Estudio bíblico de Juan 13:11-33

Juan 13:11-33

Continuamos estudiando hoy el capítulo 13 del evangelio según San Juan. En nuestro programa anterior, estuvimos considerando el lavamiento de los pies, que Jesús hizo a Sus discípulos y su significado espiritual. Y llegamos hasta el versículo 10, donde Jesús respondió a Pedro, que el que estaba lavado, no necesitaba sino lavarse los pies, pues estaba todo limpio.

Y señalamos que las palabras griegas para lavado y lavarse, aquí en este versículo 10, eran muy específicas y no se reflejan en esta traducción de este incidente. La primera palabra significa "bañar, aplicar agua a todo el cuerpo", es la palabra "louo". La segunda palabra es "nipto", traducida como lavar. Y por lo tanto este versículo está diciendo que aquellos que ya se habían bañado, sólo necesitaban que sus pies sean lavados. Habíamos dicho que este versículo 10 podría traducirse así: "El que está recién bañado, no necesita lavarse más que los pies".

Nuestro Señor estaba enseñando que cuando llegamos a la cruz, cuando vinimos a Jesús, fuimos bañados por completo. Ése es el baño (louo), o sea la regeneración, efectuado una vez y para siempre. Pero cuando caminamos por este mundo, nos contaminamos y nos ensuciamos. Somos desobedientes y el pecado entra en nuestras vidas. Jesús dice que no podemos estar sucios y a la vez, gozar de la comunión y el compañerismo con Él. Por lo tanto, el lavamiento de los pies, (o sea esta acción nipto aquí) es la purificación necesaria y frecuente que necesitamos para restaurarnos a la comunión con Dios.

Y vimos que el apóstol Juan se refería a esto mismo, cuando en su primera carta, capítulo 1:6 y 7, dijo: "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia, es decir, sigue limpiándonos, de todo pecado."

Concluimos nuestro programa anterior diciendo que para poder lavarnos los pies, espiritualmente hablando, primero debemos confesar nuestro pecado. Y confesar significa, ponerse de acuerdo con Dios. Significa, decir y pensar lo mismo que Dios en cuanto a nuestro pecado.

Resulta difícil admitir que uno es un pecador. La frialdad, la indiferencia, la falta de amor, todas estas actitudes, Dios las ve como pecado. Pero si confesamos, Él es fiel y justo para perdonarnos. Pero eso no es todo. Si vamos a tener lavados los pies, debemos colocarlos bajo el control de las manos del Salvador. Y esa es la obediencia. No podemos decir simplemente: "Dios, perdóname, hice mal", para luego salir y hacer lo mismo una y otra vez. Eso no sería poner los pies en las manos del Salvador. Continuaremos hoy leyendo el versículo 11 de este capítulo 13 del evangelio según San Juan:

"Él sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos."

Jesús sabía que Judas le iba a entregar. Sabía que Judas no se había "bañado". Judas nunca había sido regenerado. Es por eso que dijo que no todos en aquel grupo estaban limpios. Continuemos con los versículos 12 al 17 de Juan capítulo 13:

"Así que, después que les lavó los pies, tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis."

Jesús les dijo a Sus discípulos que así como Él había lavado a cada uno los pies, así debían ellos lavarse los pies los unos a los otros. Ahora, ¿Qué significaba eso? El apóstol Pablo nos explicó en su carta a los Gálatas, cómo hemos de llevarlo a la práctica. Dijo él en Gálatas 6:1: "Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". Cuando un hermano en Cristo cae en el pecado, debe ser reintegrado a la comunión y al compañerismo con los demás por alguien que tenga madurez espiritual. La crítica y los reproches no contribuyen a limpiar sus pies, espiritualmente hablando. En una iglesia o comunidad cristiana suele haber toda clase de capacidades y talentos, aunque ello no implica necesariamente que se de una situación de renovación espiritual. Todos necesitamos esa limpieza. Y antes de proceder a limpiar el caminar o la vida de otro creyente, necesitamos que el Señor limpie nuestros propios pies. Debemos acudir al Señor cada vez que seamos conscientes de que hemos adquirido impureza y suciedad en el camino de la vida cristiana.

