forman parte de este incidente. La transfiguración, por sí misma, no exponía ningún medio de salvación. Presentaba el ideal final o el objetivo. Pero ese objetivo solo sería posible por la muerte de Cristo sobre la cruz y por Su resurrección de entre los muertos. Y observemos también que El siempre mencionaba Su muerte y resurrección juntas. Otra vez, vale la pena ver la reacción de los discípulos. Leamos el versículo 10:

"Y se guardaron para sí lo dicho, discutiendo entre sí qué significaría resucitar de entre los muertos."

Ellos demostraban una ignorancia total acerca de la resurrección. El día de la resurrección de Jesús correrían hacia el cementerio, pero sin esperar encontrarse con un Salvador viviente. Porque no se acude al cementerio para ver a los vivos, sino para recordar a los muertos.

Veamos ahora la pregunta que le formularon. Leamos los versículos 11 al 13:

"Y le preguntaron, diciendo: ¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero? Y El les dijo: Es cierto que Elías, al venir primero, restaurará todas las cosas. Y, sin embargo, ¿cómo está escrito del Hijo del Hombre que padezca mucho y sea despreciado? Pero yo os digo que Elías ya ha venido, y le hicieron cuanto quisieron, tal como está escrito de él."

Literalmente dice que Elías iba a venir primero para impulsar una renovación espiritual del pueblo. Jesús declaró que Elías ya había venido. Marcos relató que Jesús identificó a Juan el Bautista como quien cumplió en la primera venida de Jesús la función y el papel que se esperaba que cumpliese Elías en los últimos tiempos. Si ellos hubieran aceptado a Jesús como el Mesías, Juan habría sido el cumplimiento de la profecía. Sin embargo, al no haber aceptado a Jesús como el Mesías en su primera venida, la citada profecía de Elías como Su precursor sería cumplida en la segunda venida de Jesús.

Ahora, después de haber pasado por la hermosa y gloriosa escena de la cumbre del monte, descendemos para encontrarnos con la derrota total de los discípulos al pie de la montaña. Leamos los versículos 14 al 18:

"Cuando volvieron a los discípulos, vieron una gran multitud que les rodeaba, y a unos escribas que discutían con ellos. Enseguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida, y corriendo hacia El, le saludaban. Y El les preguntó: ¿Qué discutís con ellos? Y uno de la multitud le respondió: Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él, lo derriba, y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron."

Esta es realmente una imagen del cristianismo en la actualidad. El Señor Jesucristo ya ha ido a la presencia del Padre y allí está con Su cuerpo glorificado. Sus apóstoles se encuentran allí con El, así como Moisés y Elías y una gran parte de la iglesia que también ha partido de esta tierra. El Monte de la transfiguración simboliza hoy al cielo.

Pero descendiendo a esta tierra podemos contemplar los problemas actuales de la humanidad. Este joven representa a un mundo enloquecido. Si fuésemos capaces de elevarnos y mirar a esta tierra como Dios y los ángeles la ven, llegaríamos a la conclusión de que el ser humano parece vivir en un estado de locura. Por la forma en que está actuando, tiene el aspecto de estar, como el joven de este pasaje, controlado por el demonio, por las fuerzas del mal. Lo triste de este episodio es que el padre trajo a su hijo a los discípulos de Jesús, y ellos no pudieron hacer nada por él. Y lo trágico de nuestra situación contemporánea es que la iglesia se enfrenta con impotencia a las necesidades de la humanidad, aunque muchos sectores de la misma están implicados en la extensión del cristianismo, en la obra social y en la transformación de la sociedad. Pero tendríamos que ser capaces de ayudar a todos aquellos que se encuentran en una condición parecida a la de aquel joven controlado por el mal, presentándoles al Salvador que puede poner en orden sus vidas al traerles a una relación personal con Dios. Desafortunadamente, en muchísimos casos habría que decir de nosotros como iglesia, la siguiente conclusión con que aquel padre calificó la actuación de los discípulos al tratar de liberar a su hijo: "Pero ellos, no pudieron". Los discípulos no pudieron, y nosotros, tampoco. Por eso Jesús les dijo, como expresa el versículo 19:

"Respondiéndoles Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¡Traédmelo!"

¡Esta fue una gran declaración! ¡Traédmelo! A veces intentamos hacer absolutamente de todo, excepto atraer a Jesucristo a los que se encuentran perdidos y alejados de Dios. El episodio continúa en los versículos 20-22.

"Y se lo trajeron. Y cuando el espíritu vio a Jesús, al instante sacudió con violencia al muchacho, y éste, cayendo a tierra, se revolcaba echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él respondió: Desde su niñez. Y muchas veces lo ha echado en el fuego y también en el agua para destruirlo. Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos."

Este era un caso difícil, quizás no tan grave como aquel hombre del incidente que ya hemos considerado, que vivía entre las tumbas en la región de Gadara. Aquel era un hombre ya maduro, que había estado controlado por el demonio por mucho tiempo. En este caso que acabamos de leer, se trataba de un joven que, de haber continuado en este estado por más tiempo, habría acabado igual, o incluso peor que el endemoniado de Gadara. Cuando alguien, como aquel padre, se arroja en los brazos de Jesús, El siempre está dispuesto a ayudar. Dice el versículo 23:

"Jesús le dijo: ¿Cómo si tú puedes? Todas las cosas son posibles para el que cree."