El salmista dijo en el Salmo 139, versículos 23 y 24: "Examíname, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno". No hay ni siquiera uno de nosotros que no viva un día sin cometer algún pecado con nuestras palabras, con acciones u omisiones. Necesitamos confesarlo al Señor y ser limpiados. Somos lavados por la Palabra de Dios. Ponemos los pies en las manos de Él, y esto significa que nos entregamos completamente a Él. Esto restaura nuestra comunión y compañerismo con el Señor. Estimado oyente, no deje que pase un solo día sin tener esta comunión. No deje que el pecado se interponga y rompa este compañerismo verdadero con Jesús.

Los discípulos eran como un pequeño grupo indefenso en aquel aposento alto. Tenían miedo, y con razón. La sombra de la cruz había caído sobre ellos. Leamos el versículo 18 de este capítulo 13 del evangelio según San Juan:

"No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido. Pero debe cumplirse la Escritura: El que come pan conmigo alzó el pie contra mí."

Jesús tuvo mucho cuidado, y les dijo que no estaba hablando de todos ellos. Él acababa de decirles que podrían sentirse felices si hicieran estas cosas, pero añadió que había un hombre entre ellos que no las podía hacer. ¿Y sabe por qué no? Simplemente porque no había creído. Jesús ya les había aclarado que no todos estaban limpios. Y además les había dicho: "Vosotros me llamáis Maestro, y Señor". Ahora, un amo era un maestro y debía ser creído. Un señor por su parte, debía ser obedecido. La fe y la obediencia tienen que ir juntas. La fe salvadora y viva conduce a la obediencia. Y Judas no tenía esta fe.

Jesús citó del Salmo 41:9, cuando dijo: "el que mi pan comía, alzó el pie contra mí". Y estaba refiriéndose a Judas. Ahora, no era cuestión de si este hombre estaba perdiendo su vida espiritual. Estas palabras eran más bien una revelación de que él nunca había tenido una vida espiritual. No era una oveja que se había contaminado. Era, como dice la Escritura, una puerca que había vuelto a revolcarse en el cieno, o un perro que había vuelto a su vómito. Esa era la descripción de Judas Iscariote. Sin embargo, él estuvo allí en el aposento alto y Jesús también le lavó los pies. Recibió el lavamiento por la Palabra de Dios, pero la rechazó totalmente.

Vamos a repasar esto de nuevo, para ver si lo aclaramos un poco más. La sangre de Jesucristo, es el aspecto del sacrificio de Cristo orientado hacia Dios. La sangre expía nuestro pecado. La sangre ha cancelado toda mi culpa y ha lavado aquella cuenta negativa que había contra mí. Me ha dado una posición ante Dios porque ha borrado todas mis transgresiones. La sangre es para la expiación penal. En cambio, el lavamiento por agua es el aspecto del sacrificio de Cristo orientado en dirección al ser humano. La limpieza o purificación por agua es para nuestra purificación moral. Después de tener nuestra posición ante Dios en la base de la sangre de Jesucristo, el agua de la Palabra nos da la purificación moral durante nuestro caminar diario. Leamos el versículo 19:

"Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy."

Jesús les dijo luego a Sus discípulos que uno de ellos "levantaría contra Él su pie", a fin de que cuando esto sucediera, no se sobresaltasen. ¿Ha observado usted amigo oyente, que el Señor Jesucristo fue traicionado desde dentro? Y esto todavía es cierto hoy. Existe la queja en cuanto al pecado que, desde fuera, perjudica a la Iglesia. Pero el daño mayor viene cuando Jesucristo es traicionado desde dentro. Continuemos leyendo el versículo 20:

"De cierto, de cierto os digo: El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió."

Juan añadió estas palabras de Jesús porque Judas había sido enviado en misiones junto con los demás discípulos. Había predicado y había sanado. El Señor dijo: "El que recibe al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió". Nadie es salvo por la fe del mensajero o del predicador. Somos salvos por oír la Palabra de Dios y por recibir a Cristo como nuestro Salvador personal. Si Judas había predicado y sanado, tal bendición se produjo a pesar de que él era Judas; él había sido un simple mensajero y portador del mensaje. Y Dios bendijo Su Palabra. Por ello enfatizamos que somos salvos oyendo la Palabra de Dios. Continuemos ahora con los versículos 21 al 25, de este capítulo 13 de San Juan:

"Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu y declaró: De cierto, de cierto os digo que uno de vosotros me va a entregar. Entonces los discípulos se miraron unos a otros, dudando de quién hablaba. Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús. A éste, pues, hizo señas Simón Pedro para que preguntara quién era aquel de quien hablaba. Él entonces, recostándose sobre el pecho de Jesús, le preguntó: Señor, ¿quién es?"

Sería un error pensar que Jesús no se conmovió porque Judas le iba a entregar. Porque Jesús realmente se conmovió en Espíritu. Los discípulos se quedaron estupefactos. Usted puede imaginarse el tremendo impacto que estremeció a todos en el aposento alto. Judas había sido tan hábil, que nadie allí pensaba que él era quien iba a entregar a Jesús. Cada uno creía que pudiera ser el otro, pero también, cada uno temía que pudiera ser él mismo. Cada discípulo sabía que era capaz de hacer lo mismo.

Dudamos de que la breve escena entre Juan y Pedro fuera observada por los demás. Debe haberse producido una cierta confusión en la sala. Pedro probablemente estaba situado más lejos de Jesús, y como Juan se había quedado a Su lado, Pedro le pidió a Juan que le preguntara a Jesús quién habría de entregar al Señor. Y respondió Jesús aquí en el versículo 26:

"Respondió Jesús: A quien yo le dé el pan mojado, ése es. Y, mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón."

Según las costumbres de aquel entonces, el anfitrión en un banquete, tomaba un pedazo de pan, lo mojaba en la salsa, y luego se lo ofrecía al invitado de honor. Mediante este gesto, el Señor hizo a Judas Su invitado de honor. Le extendió una señal de amistad. Judas estaba en una encrucijada, pero Cristo mantuvo abierta la puerta para Judas, hasta el fin. Aun después, en el huerto, según nos contó Mateo en 26:50, cuando Judas apareció al frente de un grupo armado para detenerle, Jesús le diría: "Amigo, ¿a qué vienes?" Aun en esa ocasión, Jesús mantuvo abierta la puerta para el traidor.

Ahora, Jesús sabía lo que Judas haría. Y permítanos repetir aquí una declaración que alguien hiciera una vez: "El saber algo de anTemano, no equivale a causarlo". Es decir, que el Señor sabía lo que Judas iba a hacer, pero el Señor no le obligó a hacerlo. El hecho es que ofreció Su amistad a Judas hasta el fin. Continuemos leyendo el versículo 27:

"Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo pronto."

Satanás fue tomando posesión gradual de Judas. No creemos que Satanás tome posesión de un hombre de repente. Hay muchas pequeñas caídas, que permiten que Satanás se mueva poco a poco, pero por fin se hace cargo del control de la persona. El Señor le dio a Judas una oportunidad más para aceptarle. Pero Judas le volvió la espalda a Jesús, y entonces Satanás tomó posesión completa de él.