La idea central aquí es que Jesús se dirigió al padre instándole a creer. La cuestión no era si Jesús podía hacer algo (como dijo aquel padre). La cuestión era más bien, si aquel padre podía creer. Por eso le dijo que todas las cosas eran posibles para el que creyese. Leamos los versículos 24-29:

"Al instante el padre del muchacho gritó y dijo: Creo; ayúdame en mi incredulidad. Cuando Jesús vio que se agolpaba una multitud, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno: Sal de él y no vuelvas a entrar en él. Y después de gritar y de sacudirlo con terribles convulsiones, salió: y el muchacho quedó como muerto, tanto, que la mayoría de ellos decían: ¡Está muerto! Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y él se puso en pie. Cuando entró Jesús en la casa, sus discípulos le preguntaban en privado: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Y El les dijo: Esta clase con nada puede salir, sino con oración."

En esta respuesta de Jesús a los discípulos el énfasis recae en la oración. Una gran parte del cristianismo actual es débil para actuar en circunstancias extremas por la escasa importancia que se le dedica a la oración. Continuemos leyendo los versículos 30 al 32:

"Saliendo de allí, iban pasando por Galilea, y El no quería que nadie lo supiera. Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle."

Ya hemos observado anteriormente que Jesús siempre citaba conjuntamente a Su muerte y a Su resurrección. Pero ellos no comprendían realmente el Tema de la resurrección de los muertos. El les estaba hablando de Su propia muerte a favor de ellos y uno habría esperado que aquellos hombres hubiesen hecho, por lo menos, alguna pregunta al respecto. En cambio, se atrevieron a discutir entre ellos sobre quién sería el más importante en el Reino, justamente después de que El les hubiera anunciado Su muerte. Debieran haberse avergonzado aquí de su conducta. Y además, no era la primera vez que Jesús les había anunciado Su muerte y resurrección, y aun no comprendían. Leamos ahora los versículos 33 al 37:

"Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Sentándose, llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos; y tomándolo en sus brazos les dijo: El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió."

Este era el profundo principio de la verdadera grandeza. Jesús lo ilustró por medio de un niño. Observemos que le tomó en sus brazos. Leamos ahora otro breve episodio en los versículos 38 al 41:

"Juan le dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre, y que pueda enseguida hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, por nosotros está. Porque cualquiera que os dé de beber un vaso de agua, por razón de vuestro nombre, ya que sois seguidores de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa."

Siempre se ha supuesto que Juan era un apóstol tierno y delicado, aunque aquí vemos su airada disposición. Pero Jesús rechazó cualquier clase de espíritu sectario. La base fundamental de la unidad que Jesús estableció fue la siguiente expresión: "en mi nombre". Todo aquello que sea hecho verdaderamente en el nombre de Cristo, no podrá ser negado por ninguno de Sus seguidores. Sin embargo, la etiqueta con el nombre de Jesús se ha colocado en muchas cosas en la actualidad que, de hecho, no se realizan "en Su nombre", es decir, bajo Su autoridad y aprobación. Y observemos ahora que en el versículo 42, se refiere al niño que había tomado en Sus brazos. Jesús fue tierno, pero también severo contra quienes hiciesen tropezar y caer en el pecado a un niño:

"Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar."

Y en los versículos 43, 45 y 47, vemos que añadió lo siguiente:

"Y si tu mano te es ocasión de pecar, córtala; te es mejor entrar en la vida manco, que teniendo las dos manos ir al infierno, al fuego inextinguible, y si tu pie te es ocasión de pecar, córtalo; te es mejor entrar cojo a la vida, que teniendo los dos pies ser echado al infierno, y si tu ojo te es ocasión de pecar, sácatelo; te es mejor entrar al reino de Dios con un solo ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno"

Lo que aquí quiso expresar Jesús es que, siempre que la actividad de la mano, que es un instrumento de las inclinaciones internas, instara a caer en el pecado, un discípulo debía tomar una acción pronta y decisiva contra cualquier cosa que le alejara de la lealtad a su maestro, de la misma manera en que un cirujano amputa una pierna gangrenada. Lo mismo es cierto del pie y del ojo, pues las tentaciones llegan a través de muchos medios. Y tomemos nota de que fue Jesús el que habló sobre el infierno como una realidad, como un lugar concreto que, en consecuencia, no podemos ignorar. Concluyamos nuestra lectura con los versículos 49 y 50:

"Porque todos serán salados con fuego. La sal es buena; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y estad en paz los unos con los otros."

La idea aquí es que el fuego y la sal purifican. El fuego consume la escoria y lo impuro. La sal penetra eliminando la corrupción y detiene la propagación de las impurezas. Si tú y yo tenemos sal, es decir, la acción purificadora de la Palabra de Dios operando dentro de nosotros, esa Palabra nos limpia, eliminando los elementos destructivos, y nos trae paz.

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