Judas hizo su propia decisión. Dios nunca ha enviado a un hombre al infierno, a menos que ese hombre haya decidido primero encaminarse hacia allí. Lo que ocurre es que Dios ratifica la decisión humana. Dios apoya la moción. Cuando un hombre dice que acepta a Cristo, Dios dice: "Secundo esta moción y te recibo". Cuando un hombre dice que rechaza a Cristo, así como Judas lo hizo aquí, Dios también dice: "Yo apoyo la moción". Entonces Jesús le pidió a Judas que saliese pronto. El haber tomado su decisión, en realidad no significaba que estuviese fuera del control de Dios. El hecho fue que habiendo tomado su decisión, entonces fue obligado a colaborar con Dios en su gran plan. Recordemos que las autoridades religiosas habían dicho que no querían arrestar a Jesús y crucificarle mientras las multitudes estaban participando de la fiesta. Querían esperar hasta que se terminara esta fiesta. Pero nuestro Señor le dijo a Judas que se fuese, y que llevase a cabo lo que iba a hacer lo más pronto posible. Por lo tanto, Judas tenía que salir y contarles a los líderes religiosos que había sido descubierto, para que ellos actuasen con rapidez. Continuemos con los versículos 28 y 29 de este capítulo 13 del evangelio según San Juan:

"Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le dijo esto. Algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diera algo a los pobres."

Ninguno en la mesa sospechó que Judas era el traidor. Observemos también que nuestro Señor y los suyos no mendigaban. Tenían una bolsa con sus recursos financieros y los administraban de una manera práctica. También vemos que el Señor no dio de comer milagrosamente a Sus discípulos. Tenían que ir a comprar comida. Judas era el tesorero. Y en el tiempo de la Pascua acostumbraban a dar algo a los pobres y por tal motivo, los discípulos creyeron que esto era lo que el Señor le pedía a Judas que hiciera con el dinero. Continuemos leyendo el versículo 30:

"Cuando él tomó el bocado, salió en seguida. Era ya de noche."

Observemos también que cuando Judas salió, era ya de noche. Y sería una noche eterna para Judas. Era el "día del diablo", y el día del diablo siempre fue como aquellas terribles tinieblas que descendieron sobre Egipto, durante la época de las diez plagas. Y así fue que aquel hombre se alejó rodeado por las tinieblas de una noche eterna.

Lo que Dios hace, lo hace lentamente. Pero lo que el diablo hace, lo hace rápidamente. Es que el diablo tiene que moverse rápidamente porque sus días son limitados. En cambio Dios tiene toda la eternidad para llevar a cabo Sus planes. Pero se da el caso que tantas veces no entendemos esta realidad, y nos dejamos dominar por la impaciencia.

Hubo entonces un cambio en aquel aposento. Judas se había ido y nuestro Señor comenzó a hablar con estos once hombres. Ellos tenían miedo. La sombra de la cruz se había proyectado sobre ese pequeño grupo en el aposento alto. Y nuestro Señor intentó levantar el ánimo a estos hombres, llevando sus pensamientos del presente, al futuro; de lo material y temporal, a lo eterno; de lo que era secular a lo espiritual. Aunque Simón Pedro le interrumpió, creemos que este discurso de Jesucristo empezó aquí mismo, y continuaría hasta el capítulo 14. Leamos los versículos 31 y 32 de este capítulo 13 de Juan:

"Entonces, cuando salió, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también lo glorificará en sí mismo, y en seguida lo glorificará."

En ese momento, el Señor Jesús estaba entrando en la esfera de lo espiritual. La gloria del Hijo del Hombre iba a ser manifestada a través de Su muerte y resurrección. Según el punto de vista humano, la cruz parecía una vergüenza y una derrota, pero la gloria de Dios sería manifestada en Él porque la salvación del mundo sería lograda por medio de la cruz. Continuemos leyendo las palabras de Jesús registradas en el versículo 33 de este capítulo 13 de San Juan:

"Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis, pero, como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir."

Judas ya se había marchado y por tanto se pudo dirigir a ellos como Sus hijitos. Estaba encaminándose hacia la cruz, y ningún otro podía ir a la cruz como Él fue. Sufrió solo, y como ya hemos dicho, hubo una fase del sufrimiento de Cristo, que ni usted ni yo, estimado oyente, podemos comprender ni percibir en su totalidad. Pero cualquier persona puede sentirse alcanzada por el amor de Dios. Puede usted pedirle que abra sus ojos, para poder dirigirle una mirada de fe que le haga comprender la necesidad de recibir la salvación y de apropiarse de la victoria de Jesucristo, alcanzada para usted a través de Su muerte y resurrección.

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